JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS

EL CAMINO DEL NO REGRESO

Hans hizo un alto. Llevaba muchas horas caminando por montaña, llano y bosques ya que su escasa fortuna personal no le permitía tener un caballo bueno, o malo, que le aliviara de las fatigas que siempre acarrea el ir a menudo de un lado para otro si no dispones de un trabajo estable y bien remunerado. Ahora se hallaba en pleno bosque y frente a la elección de dos senderos que componían una horquilla bastante transitada a juzgar por lo desprovista de hierbas que se mostraba al viandante. ¿Cuál elegir? Él se encaminaba a Wiesen en donde le habían dicho escaseaban los escultores marmolistas y como esa era su profesión, allí iba deseoso de aposentarse de una vez, que a lo largo de sus veinticinco años de vida muchos lugares había visitado, desde los trece en que empezó el oficio de aprendiz, sin poder echar raíces jamás.

Los dos senderos bifurcados tiraban, como era de esperar, uno a la derecha y otro a la izquierda, y nuestro viajero decidió rápidamente elegir el de la izquierda que internábase allá en donde el bosque se espesaba más, pues, creyó vislumbrar los techos de un pueblo no en exceso distante, posiblemente el que andaba buscando.

Resuelto, no se lo pensó dos veces y eligió el camino de la izquierda, mas apenas había avanzado cuatro pasos cuando oyó una voz estentórea a sus espaldas que le gritaba:

-¡Eh, forastero, deteneos!

Hans se volvió muy sorprendido, contemplando entonces a un clérigo de mediana edad que, a lomos de su asno, le hacía señales para que se detuviese.

-¿Qué sucede, padre? ¿Queréis algo de mí?

El otro, sin permitir que su borriquillo avanzase, repuso:

-Mal sendero habéis escogido, pues se trata del camino del no regreso ya que quienes en él se aventuran no salen nunca más de ese bosque tenebroso.

-¿Tenebroso? –repitió como un eco Hans ya que a él no se lo parecía.

-¡Y tanto! –exclamó el sacerdote-; ¿es que acaso no lo veis?

El forastero volvió la cabeza para observar de nuevo una espesura que se le antojaba amable y bella, altos árboles de grueso tronco, verde follaje, mariposas blancas, aves que volaban tranquilas entre la fronda, y las techumbres del lejano pueblo que ahora comunicaban la sensación de brillar con más intensidad bajo el sol de las primeras horas de la tarde. ¿Dónde estaba el aspecto tenebroso?

-¿No está allí el pueblo de Wiesen?

El religioso se santiguó apresuradamente.

-No, no, no está en ese bosque maldito, lo encontraréis cogiendo el camino de la derecha si es esa la dirección en la que vais. Yo vivo en Wiesen desde hace muchos años pues allí tengo mi parroquia.

El viajero, desconcertado, desanduvo los cuatro pasos dados y reuniéndose con su interlocutor, le dijo:

-Si me permitís, os acompañaré, ya que siendo vecino del pueblo, a vuestro lado no puedo extraviarme. También me gustaría que me contarais la historia de ese bosque singular al que dais el calificativo de maldito; imagino que debe ser interesante.

El asno se puso en movimiento espoleado por su dueño y lentamente emprendieron la marcha por el sendero de la derecha.

-Y lo es, no tengáis la menos duda, pero corta y misteriosa; desde tiempo inmemorial, quien en ese bosque entra no sale jamás, desaparece y como comprenderéis a nadie se le ha ocurrido la idea de ir a investigarlo.

Hans asintió en silencio sumamente impresionado.

-¿Y vos, amigo, a qué venís a nuestro pueblo? –quiso saber el clérigo con afabilidad.

-Soy escultor marmolista, y oí decir que en Wiesen abundaba el trabajo para los de mi oficio.

Su interlocutor suspiró con cierta melancolía.

-Bien cierto es, bien cierto es, desde luego que no os faltará el trabajo en estas tierras.

