| JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS | |||
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JÁNOS (3) Al llegar a este punto mi padre se acercó al oído de mamá de forma que no pude escuchar nada, sólo la exclamación de ella, vehemente y horrorizada, que se apartó de él con un respingo dejando caer la labor al suelo. -¡No, no, es imposible eso que dices, no puede ser!, ¿no lo comprendes?... Además, aquí nunca... -Nunca no... –exclamó mi padre triunfalmente- Recuerda hace años... -Eso son leyendas... y tú tienes mucha fantasía –repuso mi madre temblorosa. Entonces decidí interrumpirles, pero sin ánimo de hacer preguntas. No entendía absolutamente nada de lo que hablaba mi padre y además sentía como un extraño temor a las respuestas. Así que entré y me despedí de ellos, deseándoles un feliz descanso. Observé que me miraban con encubierta preocupación, mas nada me advirtieron. Aquella noche estuve despierta hasta muy tarde reflexionando, pero sin comprender nada. Algo, sin embargo, de cuanto había dicho mi padre despertaba ecos en mí memoria... La leyenda, la antigua leyenda, casi un cuento de miedo, que apenas se comentaba entre las gentes del pueblo... Una vez, en tiempos remotos, muy remotos, se decía que por la comarca habíanse desatado invisibles fuerzas malignas que llegaron a exigir el tributo periódico de una doncella. Se comentaba acerca de un misterioso país fuera del nuestro, de un país mágico e invisible también... De un país que era como un reflejo de este, pero diferente, por completo diferente... En realidad, a las gentes pacíficas y tranquilas de la región no les gustaba hablar de tema tan siniestro y poco agradable, y así la leyenda circulaba, cuando circulaba, de manera incompleta y yo diría que, en más de una ocasión inexacta, porque había quien hablaba de una doncella y otras de un muchacho y otras de una doncella y un muchacho que eran arrancados de sus hogares con engaños por los Señores sin Nombre para morar al otro lado de la realidad en un universo que nada sabía del nuestro... Apenas si se susurraba la palabra “vampiro” porque la gente se estremecía al rozar de lejos el tema, ya que mis conciudadanos son personas bondadosas y alegres que procuran de una forma u otra, rehuir siempre el lado feo de la existencia; tenemos una máxima, que, al respecto, nos describe a la perfección: “La vida es siempre tal como la miras; procura mirarla con ojos sonrientes.” Y la mirábamos, o se procuraba al menos. A la noche siguiente, apenas puse la cabeza en la almohada, quedé profundamente dormida, despertándome despejada y fresca al otro día, pero a la tercera, sucedió algo muy extraño. Estábamos en época de luna llena y la ventana de mi dormitorio se abría a los pies de la cama. Acostada, podía ver la luna redonda, blanca y luminosa, como una fruta gigantesca. La noche era, pues, muy clara y el tiempo empezaba a no ser ya muy frío, iba entrando en los dominios del sueño cuando de improviso escuché un brusco aleteo repicar contra la ventana, incorporándome ligeramente miré y gracias al resplandor lunar pude ver entonces sobre el alfeizar de la ventana a una paloma blanca que batía las alas con insistencia como si la persiguieran y por ello estuviera asustada. Resultaba extraño que a aquellas horas tan avanzadas anduviera suelta una paloma, pero tampoco se hacía raro; siempre hay excepciones y palomas que se distraen y pierden su ruta hacia el palomar. Conque me levanté y fui a abrir la ventana diciéndome que al día siguiente indagaría acerca de su origen devolviéndola a quien acreditase ser su dueño. Era una hermosa paloma, un macho joven, nervioso, inquieto. Me llamó la atención que tuviese el pico rojo, porque nuestras palomas no lo suelen tener. Luego, inspeccionándole con detenimiento advertí que tenía sangre en el pico y también sangre entre las plumas. Supuse que la habría perseguido alguna alimaña nocturna y que el palomo, al defenderse bravamente, le había hecho sangre, mas no dejaba de ser curioso el detalle de que él no estuviera herido. Le di agua de mi vaso y aplaqué sus temblores acariciándole, acto seguido le puse en el respaldo de una silla y me introduje en la cama, e iba a dormirme de nuevo cuando la paloma, revoloteando mansamente, se colocó sobre mi almohada y empezó, mimosa, a arrullar al tiempo que su pico con mucha suavidad, comenzaba a picotearme cariñosamente el cabello, las mejillas, el cuello. -Me haces cosquillas –murmuré somnolienta-, estate quieto... Vamos, no te muevas, si te estás quietecito podrás dormir aquí conmigo toda la noche, quieto, quieto, quieto... De los dos fui yo quien se durmió antes. Le estaba hablando y me dormí permitiéndole que se enredase en mis cabellos entre arrullos y suaves picoteos. Tuve un sueño inquieto al que se mezclaron pesadillas. Soñé que alguien, un hombre al que no le veía el rostro, me tenía entre sus brazos apretándome con fuerza, sentía como me besaba hasta quitarme la respiración y luego, mientras yo me ahogaba sin poder revelarme, como, mágicos poderes de desdoblamiento que hay en los sueños, me mordía en el cuello hasta hacerme sangre, pero yo no podía gritar porque él me besaba y me mordía a un tiempo. Más tarde, y siempre en mi sueño, perdí el conocimiento. Sólo sentía, en aquella negrura en la que estaba inmersa, una especie de vértigo y una sensación mezcla de dolor y placer a la que sumabánse el agotamiento y el lacerante fuego de la cuchilla que se hunde, se hunde y desgarra.
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