| CAPÍTULO VI (1) | |||
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Llegó a Verona por la noche y lo primero que hizo fue refugiarse en el modesto hotelito lleno de decadentes pretensiones, que se había buscado por medio de la agencia de viajes. No valía la pena gastarse una fortuna para ver y escuchar a Komarov , aunque el verle y el escucharle si fuese imprescindible para ella. Komarov, veinte años más joven que O´Halloran y su eterno rival en una misma cuestión. A la mañana siguiente hizo un breve y romántico peregrinaje por la ciudad de Romeo y Julieta. Antes que nada fue a visitar ese balcón tan famoso que aparece en todos los folletos turísticos. Bajo el sol y por la mañana, no era el momento apropiado, ya que es por las noches cuando se monta el espectáculo frente a él. Pero ella no necesitaba de espectáculos. Tenía curiosidad por contemplar un balcón falso por el que jamás se había asomado Julieta y en donde nunca habíase discutido en amorosa esgrima de palabras, adjuntos los avances temerarios y las vacilantes huidas. Contemplándole, mientras disparaba algunas fotos, presintiendo las sonrisas disimuladas de los transeúntes, recordó unas palabras escritas por el viejo Patrick en su obra póstuma, algo que no tenía ni pies ni cabeza, pero que él subrayaba cuidadosamente: "Romeo y Julieta, como tantos otros mitos literarios, bien que la historia de Capuletos y Montescos se base en una leyenda griega, la de Píramo y Tisbe, se han escapado de los versos shakespearianos, convirtiéndose en seres de carne y hueso, dotados de un alma, igual que don Quijote, por ejemplo. Cervantes murió pero su criatura le ha sobrevivido y es aun más real que él, y, ¿quién sabe si a fuerza de escribir sobre ese personaje, el poder de la palabra no arrancó de la nada una vida y en consecuencia, una historia que continuará siempre. ¿Acaso no somos un sueño en la mente de Dios? Don Quijote, Sancho Panza, Dulcinea, todos ellos, al igual que Ana Karenina, Madame Bovary, Eugenia Grandet o los personajes del Gatopardo, sólo por citar algunos nombres de la literatura universal, se han salido de las páginas en las que estaban escritos, han huido, y viven entre nosotros. No recreados por el lector, como pudiese parecer, sino, incluso, fuera del lector. No, no incluso, fuera por completo. Posiblemente, en un mundo paralelo, las criaturas de nuestra imaginación, hijos de nuestra fantasía, prosiguen su trayectoria existencial, tal como sus autores la imaginaron, y siempre, eternamente, ininterrumpidamente, sus vidas se repiten tal como fueron concebidas. No obstante, son las entidades fantásticas las más agradecidas. El Grifo, el Unicornio, el Dragón, viven en el subconsciente colectivo de la humanidad desde hace siglos reinando indiscutidos, invisibles, sutiles, etéreos. Y los seres espantosos también, basta con que el emisor, el cerebro, se halle desquiciado y lo que decía Goya, pero el revés: el sueño de la sinrazón produce monstruos..." Ella no vio a Julieta ni a su joven amante. No vio más que una calle soleada a trechos por el frío sol de febrero, una fachada antigua y tuvo que recordar los versos que tantas veces había leído o escuchado. Después regresó a sus viejas costumbres, a recrear senderos que la conducían tras las huellas de su poeta particular. Antes de asistir a la conferencia que iba a celebrarse por la tarde en un centro cultural, decidió pasar por aquella olvidada librería en donde Patrick O´Halloran había hallado las 50 exiguas páginas que parecían corresponder al Diario Intimo. (Dirección que halló en una etiqueta, inamoviblemente adherida sobre el ángulo inferior derecho de la contraportada). Tal acción no era meditada sino sentida, deseaba ir, eso era todo, formaba parte de su peregrinaje sentimental... ¿Quién sabe?, quizás encontraba ella algo también, alguna otra reliquia desapercibida. La tiendecita era, en efecto, pequeña e indescriptible. Un escaparate pequeño, una puerta estrecha mitad madera, mitad cristal, un rótulo con las letras antaño doradas y ahora ennegrecidas por el paso del tiempo, un recinto angosto y tubular pleno de estanterías carcomidas en las que se apelotonaban cientos y cientos de libros no aptos para alérgicos al polvo. Un mostrador diminuto, junto al escaparate, parapetaba al librero, tan vetusto y