CAPÍTULO VII (1)

Había contratado una estancia en Venecia tan corta que no llegaba a las 24 horas. Ida en autocar, llegada más o menos a las doce del mediodía, recorrido de Venecia optativo y, por la noche, baile de carnaval en el Palazzo Bianchi. Mi peregrinaje romántico culminaba en el revival de una fiesta, en dónde, casi hacía un siglo,  Nina y el poeta se habían encontrado por última vez, en el decir de sus biógrafos.

Nunca había visitado aquella maravillosa ciudad y creo que no se puede elegir mejor época que la de los carnavales, ya que es entonces cuando Venecia se vuelve intemporal y todos los siglos desfilan por la Plaza de San Marcos como si ésta fuera un escenario y las gentes, fantasmas del pasado. Además, lo hacen tan bien; no hablan, avanzan regiamente, mudos, solemnes, se pavonean orgullosos delante de ti y desaparecen engullidos por una multitud profana de turistas que, igual que tú un minuto antes, los contemplan con reverencia, y la representación continúa mientras por altavoces invisibles suena la música barroca.

Lo visité todo, cogí el vaporetto varias veces y hube de comerme un bocadillo de pie en un bar pequeñito y abarrotado, que daba al puente del Rialto, y aún fue preciso que hiciese cola para conseguirlo. Más tarde, me confundí de nuevo con la muchedumbre disfrazada. Me había puesto el dominó, demasiado austero dentro de aquel conjunto de alegres máscaras, tan suntuosas y brillantes, mas era feliz, había perdido mi identidad y jugaba a ser una máscara sin nombre, ni pasado ni futuro, entre muchas. Las tensiones de la conferencia se esfumaron de mi mente, así como el  recuerdo de la noche pasada cenando con el periodista italiano, simpático, pero un poco pesado al final, y recorriendo Verona con él hasta que ya se hizo demasiado tarde incluso para trasnochar.

Lo único que empañaba mi alegría, al menos en esa zona responsable que se oculta en el subconsciente, era la pérdida del cuaderno del poeta, desaparecido de manera misteriosa entre mi salida del hotel por la mañana y mi regreso de madrugada. Lo descubrí al recogerme, buscando algo en el interior del bolso. ¿Me lo habían robado? ¿Se me cayó inadvertidamente en algún momento?

Si ni siquiera llegué a mostrarlo en la conferencia, por temor a que Komarov se encaprichase de él, me lamentaba interiormente, y hete aquí que ya no estaba, y eso si que resultaba doloroso, el peor souvenir de aquel viaje, pero no quise sospechar de mi inesperado cicerone, hubiese sido lo mismo que identificarme con la clásica turista estúpida, que apenas llegada a la gran ciudad, ya sufre el robo de su equipaje.

Con que vestida de dominó, dichosa por un lado y por otro haciéndome mil preguntas que no obtenían respuesta, era yo esa chica joven y atolondrada que deseaba la llegada de la noche para asistir al baile tradicional del Palazzo Bianchi. 

He leído que cuando alguien sufre una dolorosa pérdida, o bien se halla inmerso en penosa situación, sus sentidos se adormecen bajo la influencia de aquellas palabras que, en su fuero interno, martillean acompasadas insistentemente, a semejanza de un mantra liberador: esto no me está sucediendo, es un mal sueño... Sólo así puede uno rescatarse de la congoja y el padecimiento incisivos como una daga, antes de que el ánimo se temple y se enfrente heroicamente con la verdad...

Me había llevado mi cámara más pequeña e hice un sinnúmero de fotografías. Valía la pena, hasta la de una góndola en la cual iban unos novios auténticos.

(¡Menuda humorada, casarse en carnaval, en Venecia!)

Por fin cayó la oscuridad. Yo me había refugiado en el Café Floriani a la espera del momento mágico, las 10 de la noche, cuando se abriesen las puertas del Palazzo Bianchi, y la concurrencia, precedida por ujieres, empezase a entrar lentamente. Allí todos los disfraces forzosamente eran de calidad, no se permitía el acceso a una momia ni a un individuo vestido de conejo, pues el juego consistía en que éramos los invitados de algún noble señor y, por tanto, no podíamos desentonar.

