CAPÍTULO I (1)

Estaba sentada frente al monitor, navegando por Internet en busca de información. Era para un trabajo de fin de curso, la propuesta del profesor de literatura; él lo había dicho muy serio aquella mañana dirigiéndose a toda la clase:

-Buscad entre los románticos del siglo pasado, seleccionar al que más os apetezca, pero, sobre todo, repartiros a los autores, porque no aceptaré varios trabajos sobre un mismo personaje.

A estas palabras siguió la inveterada discusión que lo único que lograba era hacer perder el tiempo a todo el mundo y no resolver nada en concreto. Por tanto el profesor, harto ya de esta clase de debates, zanjó esgrimiendo la lista de nombres escritos en una hoja de papel.

-Aquí hay escritores suficientes para que podáis escoger sin pelearos, pero si os gusta alguien que no aparezca en la lista, tenéis plena libertad de hacer lo que os plazca -y a renglón seguido se puso a leer en voz alta los nombres, pero le interrumpieron al llegar al tercero.

-...Shelley...

-¿Shelley?... Perdón, ¿no ha dicho usted escritores?

-Shelley era poeta.

-Sé perfectamente que Shelley era un poeta, pero da la casualidad de que los poetas también utilizaban la pluma para escribir, porque en el siglo pasado y en el XVIII y en el anterior y así sucesivamente hasta remontarnos a la Edad de Piedra, los poetas escribían empleando siempre algún utensilio...

-Bueno, en la Edad de Piedra no se escribía, todo lo más se dibujaba, además que poetas, poetas, no creo que hubiera muchos poetas entonces, y si existieron, su obra no ha llegado hasta nosotros, la verdad, porque...

El profesor fulminó con una mirada a quien había pronunciado aquellas palabras pero en un intento de que su respuesta fuera desenfadada, dijo:

-Gracias por la información, aunque, de todas maneras, no lo había olvidado.

-No es necesario escribir para que perduren las obras, Homero era ciego y cantaba sus poemas como muchos entonces y después...

-La tradición oral...

-Si en la Edad de Piedra hubiesen tenido fantasía se habrían reunido en torno a las hogueras para contar...

-Eso vino más tarde, las consejas, las leyendas junto al fuego, al aire libre... El hombre prehistórico no estaba para esas sutilezas...

-Eran los trashumantes, las gentes de paso las que...

-Si, la ruta de las caravanas...

-Ya se advierte en los cuentos de Hauff, por ejemplo...

-Me parece, muchachos, de que nos estamos yendo de la cuestión... El tema son los escritores románticos, así pues en este caso "escritores románticos" engloba prosa y verso... Y en lo que resta de clase no quiero oír más discusiones bizantinas. ¿Está claro?

Tenía que estarlo porque ya no hubo más interrupciones y todos se dedicaron a copiar en silencio, interrumpido de vez en cuando por algún sibilante susurro.

Ella, situada en esa tierra de nadie que pertenece a la primera fila y que sólo ocupan los pelotas o los empollones, según el decir estudiantil más ortodoxo, comprobó muy pronto que la lista era extensa y que se había hecho pensando en el número de alumnos que asistía a clase, pero multiplicada por cuatro, otorgando así margen a la elección. Un poco absurdo el haber de copiarlos todos, aunque de esta manera, lo que se perdía en tiempo, se ganaba en tenerlos ocupados haciendo algo, y, sobre todo, con la boca cerrada.

La lectura concluyó dos minutos antes de que sonase el timbre, y el profesor se limitó a indicar ceñudo:

-Novelistas y poetas, o las dos cosas a un tiempo, que no practico el apartheid, elegid, y pasado mañana, os quiero aquí con el protagonista de la historia y su nota biográfica sobre la que iréis desarrollando el trabajo, un trabajo que haréis vosotros solos, recordadlo bien. 

¡Jo, jope, jobar, jorobar, joder!, fueron las interjecciones, entre las más suaves, que se desataron por los pasillos mientras aquella alegre tropa avanzaba en estampida, más que abandonando, huyendo del aula. Era superior a sus fuerzas que les exigieran una elección, sobre todo, cuando eso venía a significar el tener que ponerse de acuerdo en el reparto de mogollón de autores tope cursis con los que había salido ahora el periclitado del profe. ¡Vaya un rollo!

