CAPÍTULO VII
EMPIEZAN A ACONTECER HECHOS PRODIGIOSOS

No llevó mucho tiempo el enterarse de a quien pertenecían aquellos restos. Arriaron una barca en la que iban el contramaestre, dos marineros y yo, que movido por un extraño presentimiento, solicité permiso para unirme a la expedición. El perro de porcelana se quedó a bordo.

El contramaestre apartó con una pértiga los impedimentos formados por unas cuerdas, un trozo de velamen y unas algas, que cubrían el costado del destrozado casco precariamente flotante.

-Lo que me temía  -gruñó malhumorado-, siempre imaginé que el diablo atraparía antes a Domitien que el Neptuno.

Todos miramos, cada uno arrastrando su particular desolación.

El barco pirata sólo ostentaba un nombre pintado que durante años había bastado para estremecer de terror a más de un avezado hombre de mar: EL SANGUINARIO; con esto era suficiente para que las mujeres llorasen y corrieran presurosas a esconder a sus hijos, y los hombres, encomendando su alma a Dios, se lanzasen a un desigual combate que con certeza adivinaban el postrero, en su desesperación.

Cuando puse de nuevo los pies en cubierta, me sentía aplastado por la tristeza, derrotado nuevamente por el Destino. La condesa de Rameau había fallecido, no podíase abrigar duda alguna. Una tormenta, de las que tan pródigo se muestra el océano, sepultó al invencible SANGUINARIO y con él, las esperanzas que aún alentaban en el perro de porcelana y en mi corazón. ¡Pobre condesa, tan joven y tan hermosa y muerta sin haber vuelto a estrechar entre los brazos a su hijito! ¿Encerraba entonces algo de particular que los rosales del castillo estuviesen condenados a no florecer jamás?

Así que el perro de porcelana contempló mi alterado semblante no hubo necesidad de palabras superfluas. Lentamente se apartó de mí paso y echando hacia atrás la cabeza emitió un largo aullido de dolor. La marinería se removió inquieta, los lobos de mar son muy supersticiosos, pero el capitán los tranquilizó con un breve parlamento:

-Domitien El Sanguinario llevaba secuestrada en su nave a una dama de noble cuna y este fiel animal es su perro, respetemos como se merece el pesar de tan leal amigo.

Dicen que las desgracias nunca vienen solas y ello es bien verdad, ya que después de tropezar con los despojos del barco pirata nos tocó a nosotros sufrir los efectos de una tempestad que mareó la brújula hasta el punto de que cuando finalmente cesó la tormenta nos encontramos perdidos sin rumbo reconocible, cascarón de nuez en medio del océano.

El capitán Ryan buscaba en los cielos, pero éstos cada noche aparecían cubiertos por el velo de unas incomprensibles nubes que en toda la jornada no hacían acto de presencia y únicamente se amontonaban en cuanto llegaba el crepúsculo, cubriendo entonces rápidamente el firmamento.

Ryan mostrábase tan preocupado que yo empecé a preguntarme acerca de la clase de cosas espantables que se ocultaban detrás de su ceño fruncido y de aquel constante nerviosismo. Nadie podía tranquilizarme, ni siquiera el perro de porcelana, ya que desde el desafortunado lance del naufragio se había encerrado en un estado tal de postración que me daba en temer por su vida. No me hablaba, permaneciendo echado, inmóvil, en cualquier sitio, sin comer ni beber, lo cual no contribuía a que mi ánimo mejorase, precisamente. Ante semejante panorama, las ideas negras eran los cuervos que escoltaban nuestro bajel.

Y advino la enésima mañana y con su despuntar, un día por completo diferente a los que le habían precedido. Por de pronto el cielo no era azul sino suavemente dorado. Un velado resplandor de luz alabastrina se difundía por encima de nuestras cabezas sin que el punto de referencia de ningún sol centrase la razón de ser de las formas. El agua plateada, recordaba al líquido azogue, y el brumoso horizonte, permitía adivinar, como a través de una cortina de humo gris azulado, las costas delimitadas de varias islas, unas más próximas y las otras más lejanas.

Contemplándolas, al capitán Ryan se le demudó el rostro y la curtida tripulación empezó a santiguarse. Yo miraba sin comprender.

-Grumete -me dijo el corsario al apreciar mi gesto de perplejidad-, si el Altísimo no lo remedia, éste puede ser nuestro fin.

-¿Por qué, señor?

-La tormenta nos ha arrojado a una parte de los océanos cuyas aguas siempre han constituido un enigma para los bravos marineros, y no se trata del Mar de los Sargazos mucho más distante... Esta zona por la cual ahora erramos, carece de cartas de navegación pues sólo en la antigüedad existían y el tiempo se encargó de hacerlas desaparecer... Es menester que sepas que estamos en un lugar hechizado en el cual de las profundidades marinas surgen islas que aparecen sumergiéndose luego, lo mismo que si de peces se tratara... ¿Has oído alguna vez hablar de la Isla de San Barandán?... Aquella era una, pero estas son a cientos. Muchas poseen nombre conocido a través de las leyendas, mientras que las más o lo perdieron o son el espejismo de las que existen... Fíjate -extendió su mano señalando en dirección al horizonte-. Fíjate como ya de la legión de islas e islotes que aparecían hace unos momentos, nada empieza a quedar, se están desvaneciendo igual que el humo de una hoguera... Y mira allí, aquella, da la impresión de avanzar como un buque y no navega, es la niebla que comienza a disiparse a su alrededor.

-¿De qué isla se trata?

-Lo desconozco... Pudiera tratarse de Hy-Breasail, una isla que sube a la superficie cada 7 años, aunque también podría tratarse de Avalon...

