| CAPÍTULO XV | |||
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YO En tiempos tan lejanos como los del Renacimiento italiano, o sea, cuando se empezó a dejar atrás la Edad Media con su oscurantismo, iniciándose ese glorioso resurgir, de todos es sabido que el arte, máximo exponente de la creatividad humana que intenta redimir al hombre de su condición de bestia, floreció en un imparable estallido de belleza sólo limitada por la religión bajo cuyo filtro, como sucediera en Egipto muchos siglos antes, lo que hubiera podido ser libertad artística se convirtió en representaciones piadosas a las que si se agregaba la pincelada, nunca mejor dicho, de la nota mitológica ello era debido a la refinada cultura de las clases altas, siempre snobs, mucho antes de que se diera carta de naturaleza a esta palabra. Sin embargo tal época se ha idealizado demasiado en lo que atañe a sus principales protagonistas los pintores, los escultores, los orfebres, y etc., por si nos olvidamos de alguien; todos creemos que aquellos artistas realizaban sus obras casi en trance y con una disposición de ánimo digna de cualquier caballero andante en la noche de su vela de armas, o sea, más o menos que se debe tener un espíritu puro para ser un gran artista, y, sobre todo, que el arrebato de la inspiración es fundamental para el momento en el que se crea. Todo mentiras. Los artistas del Renacimiento eran asalariados geniales, pero asalariados al fin y al cabo, que producían sus obras por encargo de los poderosos, a “tanto el metro cuadrado” y en sus renombrados talleres se trabajaba en cadena como ahora se hace en las fábricas; el maestro empezaba, planeaba, daba ordenes y los “alumnos”, simple mano de obra, ejecutaban las ideas del otro, lo cual no implica que muchos de aquellos discípulos se convirtieran con el tiempo en grandes maestros a su vez, pero las cosas funcionaban así entonces, y el artista se tenía, el mismo, más bien como artesano distinguido que no como ese sumo sacerdote de la belleza en que hemos dado en convertirlo; se escribían versos y comedias por encargo, y en Inglaterra, tenemos el ejemplo de Shakespeare -otro “artesano” genial-, que escribió su famoso Hamlet a petición, sino mandato, del rey Jacobo I quien quería agasajar una visita de su homónimo el de Dinamarca, y mucho, mucho más adelante, nos encontramos con Mozart, componiendo música también por encargo, norma habitual, hasta que se hartó originando el cisma que transformaría al artista de esclavo de un amo que le mantenía, en un hombre libre, aunque muerto de hambre las más de las veces, pero, ¡qué le vamos a hacer, si ese es el precio de la independencia! Estamos en las postrimerías del siglo XXI, quedando muy atrás el Renacimiento italiano, William Shakespeare y los encargos de un soberano exigente, Mozart y su famoso Réquiem inacabado, que tal vez, eso lo dicen las lenguas maliciosas por supuesto, era un encargo para que otro, noble o comerciante enriquecido, pudiera vanagloriarse delante de las amistades, de ser su único autor, y en este nuestro siglo XXI que ya declina, las cosas no han cambiado excesivamente; del quattrocento-cinquecento a aquí ha llovido mucho, eso lo sabemos, pero nada ha cambiado tanto aunque lo parezca, como no cambió en el siglo XX el que los adelantos médicos impidieran plagas y enfermedades, o que la sociedad del bienestar, léase los países prósperos, evitase la miseria de los subdesarrollados consiguiendo para cada individuo de este planeta el tener la comida asegurada, o que el progreso tecnológico, en lugar de incrementar guerras que imitaban los juegos de videoconsola, fomentara el desarme. Nada ha cambiado básicamente, es decir, el hombre no ha cambiado, sólo sus ropas desde la Edad de Piedra hasta nuestros días, eso y el ángulo que va desde su frente, pasa por debajo de la nariz, y termina en la intersección del lóbulo de la oreja con la mandíbula, tampoco se nos individualiza denominándonos UX27, ni Trhanzio o Krineckse. Seguimos fieles a nombres que poseen la solera de una rancia antigüedad y nos podemos llamar Rosa o Víctor, François o Marie-Chantal, Luigi o Silvana, Hans o Petra, Jane o Edward, Irina o Piotr etc., etc., sin que nadie se rasgue las vestiduras por ello, y también seguimos teniendo pobres, aunque la mendicidad se haya erradicado oficialmente, y gentes que viven muy bien en contraste con otros que no saben lo que es eso, y ya no hay guerras porque el número de habitantes de la Tierra descendió notablemente debido a muchos factores que ninguno ignora, y hemos alcanzado el cenit de la perfección al conseguir una humanidad en la que todo, o casi todo, es mecánico y por ende, manejable desde un panel de control, y, ¿quién no tiene uno en su casa, tan común como un plato o un vaso, como un libro antiguo, o un mueble de anticuario?, éstos dos últimos los que pueden, claro. Sí, hemos alcanzado un gran nivel, nosotros, los supervivientes de un mundo hecho añicos; lo tenemos todo para sentirnos seguros: ciudades fortaleza a semejanza de islas en un mar tenebroso, comida, bebida, casas confortables, formamos una sociedad muy unida y aparentemente amistosa, pero, tan súper tecnificada que parece como si hubiéramos vendido nuestra alma –eso afirman que se hacía en tiempos remotos-, a trueque de la paz de que gozamos, y con el alma la humana capacidad de soñar, imaginar y crear belleza. Siendo seres de carne y hueso, semejamos aparatos hechos de metal y cables... Tal vez sí hayamos vendido nuestra alma inmortal, pero, ¿a quién?, y sobre todo, ¿a cambio de qué?; aquel que no tiene alma carece de conciencia, pero eso, ¿puede importarle a alguien no siendo más que un absurdo atavismo ya extinto? Ahora retumba sonoro el trueno sobre mi cabeza, Y ahora en la distancia muere, Mas no sin evocarme a mis estériles colinas Donde fría amanece la brisa; Donde los raquíticos árboles se dispersan escasos Y el remoto oleaje produce un sonido Que devuelven los solitarios brezales, Convirtiendo su eco en respuesta Pero estos jardines bellos y extensos, Con arboledas de hoja perenne, Largos paseos de setos podados, Entre prados de terciopelo; Me retornan a mi pequeño lugar, Acompasado círculo de grises paredes, Allí donde enredado, el descuidado césped yace, Y la mala hierba usurpa el pavimento Pues aunque todo alrededor de esta señorial mansión Invite al pie a queerrabundo vague, Y por más que los vastos salones tan hermosos sean, ¡Oh, devolvedme a mi hogar!" FIN Los poemas HOGAR y LLAMADA, obra de Anne Brontë, y que aparecen en esta novela, han sido traducidos del inglés por Estrella Cardona Gamio.
Fin de HABLANDO CON MI ANORAK |