JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS

LAS RUINAS

Tiempo de vacaciones, habíamos ido de excursión y aquella era nuestra segunda noche de acampada. Siendo todos jóvenes y atolondrados, el más viejo no llegaba a los 22 recién cumplidos, nos lo estábamos pasando en grande a base de recorrer kilómetros y más kilómetros entre llanos, aldeas y montes de una parte de nuestro país que no se puede decir que conociéramos muy bien, ya que siempre sucede lo mismo, eliges el extranjero por snobismo y te olvidas de lo tuyo, cosa que evidentemente nosotros no habíamos hecho aquel verano.

A lo que iba. Acampamos y tan contentos. Todos sin excepción nos encontrábamos reventados y con ganas de descansar en el saco de dormir; caminando a semejante ritmo, pronto estaríamos para que nos recogiesen con cuchara.

Encendimos una buena hoguera, las noches eran frías, nos sentamos alrededor y empezamos a comer y a beber en tanto una de las chicas colocaba en lugar preferente su radio-cassete y atronaba el espacio con selecciones de los top ten de moda, que, dicha sea la verdad, nadie escuchaba.

-Contaminación acústica, Nella –dijo el gracioso del grupo y la chica le soltó una palabrota por toda respuesta.

Promediaba la cena, si cena se puede denominar a unos bocatas y varias latas de refresco, cuando alguien, salido de no sé dónde, se materializo delante de nuestras narices lo mismo que un fantasma. Se trataba de un hombre de aspecto agradable, entre cuarenta y cinco y cincuenta años, vestido con ropas apropiadas para la ocasión, o sea de campo pero no de campesino, tenía el cabello canoso y llevaba gafas.

-Buenas noche, muchachos.

-Bu... Buenas noches... –balbuceamos a coro.

Él se adelantó hasta quedar dentro de nuestro anillo.

-Disculpad si os he sobresaltado, pero desde mi casa vi fuego y no sabía si eran excursionistas o es que se había declarado algún incendio en el bosque... Hay que ser precavido.

-¿Vive usted por aquí? –pregunté yo puesto que los demás se habían quedado mudos.

-A medio kilómetro escaso montaña arriba.

-Que paliza, ¿no?, bajar de noche por el monte, para romperse la crisma.

-Hay luna llena, no sé si os habéis apercibido, además ya estoy familiarizado con estos vericuetos.

Ro, otra de las chicas, le invitó tímidamente:

-¿No quiere usted sentarse?, ahora vamos a hacer el café, si le apetece le damos una taza.

El desconocido, muy campechano, se sentó entre nosotros sin demostrar el menor rechazo generacional.

-Con mucho gusto.

Al cabo de un rato y mientras Ro preparaba con desigual fortuna un café soluble al vaso de aluminio, confraternizábamos con aquel hombre como si fuésemos amigos de siempre. En pocos minutos le contamos nuestras vidas y andanzas a lo que él correspondió gentilmente informándonos de quien era, ya que como persona mayor no estaba obligado a más.

-Tengo una profesión muy aburrida, no vale la pena hablar de ella, pero como su desempeño me deja el verano libre –“este es profe”, pensamos-, lo dedico a la investigación de viejas historias, leyendas y cosas así... De hecho estoy escribiendo un libro sobre el tema...

-¿Cómo Charles Perrault o los hermanos Grimm? –quiso saber Doro, la marisabidilla del grupo.

Él sonrió.

-Algo parecido, sólo que yo no escribo cuentos de hadas, sino sobre historias tenebrosas que tuvieron finales espeluznantes.

-¡Oh! –exclamaron las chicas impresionadas, y yo me dije que el tipo vacilaba para hacerse el interesante, sobre todo delante de ellas.

Doro volvió a intervenir con su pedantería habitual:

-Los llamados cuentos de hadas, no son precisamente historias de color de rosa... Se han realizado estudios conducentes a demostrar el sadismo que subyace en su trasfondo aunque pretendan pasar por relatos edificantes.

El desconocido la contempló con mal disimulada ironía.

-En efecto, tienes mucha razón, y de hecho algo hay de eso en mi particular investigación sobre el tema; las leyendas, o consejas, que yo estudio poseen, en muchos casos, vinculaciones concretas con algunos cuentos.

La insufrible Doro continuó implacable:

-¿Cómo la influencia de las antiguas leyendas celtas en loa literatura infantil europea?

-Pues si, aunque ignoro sí de forma intencionada o por puro azar.