De pronto se escuchó a lo lejos el alegre ladrido de un perro.

-¡Dichoso animal! –rezongó molesto el sacerdote- Siempre lo mismo, va y viene y al final tengo que hacer el camino solo, ¡el día menos pensado se extraviará!

-¿Vuestro perro?

-Si, aunque bien podría ser el de todo el mundo ya que se pasa mas tiempo fuera que dentro de casa; es muy curioso y sociable... Más de una vez he creído que no volvería nunca más; lo que menos me gusta es que ande a su antojo por el bosque, ¡con la de trampas que suelen poner los cazadores!

Como si el mencionar la palabra “trampa” hubiera sido una señal, en el instante, los ladridos del can se transformaron en una serie de gañidos que nada bueno presagiaban, alterándose el religioso.

-¡Ya está, seguro que lo atrapó un lazo!, pero, ¿dónde, en que lugar del bosque?

El viajero exclamó impulsivamente:

-¡No os preocupéis, iré a buscarle!

-¡No, no, no vayáis, recordad que es peligroso... !

Recomendación inútil; Hans se internaba ya ágilmente en la espesura, desandando el trecho que habían recorrido.

Los ladridos del perro le guiaron en una dirección que lógicamente no conocía, pero que a él se le antojó que llevaba a la derecha y no hacia la izquierda si por la altura del sol había de fiarse. Al cabo, dio con el animal al que vislumbró saltando alrededor de algo que resultó ser una avispa, lo que no dejó de extrañarle, claro que el perro podía ser temerario, máxime si, como se advertía, era bastante joven.

-¡Eh, oye, ven aquí, que tu amo te espera!

El perro meneó el rabo juguetón, le ladró a la avispa, por la que perdió cualquier tipo de interés repentinamente, y dando media vuelta echó a trotar hacia lo profundo del bosque entre ladridos que parecían indicarle, a quien le perseguía, una constante localización.

Corre que te correrás a grandes zancadas, Hans olvido las prudentes recomendaciones del sacerdote y adentróse en la floresta sin saber lo que se hacía, ya que sólo una idea bullíale en la cabeza: restituir el díscolo animal a su amo. Finalmente el perro se detuvo en la linde de unos campos de mies a punto de ser segada, y con la lengua fuera y expresión de felicidad, se le quedó mirando para luego dar un salto inesperado echando de nuevo a correr rumbo a una no muy distante granja que pintaba el aire con el sutil trazo de humo que salía de su chimenea.

-Bueno, lo que se dice un atajo –pensó el viajero-, hemos llegado al pueblo de Wiesen por el camino más corto, supongo que habrá que avisar al párroco.

Siguiendo al perro, pero ya sin acalorarse, el joven caminó hasta la granja justo en el momento en el que un campesino iba al cercano pozo a sacar agua. El granjero le contempló sin sorpresa alguna y aunque su actitud no fue hostil tampoco resultó amigable.

-Buenos días, disculpad el que haya entrado en vuestras tierras, pero es que el perro se escapó y su dueño temía que se extraviara... Le debéis conocer, es el de vuestro párroco.

El granjero, lacónico, le indicó extendiendo el brazo:

-La aldea está allí –y volvióse a reintegrar al quehacer de sacar agua del pozo pareciendo haberse olvidado de su presencia.

Un poco chasqueado, Hans resolvió encaminarse al pueblo, más que nada para tranquilizar al dueño del perro respecto de la suerte de éste, ya que le suponía de regreso a su parroquia; no hubiera tenido objeto que le aguardase aún en el bosque.

El pueblo, aldea lo había llamado el granjero, lo componían un conjunto de casas pintadas de blanco y con alegres techumbres de un marrón acusadamente rojizo, las ventanas mostraban tiestos con plantas floridas e incluso las puertas de las casas los lucían también, las calles estaban empedradas y aparecían muy limpias, pero, sobre todo, lo que más atrajo su interés, fue la simplicidad y la belleza que se observaba allí tanto en las construcciones como en su disposición, y eso que estaba acostumbrado a recorrer pueblos, pero aquel, por fuerza había de reconocer que era diferente a todos.