Es divertido vestirte de dominó, nadie sabe si eres hombre o mujer y si se te acercan dudando, su incertidumbre te da tiempo para escapar, así que arribé sin novedad al Palazzo Bianchi con mis credenciales, la entrada, sujeta con fuerza entre los dedos, aunque supongo que ese extravío no estaba escrito por el Destino.

¡Cuántos recuerdos no vividos por mí, me asaltaron en esos momentos y evoqué, era lógico que lo hiciese, aquellas páginas tan apasionadas, del Diario Intimo!

Las luces de Venecia escondían los fulgores del cielo estrellado. Personalmente hubiera preferido una noche de carnaval con luna llena, mas ninguno, que sea humano, puede orquestar tamaño escenario acomodándolo a su gusto. Había deambulado todo el día por ese breve reino de hadas que denominamos la ciudad de los canales. Un agradable sol de febrero restaba dureza a los últimos días de aquel invierno, en tanto yo conducía mis pasos tranquilamente, (embargado por la admiración constante que ocasiona el ir descubriendo tesoros insospechados a cada minuto que avanzas), por plazas y callejuelas, escalones resbaladizos y puentes que señalizaban diferentes épocas de construcción. Venecia, a imitación de toda ciudad, o mundo, antiguos, ofrece el habitual contraste de lo suntuoso, lo perfecto, confundido a lo pobre, lo deslucido, lo deprimente... Y pues en algún trecho hube de servirme de los mercenarios oficios de pequeñas góndolas, no dejé de constatar como a la exuberancia y riqueza, bien que roída por el transcurso del tiempo, de los palazzi e le chiese, dejando atrás tan magníficos decorados que flanqueaban el Gran Canal, la Venecia de cada día, poblada de seres vivos, no de fantasmas, esos mismos pacientes ciudadanos que medran en cualquier pueblo del globo, se mostraba en su mayor y más completa desoladora ancianidad, desnuda, sin gloria ni oropeles. Casas muy viejas de ladrillo rojizo y sucio, ventanas tapiadas, (¡oh, el horror de una ventana tapiada frente al barandal de un balcón!), ventanas abiertas bostezando negrura sobre el valeroso verde que ofrecen los tiestos situados en el antepecho, los rayos del sol que oblicuamente se introducen en esas callejas miserables por las que intentan elevarse unas palomas de, color pizarra, soslayando esquinas y ropa tendida... ¡Y también eso es Venecia!, por más que la retina conserve todavía el recuerdo de San Marcos, de C´d´ Oro, del Palazzo Ducal, de Santa María de la Salute, de los interiores renacentistas o barrocos, de las maravillosas pinturas, de los ricos artesonados, de repente un triste ventanuco, una pared de piedras carcomidas, el borde roto de un tejadillo, te gritan sin voz, pero agudamente:

-¡También yo soy Venecia!

Y tú experimentas nostalgia, e incluso remordimientos en ocasiones, al estar cayendo en la fascinación de una ciudad, de un mundo, a los que amas ya aun cuando te inspiren repulsión por su cara oscura e innombrable. A semejanza de la muerte, buena niveladora, es la oscuridad, al caer la noche, la que mejora los contornos en las ciudades decrépitas.

Era noche de carnaval, pero sin luna llena y Venecia, (¡qué nombre tan bello, Venezia, como dicen ellos, un suspiro musical entre los labios, hermosa y amada Venezia!), mal que bien, resplandecía, ascua brillantemente iluminada, sus estrechas calles y sus plazas, muchas ventanas y aun en los canales, más farolas de lo acostumbrado, reflejaban su luz en el negro líquido indicando caminos ideales que sólo pueden conducir al reino de las aguas.

