JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS

JÁNOS (2)

-Depende... Si os gusta caminar, no.

De improviso, y por espacio de unos segundos, permanecí muda mirándole sin verle. Un recuerdo borroso pugnaba en mi memoria por abrirse paso, ¿A quién le había dicho yo las mismas palabras... y no hacía mucho tiempo?... De repente me acordé, empero no estaba muy segura. Fue como esas impresiones fugaces de cosas que recuerdas haber vivido ya cuando te suceden por primera vez... Sólo que yo “se lo había dicho a alguien” antes... Y lo mismo que un fogonazo, el rostro de aquella otra persona, brilló en mi memoria... Sí, claro, se trataba del criado del viejo conde; el día anterior, viernes, nos tropezamos casualmente por una de las callejuelas adyacentes al mercado, y fue la primera ocasión que tuve para cruzar unas palabras con él, por más que de lejos, le hubiera visto en más de una oportunidad. El viejo me preguntó por donde se iba a casa del nuevo herrero, y yo empecé a hablar para decírselo cuando él me interrumpió de una manera poco educada, con estas palabras:

-¿Queda muy lejos?

-Depende... Si os gusta caminar, no.

-¿Y bien?

En esta ocasión era el sobrino del conde el que esperaba una respuesta, volví a ruborizarme y casi tartamudeo al contestar.

-Seguid por esta calle recto hasta los prados, bordeándoles hay un camino que se introduce en el bosque... El os llevará hasta la misma puerta del castillo... Escuchad, ¿no preferiríais ir a caballo?

Esto último lo dije casi gritando puesto que el joven ya se alejaba a paso rápido tras un cortés y frío cabezazo de despedida. No me contestó, en cambio, si oí resonar la voz de mi padre detrás mío.

-¿Se puede saber con quién hablas?

Yo se lo expliqué brevemente, él entonces se asomó a la puerta mirando en lontananza. Mi padre es un hombre que corrientemente está de buen humor y le gusta gastar bromas, por eso cuando le escuché decir con una sonrisa burlona: “lo que es tu sobrino del conde debe tener alas en la espalda porque ya no se le ve por ningún sitio”, me giré rápida yo también, comprobando que en verdad era cierto... y resultaba imposible, porque el final de la calle quedaba en lontananza y aún se divisaba un buen trecho de camino antes de que éste llegara al prado.

Mi padre tuvo un escalofrío y comentó:

-Aunque estamos a primeros de mayo, a veces llegan ráfagas heladas de viento, ¿te has dado cuenta?

No le respondí; me había quedado pensativa y muy desconcertada.

Por la noche, después de cenar, me fui a la cocina para fregar los platos y recogerlo todo. Más tarde, dispuesta a desearles las buenas noches, me dirigí de nuevo al comedor en donde mis padres estaban charlando tranquilamente sobre los acontecimientos del día mientras mamá repasaba la ropa y papá se fumaba una pipa, pero al llegar cerca de la puerta me detuve al tiempo de escuchar algo que me sorprendió muchísimo y que más tarde tal vez me habría llenado de asombro y angustia de haberme parado a reflexionar un poco, si hubiese tenido la mente lo bastante clara para ello, pero como luego no la tuve, cabe decir aquello de que aún era demasiado pronto para imaginar el espanto que en las próximas semanas iba a trastornar mi existencia hasta el momento por completo feliz...

Papá estaba contándole a mamá con voz algo baja y acento preocupado:

-... no puedo negar que sentía curiosidad, un forastero es siempre un acontecimiento en este pueblo, y sobre todo relacionado con el viejo castillo. Así que me pasé por casa del postillón –(era el encargado de repartir el correo)-, y le hice el comentario, después de charlar un rato con él sobre otras cosas. Pareció sorprenderse mucho de que el conde tuviera parientes y desde luego no mencionó nada de haber llevado una carta al castillo una vez haber hecho el relevo con su hermano... Yo no se lo pregunté, claro, porque me parece que tal clase de recuerdo, tocando el asunto, hubiera surgido espontáneamente. Y tampoco me habló, fíjate bien, de que ningún forastero hubiese llegado al pueblo.

-Entonces, ¿tú qué crees?... ¿Qué nuestra hija te ha contado una patraña con ánimo de divertirse a tu costa?

-No, podría creerlo de haber sido otra clase de broma, pero es que hay algo más: cuando ha sucedido todo esto anochecía... –aquí su voz convirtióse en un susurro que resultaba difícil de seguir-, empezando a levantarse el fresco  de la noche... no era la hora en que llega a la plaza el coche de postas, tú lo sabes, viene uno al día y por la mañana, lógicamente, pues, nadie podía haber llegado como no fuese a caballo y yo no he escuchado cascos en el empedrado de la calle... Luego, y esto es muy extraño, nuestra hija, al relatarme lo sucedido me ha dicho, ¡y te juro que estaba muy rara!, con los ojos brillantes y una palidez anormal en el rostro, me ha dicho y fíjate que yo le preguntaba con quien estaba hablando en aquel momento, me ha respondido así al comenzar: “esta mañana, acaba de pasar por aquí”... ¿Te das cuenta de lo absurdo de la explicación?... No es comprensible; la calle estaba completamente vacía, como siempre a estas horas en que la noche empieza a caer... Al mirar en la dirección que ella indicaba no he visto nada... Bueno, sí, algo si he visto... y, ¡voto a tal!... Te juro que he sentido miedo.

-¿Qué has visto?

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