JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS

JÁNOS (5)

Él había dicho que fuéramos al jardín, y, sin embargo, no fue al jardín hacia donde nos dirigimos, sino a la torre del campanario. Ascendimos por la estrecha escalera de caracol, fría, húmeda, llegando hasta arriba del todo. Era un día de mucho sol y sus rayos bruñían el antiguo metal de las campanas. Yo estaba deslumbrada por el contraste tan repentino y cerré los ojos un momento escuchando entonces el aleteo de las palomas, sus arrullos, y la voz meliflua del sacristán que me susurraba en el oído:

-Todo son alucinaciones tuyas... Estás confundida... Los cestos son normales... Sirven para llevar palomas.

Yo no podía abrir los ojos porque sentía sobre ellos la luz del sol que me los cerraba. Los aleteos se hicieron más intensos. Sentí como unos dedos ágiles me desabrochaban el cuello del vestido y la misma voz insinuante y obsesiva que me preguntaba:

-¿Quién te ha hecho esto?

Noté como aquellos mismos dedos invisibles me tocaban las diminutas cicatrices, apretaban, indagaban, deslizabanse garganta abajo igual que frías serpientes...

Más tarde me dijeron que me había desmayado al salir de la sacristía, y que el pobre hombre se aterró tantísimo, que fue en busca del párroco, intentando entre los dos reanimarme inútilmente teniendo que ir a por mis padres; llamado el médico y luego de muchos esfuerzos y ya incluso trasladada a mi casa, desperté habiendo transcurrido varias horas.

Quisieron saber que me había sucedido, pero yo no estaba más enterada que ellos, o quizás menos, porque todos me daban una explicación lógica hasta el momento de mi desmayo... Lo que vino a continuación no era real. Imposible contarle a nadie como, en mi desvarío, había bajado volando del campanario para introducirme por una ventana abierta en cierto fantástico recinto que más parecía ser la cripta de un castillo que una gran sala abovedada, y que allí en medio, dentro de un ataúd abierto, me hallaba yo misma desnuda, muerta, degollada y que la sangre, cayendo gota a gota de mi cuello cortado, iba formando en el suelo un reguero que se escurría por entre las losas grises. Tampoco podía relatarles de que manera, súbitamente, una bandada de palomas había entrado por la misma ventana, yendo a cubrir el cuerpo hasta formar una masa viva y compacta que poco a poco fue quedándose inmóvil convirtiéndose al final en un túmulo de mármol blanco.

No, esto no podía explicarse, ya que les hubiera asustado del mismo modo que a mí me espantaba su recuerdo; así, de todo el asunto se sacó la conclusión de que yo estaba débil, y, por consiguiente, tendría que observar reposo, y, sobre todo, nada de pensar en ir a fiestas ni a bailes. Ahora bien, la prohibición, en lugar de disgustarme, me dejó indiferente, en realidad poco me importaba ir o no al baile, apatía que también atribuyóse a mi enfermedad. Experimentaba una gran debilidad y, por tanto, únicamente ganas de descansar. Me pasaba las horas durmiendo y sólo al caer la noche me despejaba lo suficiente para soñar con los ojos abiertos, imaginando tantas cosas fantásticas que incluso llegaba a dudar de mi razón, porque, lo curioso del caso, es que no tenía fiebre.

La tarde del baile, era ya la hora del crepúsculo, me despertó un rumor de llantos ahogados, en la sala contigua. No podía entender lo que decían, mas daba la impresión de que había mucha gente y todo el mundo hablaba en voz baja. Iba a incorporarme en la cama, estimulada por mi curiosidad, cuando la puerta del dormitorio se abrió, entrando por ella un hombre al que, no pudiendo identificar, tomé por el médico.

-Doctor –murmuré-, ¿qué es lo que sucede?

-Nada –dijo él nerviosamente y entonces advertí que no se trataba del médico-, he venido a buscarte.

Se había acercado lo suficiente a mí para que pudiera ver su rostro.

-¿Vos?... –exclamé muy sorprendida, ya que mi visitante era el joven sobrino del conde, que seguía endosando su traje de viaje con la negra capa sujeta encima de los hombros a semejanza de un manto alado.

-Sí, yo... Pronto. Levántate y vístete; no hay tiempo que perder.

-Estoy enferma...

-No estás enferma, te están enfermando, que no es lo mismo... Venga, date prisa.

Recuerdo que me incorporé, dándome cuenta en ese momento, de que iba vestida; cosa por demás singular, llevaba mi traje nuevo, el que hubiera estrenado en el baile de haber estado sana.

-Me mareo.

Dije, y era cierto; todo empezó a darme vueltas. Estaba muy débil de resultas de haberme pasado tantos días en la cama; las piernas me sostenían a duras penas. Él se acercó a mí con presteza, pasándome la mano por la cintura.

-Apóyate en mí... Yo te llevaré.

Me levantó en sus brazos y yo volví a cerrar los ojos convulsivamente. Creo que perdí el conocimiento, porque, al abrirlos de nuevo  me encontré afuera, en el exterior, bajo un cielo lleno de estrellas y muy cerca del bosque. Me habían recostado sobre la hierba y alguien se entretuvo en desabrocharme el vestido hasta el comienzo del corpiño.

Sentí una humedad pegajosa en la base del cuello, pero no tuve fuerzas para averiguar lo que era. Una persona estaba junto a mí, yo le conocía... tenía unos maravillosos ojos azules que brillaban en la oscuridad como dos aguamarinas, y sus labios sensuales y rojos, muy rojos... igual que si los hubiesen pintado con sangre... formaban parte de aquel rostro en sombras, destacándose de una manera poderosa y fatalmente atractiva.

-Vos sois... –articulé desmayadamente.

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