No llevó
mucho tiempo el enterarse de a quien pertenecían aquellos restos.
Arriaron una barca en la que iban el contramaestre, dos marineros
y yo, que movido por un extraño presentimiento, solicité permiso para
unirme a la expedición. El perro de porcelana se quedó a bordo.
El contramaestre apartó con una pértiga los
impedimentos formados por unas cuerdas, un trozo de velamen y unas
algas, que cubrían el costado del destrozado casco precariamente flotante.
-Lo que me temía -gruñó malhumorado-, siempre imaginé que el diablo atraparía antes
a Domitien que el Neptuno.
Todos miramos, cada uno arrastrando su particular
desolación.
El barco pirata sólo ostentaba un nombre pintado
que durante años había bastado para estremecer de terror a más de
un avezado hombre de mar: EL SANGUINARIO; con esto era suficiente
para que las mujeres llorasen y corrieran presurosas a esconder a
sus hijos, y los hombres, encomendando su alma a Dios, se lanzasen
a un desigual combate que con certeza adivinaban el postrero, en su
desesperación.
Cuando puse de nuevo los pies en cubierta,
me sentía aplastado por la tristeza, derrotado nuevamente por el Destino.
La condesa de Rameau había fallecido, no podíase abrigar duda alguna.
Una tormenta, de las que tan pródigo se muestra el océano, sepultó
al invencible SANGUINARIO y con él, las esperanzas que aún alentaban
en el perro de porcelana y en mi corazón. ¡Pobre condesa, tan joven
y tan hermosa y muerta sin haber vuelto a estrechar entre los brazos
a su hijito! ¿Encerraba entonces algo de particular que los rosales
del castillo estuviesen condenados a no florecer jamás?
Así que el perro de porcelana contempló mi
alterado semblante no hubo necesidad de palabras superfluas. Lentamente
se apartó de mí paso y echando hacia atrás la cabeza emitió un largo
aullido de dolor. La marinería se removió inquieta, los lobos de mar
son muy supersticiosos, pero el capitán los tranquilizó con un breve
parlamento:
-Domitien El Sanguinario llevaba secuestrada
en su nave a una dama de noble cuna y este fiel animal es su perro,
respetemos como se merece el pesar de tan leal amigo.
Dicen que las desgracias nunca vienen solas y ello es bien verdad, ya
que después de tropezar con los despojos del barco pirata nos tocó
a nosotros sufrir los efectos de una tempestad que mareó la brújula
hasta el punto de que cuando finalmente cesó la tormenta nos encontramos
perdidos sin rumbo reconocible, cascarón de nuez en medio del océano.
El capitán Ryan buscaba en los cielos, pero éstos cada noche aparecían
cubiertos por el velo de unas incomprensibles nubes que en toda la
jornada no hacían acto de presencia y únicamente se amontonaban en
cuanto llegaba el crepúsculo, cubriendo entonces rápidamente el firmamento.
Ryan mostrábase tan preocupado que yo empecé a preguntarme acerca de la
clase de cosas espantables que se ocultaban detrás de su ceño fruncido
y de aquel constante nerviosismo. Nadie podía tranquilizarme, ni siquiera
el perro de porcelana, ya que desde el desafortunado lance del naufragio
se había encerrado en un estado tal de postración que me daba en temer
por su vida. No me hablaba, permaneciendo echado, inmóvil, en cualquier
sitio, sin comer ni beber, lo cual no contribuía a que mi ánimo mejorase,
precisamente. Ante semejante panorama, las ideas negras eran los cuervos
que escoltaban nuestro bajel.
Y advino la enésima mañana y con su despuntar,
un día por completo diferente a los que le habían precedido. Por de
pronto el cielo no era azul sino suavemente dorado. Un velado resplandor
de luz alabastrina se difundía por encima de nuestras cabezas sin
que el punto de referencia de ningún sol centrase la razón de ser
de las formas. El agua plateada, recordaba al líquido azogue, y el
brumoso horizonte, permitía adivinar, como a través de una cortina
de humo gris azulado, las costas delimitadas de varias islas, unas
más próximas y las otras más lejanas.
Contemplándolas, al capitán Ryan se le demudó
el rostro y la curtida tripulación empezó a santiguarse. Yo miraba
sin comprender.
-Grumete -me dijo el corsario al apreciar mi
gesto de perplejidad-, si el Altísimo no lo remedia, éste puede ser
nuestro fin.
-¿Por qué, señor?
-La tormenta nos ha arrojado a una parte de
los océanos cuyas aguas siempre han constituido un enigma para los
bravos marineros, y no se trata del Mar de los Sargazos mucho más
distante... Esta zona por la cual ahora erramos, carece de cartas
de navegación pues sólo en la antigüedad existían y el tiempo se encargó
de hacerlas desaparecer... Es menester que sepas que estamos en un
lugar hechizado en el cual de las profundidades marinas surgen islas
que aparecen sumergiéndose luego, lo mismo que si de peces se tratara...
¿Has oído alguna vez hablar de la Isla de San Barandán?... Aquella
era una, pero estas son a cientos. Muchas poseen nombre conocido a
través de las leyendas, mientras que las más o lo perdieron o son
el espejismo de las que existen... Fíjate -extendió su mano señalando
en dirección al horizonte-. Fíjate como ya de la legión de islas e
islotes que aparecían hace unos momentos, nada empieza a quedar, se
están desvaneciendo igual que el humo de una hoguera... Y mira allí,
aquella, da la impresión de avanzar como un buque y no navega, es
la niebla que comienza a disiparse a su alrededor.
-¿De qué isla se trata?
-Lo desconozco... Pudiera tratarse de Hy-Breasail,
una isla que sube a la superficie cada 7 años, aunque también podría
tratarse de Avalon...