polvoriento como su mercancía. Todo, en aquella tienda, semejaba hallarse dibujado a plumilla y evocaba vagamente la ilustración de la tienda de la oveja que hiciera Tenniel para el cuento de Alicia en el Mundo del Espejo; un ambiente intemporal y hechizado. Cuando ella entró, había un cliente, de espaldas a la puerta, que removía concienzudamente dentro de una estantería. El propietario la envolvió en una mirada más de desconfianza que no de codicia, y ella, murmurando un ininteligible "Buon giorno", escabullóse en dirección a los libros, agrupados sin orden ni concierto en sus anaqueles, ya que junto al grueso volumen desparejado, de una enciclopedia del siglo XIX, se amontonaban cuadernillos insignificantes, novelitas por entregas que no mantenían ningún orden correlativo, libros desportillados entre cuyas tapas bailaban las páginas, y obras muy apreciables de cubiertas en cartoné, pero tan decrépitas, sucias y raídas, que daba un poco de aprensión manosearlas. El dueño podía haberle preguntado: -¿Qué busca usted? Y ella le habría respondido: -No lo sé. Porque de nuevo encontrar otro tesoro como aquel que O´Halloran había descubierto, iba a ser muy difícil de repetir. Desde que lo recibiese siempre lo llevaba consigo, como el que porta un amuleto; no se hubiera atrevido a dejarlo en ninguna parte. Recorrió la tienda llegando al final junto al hombre que, de espaldas a ella, daba la impresión de haber hallado algo interesante que parecía leer con avidez. Sin desearlo, tropezó con él y su bolso cayó al suelo, arrastrando con el golpe unos libros mal colocados que sobresalían horizontalmente de la ante penúltima estantería. -¡Oh, perdón!... -exclamó avergonzada. El lector, un hombre de mediana edad, de rostro anguloso y ojos de miope tras unos lentes redondos de cristal grueso, se giró a medias lanzándole una mirada iracunda, que ella supo excusar ya que en su puesto, le hubiera pasado lo mismo. Se inclinó a recoger el bolso y él entonces, con ademán de trasnochada galantería, se adelantó a su gesto, rescatando el bolso de debajo de una lluvia de páginas y encuadernaciones desgastadas. -¡Muchas gracias, perdone la torpeza, lo siento! El hombre, en silencio, le hizo una inclinación de cabeza y procedió a recoger lo que ella había desordenado involuntariamente. Muy cohibida, y sin saber que hacer, agarró el primer libro que a mano le vino, y llevándoselo al librero, le dijo que se lo quedaba. Más tarde descubriría como su adquisición era un diccionario Sueco-Italiano/Italiano-Sueco. Para O´Halloran, para ella y para cualquiera, el casual hallazgo, en una librería de segunda mano, de aquellas páginas pertenecientes al Diario Intimo, no dejaba de representar un misterio: persona-adecuada= objeto-deseado, un suceso casi mágico y a todas luces incomprensible por lo oportuno. Nunca se supo que él hubiera pasado por Verona, no es que fuese imposible, mas, en caso afirmativo, nadie se había tomado la molestia de consignarlo aunque, bien mirado, no constituía ese el enigma de la cuestión, sino, cómo, de que modo y manera, se extravió aquel cuadernillo manuscrito, ya que el Diario Intimo estaba formado por un conjunto de varios cuadernos y resultaba difícil de aceptar que su autor los descuidase fácilmente. ¿Se lo robó alguien?, ¿cuándo? Una pérdida semejante se echa en falta... si estás vivo, por supuesto. Bien podía ser que, a su muerte, alguien desmembrara el cuaderno del conjunto, motivado por algún objetivo personal o secreto. Sin embargo, barajando la hipótesis, si quién llevó a cabo el hecho, lo que intentaba era silenciar algo que le atañía directa o indirectamente ¿por qué no destruirlo del todo? Venderlo a algún celoso coleccionista, era otra opción, gracias a Dios Komarov no había nacido en aquellas fechas, pero un coleccionista profesional no se desprende, ni aun en la más negra miseria, de sus tesoros; antes prefiere morirse de hambre como un avaro. ¿Se lo robaron a su vez a él, y, si se lo robaron, podía haber terminado allí, en aquel polvoriento tenducho de viejo, escondido en una carpeta desvencijada, sin pena ni gloria, unos papelotes más, confundidos entre otros, libros medio desencuadernados, folletines de a perra gorda, o quizá metidos de cualquier manera en carpetas que no les pertenecían? Era la hora de comer y ella decidió