CAPÍTULO III (2)

Ya en casa, se despojó de la prenda, con harto sentimiento por parte de ella, aunque a pesar de todo le siguiera controlando a distancia merced a un microchip que él llevaba incrustado en la parte de atrás del lóbulo de su oreja izquierda.

-Bueno –le oyó decir-, a ver si encontramos lo que buscamos.

Él se encogió de hombros, era todo un problema que los anoraks personales, se identificaran tanto con sus, llamémosles dueños.

-Mmm –farfulló a modo de respuesta procediendo a abismarse en Internet.

Colocado cuidadosamente sobre el respaldo de una silla, el anorak parecía la chaqueta del Hombre Invisible, alguien sin rostro, sin cuerpo, y, no obstante, presente y vigilante. Él intentó olvidarle y casi lo consiguió en la media hora siguiente mientras buscaba y al final encontraba, entre la correspondencia atrasada, los e-mails del contencioso. Sólo eran dos, a razón de poema por carta.

No había firma, como era dable imaginar, aunque si título, y los poemas eran... extraños, tristes, melancólicos, no mencionaban nada actual semejando más una evocación abstracta de estados de ánimo -por otra parte, eso es lo que suelen ser los poemas, ¿no?-, pero había algo en ellos, algo... Sí, sí, la palabra exacta era “extraño”, como escurridizo... Se hablaba de los espacios abiertos, de la naturaleza, ¿naturaleza?, cómo una autoridad en la materia, de la melancolía del invierno, de un sol amable, de las hayas plateadas -¡dónde estarían ya las pobres!-, del amor ideal, todo muy anacrónico, bonito, sin duda, poético, claro, pero desfasado; si pretendían ser un lamento, lo habían conseguido plenamente, pero fuera de eso nada más, indicios; los remites eran diferentes, y de seguro eliminados después de cada envío, aunque el estilo seguía siendo el mismo, no cabía la menor duda, es decir, que sólo una misma persona podía haberlos escrito.

“HOGAR

¡Cuán espléndidamente reluciendo al sol,

de la tierra, la boscosa hiedra trepa,

al tiempo que los troncos de las hayas

reflejan sus cortezas de plata!

El astro vigila la amable escena

Mientras con suavidad se desliza en los sonrientes cielos;

Y, salvaje, por entre innumerables árboles,

El viento del invierno suspira.

Ahora retumba sonoro el trueno sobre mi cabeza,

Y ahora en la distancia muere,

Mas no sin evocarme a mis estériles colinas

Donde fría amanece la brisa;

Donde los raquíticos árboles se dispersan escasos

Y el remoto oleaje produce un sonido

Que devuelven los solitarios brezales,

Convirtiendo su eco en respuesta.

Pero estos jardines bellos y extensos,

Con arboledas de hoja perenne,

Largos paseos de setos podados,

Entre prados de terciopelo;

Me retornan a mi pequeño lugar,

Acompasado círculo de grises paredes,

Allí donde enredado, el descuidado césped yace,

Y la mala hierba usurpa el pavimento

Pues aunque todo alrededor de esta señorial mansión

Invite al pie a que errabundo vague,

Y por más que los vastos salones tan hermosos sean,

¡Oh, devolvedme a mi hogar!”

Tales eran los poemas que anhelaba poseer su cliente... Él pensó en los carroñeros, no en aquellas nobles aves de presa, ya extintas, hendiendo el aire con sus espléndidas alas que planeaban al viento, sino en los carroñeros, los buitres, encorvados, avanzando a saltitos, graznando desagradablemente y peleándose por unas vísceras malolientes -información lograda a través de documentales-, igual que ellos, igual que ellos en la pelea, claro está que los despojos no eran repugnantes en la particular contienda humana, aunque sí lo fuera el instinto de rapiña que los animase.

El anorak suspiró estruendosamente con el propósito de llamar su atención.

-¿Qué sucede, se ha elevado el nivel de mi adrenalina?

-Algo parecido... ¿Por qué tienes que hacer comparaciones?, son frustrantes, fíjate mejor en la construcción de esos poemas.

-¿Qué quieres decir?

-Pues que te fijes... Esa forma de escribir puede conducirte al ladrón... Date cuenta de que no es lo que está en uso y ello es muy significativo...

-Oye, ¿quieres ocupar mi lugar y yo seré tu anorak?

-Si insistes...

Él hizo girar la silla hasta quedarse frente por frente con su interlocutor.

-Vamos a dejar bien claras las cosas, aquí, y, mientras no se demuestre lo contrario, el investigador soy yo, y a mí me corresponde el atar cabos y llegar a conclusiones.

-Yo sólo pretendía ayudarte –repuso el anorak algo dolido.

-Y lo has hecho muy bien por lo que te estoy sumamente agradecido, pero el resto déjamelo a mí, ¿de acuerdo?

Él ya se había acostumbrado a hablar con alguien, ¿se podía llamar “alguien” a un anorak?, que carecía de rostro y de cuerpo, de sobras sabía que se trataba de una prenda de vestir, sofisticada al máximo, mas prenda al fin y al cabo, pero por muy prenda que fuese, electrónicamente estaba tan bien dotada que no deseaba en modo alguno herir su sensibilidad, ya que programada para preocuparse de él, en realidad no podía enfadarse con quien velaba por su bienestar y eso, siempre es de agradecer cuando has llegado a trancas y barrancas a los 35 años, estás más sólo que la una y eres más pobre que una de las míticas ratas de Hammelin, aquellas de las cuales le hablaba el tercer anorak que tuvo en su vida; pobre, viviendo de alquiler en un piso diminuto que le servía de oficina, pobre como para no poder constituir una familia –eso, si todo funcionaba como era debido y no tenían que recurrir a los buenos oficios de la fecundación in vitro, o a la consabida madre de alquiler, cada vez menos humana, o, en caso de esterilidad, bastante frecuentes, a la adopción en las casas-cuna estatales-, porque, ¿dónde iba a meterlos entre cuatro paredes, literalmente cuatro, con una única ventana, una cocina armario y un aseo nicho?... Sí, ella podía trabajar, aunque eso no cambiaría la situación; en la sociedad del Homo Sapiens Sapiens, instituida desde la prehistoria como tal, no ha dejado de haber dos clases muy diferenciadas: quienes lo tienen casi todo, siempre falta algo, y quienes no tienen casi nada, o nada, pero las cosas no han dejado de funcionar así porque no existía otra solución mejor y todos se aguantaban; sólo que ahora algo había cambiado: mientras respirasen, que ese sí que era el bien común, individual e inalienable... por el momento al menos.

El anorak emitió un ruido inclasificable, agregando más tarde:

-De acuerdo, tu ganas.

-¡No se trata de vencedores o vencidos –exclamó él irritándose-, se trata de que soy yo quien se ha de despabilar porque es mi obligación!... Que tú ya cumples muy bien con la tuya –finalizó mucho más dulcificado.

El anorak se quedó silencioso y él volvió a su trabajo con una carga de culpabilidad sobre la conciencia.

 

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