| CAPÍTULO XII | |||
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ELLOS
Por fin llegó el día de la presentación del libro de su cliente, sin que, por otra parte, la invisible comunicante hubiera vuelto a dar señales de vida. Él cogió el metro y al cabo de un cuarto de hora ya estaba frente a la puerta de la gran sala de actos culturales en donde solían presentarse tales eventos, se había comprado unos buenos pantalones para la ocasión, pero el anorak multiusos iba con él como una segunda piel, y, puesto era la costumbre –con la salvedad de que los pudientes endosaban sofisticadas chaquetas de firma, convenientemente informatizadas y repetidas cual clónicos para la ocasión de cada traje-, nadie podía sorprenderse. De todas formas se sentía un poco cohibido ya que iba a alternar, discretamente, desde luego, con la creme de la creme y eso si que resultaba nuevo para él puesto que nunca lo había hecho masivamente; por suerte, él no era quien iba a salir en la televisión sino su cliente, ataviada con un lujo principesco como cuadraba en la esposa del rico industrial zapatero. El acto, suelen desarrollarse así esta clase de espectáculos, no empezó inmediatamente aunque se había anunciado una hora determinada, sino mucho más tarde, dándole tiempo a él, y a mucha más gente, a picotear canapés y otras fruslerías exquisitas, regadas con los habituales refrescos sintéticos, ya que los preciados vinos no solían derrocharse en público y la súper carísima agua mineral menos todavía. Se hallaba masticando distraído cuando un camarero se le acercó llevando en la mano cierto paquetito cuadrangular. -Dispense, señor, me acaban de entregar esto para usted. -¿Para mí? –exclamó él sorprendido. -Si señor. La joven del anorak verde manzana me ha rogado que se lo entregase. -¿Dónde está ella? El camarero giró la cabeza hacía atrás. -Es... Estaba allí, hace apenas unos minutos. Él le arrebató el paquete y salió corriendo en esa dirección, tarea más que ímproba ya que la gente ofrecía una barrera compacta difícil de ser atravesada, y, como era de esperarse, no encontró a ninguna joven que llevase un anorak verde manzana, tal y como él suponía, ya que en su precipitación se había olvidado de pedirle al camarero más datos. -Un poco necio por tu parte –comentó el anorak irónicamente-, precipitarte a buscarla sin poder identificarla... Alta o baja, rubia o morena, ¿cómo puede ser esta Cenicienta que te deja un libro en lugar de un zapato, para que des con ella? -¿Cómo sabes que es un libro? -No puede ser otra cosa, rectangular, dos dedos de grueso, un bonito envoltorio de colorines... ¿Qué va a ser si no, una caja de bombones transgénicos?, que yo sepa tú no eres una dama. -Pero, ¡es una mujer! -Sí, lo único que te importa, que sea una mujer, y con eso se arregla todo, desde luego, los hombres sólo pensáis con una parte de vuestra anatomía y no precísamente la más académica... Anda, abre el paquete y veamos lo que hay dentro. Él lo abrió con dedos temblorosos, y, en efecto, era un libro, un libro que firmaba Acton Bell. Lo miró muy sorprendido, era un librito de poemas, no antiguo sino nuevo, en una encuadernación que parecía el producto de un trabajo manual realizado con destino a lucirse en el fin de curso de la escuela, y cuyas páginas habían sido impresas y compaginadas digitalmente. -¿Esto? -Si, esto, X te acaba de regalar un libro, lo suficientemente artesanal como para revelarte que le pertenece por derecho propio. -¿Acton Bell, quién es Acton Bell? -Por el momento, alguien que no ha nacido en este país, o sea que no se trata de Dulcinea. Él lo revolvió nervioso como si nunca hubiese tenido un libro entre los dedos, descubriendo entonces que en la primera página había algo escrito a mano. “Si, después de verte, me decido a que te entreguen este libro, lo recibirás.” En ese mismo momento disminuyeron las luces y la atención de los allí reunidos se centró en el orador, quien, subido en un estrado hablaba por el micrófono dirigiéndose a la sala. Dos grandes pantallas instaladas allí, demostraban que el acto social estaba siendo transmitida en directo. -¡Ejém! –carraspeó el presentador, una conocida figura de los medios de comunicación-, el motivo de hallarnos hoy aquí reunidos es para festejar otro evento cultural de los que son tan pródigos en obsequiarnos nuestros queridos conciudadanos que no dejan de sorprendernos con su talento, tocándole en esta ocasión el turno a la encantadora esposa del conocido magnate y a su vez erudito historiador, el señor... El libro de poemas de su esposa, titulado simplemente POEMAS, es una buena muestra de la sensibilidad y buen gusto de tan gentil dama, una revelación inesperada y muy agradable que viene a ocupar un ostensible hueco en la producción