 

Ella se separó del grupo discretamente, escurriéndose como una sombra; era la hora de salir y prefería hacerlo, igual que siempre, sin compañía alguna. Le atraía la idea del trabajo propuesto y pensó que sería fascinante encontrar un autor de su gusto, pero no entre aquellos nombres, sino fuera de la lista, como señalara el profesor, y no había miedo de que coincidiese con nadie, de eso estaba completamente segura, porque les conocía lo suficiente como para saber que ninguno de aquellos estudiantes, iba a tomarse la molestia de investigar, en otras fuentes, los nombres sugeridos.

 

Ya en casa, frente al monitor, empezó a navegar por la red, conectándose con la web que le interesaba, la del servicio de bibliotecas, y metida en ella, de hipervínculo en hipervínculo, empezó a dar con nombres de escritores románticos que no estaban entre los que les había señalado su profesor. Fue curioso, salió una galería de retratos que iban desde 1800 a 1899, retratos sin nombre, (debían darse por muy conocidos todos los reproducidos en ellos), y cada uno de los cuadros era un vínculo con el autor, su vida, su obra, etc.

Había tantos, tantos. Algunos aparecían pintados en solemnes cuadros de época, otros esculpidos en bustos de mármol o bronce, varios se hallaban inmortalizados a través de grabados minuciosos, y los últimos salían inquietantemente fantasmales, en daguerrotipos o bien en fotografías de finales de siglo, mucho más precisas, de esas en las que todos recuerdan actores mediocres, por lo de trascendentes y envarados, al posar en un decorado de cartón piedra con planta de interior incluida.

 

Entonces le descubrió, quedándose muy sorprendida al contemplarle, porque su rostro no le resultaba desconocido, pero sí su identidad. No sabía quien era, y sin embargo, el verle despertó en su mente cierto lejano eco... Como cuando recobramos la memoria de improviso al hallar el hilo conductor que ha de rescatarnos del olvido, fue lo mismo que si alguien le estuviera susurrando aquellos versos de Dante Gabriel Rossetti:

"He estado antes aquí/pero no sabría decir cuando,/conozco la hierba que hay más allá de la cancela,/el aroma sano y penetrante,/el rumor acompasado, las luces de la corte./Habías sido mía antes,/no puedo decir cuánto tiempo hace de ello,/pero justo cuando te giraste/para ver volar la golondrina,/el velo cayó y lo supe todo de los tiempos pasados..."

 

Un recuerdo lejano, muy lejano, perdido en su infancia: un libro antiguo lleno de polvo y ella con ocho o nueve años que lo curiosea entre otros muchos que se amontonan en la oscura biblioteca, techos altos, tapicerías carmesí, del abuelo paterno. Todo porque busca un viejo volumen de cuentos que le leía su abuela, (su abuela ha muerto hace cuatro meses), y no lo encuentra y aquel libro le recuerda el que busca, pero no lo es. Está escrito con unas letras rarísimas cuyas erres mayúsculas están al revés, no hay eñes y se ven dos tipos de haches una normal y la otra con el travesaño inclinado y el número 3 aparece al comienzo de muchas palabras que no se sabe lo que dicen, y hay una foto delante de lo que debe ser el primer capítulo, y en esa foto un señor con algo de barba, bigote, los ojos muy claros y el cabello que puede que sea castaño o rubio oscuro. Un señor joven, de cara agradable pero vestido a la antigua, lo mismo que el padre de su bisabuelo en aquella foto del año de María Castaña que ella ha visto en el álbum familiar, sólo que el padre de su bisabuelo es viejo y tiene cara de mal genio, no como ese señor joven de ojos claros.

 

El caballero joven, desconocido... Un recuerdo de infancia... Y ahí estaba otra vez, igual que entonces, la misma fotografía, como si el tiempo no hubiera transcurrido, con la diferencia de que ahora sí que podría saber quién había sido él.

 

Hizo clic en el vínculo y allí estaba la misma imagen ampliada y ocupando una página entera en el comienzo de toda la información. Entonces supo su nombre y su historia.

 

Era extranjero, ella ya lo suponía, nacido en uno de esos países eslavos, en el confín del mundo, donde los días son cortos, las noches largas, y, las auroras, boreales, donde invariablemente nieva y la gente llena de colorido el interior de sus casas, ya que éste llega apenas en una breve primavera, se agosta en un rápido verano, y luego no es más que un recuerdo luminoso, siempre lejano, al otro lado de la estepa silenciosa, de los melancólicos abetos y de los montes nevados.

