| JÁNOS Y OTROS CUENTOS GÓTICOS | |||
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SEDUCCIÓN
-Dedicado a Medvegia- Ahora que estoy llegando al término de mis días, escribo estas líneas no como descargo de una conciencia, ya que nadie puede absolver mis muchos pecados, sino con objeto de revelar parte de esta vida mía que durante años ha permanecido oculta a los ojos del mundo. Todavía ignoro si tal conducta ha sido la acertada, pero de lo que no me cabe duda alguna es de que no deseo llevarme yo solo a la tumba, todo el fardo de este pesado secreto... si me decido a no destruir finalmente el relato de mis tribulaciones. Era muy joven cuando vine a establecerme como médico al pueblo en donde he pasado el resto de mi vida. En realidad lo que yo iba a hacer era cubrir la inminente vacante de mi predecesor, ya anciano y achacoso. El puesto era bueno, la clientela abundante, razones que me hacían sentir muy afortunado, y, éste, mi primer trabajo profesional después de haber obtenido el título, porque no había dudado en contestar al reclamo de cierto anuncio aparecido en el periódico de la capital, anuncio escueto que decía así: Se necesita médico joven, soltero y sin familia, para ocupar el cargo en un tranquilo pueblo. Fui aceptado luego de un breve intercambio epistolar pues incluso reunía el último de los requisitos solicitados, al haber fallecido también mis tíos, la única familia que me quedaba, un par de años atrás. La mañana en que llegué a Medvedja era soleada, lo que me produjo una magnífica impresión ya que entonces era algo supersticioso y en cualquier cosa pretendía ver símbolos y augurios. En el pueblo, enseguida me indicaron el camino a seguir, una casa en las afueras situada sobre un verde altozano, y como no había pérdida, hacía allí me dirigí. Me abrió la puerta una criada de mediana edad y aspecto amable, quien, sin dilaciones, me introdujo ante el viejo doctor. Yo, que esperaba hallarme frente a un anciano caduco, quedé muy sorprendido al comprobar que se trataba de una persona, mayor sí, mas en plenas facultades mentales y físicas. De barba y cabellos blancos como la nieve, alto, delgado y algo cargado de hombros, lo único que delataba su necesidad de sucesión era el aspecto de infinito cansancio que mostraba, chocando éste con su aire de hombre sano a todas luces. Extrovertido y cordial, me invitó a tomar asiento, ofreciéndome un excelente cigarro, y en dos palabras pusome al corriente de cuanto debía saber: -Este es un pueblo muy acogedor en el que os encontraréis como en vuestro propio hogar; enfermedades graves no hay ya que la gente es precavida y se cura en salud por lo que puedo aseguraros que el trabajo nunca falta, de aquí y de los pueblos de alrededores –hizo una pausa- A mi fallecimiento pasaréis a tener el usufructo vitalicio de esta casa cual corresponde a quien sea el médico en Medvedja. -Disculpad, señor –me vi obligado a decir-, vuestro aspecto es inmejorable y no creo que ese triste momento al que aludís, se encuentre próximo. Él me observó con sus penetrantes ojos azules. -Aunque no los aparente, tengo ya muchos años, más de los que os podáis imaginar; es cierto que gozo de buena salud pero estoy enfermo de vejez y tal enfermedad es implacable. El día menos pensado cerraré los ojos para no abrirlos nunca más, por tanto os he hecho venir; no puedo dejar a mis pacientes sin nadie que les atienda, no sería responsable de mi parte, ¿comprendéis? ¿Qué iba a responder?; asentí en silencio. En pocos días estuve al corriente de cómo iban las cosas por allí. La parroquia del doctor me acogió con los brazos abiertos y pronto, en efecto, me encontré en el pueblo como en mi propia casa. El trabajo resultaba muy agradable porque no había casos graves, al menos en Medvedja, ya que de los pueblos vecinos en ocasiones llegaban pacientes casi in extremis, víctimas de anemias pertinaces e invariablemente mortales, aquello venía a ser endémico, me dijo mi anciano colega, ya que las aguas eran pobres