CAPÍTULO IX

“¡Hola, referencia 12422, soy yo otra vez!”

Había transcurrido una semana y ahora, de nuevo, ella/él, brotaba en la pantalla de su monitor con esa familiaridad que parecía ser en él/ella, una norma.

¡Maldito anorak, había sembrado en su mente la duda acerca de la identidad del misterioso comunicante, y ahora esto se había convertido en una especie de obsesión!

Lo cierto es que el anorak siempre pegaba en la diana, justo en el centro... Podía admitir que, en efecto, la idea de una aventurilla debió hacer acto de presencia en su cerebro el lapso preciso para que los sensores de la prenda lo detectaran, pero no pasó de eso, como tantos otros pensamientos fugaces, aunque éste no careciera de una ligera base; no era la primera ocasión que ligaba por Internet, encuentros de unas horas sin más ya que hoy nadie está para compromisos duraderos a menos que se enamore, lo que es muy raro, o decida fundar una familia tradicional, lo que resulta más difícil todavía.

“Sé que estás en línea, ¿por qué no me contestas?”

Aquel “me” se le antojó excesivamente confianzudo y posesivo.

“Ha sido la sorpresa”

“¿Creías haberte librado tan fácilmente de mí?”

“Nunca me he cuestionado nada respecto a ti”

“¡Vaya, haciéndote el duro como corresponde a tu profesión!”

“No me hago el duro, yo no pierdo el tiempo con esas chiquilladas”

“Al menos así tendría que ser, ¿no?”

“Si no tienes nada mejor que comunicar... “

“¡Pero que mal educado te has vuelto!, ¿o es que sólo eres amable cuando llevas un caso entre manos?”

“Perdona, tengo mucho trabajo últimamente y estoy algo cansado”

“Algo cansados estamos todos”

“¿Cómo van los poemas?”

“Van”

“Eso no es una respuesta”

“Es la respuesta que merece tu pregunta”

“¿Sabes que eres muy áspera?”

“Quizás soy igual que aquellos frutos de cáscara amarga, amarga por fuera y dulce por dentro”

“Ya en tiempo de mis padres no existían”

“Pero queda la reminiscencia, ¿verdad?, como en ese poema de Wordsworth el del esplendor de las flores que perdura en el recuerdo, o algo parecido... ¡Oh, disculpa, debo suponer que no sabes quién era ese poeta, las antiguallas a las antiguallas, ¿las recuerda alguien ya?!”

“La poesía, como otros lujos semejantes, la pintura, la música, no se han hecho para las gentes como yo, son hermosos como un holograma que en cuanto lo quieres tocar te das cuenta de que sólo es una ilusión... y vivimos en un mundo demasiado realista... El hambre nunca se calmará leyendo poesías ni las enfermedades se curarán mirando un cuadro... ”

“¿Y la música, qué me dices de la música, tampoco sirve para nada?”

“Esas emociones estéticas se reservan para quienes pueden dispensarles sus momentos ociosos... Si yo voy por la calle investigando un caso no puedo perder mi tiempo escuchando una sinfonía romántica o un concierto barroco”

“¡Qué sorpresa, sabes que existieron esos términos, que existe ese tipo de música!... Tal vez todo no esté perdido definitivamente”

“No te entiendo”

“Reflexiona”

“Para eso estoy, para meditaciones”

“Pues deberías, así tus neuronas no se embotarían”

“Eres muy amable”

“Siempre... Oye, ¿irás al vernissage?, después de todo te deben la fiesta... Si no es por ti...”

“¿Es una invitación?”

“¿A qué?”

“A que nos conozcamos personalmente”

Una pausa calculada.

“¿Tanto lo deseas?”

“¡Yo no deseo nada!”

“¿De veras?”

“Perdona, tengo que cortar la conversación, se me va a hacer tarde y he de entrevistarme con un cliente nuevo”

“Como quieras, el trabajo siempre es lo primero, que te vaya bien”

“Adiós”

“Hasta otro día”

El anorak exclamó sentencioso:

-Has dicho una mentira.

-¿Y a ti que te importa?, será mejor que te metas en tus asuntos.

-Querido amigo, ten presente que “mis” asuntos, son “tus” asuntos.

Él se revolvió exasperado.

-¡Ya está bien de sermones, recuerda que eres mi anorak, no la voz de mi conciencia!

-Si lo consideras desde ese punto de vista.

-Escucha, no me gusta perder el tiempo en conversaciones imbéciles.

-Cualquiera lo diría a juzgar por el interés del que dabas muestra con ese quién sea que es tu corresponsal fantasma.

-Me intriga, ya lo sabes...

-Pero no le das cuerda para que se ahorque...

-¿Qué quieres decir?

-Muy sencillo: como no se porta normalmente, aunque en apariencia todo esté en orden, y puesto que incordia de vez en cuando, por lo menos podrías intentar sacar algo en claro de su conducta, o de su personalidad, o de sus motivaciones auténticas.

-Eso ya no me interesa, mi cliente tiene los poemas y el resto se arregló a conveniencia de ambas partes, ya no es mi caso, recuérdalo.

-Pues mándala/o a paseo cuando se comunique.

-No veo la causa.

-Muy sencillo, te distrae.

Él resopló indignado.

-Eso tiene poca importancia, mejor dicho, carece de ella, y si me distraigo con semejante bobada encierra la misma trascendencia que si me bebiese un refresco, o sea, ninguna.

-Poca, carece, ninguna... Demasiadas negaciones por un asunto tan “intrascendente”, ¿no crees?

-Si dejaras esas costumbres que tienes de vecina cotilla...

-¿Qué?

-Viviríamos más felices.

-Todo lo hago por tu bien –repuso el anorak con cierto deje de recriminación.

-Pues no te pases en el super proteccionismo, que ya soy mayorcito.

-Me adaptaron algún circuito reciclado...

-¿Con qué me vienen ahora?

-Bueno, sólo pretendía sugerir que, tal vez, se integre en mi sistema algo que proceda de algún anorak tuyo de infancia, recuerdos de otras vidas pasadas, ya sabes...

-¡Eres maquiavélico!

-¿Por qué no me escuchas un momento?

-Te estoy escuchando todo el rato.

-Sí, pero lo más importante aún no te lo he dicho.

-No te hagas el interesante y déjame tranquilo que me queda mucho trabajo por hacer.

-De acuerdo, pero la próxima vez, pregúntale a tu anónima/o comunicante cuál es su poeta favorito.

Él se quedó unos instantes callado.

-Eso no se hace, es de mala educación.

-Pues bien, sé maleducado.

-No tiene sentido.

-Si lo tiene, tú pregúntaselo.

-¿Y después?

-Después... Después meditaremos sobre la respuesta.

Él contempló en silencio al anorak preguntándose si semejante actitud no sería más que una de sus acostumbradas burlas sin gracia.

 

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