irse a un pequeño restaurante de barrio adaptado a las necesidades del turismo moderno. Había bastante gente y tuvo que compartir mesa con unos ruidosos alemanes, estudiantes que bebían más cerveza que comían, y puesto que llegaron después de que ella encontrase un rincón libre, no sólo destrozaron su aislamiento, sino que, además, hubo que reacomodarse cambiando de lugar el bolso al colgarlo del respaldo de su silla, lo cual la obligó a estar vigilante todo el rato ya que se encontraba tentadoramente expuesto a la rapiña ajena. Comió, pues, de prisa y corriendo y no le aprovechó, luego, a la salida, se dispuso a ir paseando hasta la sala de conferencias para poder disfrutar alternativamente de la ciudad y de la tarde. Anda que te andarás, como en los cuentos, fue a desembocar en una calle estrecha en donde había una tienda de ropa, que, aprovechando las fechas de carnaval, mostraba ocupados con disfraces, de manera provisional, sus escaparates. Aquella tienda era otro pequeño paraíso en el que el tiempo no existía. Pintadas en los cristales se veían varias máscaras venecianas, blancas, y en el aparador se amontonaban antifaces de alta fantasía, y bisutería imitación de joyas antiguas, también estaban los maniquíes de plástico ataviados con suntuosidad, una odalisca, un caballero del siglo XVIII, rostro sin facciones, antifaz de blonda, peluca empolvada, y... El tercer maniquí era desconcertante. Se trataba de un disfraz de terciopelo negro con capucha y carente de adornos. Así vestido el maniquí, traía a la memoria la representación de la muerte sin guadaña, algo inquietante y enigmático, y para rematarlo cubría el rostro con una máscara plateada. Lo contempló recorriéndolo de arriba abajo, fascinada no se sabe bien por qué extraño motivo, y al llegar al borde de las vestiduras, descubrió un pequeño cartel que rezaba: DOMINÓ... Un dominó, el disfraz por excelencia... Un dominó... Ella quería ir a Venecia ese mismo fin de semana. No había pensado en disfrazarse pero al descubrir el sugerente traje, el primer dominó que veía en su vida, se dejó arrastrar por la fascinación que trascendía, y, compulsivamente, hizo su entrada en la tienda. Cuando a la hora fijada efectuó su puntual aparición en el local de la conferencia, acarreaba un impedimento más que añadir al bolso y a la cámara de fotografiar: una elegante bolsa de papel dorado, dentro de la cual reposaba plegado el dominó y encima un antifaz negro igualmente, de raso y blonda. Habiendo nacido por los años 30 del siglo pasado, Stepán, Dimitríevich Komarov, parecía, en plenos albores de XXI, un revolucionario bolchevique. Se peinaba echando los cabellos frontales hacia atrás, cosa que los desmoronaba sobre las orejas comunicando la impresión de que acaba de levantarse de la cama. Su bigote era ese tan característico tipo Gorki, que en una lejana época cautivase al elemento masculino por lo que entrañaba de rudo y varonil. La piel muy blanca, los ojos negrísimos y las cejas hirsutas y encolerizadas. Usaba un adorable chaleco a cuadros y corbata de pajarita. Frisaría alrededor de los setenta años, más o menos, pero parecía arrancado de un daguerrotipo. ¿Culto al pasado o es que no podía ser de otra manera? ¡Conque aquel era el eterno rival de Patrick O´Halloran! (Allí en dónde te encuentres, Pat, sabe que no consentiré que te insulten). Ella, que había ido a Italia por cuenta propia, tenía una acreditación del periódico para el cual seguía haciendo méritos a cambio de calurosas promesas, y junto con los profesionales de la prensa autorizados, no muchos, hay que reconocerlo, ya había dejado sobre la mesa del conferenciante, la grabadora y se encontraba sentada en primera fila, con la bolsa del disfraz debajo de la silla, el bolso en bandolera y la cámara fotográfica dispuesta entre las manos. Incomprensiblemente, tal como sucediese con O´Halloran nunca le había visto, ni siquiera en una foto, hasta el presente, y para ella Komarov, solamente había llegado a ser un nombre contestatario y una pluma que se prestaban a la polémica, por eso, al verle entrar pomposo, teatral, y bastante demodé, no pudo sorprenderse, porque en el fondo, e inconscientemente, esperaba algo semejante, incluso su voz, que reconoció, gruñona y potente como un bocinazo. -¡Damas y caballeros -proclamó estentóreo