-Bien –se dijo-, he aquí un pueblo edificado con buen gusto; no me extraña que necesiten de los servicios de alguien como yo: seguro que hago fortuna –y se llenó de alegría porque en verdad necesitaba que la suerte le sonriera.

Los transeúntes iban y venían ocupados en sus asuntos dando la impresión de que no se fijaban en la presencia del forastero, hasta que Hans detuvo a uno de ellos, una mujer que llevaba un cesto, y le preguntó educadamente:

-Señora, ¿podéis decirme en donde se halla la iglesia?

La mujer, cuya expresión era más bien triste, tardó unos segundos en contestarle y luego le dijo bruscamente aunque de buenas maneras:

-Aquí no hay iglesia, señor.

-¿Aquí no hay iglesia? –repitió estupefacto el viajero.

-No, no la hay... ¿Acabáis de llegar, no es cierto?

-Sí, si que lo es, y busco al párroco porque...

La mujer sonrió con melancolía.

-Venid, seguidme, por favor.

Sin saber que pensar, él hizo lo que ella le rogaba, y pronto estuvieron frente a la puerta de una casa de blanca fachada y risueñas ventanas llenas de tiestos. La mujer empujó la puerta que se abrió con suavidad mostrando una sala alegremente empapelada y en la que los muebles eran sencillos y acogedores.

-Esta es vuestra casa –le explicó al desconcertado forastero-, podéis disponer de ella con entera libertad sin rendir cuentas a nadie –y no agregando una palabra más, alejóse con presteza.

-Un momento... –empezó a decir él, mas ella ya estaba demasiado lejos para oírle, en cambio, un transeúnte que pasaba por allí, descubriéndole, se le acercó.

-¿Sois un recién venido?

-Si... Y no comprendo lo que pasa, acabo de llegar, me han dicho que no hay iglesia y se me ha regalado esta casa, en verdad no entiendo nada de lo que está sucediendo, ¿podríais vos darme alguna explicación?

-¿De dónde venís?

-Me dirigía hacia Wiesen...

-¡Wiesen, uno de los más hermosos pueblos de Baviera! –le interrumpió nostálgico el desconocido- Yo nací allí; ojalá pudiera volver, muchas noches sueño con mi pueblo, que paseo por sus calles, que entro en la taberna a beber con los amigos, que voy a misa los domingos con mi mujer y mis hijos... Pero no son más que sueños, sólo sueños... ¿Y vos?

-¿Yo qué?

-¿También habéis dejado seres queridos detrás?

-No, estoy solo en el mundo y me dirigía a Wiesen para encontrar trabajo; soy escultor marmolista, pero vos, ¿qué hacéis aquí estando tan cerca de los vuestros, y por qué no podéis reuniros con ellos?

El otro se mostró pesaroso.

-No lo sé, un día, caminando por el bosque, me extravié llegando a esta aldea y cuantas veces he querido regresar a mi hogar, una fuerza misteriosa me lo impide, llego a la linde de los campos con la espesura y ya no puedo avanzar un paso, es lo mismo que si me ataran con cuerdas piernas y brazos.

Hans se acordó de lo que le había contado el buen clérigo, experimentando un escalofrío de pavor. ¿Estaría perdido él también en aquel camino del no regreso?

-¿A todos los habitantes de este pueblo les sucede lo mismo? –quiso saber asustado.

-Si, todos pueden contaros una historia similar a la mía: se internaron en el bosque, llegaron aquí y aquí permanecen, aunque no podamos quejarnos, ya que no nos falta de nada, casa, comida, trabajo... Algunos han venido con los suyos, otros con sólo un familiar, esposa, hermano o hijo... En ocasiones se presentan muchachas, e incluso niños... Todos son muy bien acogidos, pero ello no impide que estemos tristes e insatisfechos, hasta que llegan a reunirse con nosotros algunos de los que amamos, perdidos también en el bosque que conduce a esta aldea.

