| CAPÍTULO VII | |||
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TÚ No se separó en toda la jornada del ordenador atento al correo que iba llegando, y no lo hizo porque intermitentemente fueron surgiendo e-mails con poemas, no para él, sino para todo el mundo, nunca mejor empleada la palabra. Los poemas de su cliente parecían golondrinas en primavera, golondrinas de manual de zoología, porque iban llegando a estrofas sueltas, un verso detrás de otro, no todos los poemas, se supone, pero si los suficientes fragmentos como para inquietar al hombre con los nervios más templados, a este paso los iba a difundir todos y entonces su cliente, si no se moría del disgusto, desde luego que cortaría el grifo económico y adiós chollo, según el lenguaje barriobajero empleado por el anorak. Por fin el desmadrado caudal cesó y automáticamente llamó su cliente al borde del síncope. -¿Es que no está usted haciendo nada? –fue lo primero que le dijo. -Más de lo que usted se imagina, señora –repuso él muy molesto, aunque ningún motivo tenía que justificase semejantes palabras. -Pues, francamente, no sé cuales serán sus métodos, pero el resultado no puede ser más desastroso... Mis poemas están en boca de todos, ¿cómo podré yo entonces, asegurar que me pertenecen?... ¡A este paso cualquiera puede afirmar que son suyos! Él miró con odio el teléfono, “de eso no tengo la menor duda”, pensó sarcástico, “hasta yo pudiera haberlos escrito”. Fingiendo una serenidad que estaba muy lejos de tener, él hizo de tripas corazón y contestó en un no muy logrado intento de ser diplomático: -Ha quedado en ponerse en contacto conmigo, supongo que la andanada no tiene otro objeto que el de subir el precio, es un tipo de coacción que suele emplearse a menudo. -¿Cree usted que... ? –de pronto ella pareció haber comprendido algo-¿Y si es un delincuente habitual?... Eso sería espantoso, ¿no? -En efecto –respondió él en tono neutro-, lo sería, aunque yo no creo que se trate de un profesional sino de un aficionado, con mucha mala idea, además. Ella había abandonado toda beligerancia; con voz sepulcral musitó: -Sería sentar un precedente... –excitándose- ¡Oh, es terrible!, ¿tan bajo hemos caído? -Me temo que sí. Él conversaba con la vista fija en la pantalla del monitor, una superficie que sólo reflejaba la última entrega de poemas; el correo se había detenido hacía rato, cuando de repente empezó a entrar correspondencia otra vez, spam en su mayoría y boletines a los que le había suscrito el consabido buen amigo anónimo, hasta que... -¡Tengo que dejarla, acaba de ponerse en contacto conmigo! -¿Qué quiere, qué dice? -Será mejor que cuelgue, luego la llamo. Ella aceptó con la mansedumbre de un borrego. -De acuerdo, pero sáquele los poemas. -¡Ya era hora! –gruñó el anorak, y no se sabe a quién iba dirigida la exclamación, si a la cliente o al comunicante misterioso. -¡Oh, calla ya! En el monitor se leía: “He vuelto” “Ya lo veo” “Hablemos de negocios” Él se quedó boquiabierto, ¿así de sencillo? “¿Cuánto pides?” “Una cantidad razonable” “¿Cuánto?” Su interlocutor no se cortó a la hora de teclear cifras. “¡Esto es una barbaridad!” “O lo tomas o lo dejas” “Debo consultarlo” “Espero” Él llamó a su cliente mientras el anorak salmodiaba algo ininteligible. -¿Qué pide eso? -Sí, eso pide... ¿Qué le digo? -Pues, ¿qué le va usted a decir?, que sí, naturalmente, pero añada que, lo quiero todo, todo, ¿me comprende?, lo quiero todo... ahora y siempre. -Exigirá una fortuna. -Dígale que sea razonable y no abuse, que nadie paga mejor que yo y que puede tener un buen futuro si no se deja llevar por la codicia. -Bien, no se retire. Escribió rápidamente: “Mi cliente acepta el precio, con una condición” “Ya sé cual es la condición” “Era de esperar, ¿te avienes?” “Me halaga su confianza” “Déjate de ironías y dame una respuesta” Unos brevísimos instantes de mutismo informático. “Acepto” “¿Dónde hay que enviarte el dinero?” Su comunicante se lo dijo y añadió: “En muestra de buena voluntad, le enviaré la mitad de los poemas primero, entonces ella entregará el dinero y yo le enviaré la segunda parte del libro.” “Espera un momento” -Todo arreglado –exclamó al teléfono, algo ronco por la excitación-, se aviene a razones, enviará la mitad de los poemas contra la entrega del dinero y después, devolverá la otra mitad restante, es una especie de garantía para ambas partes, ¿comprende? -¿Eso es legal, no me traerá problemas luego? -Sinceramente no lo creo porque nadie se va a enterar, es un asunto privado entre dos personas. -Pero encuentro poco ortodoxa la forma en que se desarrolla. -¿Acaso tenemos otra alternativa? -Tiene usted razón. Dígale que en cuanto los envíe le hago la transferencia. -Si. Tecleó: “Mi cliente se halla a la espera de los poemas para realizar la transferencia. Deduzco que me los remitirás a mí, ¿no?” “Elemental” -No deja de tener su gracia –comentó el anorak, pero nadie se tomó la molestia de responderle.
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