Doro sonrió satisfecha mientras el resto la fulminábamos con la mirada.

-¿Investiga in situ? –inquirí, no porque me importase mucho en realidad sino porque algo había que decir.

-¡Qué más quisiera yo!... Me manejo con libros antiguos, sin embargo, a veces, no puedo negarlo, la casualidad ayuda.

-¿Cómo? –la pregunta la realizó en esta ocasión el cabecilla de nuestro grupo.

-Casualidad, repito... Por ejemplo, aquí mismo, muy cerca, existe el testimonio vivo, o mejor dicho, ruinoso, de una vieja leyenda local.

Doro alzó su impertinente nariz.

-¿Verbigracia?

-En una hondonada se pueden ver los restos de lo que antaño fuese una granja. Los encontré por azar la primera vez que alquilé la casita a la que vengo todos los veranos desde entonces; pregunté en la aldea y me contaron...

Alguien le interrumpió curioso.

-¿Qué le contaron?

Él paseó en torno suyo, una mirada ligeramente burlona.

-Un cuento de miedo auténtico –hizo una pausa controlada que sirvió para que todos expresásemos, con nuestro silencio, el deseo de que nos lo explicase, pero el desconocido dijo algo muy distinto.

-Hace una espléndida luna llena, si apagáis el fuego, puedo guiaros hasta la hondonada, así veréis las ruinas.

-¿Y eso qué? –exclamó con cierto temblor histérico en la voz, Teo.

-Pues eso, mi joven amigo, es visitar el lugar de los hechos y escuchar la historia allí... Creo que resultará de lo más indicado... Ahora, si os da miedo...

No nos hacía ninguna gracia, pero antes fingir que reconocerlo. Así que apagamos la hoguera y le seguimos como un hato de borregos.

La hondonada quedaba frente a nosotros en el camino, o sea que estaba por descubrir, posiblemente al otro día la hubiésemos bordeado, quedando intrigados sin más, o tal vez no le habríamos concedido importancia, porque bajo la luz del día las cosas se ven de manera muy diferente, pero de noche y con luna llena es lo mismo que en la Fiesta de los Fieles Difuntos, cuando eres pequeño y van y te relatan un cuento de miedo.

Todos nos asomamos a la hondonada y miramos con cierto repeluzno; abajo, en un calvero bastante grande, se podían vislumbrar con detalle, bajo la fría claridad lunar, las ruinas de una pequeña edificación, míseros muñones calcinados, lo que hacía suponer un remoto incendio, que por las trazas debían ser bastante antiguas.

El gracioso del grupo volvió a intervenir con censurable inoportunidad:

-¡Jo, si parecen las ruinas de Manderley después del incendio!

Nadie le rió la salida.

El lugar resultaba de lo más siniestro bañado en aquella luz espectral; pude darme cuenta de que entre los restos no crecía la hierba, que el terreno semejaba tan desolado como la ladera de un volcán, o sea muerto, sin rastro de vida, que no se percibían los clásicos rumores del bosque allá abajo, ramas que crujen, ulular de aves nocturnas, aleteos misteriosos, cantos de ranas o de grillos, y de que los árboles, en lugar de extender las ramas en todas direcciones, no lo hacían en aquella en donde un día lejano debió alzarse la granja rodeada de campos, ahora invadido por una naturaleza prudente que no pasaba “más allá”, lo que no dejaba de ser ciertamente aterrador; si hubiese habido cables de alta tensión otra cosa habría sido, comprensible, quiero decir.

El desconocido, que estaba junto a mí, pareció leerme el pensamiento.

-Los árboles tienen su sensibilidad –me comentó amablemente y yo me estremecí.

-¿Queréis descender? –preguntó a continuación, recibiendo una temerosa negativa por contestación.

Ro balbuceó en un susurro apenas audible:

-Parece un lugar maldito.

-Y de hecho lo es.

-Yo quiero volver al campamento –gimoteó Nella produciéndonos un gran alivio con su petición.

-De acuerdo, regresemos... Una vez allí os cuento la leyenda, ¿vale?

¡Y tanto que valía!, con que deshicimos el camino hecho más que deprisa y sólo cuando nos vimos de nuevo en el campamento, respiramos tranquilos.

Sentados alrededor del fuego apagado y con la luz de la luna paseándose por entre las cenizas, escuchamos la historia que nos contó el desconocido, una historia que creo que a ninguno de los allí presentes le será difícil olvidar, aunque viva cien años.

