CAPÍTULO IV

VOSOTROS

La única solución viable era la de poner un anuncio, se dijo un cuarto de hora después, mientras el anorak ejercía el equivalente de lo que pudiéramos denominar “siesta” en una persona. Sí, un anuncio era lo mejor, y además lo habitual en casos semejantes. Se conectó con la site que monopolizaba aquellos trámites y pronto tuvo, como era lo acostumbrado, una referencia utilizable a través del messenger, y pudo buscar en el panel de las ofertas:

Pintor prerrafaelista.

Pintor de retratos, escuela Reynolds.

Pintor...

Pintor...

Pintor...

¡Por lo menos había unos 30!

Compositor y pianista.

Compositor y violinista.

Compositor y...

Novelista policíaco.

Novelista romántico.

Novelista histórico.

Novelista...

Cuentos infantiles:

De hadas.

De niños buenos.

De animalitos,

De...

Relatos cortos:

De intriga.

Psicológicos

Surrealistas.

De...

Poesía:

Al llegar a este enunciado, a los dos puntos seguía la palabra “ampliar”, que consecuentemente era un enlace y él lo pinchó.

Tres poemas, sólo tres poemas, ¿era posible eso?, ¿tres poemitas cortos nada más? ¿Es qué ya no quedaban poetas en el mundo?

El primero:

Azulados cascos merovingios,

En plantel desordenado,

Cegadora, ondulante capa,

De metálica pleamar desatada...

No continuó, yendo al segundo:

La basura,

¿Hay algo mejor,

Más

Constructivo?

La basura,

No

Es

La

Muerte,

Es

La

Vida...

Lo dejó sin terminar y fue al tercero:

Éste era un poema guarro que sólo hablaba de sexo para dar carne a la fiera; ni había belleza ni había nada fuera de onomatopeyas que el vate debió juzgar todo un hallazgo porque las usaba constantemente intercaladas entre palabra y palabra.

Él contempló desolado aquellas muestras del talento poético que se anunciaba.

¿Habían muerto los poetas?

Sin discusión; ninguno de aquellos era quien colocaba en Internet los versos de su cliente, los cuales, se dio cuenta entonces, se distinguían años luz de aquella bazofia carente de sensibilidad y belleza.

Pero tenía que estar en algún sitio, lo que pasa es que no se hallaba metido/a en aquel listado, claro que si no estaba en ese listado tampoco estaría en ningún otro lugar, eso seguro... Entonces... Él se estremeció, entonces se trataba de un clandestino... ¡Lo que faltaba!

¡Un clandestino!... No tenía la menor idea de que todavía existieran, porque al final siempre se les concluía por agarrar... Parpadeó nervioso, cómo recibiera el encargo... ¡Cómo recibiera el encargo era lo único que le faltaba!

-Insiste –dijo el anorak que, o se había despertado o es que había fingido dormir durante todo ese tiempo. 

-¡No hay más! –exclamó él fastidiado.

-Pide ampliar informe.

-No va a servir de nada.

-Tú hazlo.

Puesto que no había mejor opción, lo hizo y salió lo siguiente en la pantalla:

No hay más datos.

-¡Te lo dije!

-Es una mentira.

-¿Cómo que es una mentira?... ¿No sabes que éste es el único sistema de anuncios que hay en el país y que, por tanto, no puede andar engañando al usuario?; significaría el final de muchas cosas...

-Los poemas existen y el ladrón se esconde detrás de ellos, y si no los pone es porque no ha llegado el momento oportuno, ¿no lo comprendes?

-Lo que comprendo es que se puede tratar de un clandestino, eso es lo único que veo claro.

-No es un clandestino, este no es un ratero vulgar –el anorak lo dijo con tanto aplomo, con tanta convicción que él lo contempló estupefacto.

-¿Qué no es un clandestino?

-No, no lo es.

Él reconsideró la cuestión.

-¿Quieres insinuar que se está haciendo valer para subir el precio?

-Sí, más o menos.

Él pasó por alto el “más o menos” aquel.

-Es una idea buena... Pero la agencia no puede saber nada de este juego, entrar en el, quiero decir.

-No estaría yo tan convencido, de hallarme en tus zapatos. Busca “Otras opciones” pon el fragmento de uno de esos poemas robados y específica que eso es lo que quieres.

Él no discutió; nunca se le había ocurrido que el anorak pudiera acabar convirtiéndose en su socio.

Al cabo de varios segundos, la pantalla del monitor titilaba con una desconcertante respuesta:

Referencia 12422.

¡Se trataba de su propia referencia, con la que se había inscrito en el programa de búsqueda!

-Esto se pone interesante –comentó el anorak con suavidad.

Él seguía atónito frente a la pantalla.

-¡Es mi referencia, no puedo contestarme a mí mismo!

-¿Y por qué no?... Inténtalo a ver que sucede.

-¡Esto es de locos!

-Me maravilla que aún tengas capacidad de asombro.

-¡Déjate de sarcasmos que no estoy para tonterías!

-¿Por qué no pulsas de una vez ya?

Con cierta reticencia, él pulsó.

La pantalla hizo un guiño rápido y debajo del encabezado que ponía “Referencia 12422” se visualizó nuevamente lo que acababa de enviar hacía unos minutos a “Otras opciones”: el poema y su solicitud especializada.

-¡Ya lo estás viendo, nada!

-Te recuerdo que yo no tengo ojos sino sensores y que aparte de comprobar que te está subiendo la tensión y que tu resfriado avanza solapado pero decidido, no veo ni torta en esa pantalla aunque lo deduzco a través de tu excitación... Te han repetido el poema y la pregunta, ¿no?

-Si.

-Bueno, eso quiere decir que te devuelven la oración por pasiva: preguntas y eres preguntado.

-Muy ingenioso el jueguecito de palabras, pero, ¿adónde conduce?

-Al principio, por supuesto... Oye, ¿por qué no te tomas algo caliente, la cápsula, y te acuestas. Seguro que mañana verás las cosas con mayor claridad.

Sí, era verdad, le empezaba a picar el cuello y a doler la cabeza; meterse en la cama no era una opción tan desacertada después de todo y a la mañana siguiente la situación no habría variado: el misterio de los poemas seguiría sin resolver y esperándole.

Cuando se introdujo en la cama tenía escalofríos; el anorak le informó, gentilmente, que las décimas comenzaban a subir en el ranking pero que aquello duraría poco gracias a los efectos de la cápsula que había ingerido en el último momento.

-Claro que eso no quita que continué manteniendo mi opinión acerca de los fármacos en general... –comenzó inevitablemente sermonífero, el siempre responsable anorak, pero él ya no le escuchaba porque entre la incipiente fiebre y el malestar que le dominaba, no estaba para charlas, ni para romperse más la cabeza con jeroglíficos internáuticos; sólo deseaba dormir profundamente.

Y durmió, aunque no con la tranquilidad que hubiera sido deseable, porque su sueño estuvo poblado de pesadillas en las que los dichosos poemas jugaban al escondite con él, bailando las letras una zarabanda infernal ante sus ojos, una zarabanda que mucho tenía de página word desquiciada. Pero algo debió suceder en aquel caos mientras descansaba, porque al otro día, ya se le habían ocurrido un par de ideas que al él le parecieron muy buenas.

 

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