CUADERNO TERCERO

En aquellos momentos no podía sentirme humillado por recibir sus órdenes ya que estaba cierto de que el final de la aventura se acercaba a pasos agigantados y con él mi regreso a una realidad, que, como sabiamente dijera Niamh, no era envidiable, pero que quienes a ella pertenecemos, no teníamos voluntad de renunciar.

Le descubrimos sentado encima de un promontorio que parecía hecho a su medida.

Cuatro peñascos amontonados y un muchachito rubio, descalzo, que vestía a usanza de los pescadores, acurrucado sobre ellos, frente al océano.

El perro de porcelana, excitadísimo, empezó a ladrar ruidosamente y más que trotar voló cual dardo en dirección al pequeño huérfano y yo me detuve porque no quería robarle su momento al fiel animal.

Volvióse el niño al sentir el alboroto y en contemplando al perro, saltó del promontorio para correr a su encuentro. Sin pronunciar palabra lo abrazó mientras el perro de porcelana gemía de felicidad y le llenaba la cara de lametones.

Avancé hacia ellos.

-Señor -dije muy conmovido-, hemos venido a buscaros desde muy lejos...

Me interrumpí, ¿qué más podía agregar que llenara de esperanzas el corazón de aquel niño, un niño cuya madre había perecido ahogada en el mar, un niño de incierto futuro, al que por arrebatársele, hasta su herencia le fuera robada gracias a las malas artes de un codicioso pariente?

El condesito me contemplaba muy serio sin mostrar el menor asomo de que mis palabras penetrasen en su interior. Con el perro era diferente, le acariciaba y le sonreía dando muestras de haberle reconocido, aunque continuara encerrado en su mutismo. No me ofendí por tan manifiesta desconfianza pues yo no dejaba de ser un completo desconocido a sus ojos, y los desconocidos debían inspirarle prevención.

De improviso el niño se apartó una guedeja de cabellos que le ocultaban parcialmente el rostro y pude comprobar que se le veía menos infantil que en el cuadro, las penalidades sufridas le habían otorgado madurez, y que en uno de sus dedos brillaba bajo el sol el anillo que ya tuviera la ocasión de haber apreciado yo en el retrato que aún se conservaba en el castillo de Rameau, exquisita sortija de oro en la que se engarzaba un zafiro, en el borde de cuya montura se había grabado una inscripción que me fue imposible descifrar en razón a lo diminuto de su letra.

-No temáis, señor -le dije amistosamente- ,vuestro perro me conoce y es animal de fino instinto que no se deja engañar por gentes ruines... Hacednos la merced de venir con nosotros.

Para confirmar lo que yo acababa de exponer, el perro de porcelana se me aproximó lamiéndome una mano. Luego, ambos, aguardamos expectantes la decisión del pequeño conde. Éste volvió a sonreír finalmente y vino en derechura a situarse entre los dos, dando con ello señal de que se avenía a la propuesta.



NOTA DE NICOLAS RAYMOND & ASSOCIÉS, EDITEURS:

Antes de que el lector prosiga avanzando en la presente novela, deseamos hacerle llegar los apuntes de una breve información que puede eludir si lo prefiere aunque no se lo recomendamos ya que tiene que ver con la trascripción remendada que hemos podido descifrar en aquel que nosotros denominamos capítulo VIII.

El universo fantástico al que alude el capitán Ryan mencionando islas como por ejemplo, la de San Barandán, y todas las otras de tan extraña etimología, se entronca, sin la menor duda, con el mundo mágico de la mitología celta, mitología que no solamente engloba a Irlanda, sino también al País de Gales, a Escocia e Inglaterra, sin olvidar a nuestras propias tierras de la Bretaña.

Más adelante el protagonista, da el título de Hada a Niamh, al parecer sin concederle demasiada importancia, como ya ha sucedido varias veces a lo largo de la presente narración en otras situaciones, hecho que se sobreentiende nace de amplios párrafos mucho más ilustrativos.

Según los antiguos libros que nosotros hemos consultado, Manannan mac Lir, (hijo de Lêr), era una deidad marina adorada por los celtas, siendo Niamh, la de los Cabellos de Oro, hija suya a su vez, y es esta misma Niamh la que se enamoró del guerrero feniano Ossian, quien, seducido por la bella, convirtióse en huésped de La Tierra de los Jóvenes durante 300 años al cabo de los cuales, al regresar a su patria, pisado que hubo el suelo, envejeció tornándose ciego.

En cuanto a si Niamh es un Hada no tiene porque sorprendernos ya que en Tir Nan Og abundan los palacios encantados que son residencia de tales deliciosas criaturas, de quienes, en los relatos legendarios se ha llegado a afirmar que fueron los primitivos moradores de Irlanda, ahora ocultos en el refugio de las colinas bajo el nombre de Daone Sidhe, y habitantes del reino de Danann, como se denomina al mundo de las Hadas irlandesas y que gobierna en la actualidad el rey Finvanna, el cual vive con su corte en un palacio en el interior de la colina conocida bajo el nombre de la Colina de las Hadas de Knockma.

Estas Hadas, que en nada se parecen a las de los cuentos infantiles que estamos habituados a leer, poseen la seducción de las sirenas, son liberales en sus costumbres, generosas, amables y guerreras si la ocasión se tercia. Y de tal modo la conseja sigue revelando la manera en que se logró la victoria de los hijos de Mil contra los Tuatha de Danann, merced a la intervención de la diosa-hada Eire quien acabó por dar su nombre al país, lo que también viene a demostrarnos como las hadas abundaban en los dos bandos y así su procedencia puede resultar incierta de igual forma que su enclave, aunque no por eso dejen de existir en el corazón de cuantos las aman.

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