| JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS | |||
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JÁNOS (6) Sentí que me abrazaba con fuerza, su respiración era ahogada; me susurró en el oído: -Calla, calla, no digas nada ahora. Volví a quedar inconsciente, pero antes de sumirme en la nada pude escuchar lejanos, ¿o cercanos?, los ladridos de varios perros y algo semejante a un vocerío humano. Olía a musgo y a flores nocturnas, percibíase el rumor ligero de los grillos y el remoto croar de las ranas, cantantes de charco solitario ensimismadas en su rito amoroso. Pude captar la existencia de aquellas pequeñeces antes que de otras cosas verdaderamente importantes, fue un regreso a la vida en circunstancias por completo irreales. Después entendí los gritos de la gente, apagados a través del espesor de los muros, y los ladridos agudos de los perros concluyeron por rasgar mi somnolencia. Me conducían en brazos a través de un corredor lleno de ventanales góticos, la noche entraba por ellos, su quietud, y, al mismo tiempo, sus rumores contradictorios. Busqué el rostro del hombre que me llevaba en volandas. Pálido y hermoso, con el cabello revuelto y el rostro manchado de sangre, las voces del exterior me dijeron quién era: -¡Derribad la puerta!... ¡¡Muerte al vampiro!! -Tú me has matado... –murmuré. Él me contempló con sus extraños ojos luminosos. -No te he matado... Quiero tu vida, quiero que vivas... Debes vivir. -No puedo vivir ya... Desde el día en que te conocí he ido perdiendo la salud... Yo ignoraba lo que me sucedía... No podía entender nada, padecía alucinaciones, ahora lo comprendo... Tú me habías fascinado como las serpientes... Aquella noche que entró la paloma en mi habitación... no era una paloma, eras tú... Fue entonces la primera vez... No podía verte tal y como eres... Viniste cada noche... Y ahora me deseas para ti, ahora que estoy agonizando me arrancas de mi casa para encerrarme en tu castillo, para tenerme a tu lado, fría y sin voluntad... para ser tuya completamente hasta en el mal, tu compañera de salidas nocturnas... Otro vampiro igual que tú... Descendíamos ahora por una escalinata tortuosa. La negra capa ondulaba siniestramente detrás suyo. Entramos en una amplia sala abovedada. Era una cripta, una cripta funeraria. La estancia estaba iluminada con el macabro resplandor de los cirios. En su centro mismo erguíase un túmulo negro y encima un ataúd cerrado; pude entrever a cierta enlutada figura, que, abatida, parecía sollozar en un rincón. Él se acercó al féretro, siempre conmigo en brazos. Las luces oscilantes de las velas jugaban a hacer sombras en sus facciones. Recordaba una máscara en la que sólo los ojos tuvieran vida. Me dijo en ese momento: -Si te pidiese ahora que me creyeras sé que no lo harías... Pero me creerás después, si es que eres lo suficientemente razonable para ello... Todo el mundo de estos lugares conoce la historia del castillo. Construido en la Edad Media, dueño durante siglos de un feudo que supo gobernar, extinto luego en sus descendientes, olvidado, con un viejo conde como último sucesor legítimo... Mas, ¿sabes tú cuando murió?; hace casi trescientos años... Con él vivían entonces sus criados, un matrimonio y sus hijos, que componían toda la servidumbre... Y el castillo estaba solo, ¿Comprendes?, solo en medio de su bosque... ¿No lo entiendes aún? ¿Qué es lo que tenía que entender? La voz prosiguió implacable. -Hace casi tres siglos, las constantes guerras habían debilitado el país... Los pueblos se quedaban sin habitantes a causa de las repetidas levas, no la mayoría de las veces voluntarias, las gentes de las aldeas acostumbraban a emigrar empujadas a ello por la brutalidad de los soldados... El viejo conde poseía extraños poderes, fama de brujo para ser más exactos. Nunca se había casado y tampoco tenía hijos bastardos... Durante años se entregó absorbentemente a sus misteriosas prácticas y cuando le llegó la hora de morir, dejó en herencia sus posesiones a la familia de servidores con los que compartiese su existencia... Sin embargo estipuló una condición para que este legado tuviera efecto... Una condición singular; el conde no debía ser enterrado sino dejado en la cripta dentro de su ataúd y éste con la tapa bajada pero sin clavar. Se disponía en el testamento, que la puerta de la cripta fuese tapiada, aunque no hablábase para nada de que asimismo se cegasen los ventanales que daban al torreón cuyas escaleras comunicábanse con la cripta; no debía haber misas ni responsos por el alma del conde ni sacerdote alguno tenía que pisar el suelo del castillo para darle la extremaución, y los criados se podían quedar a vivir allí hasta que se hubiera extinguido el último de sus descendientes. La fama de brujo del conde, que ya había impedido que la soldadesca de cualquier facción, irrumpiera en sus posesiones, concluyó la obra en el sentido de que nadie experimentó deseos de remover el asunto de la aparente longevidad del dueño del castillo, y en años sucesivos, siglos, la leyenda se concretó en que, siempre, había un conde anciano que era el último vástago de la familia... Y nadie quiso investigar, ni siquiera los reyes... Pero en el trascurso de todo este tiempo sucedieron cosas que carecían de aparente explicación; desaparecieron doncellas y jóvenes de la comarca... La luz fría y azul de sus ojos se intensificó en una mirada que yo me atrevería a llamar tierna, al llegar a este punto de su relato.
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