| CAPÍTULO I | |||
|
|
|||
|
ÉL
No, su anorak tenía razón, siempre tenía razón, le recordaba el primero que poseyó en su infancia, uno chiquitito y adecuado a las prestaciones que de él se requerían, pero tan amoroso, tan tierno y preocupado por su bienestar y su salud... El día que su madre se lo puso le dijo con un tono de voz que nunca olvidaría: -Ves acostumbrándote; es tu primer anorak y debes escucharle y hacerle caso ahora que ya tienes tres años, has dejado la guardería y hoy comienzas a ir al colegio, a vivir entre los demás tú solo como un hombrecito; se acabaron las puericultoras de El pequeño Pulgarcito, ni mamá, a partir de ahora, va estar siempre a tu lado como cuando eras pequeño, con que ya lo sabes, no hagas nada que no debas porque el anorak me lo transmitirá, y mamá se va a enfadar mucho si se entera que no te portas bien. Mamá, papá y él componían una pequeña célula familiar de nivel social humilde; papá trabajaba en una fábrica de detergentes “ecológicos” y mamá en un self service, preparando la comida envasada que luego se deslizaría por la cinta transportadora hasta llegar a las manos del cliente, y él, quien hasta el momento había ido a la guardería, marchaba aquella mismo mañana por primera vez al colegio y las cosas cambiaban notablemente, ese había sido el motivo de que le comprasen el anorak multiprestaciones, especializado en niños de edad, escolar y por ende aún más camaleónico a la hora de cambiar sus colores camuflándose con el medio. Tal fue el comienzo de su vida adulta –antiguamente, en las tribus primitivas, esa iniciación era cruenta y sanguinaria, no como en la actualidad en la que dejas de ver a tus padres de manera brusca, recuperándolos sólo parcialmente los fines de semana-, y lo rememoraba siempre con nostalgia por el excelente anorak que le había acompañado en una de las etapas más importantes de su existencia, luego él creció, y el anorak no, vinieron otros a substituirlo y si su madre no hubiera hecho eso que suelen hacer casi todas las amas de casa, o sea “tirar los trastos viejos”, seguro que aún conservaría en algún rincón olvidado a sus adorados anoraks infantiles. Se había acostumbrado a escucharles a lo largo de los años -¡y qué bonitos cuentos le contaban!-, pero, al crecer, al alcanzar la mayoría de edad, los anoraks le duraron más y finalmente pudo acostumbrarse al cambio cuando tales prendas de ropa pasaban de moda por imperativos del marketing y los avances tecnológicos –naturalmente siempre las había del más sofisticado dernier cri, aunque esas no eran para gentes como él-, pero mientras las llevaba, ¡qué caray, eran sus mejores amigos, los más desinteresados y nobles! Su anorak –última moda, aún vigente, para clase trabajadora-, le estaba diciendo en esos momentos: -Te vas a resfriar, capto la invasión microbiana en la zona de la nariz, fosas nasales, garganta. El otro día no te dio la gana de abrocharme hasta arriba y tragaste demasiado aire frío y húmedo, más del acostumbrado, luego te metiste en aquel antro y la atmósfera viciada acabó de arreglar la cosa, porque aunque yo hago todo lo que puedo creando una temperatura estable alrededor de tu cavidad torácica, riñones y abdomen, tampoco me programaron para realizar milagros, recuérdalo... ¡Tú y tu trabajo, la de ambientes malsanos que tienes que frecuentar siempre, caramba! -¡Qué no fue por eso, hombre! -Te agradecería que no me adjudicases ese calificativo puramente retórico, para llevarme la contraria, te estás resfriando y, ya que a descuidado no te gana nadie, si no quieres pasarte una semana en cama, obviamente no es lo más indicado dado tu situación económica, tendrás que medicarte con esas repugnantes cápsulas que lo solucionan todo y que a la larga fastidian el cuerpo humano, pero, allá tú, que si hubieras seguido mis indicaciones otro gallo nos cantara. -¿Gallo, qué gallo?, a veces resultas de un anacrónico. -No pienso discutir contigo, el mal ya está hecho, pero nunca escarmientas. -De acuerdo, seguiré tus instrucciones en la próxima ocasión. -¡Cómo que me lo voy a creer! -Bueno, ese será tu problema. -¡Bah! El anorak, ofendido, se encerró en un silencio muy digno, lo que forzó a sonreír a su usuario. ¡Aquel anorak gruñón! Él caminaba deprisa por la calle después de haber salido del metro ; los coches eran cosa de las personas acomodadas y no abundaban tantas como para que el ambiente viese incrementado su índice de contaminación –podían ser eléctricos pero como aún existía petróleo que vender, pues eso-, por otra parte el metro constituía un sistema seguro y rápido de transporte y tampoco había que andar mucho ya que la dirección que le dieran la tenía allí mismo, delante de sus narices. Abandonar el entresijo de las galerías subterráneas, cuatro pasos, y la barriada residencial ya se avistaba a escasos metros como un oasis. Bueno, tampoco era la primera vez que iba por aquella zona reservada a los importantes de la ciudad; bien es verdad que lo usual eran otras calles y otras gentes, asuntos sórdidos las más de las ocasiones, pero la sordidez también da dinero y ese era su trabajo, el único para el que servía, se ignora si por vocación o porque las circunstancias no le hubieran ofrecido mejores alternativas. El destino y esas zarandajas, unos han nacido para tenerlo todo mientras que otros... Otros recogen las migas que caen de la mesa y encima gracias. Cruzó una despejada avenida bajo el turbio sol de la tarde, y el viento sucio que circulaba gozosamente por allí, le dio un empujón que de poco va que no le lanza al suelo. Él soltó una palabrota malsonante, y con gesto mecánico, e innecesario a todas luces, estiró de la lengüeta de la cremallera que cerraba el anorak, lo que le obligó a éste a rezongar: -¡A buenas horas mangas verdes! Sí, a buenas horas, y no podíasele llamar ignorante ya que conocía de sobras como las gastaba aquella avenida llamada del Prócer debido a la sólida estatua erigida en su centro y dedicada a... eso, al prócer del momento en otro ya muy lejano. Segunda, pues la primera, de metal, fue corroída por la humedad constante siendo reemplazada por otra que se hallaba compuesta de una mezcla de plástico y piedra. En un tiempo ido, donde ahora se levantaba el monumento que rodeaban unas columnas de neón a prueba de cortocircuitos, primero hubieron árboles -la avenida era un frondoso parque público que se hubo de talar en evitación de incendios, dado que resultaba muy peligroso tenerlo en el centro de la ciudad-, después casas y un círculo de artísticas farolas en torno al espacio destinado al prócer, luego las farolas se consideraron anticuadas y se substituyeron por las actuales columnas de neón. Él sonrió con cierta desencantada ironía, se ignora si ante la salida del anorak o a causa de la evocación del fantasma de un parque que jamás había conocido, mas no hizo comentario alguno, por otra parte, ya estaba delante de la puerta de la verja de aquella suntuosa mansión en donde le esperaban y al pisar la esterilla metálica electrónica y luego de haber pronunciado la contraseña que le había sido dada, el acceso le fue franqueado sin dilaciones innecesarias.
|