en hierro y los habitantes de esas tierras lo acusaban, por lo tanto, pocos recursos de curación existían. Cumplíanse las dos semanas de mi instalación en la casa, cuando una noche después de cenar -si no había urgencias que atender cenábamos temprano-, el doctor se puso en plan confidencial dándome prueba con ello de una gran confianza que me llegó a lo más profundo del corazón. -Puesto que el tiempo no corre a mi favor, amigo mío, quiero revelaros algo que para mí es muy importante. Os habréis dado cuenta que siendo este caserón enorme, solamente ocupamos prácticamente la mitad. No ha mucho me preguntabais que por qué siempre permanece cerrada con candado la única puerta que hay en el rellano del desván, y yo os expliqué que este desván es un trastero lleno de polvo y telarañas por lo cual no es menester ni visitarlo ni utilizarlo ya que no sirve para otra cosa... Bien, pues no os dije la verdad; en esa buhardilla vive una persona, o, mejor expresado, languidece... Se trata de mi nieta, una adorable muchacha en la flor de la juventud mas enferma de un extraño mal que ni siquiera yo he sabido curar. Sus padres murieron cuando ella era muy niña y como la índole de su enfermedad es desconocida, y pudiera prestarse a equívocos de nefastas consecuencias, ya sabéis hasta que punto la gente es ignorante y supersticiosa, preferí ocultarla desde entonces en el desván, con la vana esperanza de poder hallar remedio a la debilidad que la consume, remedio que, me entristece el reconocerlo, todavía no he conseguido. Ya habréis visto como mi servidumbre sólo permanece a horas en la casa, y en cuanto se acerca la noche, regresan a sus hogares en el pueblo, de tal suerte nadie puede sospechar nada, porque, algunas veces, si mi nieta se siente algo mejor y tiene fuerzas para ello, baja a reunirse conmigo y pasea por la casa o bien sale al jardín a respirar el aire puro y la fragancia de las flores nocturnas... ¡Pobre criatura, tan joven y condenada a vivir de esta sórdida manera, aunque debo reconocer que es muy animosa y más bien ella la que me consuela a mí que no al revés! –durante unos segundos me observó con atención como si pretendiera leer en mi mente, y luego agregó- Os lo cuento puesto que sois mi huésped y futuro heredero... Ella bajará dentro de un rato y así la conoceréis... Le interrumpí lleno de juvenil suficiencia: -¿Queréis que le haga un reconocimiento, que estudie su caso? Él sonrió levemente. -¡Ojalá pudierais!, pero me temo que ya no hay tiempo; sus días también están contados... De nuevo le interrumpí. -La ciencia actual se halla muy adelantada, y, quién sabe, igual aun existe una solución a su mal, permitidme al menos que lo intente; para mí sería un gran honor y una inmensa satisfacción. El anciano doctor pareció emocionarse al oírme hablas así, e incorporándose me dijo: -Voy a buscarla, pero os ruego que no le preguntéis por su salud, tratadla como si estuviera sana... Ella no conoce nada del mundo y consecuentemente cree que la existencia se reduce a lo que vive... Le he hablado de vos y experimenta una gran curiosidad por veros, y eso lo entiendo porque es preferible departir con un hombre joven que no, muchas noches, con un viejo como yo. -¿Por las noches? -Si; su extraña enfermedad le hace dormir todo el día, despertándose sólo en cuanto llega el crepúsculo. Si me permitís, la voy a buscar. Así lo hizo y a poco regresaba de nuevo trayendo de la mano a una bellísima doncella de largos y negros cabellos que contrastaban con la intensa blancura de su tez, labios exangües, y los ojos más increíbles que hubiera visto jamás, ya que eran dorados e inmensos. Me quedé literalmente sin habla ante tal beldad y en ese mismo instante supe que me había enamorado de ella para siempre, importándome muy poco el que estuviera enferma, y, según su abuelo, a las puertas de la muerte. Fuimos presentados, sugiriendo la joven que podíamos salir al jardín para contemplar las estrellas, evidentemente, estaba harta de permanecer encerrada