| CAPÍTULO III (1) | |||
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ELLOS A la salida de la mansión entre las palabras de agradecimiento de la joven recién casada, completamente serviles por otra parte y muy poco dignas de su categoría social, el anorak le dirigió la palabra, ligeramente mordaz: -Vaya, ya tenemos unos cuantos días a cubierto de angustias, ves corriendo a comprarte esas cápsulas porque de lo contrario... A él le tocó ahora el turno de gruñir. -Descuida, que por la parte que me corresponde... Pero no voy a comprarme ninguna caja, ¿eh?, que aún me quedan en la que me obligaste a adquirir en el último resfriado... Nunca he acabado de comprender por qué, teniéndoles tanta manía a los fármacos, siempre estés dando la murga con su utilización. -Porque son malos, curan una cosa y estropean el resto, pero vosotros no podéis prescindir de ellos, cualquier porquería de esas antes que una buena infusión del tiempo de nuestras tatarabuelas. -Sí, sobre todo de la tuya. El anorak fingió no haber escuchado semejante comentario ya que daba por sobreentendido que la frase era tan retórica como la suya propia. -Oye una cosa, ¿cómo vas a hacerlo?, eso si que es buscar una aguja en un pajar, porque el individuo en cuestión, quien desde luego no se porta normalmente como debiera, no va ir dejando pistas a su paso, que cuando uno realiza semejante faena se las piensa todas. -¿Has olvidado que el criminal, en el fondo, lo que desea, es que lo atrapen?-preguntó él con una sonrisa burlona. -Nunca os entenderé, sois retorcidos, complicados y estúpidos. -Muchas gracias amigo. -De nada... Pero, a lo que iba, ¿cómo lo cogerás, tienes algún plan ya? -Ninguno, y no seas tan curioso, de todas maneras no te preocupes, ya pensaré algo que de resultado. -Pues espabila porque si no los poemas van a dar la vuelta al planeta convertidos en obras completas. -¡Chitón! -¿Lo dices porque nos vamos a meter en el metro ya, es que crees que no sé comportarme discretamente? -¡Está bien, está bien, dejemos las discusiones para más tarde! -¿Quién discute? –susurró beligerante el anorak a dos pasos de la cálida entrada del subterráneo que olía a desinfectante y a humanidad. A aquellas horas los vagones del metro iban bastante vacíos porque casi todos estaban metidos en sus puestos de trabajo, unos en casa y otros en oficinas o grandes almacenes, por esta causa, él pudo escoger tranquilamente un asiento aislado que daba a la ventanilla y por la que no se veía absolutamente nada más que oscuridad entreverada de luminosas estaciones; como su destino se hallaba a muchas todavía, se acomodó estirando bien las piernas. Le gustaba el traqueteo sobre los raíles, el aroma del ambientador y la temperatura ideal que allí se mantenía, pero desde luego no iba a dormirse con aquel perro guardián de anorak al quite. Apoyó la nuca en el reposa cabezas y entornó los párpados para concentrarse mejor en sus reflexiones. Ellos proliferaban por todas partes, eran la plaga del siglo, pero ¿qué siglo no la ha tenido?, sólo había que sufrirla en silencio y sacar provecho si era posible, lo que en su caso se daba, por tanto se puso a pensar laboriosamente sobre como iniciaría los primeros pasos que le condujesen a desenredar el ovillo que tenía que llevarle al emisor de los condenados poemas. ¡Una aguja en un pajar, sí, eso mismo, el anorak, como siempre, acertando con las palabras apropiadas! Busque usted a un ladrón invisible a través de Internet, alguien totalmente inmaterial que nunca ha entrado en la casa en donde se perpetró el hipotético robo, lo que significa que no ha dejado huellas ni rastro alguno y que lo único que hace es publicar en la red poemas anónimos, desde, posiblemente, mil y una identidades diferentes. Antes, a los ladrones tradicionales, acababa atrapándoseles con bastante facilidad, pero hoy en día tantas cosas habían cambiado que resultaba poco menos que imposible si se ponían a jugar al escondite contigo. Y la verdad que poemas, poemas de amor se supone, no eran motivo de que la policía gubernamental se tomase la molestia de rastrearlos y perseguirlos, otras preocupaciones tenían en las altas esferas que ese incómodo trabajo de topillo sólo reservado para los desgraciados como él. -¿Qué, se te va ocurriendo algo? –le susurró el anorak en un aparte teatral en medio del traqueteo monocorde de las ruedas del vagón, lo que hizo que él se irritase ligeramente, eso de que le tuviera controlado en la vida diurna le ponía de los nervios en muchas ocasiones, porque el anorak siempre se había tomado muy en serio el desempeño de sus funciones, lo que le convertía a menudo en un omnipresente problema. Puesto que le controlaba hasta la presión arterial, no había escapatoria posible, es decir, no podía engañarle -y menos mal que sus medios no daban para uno que emitiese música y tuviese pantalla de televisión incorporada en la solapa, aquellos wearable-computers que en el 2010 comenzaron su andadura empezando a convertir a la gente en cyborgs ambulantes-. -Algo, algo, pero si cada diez minutos me estás preguntando al final me voy a hacer un lío, así que calladito, y a ver que pasa. -Fiat lux! -Eso mismo. Intentó retomar el hilo de sus cavilaciones mientras el envolvente anorak se agazapaba en torno suyo esperando. Bueno, lo primero era bucear en Internet, por descontado, y encontrar esos poemas que, según decía su cliente, se enviaban por e-mail a todo el mundo, y eso lo haría en casa porque no era cuestión de montar el número en el metro indagando en su móvil, y lo de montar el número viene a propósito del anorak, metomentodo e impaciente como un crío, ¡tan inteligente que resultaba para unas cosas y para otras era de un infantilismo demencial! Segundo, una vez localizados, leídos -¡con lo enemigo que era él de leer versitos!-, pues... ¿Qué?... En fin, algún indicio ofrecerían, una pequeña pista al menos, pero mucho se temía que el autor, o autora, de aquel movimiento estratégico se lo hubiese pensado muy bien todo, cualesquiera que fuesen sus intenciones, antes de comenzar mosqueando al personal. -Estamos ya –indicó tímidamente el anorak-, la próxima es la tuya. Él gruñó algo ininteligible, dedicado al anorak, que éste tuvo la buena educación de no replicar.
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