CAPÍTULO I I

ELLA

La criada le introdujo en una confortable sala de recibo y le rogó que esperase unos segundos, transcurridos éstos la puerta se abrió de nuevo entrando por ella la dueña de la casa, una mujer con el vaporoso pelo teñido de rosa ceniza, increíblemente joven y todo lo bella a la última moda, que la cirugía estética y el dinero permiten, porque nariz, labios –voluptuosos y tatuados-, pómulos, párpados –tatuados-, y orejas, la traicionaban, ahora, su juventud no resultaba un producto de laboratorio; la chica era joven, tal vez demasiado, lo que evidenciaba aquel derroche repartido mitad-mitad, entre su físico y el vestuario que lucía. Lo que él no acababa de asimilar bien, es que hubiera maridos que permitiesen a sus esposas desfigurarse así en aras de un malentendido canon de perfección que podía transformar a la persona en otra muy diferente de la que ellos se habían enamorado, pero moda y status obligan a muchos sacrificios de ese tipo.

Él se apresuró a identificarse por más que fuese innecesario.

-Tome asiento, por favor –le dijo ella moviéndose con cierto nerviosismo-, ¿le apetece beber algo?

En vista del lujo que le rodeaba, él pensó que podía permitirse ciertos caprichos.

-Agua mineral, sin gas, por favor.

Ella parpadeó como si no le entendiese, pero le había comprendido perfectamente porque apretando varios botones anaranjados del pequeño panel que sobresalía en una esquina de la mesita de centro, cursó la orden inmediatamente y enseguida compareció de nuevo la criada con el agua mineral y un vaso, ambas cosas colocadas sobre una bandeja de plata finamente labrada, lo que se dice una autentica joya de orfebrería y como él no pudiera evitar una involuntaria mirada de admiración, ella, que la advirtió, dijo muy satisfecha:

-Regalo de boda de un primo de mi marido, es obra suya, pronto hará una nueva exposición.

Él asintió en silencio con la cabeza como si de esta manera rindiera el tributo de su homenaje al artista. La dueña de la casa sonrió complacida.

Él bebió paladeando el rico sabor del agua fresca –habituado como estaba a la de reciclaje o a los refrescos sintéticos-, y cuando posó de nuevo el vaso en la bandeja, ella empezó a hablar lo mismo que si le hubieran dado cuerda.

-Le he mandado llamar porque una amiga me ha informado acerca de su eficiencia y discreción.

-Usted dirá, señora –repuso él halagado y preguntándose quién podría ser la amiga mencionada porque en su agenda no abundaban los millonarios, claro que, a veces, el cliente y él, sólo mantenían un trato de pura rutina virtual que únicamente rompían las transferencias bancarias.

-Es usted un buen investigador privado –continuó ella como si no le hubiese oído-, y el único que puede ayudarme por lo que será recompensado muy generosamente... Verá, me han robado unos poemas, un libro de poemas para ser más exactos...

Ella le contemplaba en actitud de perfecto desvalimiento, hubiérase dicho una niñita a la que han arrebatado su muñeca preferida.

Él frunció el ceño y la observó con fijeza; empezaba a intuir por donde iban los tiros, pero quería estar seguro y entonces recordó a una clienta de hacía seis meses que le había venido con un encargo, si no el mismo, muy similar, aunque en su caso se tratase de un cuadro, que luego apareció como por arte de magia, debido a sus buenos oficios profesionales y aquí paz y después gloria.

-¿Poemas?- eso era nuevo.

-Sí, un libro, un original, lo que se llama un manuscrito aunque se haya realizado con ordenador.

Él preguntó cautelosamente:

-¿Es usted su autora?

-Claro –repuso ella sorprendida de que él no lo hubiera comprendido en el acto.

-¿Cuándo se lo robaron?

Ella pareció titubear.

-Hace una semana escasa han comenzado a circular mis poemas por Internet... No me lo podía creer, leerlos en la red, publicados sin nombre, anónimamente... Ha habido quien ha tenido la desfachatez de asegurar que eran suyos, pero para acreditarlo hay que presentar el manuscrito, completo, que no se ha difundido así, claro, porque los poemas tienen un estilo inconfundible, no se pueden imitar fácilmente ¿sabe?

Pero si los van publicando de uno en uno cada semana, al final saldrán todos y entonces...

Le miró con auténtica desesperación.

-¿Cuándo iba a presentarlos usted?

Ella volvió a titubear de nuevo.

-Dentro de un mes... Es mi primer libro de poemas, mi marido pensaba dar una gran fiesta invitando a toda la prensa y la televisión... Mi marido, aparte de sus negocios, tiene por hobby la historia y... ha escrito toda una serie que va desde la Edad de Piedra hasta nuestros días, ha de haber oído hablar de ella, la tenemos arriba, en la biblioteca.

Él asintió de nuevo en silencio. Suponía que habría escuchado hablar sobre esa Historia pues los chismes culturales estaban a la orden del día y no se trataba de ninguna novedad ya que los nombres de los autores abundaban y hoy era éste y mañana el otro, y, la verdad, todos juntos, le importaban un bledo.

Ella, tomando su muda aquiescencia por una respuesta afirmativa -no podía caberle en la cabeza que la fama de su marido no fuese del dominio público, máxime cuando ella se había presentado como señora de... -prosiguió esperanzada:

-A mi esposo le da por las letras, él quería que yo escribiese una novela, pero a mí me gustan más los versos... Es mucho más difícil escribir versos que no una novela, ¿no le parece?... Nos casamos hace cuatro meses, hubiera sido mi presentación en la sociedad cultural del país...