Salté, de mi góndola portadora, frente a las escalinatas del Palazzo Bianchi. Éste posee dos puertas de acceso para los visitantes, siendo la más utilizada su entrada posterior, esa que da a una gran plaza por la que desfilan las máscaras procesionalmente hasta penetrar en sus salones, lo cual constituye todo un ritual seguido con fervorosa devoción por el pueblo, siempre menos afortunado. El pórtico que se abre al Gran Canal, sólo es frecuentado por los rezagados o aquellos que no desean ser vistos por el populacho ni tan siquiera bajo un disfraz.

No representaba éste mi caso, por cierto, el primero si, pues llegaba con retraso a la fiesta que había comenzado por lo menos una hora antes, mas valió la pena tal demora.

El Palazzo Bianchi, muestra perfecta del estilo veneciano del cuatroccento, con su fachada llena de ventanales en arco, y su entrada de esbeltas arcadas, semejaba una lechosa joya parpadeante sobre la laguna. En compañía de otros rezagados, fui acogido por los ujieres e introducido en el patio principal en donde, un admirable pozo de mármol rosado, previsoramente cubierto, encontrábase al pie de una escalera de gótica factura que nos condujo, primero a un corredor descubierto y, más tarde, a través de pasillos, cuyos suelos amortiguaban el paso alfombras orientales y cubrían tapices sus paredes engalanándolas, desembocamos finalmente en el gran salón allí en donde tenía lugar el abigarrado baile de carnaval.

La orquesta atacaba en aquellos momentos, un vals, concesión a los tiempos modernos, y, desde lo alto de la escalera, o mejor quizá pudiera denominarse, la galería de la cual descendían escalinatas opuestas, podías recrearte observando con discreción, la maravillosa panorámica en la cual, épocas diversas coincidían para confraternizar. Esbeltas muchachas de talle exiguo, vestidas como la Primavera de Boticcelli, danzaban gráciles llevadas de la cintura por caballeros de siglos diversos, damas del XVI con sus faldas inmensas y cuellos aprisionados en blanquísimas gorgueras, bailaban mostrando el rebrillo de sus cofias bajo la luz de las arañas de cristal, ninfas del Trianon, post revolucionarias del directorio, más de una María Antonieta, reinas merovingias, odaliscas más mozartianas que auténticas, Hamlets, mosqueteros, trovadores... Vorágine alegre, un torbellino de luz y color flotando a los compases de la música.

Enmascarado en mi dominó, oculto bajo aquellas ropas que me envolvían como un manto, comencé a bajar la escalera lentamente mientras una Colombina, perseguida por un galante Pierrot, corría bulliciosa cual una exhalación pasando por mi lado entre jadeantes grititos que me forzaron a sonreír benevolente. Alcancé el final de la escalera y me sumergí entre la multitud de bailarines. No buscaba yo en realidad pareja alguna, mas deseaba conocer el ambiente de tan legendario y concurrido sarao, su riqueza, su buen gusto y lo que se dio en llamar su encanto mágico, que lo tornaba, por ello, tan apreciado. Me situé a un lado de la pista y de inmediato acercóse a mí un lacayo que me ofreció una bandeja en la que se alineaban las copas de champagne, rehusé con un gesto y proseguí admirando el espectáculo...

Fue en ese instante, parapetado detrás de una columna, cuando la descubrí, sombra tan oscura que parecía mi propio reflejo, ya que endosaba igualmente un dominó negro, contemplando absorta el baile. De estatura inferior y cubierto su rostro con un antifaz de blonda a manera de velo, supuse que se trataría de una mujer, aunque no estaba demasiado seguro; pues al calzar guantes, resultaba imposible saber como eran sus manos. Lo que me atrajo de aquel dominó, fue que él y yo éramos los únicos que había en la sala, tan concurrida, por otra parte, dos enmascarados sin identidad, quién sabe si los únicos que lo vestíamos en aquel salón.

¿Mujer, hombre, adolescente?...

Su misterio me atraía. Empero, algo se encerraba en la figura que no dejaba de serme familiar, lejanamente reconocible...

 

Continuará...

Inicio