literaria de nuestro país... Estamos seguros que con esta obra retornan muy buenos tiempos para la poesía en nuestro castigado mundo, la poesía, que es el alma de... La introducción aún se alargó diez minutos más, suplicio obligatorio en toda esta clase de presentaciones. Luego subió al estrado la autora, que fue muy aplaudida, pronunció unas balbuceantes palabras, y, a continuación, una célebre actriz declamó algunos poemas, causa del acontecimiento cultural, a los que también se aplaudió con entusiasmo, después, los periodistas rodearon a la recién estrenada poetisa... y, apenas unos segundos más tarde, de entre el público se destacaron varias personas, quienes acercándose a la joven reina de la fiesta, se identificaron, y puesto que se hallaban rodeados de micrófonos, no tuvieron que esforzarse mucho para que sus palabras resonaran con la suficiente claridad por todo el inmenso recinto: -Señora... , aquí tiene usted esta citación judicial en la que se la acusa de plagio, ya que los poemas que acaban de ser presentados y que usted ofrece al público como propios, no son tales, sino copia exacta, traducida, de los poemas de Anne Brontë, que en su época fueran editados bajo el seudónimo masculino de Acton Bell, y lo sabemos gracias a que cierto anónimo comunicante nos ha enviado un ejemplar superviviente de las primeras ediciones. Por tanto, queda emplazada a presentarse en la audiencia para responder de esta fraudulenta suplantación de personalidad en la figura de Anne Brontë, fallecida hace más de dos siglos, con el agravante en su caso, señora... , de que estos poemas son patrimonio de la Humanidad, se daban por totalmente perdidos y constituye un delito mayor, el no haberlos entregado al Fondo Cultural del País silenciando su posesión. La esposa del industrial zapatero, palideció intensamente, abrió mucho los ojos, quiso decir algo y cayó bruscamente al suelo víctima de un previsible desmayo. El pandemonium vino después de unos instantes de estupor. La prensa, principalmente, fue la que más alborotó armo según es su costumbre en tales casos. Apareció el consabido médico que siempre asiste a cualquier sarao y la dama en apuros fue sacada de allí sosteniendo todavía en la agarrotada diestra, la citación judicial. Él se escurrió fuera de la sala con la mayor cautela posible, arrastrando consigo a un excitado anorak que no cesaba de parlotear por lo bajo. -¡Vaya fin de fiesta!, ¿te imaginas?... ¡Menudo escándalo, el fraude al descubierto!... Afortunadamente la Brontë está muerta, ¡qué si no, el fantasma de la ópera en danza! -¿Quieres callarte?, ¡no faltabas más que tú haciendo comentarios de lo más comprometedor para redondearlo, cierra el pico! -Si ni me oyen, todo el mundo esta gritando... -Se exclaman y es lo normal, no extraen deducciones inconvenientes y que pueden traer problemas. -Después de esto creo que se han acabado muchas cosas, no todas, por supuesto, pero ya era hora de que alguien pusiera los puntos sobre las íes. -No se va a conseguir nada absolutamente, ya lo verás, se volverán más cuidadosos, nada más, en eso concluirá todo. -¡Es que eran unos jetas! -No me gusta que emplees semejante lenguaje, es de mal tono; no sé que te implantaron en los circuitos que a veces me sales tan vulgar. -Déjalo correr que no es importante, lo importante es lo de hace unos momentos, décadas de latrocinio puestas al descubierto... ¿Has reparado que todo ha sido obra de esa joven, tu comunicante, la que te ha regalado el libro de ... no sé quién. -... Acton Bell. Ël miró con recelo el ejemplar que conservaba entre las manos metiéndolo precipitadamente en uno de los bolsillos del anorak, ¡sólo faltaba que le pescaran luciendo el libro como el que agita un estandarte! -Ella ha sido la artífice de la trampa, ¿verdad?, tu comunicante, por eso te daba pistas, te dijo Wordsworth porque quería que indagases, que te dieras cuenta... -No tiene ningún sentido advertirme, yo no soy nadie importante. -Quizás para ella sí, fíjate que ha concluido por regalarte el librito, todo un detalle. Habían salido a la calle. -¿Cómo, va a resultar que el antirromántico por naturaleza se está pasando al enemigo? -Sabes que no, soy demasiado lógico y no puedo traicionarme a mí mismo. -¿Entonces, a que viene esa nueva condescendencia? -No es condescendencia, es reflexión y tolerancia; ya que no te puedo cambiar, debo intentar comprenderte, y a los otros también, sus motivaciones, quiero decir, es mejor así. -Eres un verdadero filósofo querido amigo. -¡Psche!, se evoluciona, nada más. Tal vez si lo fuera aunque no en todos los sentidos, y no era precisamente el anorak lo que le empujaba a extraer nuevas conclusiones. Pero estaba equivocado.
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