(En el siglo XVI, las damas lucían a enanos contrahechos, como bufones o pajes a cuyo lado resaltara aún más su hermosura, caso que la tuvieran, naturalmente, o si no, tanto daba, pues siempre salían ganando).

Ella parecía al borde de las légrimas mientras él la observaba con frialdad, lo que ella, en su aturdimiento, calificaría más tarde como “mirada sagaz de un hombre con nervios de acero”, pero que en la realidad distaba mucho de serlo.

Él estaba harto de todo lo que implicaba aquella escenita porque no en vano hacía muchos años que se dedicaba al oficio de investigador privado, mucho menos quimérico de lo que en un principio pareciera en la absurda sociedad que le había tocado desenvolverse; resultaba increíble comprobar cuántas cosas quería saber la gente y no solo los ricos y poderosos sino los otros, los que nada poseían, los miserables asalariados, y los que ni tan siquiera contaban con un sueldo pero que empeñábanse hasta las cejas para que les encontrasen empleo, hartos de que los cauces habituales, oficinas de desempleo y todo eso, no demostraran la eficiencia atribuida, mas la paranoia se había extendido como una fiebre y ya se sabe que a río revuelto ganancia de pescadores. Diez de aquí, cinco de allá, veinte de acullá y el jornal estaba hecho, que era de lo que se trataba, fuera de eso, ¿qué tenía importancia? Vivir, tal era la consigna, vivir... Vivir, que constituía toda una obra de arte mucho más efectiva que...

Se hubiera encogido de hombros de no haberla tenido frente a él, descompuesta, casi llorosa, pero sin miedo que se le destiñesen las pestañas implantadas -transgénico de piel de camaleón-, al borde de un ataque de nervios... ¡Qué asco y que indecencia, que inmoralidad, el robo elevado a la categoría de patrimonio nacional y todos a callar, a hacer la vista gorda, a pasar por el aro y a cobrar, que de eso se trataba, de cobrar y de vivir, después de todo la gloria era sólo un adorno lujoso y los pobres nunca han tenido derecho a los lujos!

-Mi marido está muy molesto –proseguía ella mordiéndose nerviosamente los labios a intervalos, esos labios-joya exquisitos, copia perfecta de los de la famosa beldad de turno-, muy enfadado, y yo me siento tan frustrada... Necesito esos poemas, son mi vida, ¿lo entiende usted?, mi vida; mi éxito en sociedad depende de ellos, debo encontrarlos antes de que ... de que algún desaprensivo se me adelante, ¿lo comprende?

-¿Aparecieron hace una semana en Internet?

-Si, si, así es, ¿no se enteró usted?

Él negó con la cabeza.

-Se recibe tanto correo no solicitado que no tengo tiempo material de leérmelo todo...

Mire, señora, voy a hacer lo que sea posible, y más todavía, en este asunto, pero no le garantizo absolutamente nada... Los poemas pueden salir desde una identidad, o varias, falsas, ¿lo entiende?

Ella pareció quedar muy decepcionada.

-Pero usted es un detective, y de los buenos, según dicen, algo habrá que pueda hacer...

Le contemplaba con los ojos muy abiertos, redondos como los de una niña pequeña.

Él lanzó una impaciente mirada a la serie de hermosos cuadros, lujosísimamente enmarcados, que ornaban las paredes de una sala que si en algo pecaba era de un exceso de recargamiento artístico, jarrones, esculturas, cornucopias, tapices, preciosas alfombras, y ella siguió el movimiento por inercia.

Él exclamó con brusquedad:

-¿Su marido también es pintor?

-No, son obra de uno de sus hijos, del primer matrimonio, enviudó...

-Una familia de artistas.

-Si –admitió ella ingenuamente, aceptando lo que creía ser un elogio.

Él alargó la mano hacia la botella de agua mineral y terminó de vaciarla en su vaso, luego, con mal disimulado placer, la engulló de un trago.

-¿Lo hará, cogerá el caso?

“A esta le viene grande el puesto”, pensó él; comenzaba a recordar vagamente algo en referencia a su más que segura cliente, lo había visto en las noticias hacía unos meses: cierto magnate de la industria zapatera –la gente tenía pies ¿no?-, había contraído matrimonio con una chica de clase intermedia, secretaria, dependienta o algo así, lo que se dice un flechazo, él consorte le triplicaba la edad pero eso no tenía importancia; realmente, desde que el mundo civilizado era mundo civilizado –y de entonces acá habían transcurrido bastantes siglos-, ciertos minúsculos detalles carecían de trascendencia.

-Sí.

Ella dejó escapar un inmenso suspiro de alivio, sus ojos color miel -¿auténtico?-, brillaron como si se hubiera encendido una luz detrás de las pupilas y sonrió esplendorosamente mostrando una perfecta dentadura de porcelana que no rebasaba los niveles exigidos por el patrón de belleza imperante, ya que en ningún momento descubría la encía superior.

-Si me da el número de su cuenta, le será ingresado inmediatamente un avance sobre sus honorarios.

Bueno, eso ya estaba mejor, mucho mejor, un avance a fondo perdido y en concepto de dietas más que otra cosa.

Él sonrió por primera vez en toda la entrevista; no había perdido la tarde.

-De acuerdo.

 

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