| JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS | |||
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JANOS (4) Me desperté muy cansada. Amanecía, y, lo primero que vi, abierta de par en par, fue la ventana del cuarto. El aire frío de la mañana helaba el sudor de mi frente. Experimentando una gran opresión encima del pecho; arrojé bruscamente la ropa de la cama lejos de mí... y entonces hice un horrible descubrimiento. Enredada entre mis cabellos, asfixiada, estaba muerta la paloma de la noche anterior, pero lo más espantoso del caso es que tenía su pico clavado en mi cuello y toda ella, y yo en parte, estábamos cubiertas de sangre. Recuerdo la loca zarabanda de los minutos que se sucedieron en aquella hora blanca del amanecer, cuando apenas el sol había salido en el horizonte. Pude refugiarme en la cocina sin despertar a mis padres y me lavé cuidadosamente descubriendo en ese preciso instante, junto a la primera herida hecha por el pico del ave, una segunda incisión. Me vestí, escogiendo para ello un traje de cuello alto. Más tarde amortajé los restos de la pobre paloma en un lienzo y saliendo de puntillas al jardín procedí a su entierro. Temblaba incluso mientras me preparaba un vaso de leche caliente por todo desayuno y al entrar mi madre en la cocina sorprendióse al descubrirme levantada antes de lo acostumbrado. Afortunadamente, sin embargo, no hizo muchos comentarios. Transcurrieron unos cuantos días, los suficientes como para que el recuerdo de aquel suceso tan desagradable se fuera desvaneciendo en mi mente. Aproximabánse las fiestas del pueblo y la máxima preocupación de las muchachas consistía en confeccionarnos un bonito vestido para estrenar en la plaza la tarde del baile, y yo, igual que todas las demás, me afanaba dando los últimos toques al que luciría en la fiesta, uno blanco, bordado con cenefas de flores, y el acostumbrado corpiño negro. La idea original había sido cortarlo con escote, pero, en vista de las circunstancias convertidas en pequeñas cicatrices que se marcaban claramente en la base de mi cuello, tuve que cerrarlo poniéndole una alta gargantilla fruncida en cuatro estrechos volantes. No es que fuesen unas cicatrices muy llamativas, pero hubiese resultado difícil dar explicaciones acerca de su existencia. Dos semanas antes del baile mi padre me envió a la iglesia para llevarle al sacristán unos cestos que nos había encargado. No se trataba de unos cestos corrientes; más bien parecían cajas de mimbre con asas y no sé por qué, al cargar con ellos me hicieron el efecto de pequeños ataúdes. Fue un pensamiento siniestro, lo reconozco, y desagradable, ya que su sola reflexión me estremeció de horror. Últimamente venían ocurriéndoseme unas ideas muy extrañas, diríamos morbosas, acerca de las cosas más simples... No podía ver a un niño bajar por una escalera sin pensar en un accidente, o cuando percibía algún grito en la calle imaginaba también que algo anormal estaba sucediendo, un resplandor inusitado en la noche me hacía pensar, con sobresalto, en incendios, o si llovía con alguna intensidad me obsesionaba atormentándome con una trágica crecida de los ríos... E incluso... y esto era lo más... extraordinario, por decirlo de alguna manera,... veía cosas... Repentinamente, al volver la cabeza, descubría en un rincón el cadáver de un perro, o una mano cortada, crispada y sangrante, o unos ojos fosforescentes, sin párpados, que me espiaban desde los lugares en sombras... Y otras cosas igualmente aterradoras... Tonterías o desvaríos, entonces no sabía el qué con exactitud, pero aquella sarta de absurdos pensamientos me tomaban casi siempre por sorpresa para llenarme de confusión y aturdimiento. Le llevé los cestos al sacristán. Llamé a la puerta de su vivienda y él me franqueó la entrada. Tratábase de un hombre como de unos cuarenta años, vestido siempre de negro, que era alto, muy delgado, pálido y de encrespados cabellos rojos. De no haber sido sacristán las gentes le hubieran tomado manía pues su aspecto no resultaba precisamente el de un servidor de la Iglesia, antes bien el de un acólito del diablo. Me rozó involuntariamente con sus manos huesudas y frías al tomarme los cestos y yo me estremecí. Si voz, sin embargo, desdecía tan siniestro aspecto; era suave y cordial. -Criatura, tan cargada... ¿No los podía haber traído tu padre, o haberme avisado y le hubiera enviado a uno de los monaguillos? -No tiene importancia; son muy ligeras, no me han pesado en absoluto, de verdad. Él los estaba contemplando satisfecho, mirándolos por todos los ángulos y los palpaba para asegurarse mejor. -Magnífico –dijo al cabo-, están muy bien hechos... ¿Cuánto te debo? -Eso arregladlo con mi padre. -De acuerdo... Pero, oye, no te vayas, has hecho un viaje y no me gustaría que te fueras así... Sin descansar siquiera unos minutos. La perspectiva de quedarme por más tiempo en aquel lugar tan poco acogedor como la estancia del sacristán, y, además, en su compañía, no me llenaba de agradecimiento havia él, pero disimulé comprendiendo que rehusar hubiera sido descortesía, así que, de mala gana, me senté sobre el borde de una silla. El sacristán se apresuró a obsequiarme con un vaso de jarabe rojo, demasiado dulce y espeso, mientras hablaba sin cesar. En un punto de su monólogo, le interrumpí con esta pregunta: -¿Para qué queréis estos cestos? No sé ni como se me ocurrió formulársela, pero ya estaba dicho. Otra vez mi indiscreción me había hecho cometer una falta. Él se quedó muy sorprendido. -Son para llevar a las palomas –balbuceó. -Nuestros cestos para el transporte de las palomas, no tienen esa forma. -¿Qué forma? -Esta, de ataúd. -Me parece que te equivocas –contradijo perplejo. -Yo les veo esa forma. El sacristán volvióse para contemplar los cestos, después me observó a mí con curiosidad. -Son cestos completamente normales –afirmó-, como se ven a cientos. -No, no lo son –insistí yo tercamente. Él tuvo un gesto de impaciencia. -Ven conmigo al jardín y te enseñaré algo. Salimos. Mas aquí nuevamente volvió a suceder algo extraño.
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