Era novelista, poeta, le gustaba escribir ensayos y biografías y llevaba un diario personal que quedó incompleto a su fallecimiento.

Murió muy joven, cuando hoy en día cualquier persona no ha empezado todavía a vivir. Se fue a los 25 años, sin haberse casado, sin haber dejado el rastro de algún hijo secreto, sin embargo su obra llena las estanterías de bibliotecas y universidades en todo el mundo y su Diario Intimo es una fuente de misterios que tanto críticos como investigadores, todavía no han resuelto.  

 

Seguía el texto con palabras y nombres subrayados que podían conducir al lector allá donde éste quisiera...

 

...como en un cuento maravilloso en el que sólo con pronunciar el conjuro mágico, abracadabra o mutabor, todo se transformase abriéndose puertas diferentes que accedieran el paso a lugares imprevisibles...

 

Uno de sus biógrafos más objetivos, el irlandés O´Halloran, que con el triunvirato de los llamados franceses, Berthelot, Dupuis y Maréchal, era quien más extensamente y mejor había escrito sobre su vida...

Ella hizo clic sobre el apellido O´Halloran y después sobre el apartado bibliografía, dudando entre "Ensayo sobre un poeta romántico", y la biografía del mismo. Finalmente se decidió, pulsando alternativamente en los dos enlaces:

"Era el tercer hijo de una familia de la pequeña nobleza, terratenientes hereditarios bien acomodados. Como el niño había despuntado por su gran inteligencia, el padre, hombre sencillo, buen jinete y mejor cazador, dispuso que si al  benjamín le daba por los estudios, ningún lugar más indicado que un monasterio para que allí recibiera una esmerada educación tal y como en su época se tenía entendido. De hecho parecía predestinado al sacerdocio, dado que en todas las buenas familias el primogénito se quedaba con el patrimonio mientras que el segundo hijo varón veíase empujado a la carrera militar le gustase o no, entonces, las preferencias de un hijo tercero poco pesaban en la balanza paterna, más si en el presente caso al muchacho le daba por la erudición, ¿quién iba a poner en tela de juicio que sabiduría y vida monástica no fuesen de la mano de forma tan oportuna?

A nadie le importó lo que la criatura pudiese opinar al respecto, y aún a él mismo, tan niño, menos, pues le gustaban los libros, le gustaba leer, le gustaba estar solo y bajo el techo de la mansión familiar se movía demasiada gente entre hermanos, -eran diez y mayoritariamente féminas-, abuela, tías solteras, un tío enfermo crónico y servidumbre, eso sin contar a los padres, naturalmente,  al obligado preceptor y a las institutrices. En éstas circunstancias, no les echó en falta al marchar ya que ciertamente le aplastaba el agobio de un entorno excesivo y en ocasiones ruidoso, sobre todo cuando se divertían o se lamentaban, dado que, en ambos casos, celebraciones o duelos, aumentaba su número, eso sin contar con el  carácter de un cabeza de familia a quien ninguno hubiera osado cuestionar su jerarquía patriarcal, de la que hacía más abuso que uso..

Con que partió y los demás pronto le olvidaron, no tanto sumidos en los quehaceres cotidianos, que aunque variados y absorbentes, no borraban del todo la memoria, sino porque al considerarle un algo lejano, amable, aislado, destinado a la sabiduría y a la santidad, la silueta del niño fue desdibujando sus contornos lentamente hasta convertirse en una entidad fantasmal e inconcreta. Incluso la madre al año de su partida, no atinaba a recordar con claridad el color de sus ojos. No obstante, sí, sabía que tenía un hijo, un hijo pequeño, frágil y estudioso, que muy lejos, en un remoto monasterio, era preparado para entrar en la carrera eclesiástica y éste  pensamiento henchía de orgullo su devoto corazón.