-¡La isla del Rey Arturo! -exclamé yo maravillado, y ante mi admiración el corsario sonrió muy a su pesar.

-Si, muchacho, la Isla del rey Arturo... Mas no sueñes despierto, que tampoco será esta isla.

-¿Cuál entonces, señor?

El Neptuno, anclado en una inopinada calma chicha, no podía moverse, pero la isla si se aproximaba a nosotros en derechura, animada, al parecer por una intención muy clara de abordaje. Todos, en cubierta, hallabámonos como petrificados ante lo prodigioso de la situación. De pronto, y cuando ya creíamos inminente el desastre, la temida colisión no se produjo, porque la isla agresora se detuvo majestuosamente a medio nudo escaso de proa. Súbitamente, el resplandor dorado, con un cabrilleo cegador, dio paso al cielo azul y al sol del mediodía.

Nos encontrábamos embarrancados frente a una isla que en todo evocaba la descripción del paraíso perdido. Sus playas la formaban finas arenas blancas y por doquier extendíase una lujuriosa vegetación de inigualable verdor.

Permanecíamos atónitos contemplando el espectáculo maravilloso de los árboles, los pájaros y las montañas, cuando pudimos apreciar como del bosque surgía una especie de comitiva compuesta por sendas hileras de jóvenes de ambos sexos, coronados de flores y vistiendo unas túnicas blancas muy arcaicas que sujetaban sobre sus hombros con broches de lo que aun a lo lejos, recordaba al oro.

Ante aquella insospechada visión, en apariencia tranquilizadora, entonces fue el capitán quien se santiguó devotamente mientras yo seguía contemplando sin entender y los marineros se agrupaban en torno a su jefe, entre cuchicheos temerosos.

-¿Los conocéis, señor? -pregunté.

-¡El Cielo nos proteja a todos!... No, no los conozco, pero se quienes son... --se encaró a sus hombres que parecían aguardar resignados, y pronunció estas misteriosas palabras:- ¡Tir Nan Og!... La Tierra de los Jóvenes... No tenemos escapatoria posible...

Nadie se atrevió a hablar; sólo yo, inducido por la curiosidad, rompí el inquietante silencio:

-¿Qué significan vuestras palabras, capitán?, ¿qué es la Tierra de los Jóvenes?

-Delante tuyo la tienes, grumete... Mis negros presagios se han visto confirmados... Surcamos aguas de misterio y antiguas leyendas, en donde las islas de nuestros antepasados tienen su asiento fantasmal. No muy distante debe hallarse Mag Mor, la Gran Llanura, o Mag Mall, La Llanura Placentera, o Tir Tairnegir, La Llanura de la Felicidad, o Tirfo Thuinn, La Tierra Bajo las Olas...

-¡Extraños nombres! -me admiré.

-Más singulares son sus moradores y el mundo en el que existen... Sabe, muchacho, que un año en estas tierras pueden ser trescientos en las nuestras.

Empezaba a entender y se me heló la sangre en las venas.

-¿Pretendéis insinuar...?

-No es tal mi propósito, lo estoy afirmando... Si nos dejamos agasajar por los habitantes de esta risueña isla, olvidémonos del regreso y de nuestra existencia anterior.

-¿Nos arrebatarán la vida?

-Al contrario, nos otorgarán la inmortalidad a cambio de no regresar jamás.

Un frágil esquife avanzaba sobre el suave oleaje marino, con la más hermosa doncella que nunca yo viera. Era alta y rubia, de largos cabellos y transparentes ojos azules, sonreía con sin igual dulzura y nos saludó amistosamente con la mano. El esquife se detuvo frente al mascarón de proa y la desconocida hizo señas de que le echásemos la escala por la que de inmediato subiría con una agilidad felina.

Pude advertir como sus cabellos le aureolaban el rostro a la manera que se asegura flotan los de las sirenas dentro del agua. Había subido sin ninguna clase de acompañantes y sola estaba en cubierta no ofreciendo la menor señal de temor.

Se presentó con sencillez.

-Soy Niamh, la de los Cabellos de Oro, hija de Manannan.

Los rudos marineros la contemplaban fascinados y otro tanto le sucedía a Ryan El Corsario. El hechizo de la isla comenzaba a desarrollar sus influencias sutiles como se extienden los hilos de las telarañas.

-Somos vuestros más humildes servidores, señora.

Niamh nos dedicó una encantadora sonrisa.

-Debéis de estar muy cansados... La Tierra de los Jóvenes os ofrece su hospitalidad incondicional... Venid con nosotros y conoceréis la inmortalidad, nunca envejeceréis, nunca sabréis de enfermedad alguna... Seréis eternamente dichosos... Seguidme...

La seguimos, pero lo más desconcertante del hecho es que el perro de porcelana, que hasta hiciera unos instantes había parecido casi exánime, se incorporó con su presteza habitual, y meneando la cola alegremente, se unió a todos nosotros en el desembarco.

.Nicolas Raymond & Associés, Editeurs.

(A partir del presente capítulo, paciente lector y por espacio de varios, abundarán los párrafos en bastardilla, puesto que en el texto original proliferan las manchas de humedad desfigurándolo.

En el siguiente capítulo faltan un par de páginas, o tal vez más, y por ello se advertirá como no hemos tenido otro remedio que el de unir los fragmentos, en todo procurando hacer coherente la narración.

Rogamos se nos disculpe por lo comprimido que pueda resultar el texto, así como también por las líneas de puntos que nos hemos visto obligados a colocar a modo de sustitución en el lugar de los renglones desaparecidos.)

Sigue...

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