todo el día, deseo, que, como es de suponer, se vio cumplido en el acto. Efectuamos un corto paseo, y al cabo la joven, dando muestras de cierto nerviosismo, decidió recluirse nuevamente en sus habitaciones, ya que, según dijo, sentíase “muy cansada”. Eso fue todo por aquella noche. Transcurrió una semana antes de que nos volviésemos a ver otra vez. Fue la vigilia de un sábado en la que el doctor y yo disfrutábamos de la velada a hora tardía, jugando una partida de ajedrez. Ya habían dado las doce de la noche cuando ella, silenciosamente, se presentó de súbito ante nosotros por lo que deduje que su abuelo le había dejado abierta la puerta del desván. Su transformación me impactó en este reencuentro; los ojos le brillaban llenos de vitalidad, lucía las mejillas sonrosadas y sus labios se mostraban no exangües sino de un rojo encendido pudiendo jurar que no llevaba ningún tipo de pintura en ellos. Mirándome, sonrió de una forma irresistible mientras procedía a tomar asiento frente a nosotros. Yo, ante tan seductora vecindad, me turbé en extremo y consecuentemente perdí, lo que hizo que, como premio de consolación, su abuelo no nos acompañara en el paseo por el jardín aquella noche, recayendo en mí el honor de que ella se me apoyara en el brazo mientras caminábamos. Paseábamos en silencio, yo porque no me atrevía a importunarla con una conversación banal, y ella abstraída en sus meditaciones, cuando, inesperadamente, me dijo: -Mi abuelo sufre mucho por causa mía, pues no ignoro sabéis de la enfermedad que me aqueja, una rara especie de catalepsia diurna, mas sigo viva mientras que él, debido a su edad, está irremisiblemente condenado a morir en cualquier momento, y su principal temor es dejarme sola en el mundo, porque a nadie tengo... –se detuvo contemplándome suplicante; había luna llena y sus ojos dorados resplandecían en la penumbra fascinándome- En otras circunstancias nunca me hubiese atrevido a hablaros como ahora lo voy a hacer apelando a vuestra indudable caballerosidad; ¿continuaréis dándome cobijo en esta casa cuando mi abuelo ya no se halle entre nosotros? Aunque su expresión no hubiera sido tan conmovedora, aunque se hubiese tratado de la persona más sana de la Tierra, mi respuesta habría sido la misma en todos los casos. Me arrodillé a sus pies y cogiéndole una helada manecita, la llevé respetuosamente a los labios entre mil y un juramentos, que, sin darme cuenta, delataban ciertos sentimientos, por otra parte ya difíciles de ocultar. Minutos más tarde, al regresar a la acogedora biblioteca en donde habíamos estado jugando al ajedrez, ella le dijo al anciano que nos habíamos prometido y él pareció encontrarlo de lo más normal, incluso hubiera jurado que estaba esperando algo semejante, se alegró, pero al mismo tiempo pude darme cuenta, pese a mi enajenamiento amoroso, de que le invadía una gran tristeza, y su nieta no dejó de advertirlo también, por lo cual, abrazándole afectuosa, le rogó que la acompañara a sus aposentos ya que deseaba retirarse. Me quedé solo esperando al doctor, que no volvió, deslumbrado ante el giro sorprendente que había tomado mi existencia, y tan dichoso como pueda estarlo un hombre joven y necio que cree hallarse en situación de ganarle cualquier partida al destino; yo iba a hacerla inmensamente feliz, yo la curaría de su mal y juntos viviríamos amándonos hasta el fin de nuestros días. Me cegaba su extraordinaria belleza, sus grandes ojos dorados que sombreaban largas pestañas, su blancura de mármol, sus cabellos que recordaban brillantes hilos de seda, sus voluptuosos labios, rojos como la sangre... Era tan dichoso que no me hacía preguntas. El doctor falleció tres días más tarde; se fue tranquilamente durante el sueño y en su rostro retratábase una expresión tal de gozosa felicidad, como jamás haya visto en nadie ni antes ni después. Lógicamente, mantuve en secreto la presencia de mi amada, y de esta suerte tuve yo que presidir el duelo, acompañando al cementerio el cadáver. Cuando