Transcurrieron varios años y el muchacho creció prácticamente con la nariz pegada a los libros, pero, a diferencia de Leopardi, tanto estudio no deformó su espalda ni estropeó su vista; el adolescente se desarrolló recto como una flecha y hermoso como un ángel sin conocer del mundo más que los libros y los muros conventuales, amén, nunca mejor dicho, de los venerables monjes. Un ambiente tranquilo y masculino en el cual, la imagen de la mujer era eso, tan sólo una imagen: la de la Madre de Nuestro Señor, la purísima Virgen María. Y no había más, ya que las mujeres de su familia eran únicamente caligrafía de amanuense en unas cartas dictadas dos veces al año, besos, recuerdos y buenos deseos.

Pero sucedió un día, como acontece siempre que no se espera, que el imprevisto llamó a las puertas del monasterio, y el simple hecho de que los monjes concedieran su hospitalidad a un noble trotamundos, francés de origen, quién llegó con el crepúsculo, partiendo a primera hora de la tarde del siguiente día, bastó, en tan corto lapso de tiempo, para cambiar por completo el destino de un chico de doce años.

El aristócrata viajaba por placer, llevando visitados innumerables países y aquella noche relató, mientras cenaba con sus anfitriones, historias de viajes, habló de tierras exóticas, de gentes diferentes, de aventuras impensables  desplegando con ello un tapiz maravilloso ante los ojos del más joven de los comensales , quien, por mor de su categoría social, se hallaba en el refectorio compartiendo la cena, no ya sólo con los monjes, como era habitual, sino tan extraordinaria ocasión, pues las historias de los grandes viajeros siempre se han considerado experiencias dignas de conocerse, y, sobre todo, educadoras. Al huésped le sorprendió la presencia de aquel muchacho pero pronto fue informado de que se trataba de un pupilo excepcional, de insospechadas luces y preclara inteligencia que, más adelante, tomaría los hábitos ya que tal era lo dispuesto por su padre, y el viajero, hombre de mundo y libre pensador, sintió pena de aquel niño, tan ignorante dentro de su precocidad intelectual y tan bello como Ganímedes.

-Morirá sin haber vivido -pensó melodramáticamente y aunque apreciaba en todo su valor la hospitalidad de los monjes, mientras departía no dejaba de contemplar a hurtadillas, el absorto rostro del jovencito, que semejaba literalmente prendido de las imágenes que sus palabras suscitaban. Porque eran palabras vivas y no letra escrita y no provenían de un desaparecido, enterrado hacía siglos, sino de una increíble persona que respiraba, cuya sangre era caliente y sabía reír a carcajadas sin que por ello su risa pareciese un sacrilegio. Se trataba de un ser que pertenecía al mundo exterior, ese que se extendía detrás de los muros del monasterio, un mundo en donde la ciencia se podía adquirir viviéndola, experimentándola, y no sólo sobre viejos pergaminos o a través de lecturas eruditas más recientes pero igualmente achacosas. De súbito, y de forma irreversible, el niño dejó de ser rata de biblioteca y recobró su edad tan apasionadamente como solía hacerlo cuando se entregaba a aquello que le agradaba, y entonces quiso recuperar el tiempo perdido. Su destino ya no era el monasterio ni vestir los hábitos, no sería monje, pero tampoco iba a cerrar los libros.

En su Diario Intimo, al llegar a éste punto, él que tan prolijo y elocuente era a la hora de escribir, anotaba textualmente, evocando aquel momento y dentro del mejor estilo lacónico que se empleaba a principios del siglo XIX, cuando los escritores de diarios personales, (ver Mary Shelley, o el mismo Byron), contradecían su verbo pomposo con escuetos apuntes, marcando así una pauta que seguirían mucho más tarde, sus herederos literarios:

 

"Me escapé del monasterio, haciéndome presente, horas después, al que luego sería mi benefactor y amigo, al asomar por entre los bártulos del equipaje que se amontonaba en uno de los trineos de su séquito."

 

Después nada, aquí la página se termina, con escaso margen, dando comienzo otra nueva, mas como su autor escribía en cuadernos diferentes y las hojas no estaban numeradas, los estudiosos de su obra juran y perjuran que debe faltar otro cuaderno, ya que entre el último y el siguiente, se abre el abismo de tres años que ni tan siquiera son comentados posteriormente en alguna pasajera cita, lo que viene a indicar que se dan por sabidos... o bien nunca fueron escritos."

 

"Su biografía, al verse cortada por la interrupción, se torna muy oscura, siendo ésta y no otra, la causa de la posterior leyenda que se desarrollará en torno del escritor con el transcurrir de los años...

Continuará...

Inicio