CAPÍTULO X

ÉL

Transcurrió una semana y media en cuyo intervalo recibió una invitación para asistir al “vernissage” de su cliente, lo que le llenó de innegable satisfacción, y, como si su comunicante invisible se hubiera enterado apenas él la recibió, súbitamente, surgió en el monitor más impertinente y atrevida que nunca.

“Hola, ¿vas a ir?

“¿Adónde?”

“A la presentación”

“¿Es que tienes espías en la red?”

“¿Tanto te sorprende que me haya enterado?”

“No debería, desde luego... Aunque por otra parte, bien podrían haberte mandado una invitación, ya que tu caso es bastante atípico”

“Mejor di que se rompen moldes, innovamos... o progresamos; el estatismo está condenado a desaparecer, ¿no lo crees así?”

“Tú eres el ejemplo viviente, en menos de un mes has cambiado muchos esquemas, y aún suerte que nadie lo sabe, porque de lo contrario...”

“¿Irás a la presentación?”

“Supongo que sí, muy discretamente, pero sí que iré; en mi vida he ido a ninguna, puede ser interesante. ¿Y tú?”

“Tal vez”

“Difícil me lo pones”

“¿Por?”

“Me hubiera gustado conocerte”

“Ya me conoces”

“Sí, a través del monitor, una superficie plana como un muro... ¡Bonita idea tienes tú de lo que es la comunicación!”

“Suficiente con este medio”

“¿Vives sola?”

“¿No crees que es una pregunta muy indiscreta?”

“Si te preguntase con quién vives entonces sería indiscreta”

“Voy a contestarte, pero que no sirva de precedente... Te dije que no vivo en una casa y el espacio es demasiado reducido para que, aparte de mí, pueda haber más gente”

“Parece un acertijo”

“Sí, podríamos jugar a eso”

“Deja que lo piense, si no vives en una casa tal vez lo hagas en una caravana”

“Ya salió el detective... Bueno, no niego que te acercas, pero aún andas muy lejos... Te regalo una pista: vivo sola aunque esté rodeada de gente, y en un camino que fue muy transitado en tiempos lejanos”

“Al borde de un camino, querrás decir”

“No, en medio”

“¿Un camino abandonado?”

“Piensa”

Él reflexionó durante unos instantes y luego dijo algo que no tenía nada que ver con la adivinanza planteada.

“Era el esplendor en la hierba, junto con el de las flores, lo que perduraba en el recuerdo... Vaya, creo”

Ella tardó en contestar como si la respuesta la hubiese tomado por sorpresa.

“¿Lo has leído?”

Y aunque eran frías letras impresas, él creyó adivinar un ligero desconcierto en su comunicante.

“Pura casualidad, una película viejísima, en ese programa de reposiciones nostálgicas que dan por la tele la noche de los viernes... Me hizo gracia escucharlo de nuevo, porque había visto la película hace muchos años y entonces lo identifiqué, y pensé en ti, nada más”

“Sorprendente pero decepcionante”

“¿Por qué lo dices?”

“Porqué la cultura que arrastramos sigue siendo puramente visual, y eso es muy triste”

“Los libros existen”

“Sí, en PDA, pero pocos los leen”

“También se imprimen, ¿o es qué lo has olvidado?”

“No lo he olvidado, para eso están los “vernissages” y la gente elegante que se solaza con ellos en sus reuniones, lo mismo que existen los cuadros y ya no hay museos”

“Sabes perfectamente que se hizo para preservarlos del vandalismo en las guerras y de las catástrofes naturales”

“¿Y qué es lo que queda?”

Él se removió incómodo en su silla giratoria.

“Pues... lo que queda”-dijo al fin aunque no muy convencido.

“¿Crees que Pantalla de televisor con rabo de gato incorporado de Trovatore, podrá reemplazar alguna vez a la Cecilia Gallerani de Leonardo, más conocida como La Dama del Armiño?”

“No sé, yo no entiendo de pintura”

“No eres el único”

Él se rebotó humillado.

“Tengo ojos en la cara, ¿sabes?, y sé ver las cosas. Por la red, a veces, visito galerías virtuales y hay algunos cuadros que me gustan”

“¿Cuáles?”

Cogido a traición por la pregunta, él intentó recordar un poco inseguro.

