| JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS | |||
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JÁNOS (1) Se alzaba en las afueras del pueblo y todo el mundo le conocía como el “viejo castillo”, no por el castillo de los condes de... o el castillo de..., tal cual era su verdadero nombre, ya que éste, si no olvidado, se mencionaba muy raras veces resultando más cómodo denominarlo así. El castillo era de elevada planta, de piedra oscura y estrecha silueta. Levántabase en una prominencia del terreno, rodeado por el bosque, un bosque denso, entreverado de abetos, robles y tilos en cuya espesura predominaban mayormente las hayas. El viejo castillo, en contra de lo que pueda parecer, no se hallaba deshabitado. Ruinoso, abandonado en parte, servía de morada a un misterioso anciano a quien nadie en la comarca había visto nunca. Su existencia era conocida a través de un sirviente, tan vetusto como se suponía a su amo; cada semana bajaba al pueblo el criado, guiando con singular mano firme un desvencijado cochecillo negro, cada semana, los viernes, concretamente, realizaba sus compras en las tiendas y luego desaparecía diligente y huraño como era su costumbre. Solía adquirir provisiones, y, cosa que siempre nos sorprendía ya que lo considerábamos incomprensible hábito, una paloma blanca; de sobras es conocida en la región, y fuera de ella por todo el país y aun en el extranjero, la fama de nuestras palomas blancas, crianza a la que prácticamente se dedican casi todos los habitantes del pueblo. Algo, sin embargo había en aquella compra que intrigaba a todos invariablemente; una semana la paloma comprada era macho y a la otra hembra, y esto que, en apariencia, carece de importancia, para nosotros si la poseía, ya que las gentes del pueblo no nos tratábamos con los habitantes del viejo castillo, si exceptuamos las visitas semanales del criado al lugar, pero no se ignoraba, esas cosas siempre se saben, que anexo al castillo no existía construcción alguna de palomar. Lo sé, ahora podría replicarse con muy buena lógica, que lo más probable es que la paloma sirviera de alimento al anciano conde, mas aquí interviene otro factor que desbarata tal suposición. La carne de nuestras palomas es reconocidamente insípida y coriácea y si se las cría y cuida, es por su rara belleza que las convierte en reinas de todos los jardines principales; exportamos palomas blancas como existen países que exportan flores o telas o especias. Aclarado este punto, convendrá coincidir con nosotros en que la singular costumbre del sirviente no podía por menos que sorprender a todos. Esta tradición venía repitiéndose muchos años ha, tantos, que la fantasía de las gentes convirtió la edad del conde en legendaria, sólo para que el mito tuviera algo de conseja como aquello ya archisabido del “érase una vez”. Nuestra comarca nunca conociera de fantasmas ni duendes. Teníamos los más bellos prados, los bosques menos temerosos de la Tierra, y cada casa poseía un jardín, el clima era bueno, los habitantes trabajadores, amables y honestos, ¿qué más podía desearse?... Quizás, tal vez, ese pellizco de intriga inocente que nos sugerían la soledad y el retraimiento del viejo conde y su criado, para alimentar nuestra imaginación ya que la existencia discurría por cauces tan tranquilos y pacíficos. En fin, que lo teníamos todo para ser felices, o bien eso creíamos, hasta que un día llegó a nuestras vidas algo nuevo en lo que nunca llegáramos a pensar. La mañana de cierto sábado del mes de mayo, apareció en el pueblo un forastero. Yo estaba en la puerta de la tienda de mis padres, una renombrada cestería cuya fama le viene de antiguo, cuando le vi. Subía por la estrecha calle viniendo sin duda del lugar en donde se apean los viajeros del coche de postas. Eso lo deduje inmediatamente por su rostro desconocido y sus elegantes ropas de ciudad. Lo que ya no entendí tan bien fue el hecho de que apareciera por mi calle, dado que ésta es extrema y linda con los prados que conducen a las afueras. Lo más razonable hubiera sido adentrarse en el pueblo en busca de posada que le conviniera. O bien, si quería salir a dar un paseo hacerlo, sí, pero a caballo. Su aparición repentina me sorprendió; y aún más el hecho de que tan bien vestido forastero, al que se le adivinaba hombre de calidad, anduviera por la calle sin criado que portase su equipaje, no por exiguo menos incómodo. Era joven, de una curiosa palidez cerúlea que en las mejillas se agrisaba con el reflejo violáceo del afeitado y lucía un hermoso cabello negro que no cubría ningún sombrero. Sus ojos me llamaron de inmediato la atención; eran azules, pero no de un azul vulgar, sino del maravilloso azul transparente que poseen algunos gatos negros. Sus facciones, irregulares, no resultaban bellas al primer golpe de vista, pero luego se las iba descubriendo aisladamente apreciándolas en la pequeñez de una delicada nariz y en el correcto dibujo de unos labios carnosos, sensuales, de gesto desdeñoso que al quebrarse en blanca sonrisa, resultaban amables. Se detuvo frente a mi tienda con gesto cansado y me preguntó con una voz grave en la que resonaban extrañas armonías: -Buenos días, señorita, ¿podríais decirme si voy bien para ir al castillo de... ? –y aquí pronunció el casi olvidado nombre del viejo castillo. Era la primera vez en que a mí, con quince años cumplidos, alguien me daba el tratamiento de “señorita”, y semejante ascenso me enorgulleció considerablemente; acostumbrada a ser llamada por mi nombre o como “la hija del cestero”, tal deferencia llenábame de satisfacción y hasta casi diría que de vanidad; podía ser “realmente” una señorita igual que las hijas del alcalde. Me sentí muy importante al responderle: -¿Soy yo la primera persona a quien se lo preguntáis? -Debo admitir que así es... y lo reconozco como falta de previsión por mi parte. Pensé que tratándose de un castillo vería sus torres enseguida. Ahora se mostraba sonriente de un modo encantador e infantil. Recordaba un niño que se hubiera perdido en el bosque y estuviera ofreciendo tímidas excusas. Yo sonreí a mi vez. -Se divisan, no lo dudéis, mas para eso se ha de caminar un poco... Tendréis que salir a un prado y luego cruzar el... Me detuve bruscamente. -¿Adónde habéis dicho que vais? -Al castillo. -¿Al castillo?.. ¡Pero si en ese castillo no viven más que dos... ! Él me cortó a tiempo. -El señor conde y su criado... Soy el sobrino. Lo inesperado de la revelación me dejó aturdida y sólo al cabo pude balbucear. -¿Su... sobrino?... No sabíamos que tuviera familia... Hace tantos años... Él me interrumpió gentilmente. -Sí, en efecto, hace muchos años que vive solo. Yo, en realidad, soy sobrino de tercer grado, mi padre era nieto de un primo suyo... Sin embargo, soy el único pariente que le queda. -¿El... el señor conde sabe que... ? -Naturalmente, me espera; le mandé una carta. -¿Y no os ha enviado el coche? Mis padres siempre me reprochaban aquel vicio que tenía yo de no ser lo suficientemente discreta, aunque por supuesto sabía rectificar a tiempo, conque callé sintiendo como me ruborizaba hasta la raíz de los cabellos. Mas él no pareció reparar ni en mi curiosidad ni en mi sonrojo; dio la sensación, de pronto, como de distraerse con algún pensamiento al que yo no tenía acceso y luego, con insólita dureza en la voz, dijo impaciente: -¿Queda muy lejos?
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