el fúnebre cortejo se deshizo, el alcalde me invitó a beber unas jarras de cerveza en memoria del muerto como era la costumbre. No me pude negar y mientras libábamos en la taberna honrando de esta manera quien acababa de dejarnos, la conversación fluyó sobre el desaparecido. -Era un hombre cabal, como se ha de ser. Amaba mucho al pueblo y a sus gentes, por eso se ocupó en buscar un excelente substituto, y lo halló en vos, querido doctor... Si hubiera tenido hijos, probablemente alguno habría heredado la profesión de su padre, pero.. -¿No tuvo hijos varones? -No tuvo hijos, ninguno y mal podía tenerlos si casara in artículo mortis con su prometida que se le murió en los brazos casi inmediatamente. Estaba muy enamorado de ella y le guardó luto hasta el final... No creáis, no, era un buen mozo y mejor persona, pero siempre mantúvose fiel a su recuerdo, y eso que ella no se fue tranquilamente a la tumba, no señor, nada de eso, con lo que vengo a decir que hubiera sido más aconsejable olvidarla por todo el sufrimiento que trajo a su vida, destrozándosela, pero, ¡era tan hermosa!, que se comprende el que no dejase de amarla... Preso de una angustia indefinible, pregunté: -¿Vos la conocisteis? -Yo tenía cinco años cuando ella murió, pero si nunca la hubiera visto me bastarían las descripciones de quienes la trataron en vida, mi padre, por ejemplo, mis hermanos mayores... -¿Cómo era? El alcalde se entristeció al evocarla. -Breve talle, pie pequeño, poseía la blancura de la nieve, sus largos cabellos eran negros como el ébano, sus mejillas sonrosadas, pero lo más extraordinario de todo eran sus ojos, grandes y dorados... -¿Cuál fue la causa de su muerte? –quise saber alterado. El alcalde contempló pensativo la cerveza que aún quedaba en su jarra. -Es una historia horrible, amigo mío –casi susurró sin mirarme de frente-, una historia que se remonta al siglo XVIII y de la que tal vez hayáis oído hablar alguna vez... Sucedió en Medvedja y tiene que ver con los muertos vivientes, con los vampiros –se santiguó temeroso. -Contádmela –le rogué y a continuación él me relató lo que sigue: En 1731 había tenido lugar en Medvedja una epidemia de vampirismo que comenzó con la muerte y posterior trasformación en vampiro de Arnod Paole, el dicho Arnod parece ser que contaminó a varios lugareños, quienes a su vez hicieron lo mismo una vez convertidos en muertos vivientes. Localizado el foco, se abrieron las tumbas y se procedió a clavar estacas, decapitar e incinerar los cadáveres afectados, con lo cual el mal quedó erradicado aparentemente, hasta que, casi cien años más tarde, una bella joven de la localidad, prometida esposa del doctor del pueblo, contrajo cierta extraña enfermedad que, debilitándola, dio con ella en la tumba a las pocas semanas, pues aunque su prometido hizo cuanto estuvo en su mano para curarla, no lo consiguió, sin embargo, casó con ella poco antes de que ésta expirase. Una semana más tarde varios aldeanos aseguraron haberla visto deambular en la oscuridad de la noche convertida en un muerto viviente. Se abrió su sepultura encontrándosela como dormida, aun más hermosa si cabe y con huellas de sangre fresca en los labios. Entonces se quiso proceder allí mismo a librarla de su miserable condición de vampiro, pero el viudo intervino rogando que le permitiesen a él efectuar tan macabro trabajo, y entre varios llevaron el ataúd a la casa del doctor, quien cumplió la palabra dada destruyendo a la criatura en que se había convertido su amada. Nadie presenció los hechos, pero bastaba con la palabra del médico que disfrutaba de la entera confianza de todas aquellas buenas gentes, y, simplemente, ver arder esa noche una gran hoguera sobre la colina, bastó. Nunca tornóse a mencionar el luctuoso tema y el tiempo fue transcurriendo. Como en Medvedja no volvieron a hacer su aparición los vampiros a nadie le gustaba hablar sobre esas historias; de casos foráneos si que se sabía esporádicamente, y de casos dudosos también, mas era mucho mejor