-Hace mucho tiempo, mucho, tanto que se ha perdido la conciencia de una fecha determinada, en las afueras de esta aldea, vivían un padre y una hija en una granja de labor; la mujer del campesino había muerto hacía dos años, dejando así huérfana de madre a la niña que entonces contaba catorce.

En un principio, el desconsolado viudo no cesaba en su llanto y demás demostraciones de dolor, ya que la muerta, no sólo había sido una excelente persona, sino, también, mujer muy agraciada... ¿Recordáis el cuento de Piel de asno?... Un rey pierde a su reina y está tan triste, tan desesperado, que todos temen por su razón... Entonces los consejeros le sugieren un segundo matrimonio; el rey, indignado, rechaza tal idea. Pasa el tiempo, tal vez un año, tal vez dos, y un mal día el rey descubre en su propia hija las mismas virtudes y belleza de la esposa desaparecida... Supongo que no habréis olvidado el resto del cuento... Él le propone matrimonio, la hija lo rechaza espantada, etc., etc.

¿Qué a qué viene esto?, muy sencillo, he querido poneros un ejemplo para que lo comprendierais mejor, ya que así fue como sucedió en este caso con el granjero, quien, también otro mal día, descubre en su hija el retrato perfecto de la fallecida y en su insensato dolor, en su locura que el tiempo no ha conseguido mitigar, pues descuidó, perdiéndolos, ganado y aves de corral, cree haber recobrado a la compañera muerta. Mas este granjero no es el rey de un país de leyenda y la muchacha no puede exigir siquiera la piel de un asno encantado para retrasar la incestuosa proposición; en la realidad las cosas son muy diferentes.

El padre la persigue, ciego en su desvarío, la niña intenta huir, se refugia en el vacío establo, el padre rompe la puerta, ella salta por una ventana, cae sobre la tierra blanda del huerto y se tuerce un tobillo, asustada gime de dolor, se arrastra por el suelo, su padre aparece frente a ella, se acerca, se acerca, sonríe, la llama por el nombre de la desaparecida... La muchacha, tan extraviada la razón como su propio padre, intenta retrasar el momento fatal golpeándole con lo primero que a mano encuentre, tantea a ciegas mientras él se inclina sobre ella, y de pronto sus dedos dan con un objeto duro y frío: es el metal del hacha que quedó tirada aquella mañana, después de cortar la leña... Todo sucede en cuestión de segundos, coger el arma, blandirla en el aire... y la cabeza del padre que rueda junto a su hija, convertida en sangrante despojo...

La verdad es que todos nos quedamos muy desagradablemente impresionados; las chicas ofrecían una expresión mezcla de asco y horror y sus rostros semejaban máscaras blancas bajo la luz de la luna, en cuanto a nosotros, no teníamos mejor pinta, pero la narración aún no había terminado, ya que el desconocido prosiguió tranquilamente:

-Después de aquello, la muchacha todavía pudo sacar fuerzas de flaqueza, no se sabe de dónde, consiguiendo enterrar, renqueando, el cadáver en el jardín que se extendía entre el huerto y la granja. Agotada por el esfuerzo realizado, regreso a su casa brillándole en los ojos una extraña expresión.

Aquella noche, la hija del granjero se despertó sobresaltada porque le había parecido escuchar en sueños, el rumor de una innominada presencia deambulando por el jardín, desconcertada, salió al exterior encontrándose inesperadamente con un joven muy apuesto. Se pusieron a hablar como si fueran viejos amigos que tras una larga separación vuelven a encontrarse, y al cabo de una hora ella estaba en sus brazos, allí mismo, entre las flores del jardín.

Amanecía cuando la muchacha parpadeó despertando bajo la fría luz del alba, y buscó el rostro de su amante...

Una semana después, un vecino, sorprendido de no saber nada del viudo y su hija, ya que solían ir a menudo al mercado del pueblo a vender los productos del huerto, llevado de puro interés amistoso, fue a visitarles para ver si algo les había ocurrido o tenían necesidad de su ayuda.

La puerta de la casa estaba abierta, pero allí no había nadie, mas al salir de nuevo y dirigirse al jardín, descubrió horrorizado, emergiendo de una fosa muy poco profunda, el pavoroso espectáculo de dos cadáveres estrechamente enlazados y en avanzado estado de descomposición, de los cuales el del hombre aparecía decapitado...

Nella exclamó aterrada:

-¡Se cargó al chico también!

-No –repuso el narrador sin inmutarse-; nunca fue el chico.

 

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