-¡La isla del Rey Arturo! -exclamé yo maravillado,
y ante mi admiración el corsario sonrió muy a su pesar.
-Si, muchacho, la Isla del rey Arturo... Mas
no sueñes despierto, que tampoco será esta isla.
-¿Cuál entonces, señor?
El Neptuno, anclado en una inopinada calma
chicha, no podía moverse, pero la isla si se aproximaba a nosotros
en derechura, animada, al parecer por una intención muy clara de abordaje.
Todos, en cubierta, hallabámonos como petrificados ante lo prodigioso
de la situación. De pronto, y cuando ya creíamos inminente el desastre,
la temida colisión no se produjo, porque la isla agresora se detuvo
majestuosamente a medio nudo escaso de proa. Súbitamente, el resplandor
dorado, con un cabrilleo cegador, dio paso al cielo azul y al sol
del mediodía.
Nos encontrábamos embarrancados frente a una
isla que en todo evocaba la descripción del paraíso perdido. Sus playas
la formaban finas arenas blancas y por doquier extendíase una lujuriosa
vegetación de inigualable verdor.
Permanecíamos atónitos contemplando el espectáculo
maravilloso de los árboles, los pájaros y las montañas, cuando pudimos
apreciar como del bosque surgía una especie de comitiva compuesta
por sendas hileras de jóvenes de ambos sexos, coronados de flores
y vistiendo unas túnicas blancas muy arcaicas que sujetaban sobre
sus hombros con broches de lo que aun a lo lejos, recordaba al oro.
Ante aquella insospechada visión, en apariencia
tranquilizadora, entonces fue el capitán quien se santiguó devotamente
mientras yo seguía contemplando sin entender y los marineros se agrupaban
en torno a su jefe, entre cuchicheos temerosos.
-¿Los conocéis, señor? -pregunté.
-¡El Cielo nos proteja a todos!... No, no los
conozco, pero se quienes son... --se encaró a sus hombres que parecían
aguardar resignados, y pronunció estas misteriosas palabras:- ¡Tir
Nan Og!... La Tierra de los Jóvenes... No tenemos escapatoria posible...
Nadie se atrevió a hablar; sólo yo, inducido
por la curiosidad, rompí el inquietante silencio:
-¿Qué significan vuestras palabras, capitán?,
¿qué es la Tierra de los Jóvenes?
-Delante tuyo la tienes, grumete... Mis negros
presagios se han visto confirmados... Surcamos aguas de misterio y
antiguas leyendas, en donde las islas de nuestros antepasados tienen
su asiento fantasmal. No muy distante debe hallarse Mag Mor, la Gran
Llanura, o Mag Mall, La Llanura Placentera, o Tir Tairnegir, La Llanura
de la Felicidad, o Tirfo Thuinn, La Tierra Bajo las Olas...
-¡Extraños nombres! -me admiré.
-Más singulares son sus moradores y el mundo
en el que existen... Sabe, muchacho, que un año en estas tierras pueden
ser trescientos en las nuestras.
Empezaba a entender y se me heló la sangre
en las venas.
-¿Pretendéis insinuar...?
-No es tal mi propósito, lo estoy afirmando...
Si nos dejamos agasajar por los habitantes de esta risueña isla, olvidémonos
del regreso y de nuestra existencia anterior.
-¿Nos arrebatarán la vida?
-Al contrario, nos otorgarán la inmortalidad
a cambio de no regresar jamás.
Un frágil esquife avanzaba sobre el suave oleaje marino, con la más hermosa
doncella que nunca yo viera. Era alta y rubia, de largos cabellos
y transparentes ojos azules, sonreía con sin igual dulzura y nos saludó
amistosamente con la mano. El esquife se detuvo frente al mascarón
de proa y la desconocida hizo señas de que le echásemos la escala
por la que de inmediato subiría con una agilidad felina.
Pude advertir como sus cabellos le aureolaban el rostro a la manera que
se asegura flotan los de las sirenas dentro del agua. Había subido
sin ninguna clase de acompañantes y sola estaba en cubierta no ofreciendo
la menor señal de temor.
Se presentó con sencillez.
-Soy Niamh, la de los Cabellos de Oro, hija de Manannan.
Los rudos marineros la contemplaban fascinados y otro tanto le sucedía
a Ryan El Corsario. El hechizo de la isla comenzaba a desarrollar
sus influencias sutiles como se extienden los hilos de las telarañas.
-Somos vuestros más humildes servidores, señora.
Niamh nos dedicó una encantadora sonrisa.
-Debéis de estar muy cansados... La Tierra de los Jóvenes os ofrece su
hospitalidad incondicional... Venid con nosotros y conoceréis la inmortalidad,
nunca envejeceréis, nunca sabréis de enfermedad alguna... Seréis eternamente
dichosos... Seguidme...
La seguimos, pero lo más desconcertante del
hecho es que el perro de porcelana, que hasta hiciera unos instantes
había parecido casi exánime, se incorporó con su presteza habitual,
y meneando la cola alegremente, se unió a todos nosotros en el desembarco.
.Nicolas Raymond & Associés,
Editeurs.
(A partir del presente capítulo,
paciente lector y por espacio de varios, abundarán los párrafos en
bastardilla, puesto que en el texto original proliferan las manchas
de humedad desfigurándolo.
En el siguiente capítulo faltan
un par de páginas, o tal vez más, y por ello se advertirá como no
hemos tenido otro remedio que el de unir los fragmentos, en todo procurando
hacer coherente la narración.
Rogamos se nos disculpe
por lo comprimido que pueda resultar el texto, así como también por
las líneas de puntos que nos hemos visto obligados a colocar a modo
de sustitución en el lugar de los renglones desaparecidos.)