| CAPÍTULO XIV | |||
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TÚ
Días después, y luego de haberse leído muchas veces los poemas de Acton Bell, libro del que ahora no se hablaba, al menos públicamente, él, saliendo por fin del embotamiento producido por los últimos acontecimientos que habían sacudido al país, y al resto de la aldea global mal que le pesara, empezó a aguzar su percepción detectivesca en torno a aquel libro por cuanto le significaba. La chica del anorak verde manzana perdida entre la multitud, una perfecta desconocida sin identidad posible, sólo le quedaba el libro, como el zapato de una moderna Cenicienta -¡ese anorak suyo!-, pero él no era ningún príncipe, desde luego, aunque llegó, en un momento de desvarío a pensar en ir a identificar sus huellas dactilares. ¡Qué absurdo! El libro estaba manoseado, y por más que las huellas se superpongan como senderos nuevos sobre los viejos, podían haber, recientes, cincuenta, o más, allí, incluyendo las suyas propias. ¿Cómo encontrarla? Afortunadamente no fue su anorak, tan bien intencionadamente entrometido, quien le solucionó el problema en esta ocasión, sino él mismo cuando el estupor dejó paso a la inquietud al ver que la desconocida no daba señales de vida a través del ordenador y dedujo que ya nunca más hablaría con ella, que una vez cumplida su misión revulsiva de aldabonazo social, la chica, su comunicante anónima, se había fundido por siempre jamás entre la multitud, igual que la sirenita de Andersen con el agua, (¡qué cuento más cruel!). Y fue entonces cuando decidió convertirse en su propio cliente y buscarla empleando los recursos habituales con las personas desaparecidas. Sólo tenía los poemas de Acton Bell como única pista y los empezó a investigar aun cuando su anorak se burlaba viéndole toquetear el librito una y otra vez, pero él no le hizo caso y siguió atando cabos, lo que en compañía de la prenda inteligente no dejaba de ser una tarea difícil porque era como vivir constantemente expuesto a los rayos X. Cavilando, primero dedujo que el libro debía pertenecerle probablemente por herencia, mas luego desechó la hipótesis al descubrir un diminuto fragmento de código de barras adherido en el ángulo inferior de la contraportada en su cara interna, ya que eso venía a significar que lo habían comprado –¿cuándo?-, o sea, que no se trataba de ningún legado, ¿regalo tal vez?, ¿iba en un lote? Frunció el ceño, los poemas sólo los regalan personas que están enamoradas... ¿Podía tener ella un amante, una pareja estable, un marido tal vez? La idea le disgustó bastante, pero como no sabía nada de la desconocida tuvo que aceptar que cabía esa posibilidad por más que le fastidiara. Si el libro había sido comprado, nadie podía haberlo hecho en una librería, ya que pocas existían y además, estaban al alcance de las clases adineradas, no de las otras para las cuales significaban un lujo, años luz de sus posibilidades. Por otra parte, el libro, no podía ir rodando alegremente de mostrador en mostrados, de escaparate en escaparate, sin que un día, alguien, lo descubriera, alguna rata de biblioteca, sin duda, que haberlas las había. Esos poemas debían haber permanecido ocultos largo tiempo, después encontrados por azar y por azar puestos a la venta una única y sola vez, siendo pronto “capturados” por alguien, ¿la desconocida?, el caso es que allí estaban, entre sus manos, mudos y sabiendo demasiadas cosas, porque, ¿de dónde había salido el ejemplar verdadero en inglés?, ¿posible copia suya el que le regalase la muchacha? Él seguía reflexionando y entonces su anorak comentó de forma lapidaria: -Si la añoranza te da ahora por coleccionar mamotretos polvorientos, vete a las barcas que allí se vende de todo. Puede que encuentres otra reliquia parecida. Durante unos segundos él le miró sin comprender y luego la luz se hizo en su cerebro... ¡Las barcas!... ¡Claro, ¿cómo no se le había ocurrido antes, siendo tan fácil?! En las barcas se vendía de todo, permanecían ancladas en el cauce de un río seco desde hacía generaciones, y se habían convertido en una especie de ciudad puente, oruga metálico herrumbrosa que servía de cobijo a quienes no disponían de un techo de ladrillo sobre sus cabezas, y allí se vendía de todo, como acababa de señalar acertadamente el anorak, porque era el mercadillo de los pobres, o, mejor dicho, de los económicamente débiles, y cualquier cosa vale y es útil cuando no se posee nada o se tiene muy poco. (Todo esto le trajo un recuerdo muy lejano, lejanísimo. Él era adolescente