“Bueno... hay uno, un nombre que empieza con ‘K’, creo, pintaba a las personas, mujeres principalmente, rodeadas de contrastes metálicos, carne y metal, pero no resulta desagradable, parecen cyborgs

“Klimt, sin duda, y a ti te parecen cyborgs; ¡me gusta la comparación que has elegido!”

“No sé si te burlas de mí o hablas normalmente”

“¿Te gustaría oír mi voz?”

-¡Cuidado –chilló el anorak-, esa cosa es peligrosa, corta rápido si no el final va a ser comprometido!

-Recuerda que no soy un adolescente.

-¡Corta te digo!

Pero el nuevo Ulises no permitió que tapasen sus oídos con cera. Escuchar su voz, ¿por qué no?, al menos una prueba tangible de que ella era real.

“Sí, me gustaría”

Una pausa silenciosa.

“Otro día, ahora debo irme”

“¡Oye, escucha, no... !”

-¡Vas a acabar papando moscas, como se decía en tiempos lejanos!

Él se encaró furibundo con el anorak.

-¿Quieres dejarme en paz por una vez?... ¡Mi tensión arterial es una cosa y mi vida privada otra muy diferente, te aconsejo que no te metas donde no te llaman!”

-¿Tu vida privada, calificas de vida privada a ese remedo de intimidad que tienes con un monitor?

-¡No es sólo un monitor, detrás hay una mujer!

-¿Detrás, detrás de qué, de la pantalla?, dale la vuelta al monitor y verás lo que encuentras, otra superficie insensible como una lápida, la diferencia radica en que ésta es oscura y carece de mensajes... ¿Dónde está tu Julieta entonces?

-¡No es mi Julieta!

-Eso es lo que tú querrías, pero esa dama no es más que una corriente eléctrica que se desliza a través de circuitos, una especie de rayo de luna, aunque sin romanticismo, un fantasma burlón, nada... –y volvió a declamar malicioso-:

“Mi vida se va alejando

Y sus días transcurren lentos, agobiantes,

Estoy cansada de lamentarme;

¿Por qué no vienes a mí?, languidezco.”

Él hallábase frente por frente al anorak y sabía muy bien que su organismo debía dar muestras de alteración, no grave, desde luego, pero si la suficiente para que su vigilante defensor se apercibiera, y, pese a ello, continuaba incordiando. De haber sido humano, la conducta que hubiera empleado habría sido por completo diferente, un buen puñetazo en el mentón y listos, pero un anorak electrónico “no” es humano por más que se lo propongan sus sabios constructores, al menos por ahora, que dentro de 25 años, quién sabe, todo es posible, pero hoy por hoy no se puede discutir con un anorak so pena de ser completamente tonto. Discutir con un chaquetón, ¡demencial!

-Mira, dejémoslo estar, supongo que tienes razón en algunos puntos, pero no vamos a enredarnos en una polémica absurda de las que no llevan a ningún sitio...

-¡Claro que tengo razón!

-¿Cambiamos de tema?

Compartir la existencia con una prenda inteligente y estar unido a ella por medio del cordón umbilical de un chip, no permite una excesiva intimidad ni física ni mental. Él ignoraba hasta que punto de extensión su anorak podía leerle el pensamiento, pero de lo que sí no le cabía la menor duda es de que pocas cosas podían serle ocultadas. Y esto se hizo más patente cuando, motivado por una espiral romántica en la que tenía todo que ver su innominada comunicante, le dio por buscar en Internet poesías de aquel tal Wordsworth porque quería saber más luego de haberle “descubierto” en una película antiquísima. Era el viejo instinto primordial: algo nos puede recordar a alguien, y si en circunstancias normales ese alguien puede tener un rostro, una voz, unos ademanes, en circunstancias, llamémosles inusuales, alguien nos empuja hasta algo, que, a manera de espejo, nos devuelve su imagen... En este caso, ¿cuál?

Él se había enamorado -¿enamorado?- a la antigua usanza, sí, había caído en la trampa de la manera más absurda, un ridículo anacronismo del que no era en modo alguno consciente, ¿o tal vez se trataba de una deformación profesional, el seguimiento de una pista, la excitación del misterio? Lo único cierto es que empezó a buscar en Internet bajo el radio de acción de los sensores de su anorak lo que equivalía a pasearse al descubierto por una trinchera, en las mismas narices del enemigo.

 

Inicio