| CAPÍTULO VI | |||
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ELLA -¿Ha recuperado ya mis poemas? ¡Mierda!, ¿qué es lo que se creía aquella mujer, que él era una máquina de las que funcionan con monedas, o qué? -No, pero estoy muy cerca... He podido hablar con el ladrón y se está haciendo de rogar... Parece ser que lo que pretende es un pago individual. Ella, airada: -¡Eso nunca se ha hecho! -Ya lo sé, pero nos encontramos ante un individuo muy hábil. Ella se apaciguó de golpe. -Prométale lo que quiera –dijo lacrimosa. -No se lo aconsejo, podría ser contraproducente. Pausa. -¿Tiene alguna idea? -Pagar, sólo de esta forma podremos rescatarlos. -¡Es un asqueroso secuestro!... ¿No puede ir a la cárcel por ello? -Dudo mucho que se deje coger. -Pero usted ha dado con el ladrón. -No ha sido exactamente así, verá, lo que he hecho ha sido poner un anuncio y esa persona ha contestado. -¡Yo también puse un anuncio y no me contestó! ¡Mierda, mierda, mierda!, ¿tan torpe estaba?, los secretos profesionales no se revelan al cliente. -Es lógico... –empezó él, agarrándose a una fingida superioridad para impresionarla, pero ella le interrumpió con voz muy aguda. -¿Por qué, por qué es lógico? Él se sintió acorralado, verdaderamente su cerebro cada vez funcionaba peor. Miró de soslayo al anorak como en demanda de auxilio mas la prenda permaneció muda. -Mi anuncio tenía unas determinadas características, con la gente del hampa, ya sabe, hay que emplear un lenguaje especial... -¿En clave? -Casi. Ella dio la impresión de apaciguarse. -Vuelva a ponerse en contacto con el ladrón... Quiero los poemas... -¿Pagando lo que pida? A él le pareció que ella estaba sollozando entrecortadamente. -¿Cómo pueden ser tan sádicos, divertirse haciendo daño, quiénes son esa gente para exigir, ese individuo, pobres, desarrapados, muertos de miseria, y, sin embargo poseen lo que otros no tienen, otros que se lo merecen mucho más?... ¿Por qué el destino es tan injusto, unos tanto y nosotros tan poco? -Es una pregunta de difícil respuesta, señora. Al otro lado de la línea telefónica, ella se sonó ruidosamente y con voz de víctima dijo: -Haga lo que considere conveniente, y cuanto dinero necesite no vacile en pedírmelo... Pero, sobre todas las cosas, consiga que no se salga con la suya, que no siente un precedente, sería horrible... Necesito toda la obra poética, “toda”, ¿me comprende? -Si señora, la comprendo muy bien. -¿Lo hará? -Descuide, que no dejaré de hacer lo que esté en mi mano. -Bueno, adiós... Téngame al corriente. -Puede usted estar tranquila. Cerró la conexión y miró al anorak. -¡Vaya chollo que nos ha caído entre manos! –exclamó éste con todo el regocijo que es dable suponer en una prenda de su categoría. -¡No seas vulgar! -Usted perdone, jefe. -Déjate de sarcasmos que no te pegan, vale que la dama está forrada y que además es imbecil, pero la experiencia me ha demostrado que los imbéciles suelen ser peligrosos... aun sin proponérselo. Se le escapó un estornudo. -¿Hace una capsulita? –bromeó el anorak. -¡Vete al carajo!
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