En aquellos momentos
no podía sentirme humillado por recibir sus órdenes ya que estaba
cierto de que el final de la aventura se acercaba a pasos agigantados
y con él mi regreso a una realidad, que, como sabiamente dijera
Niamh, no era envidiable, pero que quienes a ella pertenecemos,
no teníamos voluntad de renunciar.
Le descubrimos sentado encima de un promontorio
que parecía hecho a su medida.
Cuatro peñascos amontonados y un muchachito
rubio, descalzo, que vestía a usanza de los pescadores, acurrucado
sobre ellos, frente al océano.
El perro de porcelana, excitadísimo, empezó
a ladrar ruidosamente y más que trotar voló cual dardo en dirección
al pequeño huérfano y yo me detuve porque no quería robarle su
momento al fiel animal.
Volvióse el niño al sentir el alboroto y en
contemplando al perro, saltó del promontorio para correr a su
encuentro. Sin pronunciar palabra lo abrazó mientras el perro
de porcelana gemía de felicidad y le llenaba la cara de lametones.
Avancé hacia ellos.
-Señor -dije muy conmovido-, hemos venido a
buscaros desde muy lejos...
Me interrumpí, ¿qué más podía agregar que llenara
de esperanzas el corazón de aquel niño, un niño cuya madre había
perecido ahogada en el mar, un niño de incierto futuro, al que
por arrebatársele, hasta su herencia le fuera robada gracias a
las malas artes de un codicioso pariente?
El condesito me contemplaba muy serio sin mostrar
el menor asomo de que mis palabras penetrasen en su interior.
Con el perro era diferente, le acariciaba y le sonreía dando muestras
de haberle reconocido, aunque continuara encerrado en su mutismo.
No me ofendí por tan manifiesta desconfianza pues yo no dejaba
de ser un completo desconocido a sus ojos, y los desconocidos
debían inspirarle prevención.
De improviso el niño se apartó una guedeja
de cabellos que le ocultaban parcialmente el rostro y pude comprobar
que se le veía menos infantil que en el cuadro, las penalidades
sufridas le habían otorgado madurez, y que en uno de sus dedos
brillaba bajo el sol el anillo que ya tuviera la ocasión de haber
apreciado yo en el retrato que aún se conservaba en el castillo
de Rameau, exquisita sortija de oro en la que se engarzaba un
zafiro, en el borde de cuya montura se había grabado una inscripción
que me fue imposible descifrar en razón a lo diminuto de su letra.
-No temáis, señor -le dije amistosamente- ,vuestro
perro me conoce y es animal de fino instinto que no se deja engañar
por gentes ruines... Hacednos la merced de venir con nosotros.
Para confirmar lo que yo acababa de exponer,
el perro de porcelana se me aproximó lamiéndome una mano. Luego,
ambos, aguardamos expectantes la decisión del pequeño conde. Éste
volvió a sonreír finalmente y vino en derechura a situarse entre
los dos, dando con ello señal de que se avenía a la propuesta.
NOTA
DE NICOLAS RAYMOND &
ASSOCIÉS, EDITEURS:
Antes de que el lector prosiga
avanzando en la presente novela, deseamos hacerle llegar los apuntes
de una breve información que puede eludir si lo prefiere aunque
no se lo recomendamos ya que tiene que ver con la trascripción
remendada que hemos podido descifrar en aquel que nosotros denominamos
capítulo VIII.
El universo fantástico
al que alude el capitán Ryan mencionando islas como por ejemplo,
la de San Barandán, y todas las otras de tan extraña etimología,
se entronca, sin la menor duda, con el mundo mágico de la mitología
celta, mitología que no solamente engloba a Irlanda, sino también
al País de Gales, a Escocia e Inglaterra, sin olvidar a nuestras
propias tierras de la Bretaña.
Más adelante el protagonista,
da el título de Hada a Niamh, al parecer sin concederle demasiada
importancia, como ya ha sucedido varias veces a lo largo de la
presente narración en otras situaciones, hecho que se sobreentiende
nace de amplios párrafos mucho más ilustrativos.
Según los antiguos
libros que nosotros hemos consultado, Manannan mac Lir, (hijo
de Lêr), era una deidad marina adorada por los celtas, siendo
Niamh, la de los Cabellos de Oro, hija suya a su vez, y es esta
misma Niamh la que se enamoró del guerrero feniano Ossian, quien,
seducido por la bella, convirtióse en huésped de La Tierra de
los Jóvenes durante 300 años al cabo de los cuales, al regresar
a su patria, pisado que hubo el suelo, envejeció tornándose ciego.
En cuanto a si Niamh
es un Hada no tiene porque sorprendernos ya que en Tir Nan Og
abundan los palacios encantados que son residencia de tales deliciosas
criaturas, de quienes, en los relatos legendarios se ha llegado
a afirmar que fueron los primitivos moradores de Irlanda, ahora
ocultos en el refugio de las colinas bajo el nombre de Daone Sidhe,
y habitantes del reino de Danann, como se denomina al mundo de
las Hadas irlandesas y que gobierna en la actualidad el rey Finvanna,
el cual vive con su corte en un palacio en el interior de la colina
conocida bajo el nombre de la Colina de las Hadas de Knockma.
Estas Hadas, que en
nada se parecen a las de los cuentos infantiles que estamos habituados
a leer, poseen la seducción de las sirenas, son liberales en sus
costumbres, generosas, amables y guerreras si la ocasión se tercia.
Y de tal modo la conseja sigue revelando la manera en que se logró
la victoria de los hijos de Mil contra los Tuatha de Danann, merced
a la intervención de la diosa-hada Eire quien acabó por dar su
nombre al país, lo que también viene a demostrarnos como las hadas
abundaban en los dos bandos y así su procedencia puede resultar
incierta de igual forma que su enclave, aunque no por eso dejen
de existir en el corazón de cuantos las aman.