JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS

JÁNOS (7)

-No, no debo continuar acerca de ese extremo... Bástete saber que yo soy el último descendiente de la familia de servidores del conde, sobrino nieto del criado que todos conocéis en el pueblo y que si estoy aquí es porque mi tío me llamó no hace mucho... Mas yo he viajado y he estudiado... y no soy supersticioso... En cuanto llegué al castillo, lo primero que hice fue derribar el muro de ladrillos, descubriendo algo que ya imaginaba desde hace mucho tiempo... No obstante, creí que estaba momificado; constituyó un error imperdonable por mi parte...

Al tercer día de mi llegada, era de noche, se me ocurrió descender a la cripta... Fue algo parecido a una inspiración repentina... El ataúd estaba vacío... La sorpresa inesperada nos llenó de inquietud a mi tío y a mí... Vigilamos, espiamos, indagamos y lo único que pudimos saber es que tú te hallabas indispuesta, que habías caído enferma de una rara dolencia, cuyos síntomas eran claros para nosotros... La pista nos la dio tu desmayo en el campanario...

-¿En el campanario? –interrumpí sin comprender- Pero si yo me desmaye en...

Él no me hizo caso y prosiguió muy seguro de lo que afirmaba

-Te desmayaste en el campanario, en el antiguo campanario... Por la noche esperamos sin acostarnos mi tío y yo... Él salió volando de allí -¿de dónde?-. Al amanecer le vimos regresar, entramos  después y...

Le interrumpí de nuevo:

-¿Y el sacristán?

Sus ojos relucieron en un singular resplandor de alegría.

-Durante tu enfermedad han sucedido muchas cosas, una de ellas fue la muerte del sacristán; cayó por las escaleras del campanario una mañana, rompiéndose el cuello... Por lo que respecta al viejo conde... Hicimos con él lo que se tenía que haber hecho hace mucho tiempo... Mira.

Su acción fue tan rápida como el rayo y tan imprevista que no la pude sospechar. Bruscamente, y al tiempo que me dejaba sobre el suelo, empujó la tapa del ataúd. Aquel fue un momento de horror indescriptible, uno de esos que aunque viviese mil años jamás podría olvidar.

Pero no, no lo describiré, no describiré lo espantable que vieron mis ojos dentro del ataúd... Sólo diré que allí en donde en otro tiempo estuvo el corazón, sobresalía, entre la horrible miseria de su decadencia, una aguzada estaca.

Creo que grité, o si no lo hice fue un eco que brotó de mi propio terror, el que escuché resonar encima de mi cabeza, rebotando, golpeando, por entre las bóvedas y las paredes de la cripta. Corrí, corrí sin darme cuenta que huía, tropecé, me caí varias veces en aquella loca fuga sin otro destino que el de escapar y escapar del conde, de su criado, del sobrino de éste y del castillo, mas huía encerrada dentro del mismo círculo del que pretendía alejarme.

Corrí por pasillos y pasadizos, subí escaleras sin saber a ciencia cierta a dónde iba y de pronto me encontré metida dentro de una sala inmensa que quizás en otro tiempo fuera el salón de baile del castillo... Sin embargo, en esta ocasión no había parejas que danzasen allí al compás de la música; la única música que percibíase, si es que a eso se le puede llamar música, era un extraño rumor, creciente a medida que yo avanzaba y cuya índole no supe determinar hasta que me encontré prisionera en una especie de callejón sin salida formado por innumerables jaulas. Entonces comprendí. Aquella sala había sido convertida en un palomar oscuro, sin sol, donde las pequeñas víctimas aguardaban un innominado destino...

Cada vez más aterrorizada, proseguí la huída, derribando ahora a mi paso, cuantas jaulas  se interponían en el camino... La jaulas se debieron romper porque pronto escuché un frenético aleteo encima de mi cabeza... Levanté los ojos; alas oscuras se cernían sobre mí y un firmamento de pequeñas estrellas fosforescentes me espiaban, no con la dulce mirada de las palomas sino con la sanguinaria expresión de las aves de presa... En esos momentos, y durante un segundo, tuve una visión y fue tan horrenda que creí que me iba a desmayar; no se trataba de una visión de algo que pueda contemplarse con los ojos, sino que era una visión interna, una comprensión repentina y tan espantosa que vacilé en mi carrera y estuve a punto de caer: las jaulas no eran jaulas, eran casas, todo un pueblo embrujado que palpitaba dentro de los muros del castillo, y aquellas palomas malditas, aquellas palomas hechizadas...

Volví a gritar con todas mis fuerzas hasta que los gritos se convirtieron en una sólida estela que aumentaba el desconcierto de semejante pesadilla.

Corriendo desemboqué en cierta galería de la que arrancaba una estrecha escalera de piedra, empotrada entre dos muros. Subí por los escalones, tropezando constantemente; al llegar al final me vi libre por fin de toda la oscuridad y la opresión tétrica de aquellos sólidos muros. Me hallaba en lo alto de un torreón del castillo y me precipité hacia las almenas en el intento irrazonado de seguir huyendo fuese como fuese.

Una mano me detuvo; me volví dando un chillido. Era él. Estaba agitado y respiraba entrecortadamente como si hubiera realizado un gran esfuerzo corriendo detrás de mí; ¿qué otra explicación podía darse de su estado? Me llamó por mi nombre.

-¡Cálmate, por favor!... No va a pasarte nada malo... Yo no podría permitirlo... Estate tranquila...

Acercó su rostro al mío y noté como su mano acariciaba mi hombro y luego subía hasta la garganta suavemente para enredarse al final en los cabellos de la nuca. Cerré los párpados fascinada. De repente todos los miedos habían desaparecido, me sentía tranquila, y, lo más curioso, segura a su lado.

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