Komarov, tras ser presentado de forma prolija y reiterativa por el organizador-, el motivo de esta convocatoria es uno de los descubrimientos más importantes del presente siglo, en lo que al mundo de la investigación literaria se refiere. Ustedes, los que están aquí, al reclamo de la noticia, no precisan de una introducción larga en exceso. Se trata de un poeta y escritor conocido de sobras, cuya vida y obra han sido, son y serán, causa de eterna controversia entre los partidarios del no y los del si... No voy a entrar a estas alturas en ese juego; me he pasado media vida estudiándole, no lo niego, como también han hecho otros, pero yo no dudo ni vacilo, estando, por otra parte, en posesión de la verdad, sin que a este respecto pueda existir discusión alguna, ya que lo que les voy a ofrecer, de forma palmaria, no son frases huecas sino hechos -pausa dramática-. Obra en mi poder un dibujo, el original se halla a buen recaudo, cuya diapositiva les mostraré, un dibujo a lápiz realizado por el autor de LAS HILANDERAS DEL TIEMPO. En ese dibujo, un retrato, aparece una ambigua imagen que lo mismo puede ser un jovenzuelo imberbe que una doncellita. Y digo bien doncellita, una niña. Rostro ovalado, ojos grandes, el modelo va envuelto en una especie de manto que cubre parcialmente su cabeza, debido a lo cual es difícil apreciar que peinado luce, lo que simplificaría la identificación. Por la forma en que se ha retratado a dicha persona, (frontal, cabeza alzada, ojos atentos y curiosos, mano derecha en gesto contenido), bien podría haber sido un autorretrato, eso pronto lo comprobarán ustedes mismos... Y aun hay más: detrás del dibujo se puede leer una dedicatoria manuscrita de procedencia indiscutible, que nos desvela la incógnita!... ¡Proyector, por favor!... -se iluminó el techo con un recuadro blanco, quedándose todo a oscuras, hasta que bruscamente descendió el recuadro plasmándose la diapositiva sobre el bastidor preparado al efecto- Ahí lo tienen ustedes -indicó teatralmente Komarov con dedo acusador-, a su diestra se halla el dibujo y a su izquierda, pueden apreciar la reproducción de su parte posterior con la dedicatoria... Sólo les ruego que observen detenidamente... Se hizo un silencio inquisitivo roto por los flashes. El dibujo, tal como él lo había descrito, allí estaba: para todos, una figura de adolescente embozado, para ella, sólo una niña irlandesa que mas que una persona parecía un elfo por lo idealizada que la habían retratado, o tal vez fue así realmente algún día. Ahora, lo que en verdad era cierto es que evocaba a La Desconocida, en cuanto acerca de Nina se había podido leer, o especular. A su lado, estaba la dedicatoria. Una breve y apresurada nota, escrita en desvaída tinta sepia que decía en francés y con una letra que ella conocía muy bien: "... tenemos necesidad de placer mientras nos causa dolor la ausencia de placer, pero dejamos de encontrarlo a faltar cuando desaparece el dolor..." -¿Qué, ya lo han estudiado en profundidad? -rugió Komarov impaciente- De acuerdo... Como podrán apreciar, no está firmado, pero tampoco hace falta. El pensamiento es de Epicuro, no así la mano que lo transcribe, naturalmente... Sin embargo esa mano... ¿Por qué esa mano ha ido a elegir tal pensamiento, semejante reflexión, cuando nunca en toda la obra del poeta afrancesado, la palabra placer jamás aparece relacionada con el amor? ¿Por qué le dedica al joven desconocido, al imberbe adolescente, esos versos de Epicuro tan notoriamente sospechosos? Mientras proseguían los flashes, Komarov se despachó a su gusto. -No, no teman, no les he convocado en esta sala para comenzar a hablar de nuevo sobre la homosexualidad del personaje... Lo que yo pretendo poner en claro de una vez por todas, es que su fantástico amor por Nina, no es más que un cuento para ilusos, entre los que se contaba mi oponente en investigaciones, el notable y ya extinto Patrick O´Halloran, de quien, si me apartaron criterios en vida, no dejo de reconocer su incansable labor en pro de un concepto al que siempre fue leal, aun cuando estuviera equivocado... Totalmente equivocado... -apostilló con retintín- ¡Si Nina existió, aquí la tenemos, señores, este ser indeterminado en apariencia, es ella... y es también el poeta... ya que él fue siempre... una mujer!... Continuará... |