cerrar oídos e incluso ojos si resultaba necesario, como si ello fuese un conjuro que apartase a los no muertos del pueblo. Muy afectado por la espantosa revelación, regresé a la que ya podía denominar mi casa, próximo el crepúsculo. Mi cabeza era un caos; no sabía que hacer ni que decisión acertada tomar. Pensándolo fríamente, imponíase rematar el trabajo que mi predecesor no había podido por motivos obvios, pero, ¿iba yo a tener más coraje que él? El sol se hundía lentamente en el horizonte cuando entré en el desván y allí estaba ella acostada en su lecho -cubiertas todas las ventanas por espesos cortinajes-, con su blanco camisón de encajes, dormida en apariencia, los negros cabellos desparramados sobre la almohada y los brazos cruzados sobre el pecho. Nunca la había visto tan seductora, con aquel aire angelical y su aspecto de inocente jovencita. Comprendí perfectamente que el doctor no hubiera podido hincarle una estaca en el corazón ni decapitarla ni quemar los restos después; su belleza era una joya y a las joyas no se las destruye. Volví a caer de rodillas, esta vez a la cabecera de la cama y estuve contemplándola hasta que ella despertó, lo que significaba que el sol acababa de trasponer la línea del horizonte; sus grandes ojos dorados se posaron en mí con dulzura. -Ya lo sabes, ¿verdad? Asentí sin fuerzas para hablar. -¿Qué piensas hacer? Pregunta retórica; sabía muy bien que yo no iba a hacer nada. En vista de mi silencio, ella fue la que habló. -¿Me amas lo suficiente? -¡Hasta la condenación de mi alma! –exclamé arrebatado. -¿Me concedes tu protección entonces? -¡Y mi propia sangre si la deseas! Ella sonrió. -No es necesario... Hice un pacto con mi marido:, respetaría a los habitantes de Medvedja, no así a los de los pueblos vecinos, disimulando él las causas de su muerte, también evitaría que mis hermanos de condición alterasen a los ciudadanos de este lugar, a cambio él me tendría cada noche, después de las 12 tocadas, cuando regresase de mis correrías nocturnas... -¿Él también... ? -No, él fue siempre un humano mortal, incluso en el instante de su fallecimiento no dejó de serlo, era preciso, formaba parte del acuerdo porque de lo contrario al final nos hubieran descubierto... Pero mientras vivió, hasta el último momento, fue un hombre feliz porque tenía mi amor... Si tú quieres... –sonrió de nuevo y esta vez su sonrisa encerraba todas las ardientes promesas con las que nuestra madre Eva debió tentar a Adán- Si tú quieres, la historia puede continuar repitiéndose... Sus ojos me hipnotizaban, su boca, como una flor entreabierta, me atraía igual que el abismo, quise besarla y ella me contuvo con el gesto. -Todavía no, no es el momento. Vete a tu dormitorio y descansa; mucho antes del alba me reuniré contigo esta noche y todas las noches, así año tras año, recuérdalo, año tras año hasta que envejezcas y un día, ahora muy lejano, abandones la vida entre mis brazos en el momento supremo del goce amoroso. Ese día está a punto de llegar, por eso escribo hoy mi confesión, una confesión que no me exculpa del pecado cometido durante cinco décadas siendo cómplice de un vampiro, pero, ¿podía ser de otra manera si ella lo es todo para mí? Por eso hace un par de semanas puse determinado anuncio en los periódicos solicitando el servicio de un médico joven, recién licenciado, y sin familia... Sí, la historia se repite, indudablemente; ojalá cuando yo muera la expresión de mi rostro sólo refleje el mismo éxtasis dichoso que mostraba el del anciano que me ha precedido en el lecho de la única mujer a quien, tanto él como yo, hemos amado más allá de toda cordura. NOTA: Esta desconcertante confesión fue hallada dentro de un antiguo y polvoriento volumen de medicina, adquirido por un turista hace escasamente tres años, o sea en el 2000, en cierta librería vienesa de segunda mano, y tal como se hallaba plegado el papel, es de suponer que nadie antes la hubiese llegado a leer.
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