CAPÍTULO V

NOSOTROS

-Pasó todo, ¿verdad? –le dijo el anorak a la mañana siguiente cuando él se levantó silbando bajito, señal inequívoca de que la situación volvía a estar en orden.

-Sí, desde luego, muchas gracias por tu interés.

No se trataba de una respuesta maquinal dado que el anorak era una prenda inteligente capaz de pensar por si misma dentro de la capacidad del programa que le animaba.

-No hay por que darlas, amigo. ¿Puedo sugerirte un desayuno muy adecuado a tus actuales deficiencias luego de la ingestión del medicamento?

-Tendrías que ser humano; ¡lo tuyo es manía persecutoria!

-Si fuera humano sería estúpido.

-¡Hombre, agradecido!

-Anda, ves a ducharte, que hoy nos espera un día de trabajo duro.

-Si, sobre todo “nos” espera –replicó él disimulando una sonrisa.

El anorak guardó un elocuente silencio.

Al cabo de media hora él estaba sentado frente a su ordenador -un modelo antiguo porque “la vaca no daba para más”, como hubiera sentenciado el anorak en el peculiar lenguaje que en ocasiones, y merced al espíritu burlón de un informático, utilizaba-, muy reconcentrado en el trabajo que se llevaba entre manos, y el anorak, desde el respaldo de la silla que por derecho propio se había transformado en suya desde hacía mucho tiempo, ya no permanecía detrás, sino junto a él, sumamente atento al menor indicio de alteración que ofreciese el organismo de su protegido.

Brevemente, él le había contado los planes surgidos del sueño inquieto en la pasada noche y al anorak, pareciéndole bien, no tuvo objeción alguna que hacer, pero seguía con verdadero apasionamiento la investigación, interrumpiéndola de vez en cuando según era su costumbre.

Él había vuelto a teclear pidiendo más poetas, y, para su sorpresa, teniendo en cuenta de que no habían transcurrido ni 24 horas, en el listado ya aparecían unos sesenta, ¿se habría corrido la voz?, aunque pura basura si nos hemos de atener a lo escrito, algunos incluso se atrevían a copiar, de lejos y mal, el estilo inconfundible de los poemas misteriosos, pero, naturalmente, nada tenían que ver con su autor, no había ser un lince para darse cuenta.

De nuevo escribió voluntarioso desde su referencia:

“Necesito estos poemas”,y agregaba, como era natural, el ya consabido que había puesto en el anuncio:

“LLAMADA

¡Oh, estoy muy fatigada,

Del largo cauce de mis lágrimas,

Mis ojos se encuentran hastiados de llorar,

Mi corazón enfermó de tristeza;

Mi vida se va alejando

Y sus días transcurren lentos, agobiantes,

Estoy cansada de lamentarme;

¿Por qué no vienes a mí?, languidezco.

¡Oh, si supieras de mis anhelos,

Que hacia ti se dirigen, día tras día,

Sabrías de las frustradas esperanzas mías,

¡Y de esta suerte no existiría el retraso!”

La respuesta no se hizo esperar, siendo, en esa ocasión, directa:

“¿Por qué?”

Él sintió que el pulso se le aceleraba, ¿se trataba de la persona buscada o era un simple entrometido?

El anorak le indicó:

-Fíjate que dice “por qué”, no “para qué”.

Él le miró irritado, como si en lugar de tratarse de un chaquetón fuese una persona.

-Diga lo que diga se ha puesto en contacto conmigo, y eso es lo único que vale.

El anorak era terco.

-Si me permites que te indique algo, “por qué” significa que por qué los quieres, “para qué” va más al grano, ahonda en el matiz si tienes la bondad.

Él contempló ceñudo la faz cuadrangular del monitor.

“Para qué”, encerraba un significado muy claro si iba seguido de otra palabra, ¿cuánto?, o aunque la palabra ni tan sólo surgiera, que ya se daba por sobreentendida. Sí, el anorak tenía razón, “por qué” implicaba un extenso abanico de posibilidades nuevas y desconcertantes.

Escribió:

“Los necesito”

Respuesta:

“¿Son tuyos?”

Él respiró profundamente antes de contestar:

“Si”

“No es verdad”

Él se mordió los labios.

“Estoy dispuesto a pagar por ellos”

Ahora sí:

“¿Cuánto?”

“Un precio razonable”

“¿A qué llamas un precio razonable?”

“Lo normal en estos casos”

“¿Qué es lo normal?”

“Lo sabes perfectamente”

“No, no lo sé”

Aun a través de un monitor se pueden percibir las emociones que agitan a tu corresponsal.

“Lo sabes, no me hagas hablar”

“Está prohibido, ¿verdad?”

“No te entiendo”

“Creo que es al contrario... Hemos llegado al terreno de lo innombrable”

El anorak rezongó por lo bajo:

-Me temía algo parecido.

Él se volvió a mirarle enojado, no por la interrupción sino porque las palabras del anorak presuponían una agudeza que a él daba la impresión de empezar a faltarle, ¿sería el resfriado, los medicamentos demasiado milagrosos y destructores, como decía el anorak? ¡Te curan el catarro y te embotan el cerebro, maldita sea, y a eso llaman progreso!

“No divagues y vamos a lo concreto, dime cuanto pides o que es lo que quieres”

“¿Me lo darás tú?”

Él no contestó enseguida, ir de intermediario no le gustaba, no era así como solía hacerse, estaba pisando un terreno resbaladizo y la sensación era de lo más desagradable, ¿por qué aquel estúpido individuo no hacía como los demás y se portaba sensatamente?, después de todo tampoco podía hacer otra cosa, y al final habría de claudicar, era su destino, ¿a qué rehuirlo pues?

Él decidió ser sincero a medias:

“Estoy autorizado para hacerlo”

En el monitor no apareció nada escrito durante unos interminables segundos, luego:

“¿Quién eres?”

Él arrojó por la borda toda precaución porque deseaba recuperar los poemas.

“Trabajo por encargo, dámelos y recibirás una buena paga; mi cliente es generoso”

“¿Tu cliente, eres abogado o algo parecido?”

“No, soy investigador privado”

“¿Un detective?”

“Si así quieres llamarlo”

Otro silencio, después:

“Me das pena, también tú eres de los que se venden”

-¡Cuidado –previno el anorak-, quién sea quiere llevarte a su terreno, corta las confidencias, no te enredes en una discusión y dale a elegir, es lo más juicioso!

Pero él, humano al cabo, no le hizo caso porque su amor propio estaba herido.

“No hay nadie que trabaje gratis”

“Tú no, desde luego”

“¿Y tú?

Esta vez en el monitor salieron las palabras:

Finalizó la conexión

Se acabó, el pájaro había volado de nuevo.

En ese momento sonó el móvil y como él sólo tenía un cliente, era ese cliente el que llamaba.

 

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