JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS

JANOS (8)

El concepto del tiempo se fundió en mi mente; no existía nada fuera de nosotros mismos, ni el siniestro lugar, ni el conde, ni los tenebrosos salones, ni siquiera las gentes que intentaban forzar las puertas del castillo... Nada ni nadie existía, sólo él y yo en el vacío, los días pasados no podían ser un recuerdo y los venideros aún no habían nacido... Cogió mi rostro entre sus manos, alzándolo hacia el suyo, sus labios se deslizaron entre los míos, unos labios húmedos, suaves como el aleteo de una mariposa... Yo me quedé inmóvil, con los ojos cerrados; creo que ni respiraba.

Al separarnos le oí decir con voz ligeramente enronquecida:

-Me tengo que ir, de lo contrario estos hombres me mataran, sólo te ruego que no dudes de mí... Te quiero... Ten fe en lo que te digo, por favor...

Abrí los ojos y ya no estaba, quise llamarle pero ignoraba su nombre, miré entorno y no vi nada... ¿Podía haber escapado tan velozmente por las escaleras del torreón?

De él no me quedaba más que su beso en los labios, el recuerdo azul de sus ojos implorándome que le creyese, el contacto leve de sus manos, sus palabras...

Comprendí en ese mismo instante en que él ya se había alejado de mi lado, que le amaba y si el descubrimiento hubiese debido sorprenderme, no lo hizo, aunque en el estado de ánimo en que me hallaba creo que pocas cosas, por descabelladas e insensatas que fuesen, habrían podido tomarme por sorpresa.

Le amaba y le había perdido antes de descubrirlo. Acababa de quedarme sola en lo alto del torreón, envuelta por la noche, con la misteriosa vecindad de lo que bullía en las entrañas del castillo, y el griterío de mis convecinos por toda compañía... ¿Volvería a verle?

Noté fluir algo cálido en la base de la garganta y al tocarme con la mano comprobé que era sangre. Recuerdo que estaba mirándome la punta de los dedos con la fija expresión de los idiotas, cuando ellos llegaron al torreón con mi padre encabezándoles, el resto eran caras conocidas, sentí como el suelo vacilaba bajo mis pies, y, de repente, la noche lo invadió todo.

Dijeron que había estado muy enferma. Unas fiebres cerebrales, aseguraron. Tardé meses en recuperarme y por fin llegó de nuevo la primavera.

El castillo no existía ya, durante mi enfermedad, me contaron, cayó un rayo en él provocando un incendio que lo redujo a cenizas. Me dijeron que en ese incendio perdieron la vida el viejo conde y su criado. Asentí creyéndoles. La vida había recuperado su normalidad y yo estaba sana y tranquila; los delirios y las alucinaciones fueron un producto de mi enfermedad; al cesar ésta todo volvía a ser lógico.

Cierto atardecer salí a dar un paseo y me alejé en dirección a los prados.

Era un día extrañamente cálido de finales de abril; el tiempo resultaba agradable y constituía un placer caminar entre las altas hierbas. Al final me senté al borde del camino en un mojón de piedra. Estaba algo cansada y el espectáculo era muy hermoso. Pestañee bajo la luz de un sol que declinaba, vislumbrando entonces que alguien se acercaba por el sendero, alguien en un carricoche. No fue necesario que se aproximase mucho para reconocerle. Al llegar junto a mí me encontraba de pie esperándole... y no experimentaba el más mínimo temor.

Sus ojos azules brillaban de alegría bajo las espesas cejas negras, detrás de él se comenzaban a levantar esas brumas rojizas del crepúsculo.

-He venido a buscarte –me dijo con su voz grave.

Y yo respondí:

-Sabía que vendrías.

-¿A pesar de todo?

-A pesar de todo.

-Nunca estuviste enferma.

-Lo sé.

-Ven... –me alargó la mano.

Su mano estaba helada. Alcé el rostro hacia él.

-Bésame –le pedí.

Cuando me besó de nuevo supe que nunca me separaría de él y que sucediese lo que sucediese, jamás dejaría de amarle.

Me senté a su lado en el pescante.

-¿Cómo te llamas -quise saber.

-János –me respondió él, azuzando a los caballos.

El coche arrancó al trote vivo hasta convertirse en un punto en la lejanía que empezaban a señorear las tinieblas nocturnas, y pronto desapareció, mas, para entonces, eso había dejado de tener importancia.

Fin de János
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