-¿Y por qué sucede todo esto?

Su interlocutor se encogió de hombros expresivamente.

-¡Si lo supiéramos!... Sucede, y no hay más.

-¿Tal vez una maldición, un embrujo? –insistió el viajero.

-¡Quién sabe!... Lo cierto es que nunca hemos podido averiguarlo, ni tampoco el señor del castillo nos ha dicho nada.

-¿El señor del castillo?

-Si, mirad hacia el norte, ¿veis allí, sobre la cima de aquella verde colina, una fortaleza?; ahí reside el señor de estas tierras, un amo bueno y generoso, tal vez atrapado como nosotros mismos, que se esfuerza en que seamos felices, pero que jamás ha respondido a nuestras preguntas.

-¿Por qué?

El hombre rascó el suelo con la punta de su brillante bota.

-La verdad es que no nos hemos atrevido a hacérselas... Nos da miedo pensar en respuestas que desconocemos y como aquí estamos bien... Incluso, de vez en cuando, algunos marchan al interior del país para establecerse en ciudades importantes y prosperar, ya que su categoría se eleva al ascender por méritos...

-¿El interior del país, de qué país?, porque no puede tratarse del de fuera del bosque si no podéis salir de aquí.

-¡Oh, no!, no es del país de donde procedemos, es otro país, igual que esta es otra aldea; se nos permite alejarnos, siempre y cuando no intentemos regresar a nuestros hogares.

Hans, atónito, no daba crédito a cuanto escuchaba.

-Yo soy forastero, no me he establecido en este lugar todavía aunque ya me haya sido cedida generosamente una casa; iré a ver al señor del castillo y le exigiré que aclare esta extraña situación de una vez por todas.

-Esfuerzo perdido –le manifestó tristemente el aldeano-; seguro me hallo de que no os dirá absolutamente nada, ya que tiempo ha tenido de hacerlo con nosotros, caso de haber querido, y no lo ha hecho.

El escultor marmolista no le hizo caso; estaba tan dispuesto a esclarecer el enigma que hasta el miedo se le había disipado, y a él el señor del castillo ya ni le impresionaba ni le causaba temor. Conque dicho y hecho, sin vacilar un segundo, Hans volvió a emprender un camino que en esta ocasión le conduciría a presencia del misterioso dueño del feudo.

El castillo estaba más cerca de lo que él se imaginaba, o bien el camino se le hizo muy corto abismado como estaba en sus airadas reflexiones; ¿quién se creía que era ese caballero para sojuzgar de manera tan cruel a aquellas pobres gentes?; poca importancia tenía si resultaba ser un mago poderoso, porque él, como buen cristiano, nada había que temer de las asechanzas de los brujos.

Cuando llegó a las puertas de la fortaleza, el puente levadizo se hallaba tendido invitadoramente, lo que le hizo suponer que el mago le aguardaba, y, muy decidido, lo cruzó con paso firme; traspuso el patio, inmenso, vacío y silencioso, y pronto otra puerta abierta le indicó que por allí debía pasar encontrándose de inmediato en un salón de regulares dimensiones sobriamente amueblada, aunque con elegancia, en donde, ocupando lo que parecía un alto sitial, se hallaba el dueño de todo aquello, caballero de edad indeterminada, corpulento, muy  bien vestido, de nobles facciones, cabellos y barba rubios y ojos penetrantes.

El joven le hizo una cortés reverencia y quiso comenzar a hablar, pero el señor del castillo, se le adelantó:

-Has venido, Hans –le dijo-, bien que no de tu natural sino en pos de un perro, te has perdido y has llegado a mis dominios, o, mejor dicho, a la frontera de la que soy el guardián, y ahora quieres preguntarme muchas cosas... La más importante, que por qué retengo en contra de su voluntad a esas personas que has visto, ¿no es cierto?

De mala gana, Hans tuvo que admitirlo.

