| CAPÍTULO XIII | |||
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VOSOTROS Se equivocaba y ello quedó patente apenas 15 días más tarde cuando unos tímidos brotes de aproximación cristalizaron en lecturas callejeras en las plazas públicas, o bien, los más temerarios, yendo a las emisoras de radio con sus novelas, sus poemas; con ello demostraron, y eso sería el principio, que los creadores empezaban a salir de las madrigueras, que la legión de los esclavos intentaba romper sus cadenas; volverían, pues, los tiempos del hambre, de la desesperación, de morir oscuramente sin que el talento fuera reconocido en vida, pero estarían libres, ya que los amos habían dejado de serlo... para siempre, porque el ente humano puede soportar muchas cosas, menos el convertirse en pública irrisión, ya que causa de burla popular devinieron todos aquellos que en días mejores alardeaban -como el cuervo de la fábula al adornarse con plumas de pavo real-, de que eran pintores, músicos y novelistas, también poetas, dramaturgos, orfebres, escultores, historiadores, ensayistas... Sí, estaban desenmascarados para siempre porque resultaba muy difícil que el escándalo se olvidara en varias generaciones, ya que no es lo mismo un secreto a voces en sordina, todo el mundo lo sabe, todo el mundo calla –porque quien más quien menos tiene la conciencia sucia-, que mantener la desvergüenza del jueguecito de la impostura. Los “negros”-muy mal denominados así en esta ocasión-, salieron a la calle simbólicamente y reclamaron sus derechos. Mi obra es mía y nadie puede apropiársela, nadie me puede silenciar con un manojo de billetes, nadie puede comprarme, no tengo que permanecer en la oscuridad con el plato de lentejas sobre la mesa mientras tú alardeas de gran creador, tú, que careces de imaginación, que de la pintura sólo te entusiasman los marcos, junto con los colores y las formas que complementan la decoración de tu vivienda -y a cuánto cotizan los cuadros en bolsa-, tú, que todo lo ignoras de la música y que siempre hablas de Vivaldi como máximo exponente de la cultura musical que posees ya que de ahí no pasas, tú, para quien el arte de la escultura es un misterio y te atreves a proclamar a los cuatro vientos, que eres escultor, tú... No es excusa la contaminación y los cataclismos naturales –obviando la congénita estupidez humana, único Apocalipsis al que hay que temer-, nunca una guerra nuclear de ciencia-ficción, que no llegó porque se le anticiparon otros desastres imperceptibles y cotidianos que fuéronse sumando uno a uno lentamente hasta invadir el planeta por completo, reivindicando los derechos de una Madre Tierra que no quería agonizar. Las obras de arte se habían extraviado irremisiblemente, o en su defecto, quedaban minimizadas, y los restos de una sociedad súper tecnificada, no podían perder su tiempo creando ya que no estaban capacitados para ello, no todo el mundo ha nacido artista, y éstos, como siempre, cuatro gatos dispersos, bohemios, visionarios, pobres de solemnidad, pero, sin embargo, la sal de la tierra, “la materia de la que están hechos los sueños”, el auténtico reposo del guerrero, éstos, seguían viviendo, respirando, inútiles seres que sólo podían servir a quienes pagaban por ello. ¿Qué importaban entonces sus nombres, su identidad?; ellos no eran nadie, carecían de derechos ya que no podían defenderlos, ¿era vituperable entonces que quienes podían compraran concediéndoles una vida digna y un techo sobre sus cabezas?, al fin y al cabo en la más remota antigüedad hubo muchos grandes artistas que nos han legado sus obras, pero cuyo nombre se ignora; ¿quién levantó la Esfinge de Gizeh, por ejemplo, o quién talló las Vírgenes Negras, o quienes pintaron en las paredes de las cavernas todas aquellas imágenes de caza, quién? El sistema se había montado tan perfectamente: se ponían anuncios en las secciones especializadas de los periódicos electrónicos, una referencia y era suficiente ya que los artistas sabían adónde dirigirse, se establecía así el contacto pagándose generosamente y ambas partes contentas... ¿O no? ¡Esa gentuza es tan desconcertante, se le da de comer y se la mantiene y encima quieren más, que se les reconozca un mérito comprado, a ellos, que no saben apreciarlo como las personas que convierten sus casas en museos particulares, que dan fiestas privadas para que las amistades contemplen esas obras que son suyas por derecho legal de adquisición. Es lo mismo que adoptar un niño; ya lo dijo Schiller en otro tiempo muy lejano, No es la carne y la sangre, sino el corazón lo que nos hace padres e hijos. Es lo mismo, lo mismo. ¿Quién sabe apreciar mejor un tesoro semejante, el que lo compra, o el que lo realiza y luego lo amontona sacrílegamente en una zahúrda repugnante a merced de la humedad y de las ratas, insensible a su propia labor creadora? ¿Por qué tuvieron que revolverse mordiendo la mano que les alimentaba, por qué, porqué, por qué?, ¿qué es lo que pretendían?
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