y había ido una tarde de domingo, aburrido, a fisgonear a las barcas. Como a muchos de su edad, le gustaba pasearse por allí y contemplar los tenderetes, en los que, de vez en cuando, había cosas que merecían ser vistas e incluso hasta admiradas, rarezas, antigüedades, lo insólito, lo inhabitual, lo sorprendente... Y en un puesto de ropa vieja, compraventa, el espectáculo de una mujer escarbando como una gallina para encontrar lo que buscaba, atrajo su atención simplemente porque de anoraks infantiles se trataba, y siempre que él veía un anorak de esta categoría, no dejaban de evocarse en su memoria, los primeros que tuvo en la infancia, recuerdo entrañable y lleno de nostalgia. Pensaba, miraba, y la mujer, mientras, iba zarandeando enérgicamente las prendas, cogiéndolas y observándolas con ojo crítico, hasta que dio con una lo suficientemente diminuta para que la endosase un niño de tres años. Era de color caqui, un color muy sufrido, acomodado camaleónicamente en esta ocasión a la sucia uniformidad de las prendas que se amontonaban allí sin orden ni concierto, y a él le dio un vuelco el corazón porque en la distancia creyó divisar cierta mancha oscura de tono purpúreo que dibujaba los contornos inequívocos de una araña, justo debajo del cuello y sobre el lado derecho. De pequeño, en una ocasión, había manchado sin querer su anorak –el que le contó por primera vez el cuento de los tres cerditos-, en tanto ingería apresurado un rezumante bollo energético relleno de un sucedáneo transgénico de algo que pretendía sustituir al cacao, y la mancha tenía forma de araña. Su madre le dijo cuando él llegó a casa, que iba a llevar aquella “medalla” hasta que creciera y le tuviesen que cambiar de anorak, que se acostumbrase a pensar que él no tenía repuesto de prenda como otros niños, que ellos no eran precisamente ricos que digamos, y que aprendiera a ser más cuidadoso con su ropa. El pequeño anorak en manos de la compradora, su propia infancia lejana, agitado como una bandera delante suyo, ¿era él, su primer y siempre recordado anorak? Ganas le asaltaron de pedirle a la mujer que le permitiese inspeccionarlo, pero desistió al comprobar como la prenda era implacablemente doblada y metida en una bolsa que ella llevaba al brazo, alejándose, luego de pagar, majestuosamente, piramidal, tosca, con su adquisición, dejándole a él para siempre en la ignorancia de saber la verdad). Tiempo presente, deslumbrado, él evocó las palabras, vía mess, de la desconocida “no tengo casa y vivo rodeada de gente en un antiguo camino” . ¡Qué diáfanos resultan los acertijos una vez desentrañados! Sí, tenía que vivir allí, en una de las barcas, vendiendo algo... ¿Libros?... Sí, no podía vender otra cosa, sólo que... El curso seco del río serpenteaba por las afueras y el tramo que pertenecía a la ciudad era largo, tres kilómetros por lo menos... Bueno, no importaba, no era la primera vez que en una investigación se dejaba la suela de los zapatos yendo y viniendo, esa era la única manera cuando se busca una pista... Tres kilómetros y barcas y más barcas, montones de barcazas desmoronándose cada día un poquito más, replegándose en sí mismas como escarabajos que se encogen haciéndose el muerto –lo había visto en documentales educativos-, y la gente pasando y repasando arriba y abajo, abajo y arriba... ¡Iría! Sí, iría porque ella le había regalado el libro y eso podía significar mucho... quizás, o tal vez no... Lo cierto es que no se había vuelto a comunicar con él, pero, ¡nunca se sabe! Agarró bruscamente el anorak y se lo puso con tanta precipitación que la prenda se alarmó. -¿Qué te pasa, te has olvidado de algo o qué? Él descendía corriendo las escaleras ya que su impaciencia le impedía esperar el ascensor, por otra parte, día sí, día no, averiado. -Oye –le preguntó al anorak-, ¿sabrías localizarme a cierto determinado anorak verde manzana, entre una multitud? -¡Puede haber muchos! –protestó el anorak. -No adonde nosotros vamos, y aunque hubiera más de cien no sería tan difícil. De golpe, el anorak pareció comprender algo. -¡Acabáramos, podías haberlo dicho antes!... Aunque recuerda que, “entonces”, ese anorak era verde manzana. -¿Crees que podrás localizarlo? De haber sido humano, el anorak hubiérase encogido de hombros resignado ante lo que si los hombres denominan amor, la prenda no podía menos que calificar de inoportuna, e idiota, programación hormonal. -Bueno, se intentará; es lo menos que puedo hacer por ti, ¿no te parece?...
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