-Sí, es verdad, y creo que no es justo hacer un abuso de poder tan grande; ¿qué derecho os asiste, señor, acaso sois algún mago poderoso, para secuestrar a esas pobres gentes impidiéndoles el regreso a sus hogares en donde serían mucho más felices que aquí por más que vuestro feudo se asemeje a un paraíso con sus cielos tan azules, sus dorados campos, sus frescos prados y sus bosques tan verdes?

-A mi no me asiste ningún derecho, ni soy mago alguno, Hans –repuso el caballero gravemente-, no lo hago porque quiera hacerlo, sino porque tengo que hacerlo, es mi obligación...

-¿Os pagan por ello?

El noble señor suspiró con resignación.

-No te lo puedo explicar porque no lo entenderías; no te han educado para comprenderlo.

Osadamente, el joven propuso:

-Pues instruidme vos.

El otro se alzó revelando una estatura casi gigantesca, mas, a pesar de ello, no inspiraba temor alguno; su expresión era bondadosa aunque revelaba un gran cansancio.

-Ni tú ni yo tenemos tiempo para ello; vuelve por donde has venido y procura olvidar cuanto has visto... Yo no te deseo ningún mal, así que regresa al camino y dirige tus pasos a ese plácido pueblo bávaro, ya que es allí hacia donde ibas cuando te distrajiste.

-Me extravié.

-No, buscabas a un perro, que es muy distinto... Vete en paz.

-Pero... –comenzó a porfiar Hans terco, a lo que el señor del castillo dio una palmada y todo se esfumó como el humo, encontrándose de nuevo el escultor en el bosque, junto al sendero de la derecha mientras el sacerdote, sobre el asno no dejaba de exclamarse:

-¿Veis?, tiempo perdido, no habéis hallado a mi perro, y el camino aún es largo hasta llegar al pueblo, seguro que el estúpido animal aparecerá en cuanto menos lo esperemos... ¡Venid, venid, no es bueno permanecer mucho tiempo junto al sendero siniestro que sólo males puede traer!

Tres cuartos de hora más tarde llegaban a Wiesen y el mismo párroco le ofreció momentánea hospitalidad, asegurándole que dada su profesión, pronto tendría trabajo y mucho. Después de un almuerzo copioso regado por un vino excelente, y luego que el sacerdote hubiera cumplido con los santos ministerios de su oficio, atardecido, llevó al huésped a dar un corto paseo que les condujo muy cerca, al cementerio del lugar. Recinto espacioso y que llenaban sepulcros a cuál más hermoso ya que todos eran de mármol y coronaban magníficas estatuas, bustos sobre pedestales o bien, encima de las losas, exquisitos bajorrelieves.

-Mirad, admirad, mejor dicho, tanta desolada belleza... Vamos ampliando poco a poco el cementerio ya que muchos son los que murieron en tiempos pasados y siempre hemos de buscar sitio para los que fallecen, porque esta es su tierra y en ella deben reposar, ¿no os parece?

Pero Hans no le escuchaba; se había detenido frente a la estatua de una mujer con una cesta cuyo rostro le resultó familiar, la estaba contemplando fijamente cuando el vuelo de una mariposa vespertina dirigió su atención hacia otra obra escultórica, esta era la de un hombre cuyo atuendo se remataba con unas botas. Hans avanzó en esa dirección como un sonámbulo y casi tropieza con una tumba sobre la que aparecía representado el bajorrelieve de un campesino sacando agua del pozo.

El párroco silbó arrancando al joven de su estupefacción.

-Disculpad si os he sobresaltado, creía haber visto a mi perro corriendo por entre las tumbas.

-¿Y no era él?

-No, no era él, vaya, creo que no –el sacerdote frunció el ceño perplejo-. A ver si está en casa cuando lleguemos... No me gustaría que fuese el primer animal que se extravía en el camino del no regreso, sabiéndolo nosotros claro, porque a un perro, aunque sea el mejor amigo del hombre, no se le pueden hacer misas.

 

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