CAPÍTULO VI
RYAN EL CORSARIO

Por espacio de varios días, ignoro cuantos, permanecí prisionero encerrado dentro de un cuartucho de reducidas dimensiones que merecía el pomposo nombre de camarote. Sentado sobre el suelo, meditaba acerca de los vaivenes que la vida ofrece, filosofando bajo un miserable tragaluz demasiado alto para permitirme divisar algo más ameno que las cuatro paredes de madera que me custodiaban. No obstante, el navío aún estaba anclado en el puerto ya que su capitán andaba en gestiones y negocios inconfesables que no le permitían zarpar todavía. A estas alturas sabía que mientras Domitien El Sanguinario navegaba rumbo a la isla de Jamaica alejando a la condesa de Rameau de su patria, el que ahora un hado aciago convirtiese en mi dueño, proyectaba en cuanto fuese dable, rodear la península Ibérica, pasar por el estrecho de Gibraltar y surcando las azules aguas del Mediterráneo, llegar cabe las costas de Turquía en donde los mercados de esclavos formaban parte de sus muchos cambalaches.

¡Ah, cuán desdichado me sentía y cómo lamentaba la irreflexión juvenil que me había metido en tamaño callejón sin salida!... ¿Qué iba a ser de mí?, ¿y mi buen tutor, que diría cuando a la mañana siguiente, (en otro tiempo, en otro lugar), entrase a despertarme en vista de mi reiterado silencio, descubriendo la ausencia?... ¿Cómo es posible que al pretender hacer el bien tuviese por pago el confinamiento, sin posibilidad de huida, en una prisión lóbrega?

Llegó por fin la noche postrera que debíamos pasar en el puerto, pues con el alba, el barco, soltando amarras, desplegaría las velas para iniciar su singladura rumbo a Oriente. Yo sentíame morir de angustia y lo único que deseaba era que el velero naufragase en una tempestad cuanto más inmediata mejor. Ser devorado por los peces se me antojaba algo así como un favor de la Providencia, mas no debía de estar dispuesto de tal manera ya que aquella noche sin demora, y muy oportunamente, mi suerte cambió de forma por entero inesperada.

La puerta del calabozo estaba cerrada con llave por fuera, y la llave permanecía en la cerradura sólo a merced de mis canallescos carceleros quienes me llevaban agua y comida una vez al día entre comentarios de mal gusto, insultos o patadas según el talante que trajera al que le hubiese tocado ese menester, por ello me sorprendió en gran manera, que ya noche oscura en la que incluso los cánticos de los borrachos del muelle habíanse apagado, alguien, alterando mi inquieta duermevela con movimientos sigilosos, se pusiera a rascar de improviso la puerta de mi prisión, o, mejor dicho, a arañar la llave introducida en la cerradura hasta que finalmente consiguió su propósito que no era otro que el de sacarla de ahí dando con ella en el suelo, y después mi anónimo salvador, la introdujo galanamente por debajo de la puerta, muy desajustada en relación al pavimento de bastos tablones sin lijar. Ver la llave y cogerla fue todo uno para mí; no estaba en posición de indagaciones ni preguntas sino de obrar con la celeridad del rayo pues el tiempo urgía. Me precipité a abrir la puerta cautelosamente, descubriendo entonces delante de mí al nunca olvidado perro de porcelana en esta ocasión completamente limpio de suciedad enmascaradora. ¿Quién hubiera podido imaginarse que de nuevo su intervención iba a cambiar el curso de los acontecimientos?

-¡Silencio -ordenó para no variar, mi antiguo compañero de aventuras- ,no te entretengas y sígueme!

¿Cómo no iba a hacerlo?

Tembloroso de alegría fui tras él escurriéndome por la cubierta igual que un espectro. La pasarela estaba colocada, pero el noble animal me mostró con un leve gesto de su hocico, que era preferible agarrarse a un cable que pendía por la borda y descender por él hasta sumergirme en el agua, no muy limpia, del muelle, él mientras tanto, ojo avizor, esperaría a que lo hubiese hecho y acto seguido, de un ágil salto, zambulliríase en el mar.

Nadamos juntos, silenciosamente, llegando pronto al malecón. Ya en él, remojados pero libres, nos miramos felices y sonrientes.

-¡Querido amigo, cuánto te he echado de menos! -exclamé.

El perro de porcelana se sacudió vigorosamente el agua del pelaje, dándome a mí ganas de imitarle.

-No lo pongo en duda, en cuanto se te deja solo no haces mas que meterte en problemas, muchacho... Suerte que he llegado justo a tiempo, de lo contrario te pierdo el rastro sin remedio.

Yo empecé a decir compungido:

-La condesa...

-Ya lo sé, se la llevaron rumbo a Jamaica.

Caminábamos uno junto al otro, dos sombras entre las sombras del muelle, y tímidamente me atreví a preguntarle:

-¿Dónde has estado estos días?

El perro de porcelana gruñó sordamente al evocarlo.

-También tuve conflictos. ¿Te acuerdas que la noche en que te atraparon llovía a mares?... Vi como te sacaban de EL BEBEDOR ALEGRE y os seguí con intención de ayudarte en cuanto me fuese posible, cuando, ¡mira lo que son las cosas!, el cazador, yo, fui cazado por otro más listo. La lluvia me había quitado la mugre y alguien descubrió que yo era un perro de porcelana. De pronto noté como una red me envolvía y caí de cuatro patas, que son las que tengo, en poder de un canalla que al día siguiente se aprestó a venderme y me vendió, en efecto, a un viejo vanidoso que pretendía ser envidiado debido a la belleza de mi raza. Pero como era un viejo tonto, pronto pude zafarme de ese amo al menor descuido y saltando el muro de su residencia en el campo, no dejé de correr hasta hallarme otra vez en esta ciudad... Hice mis averiguaciones y dí contigo en el momento crítico, indudablemente.

-Indudablemente -repetí como un eco.

Yo caminaba mirando hacia abajo ya que mi interlocutor encontrábase a cuatro palmos del duelo y enfrascado en la conversación no me apercibí de que una imponente figura nos cerraba el paso.

-Mucho debes querer a tu perro, muchacho, si te haces la ilusión de que con él dialogas.

Levanté la vista con sobresalto. Frente a mí un hombre joven, de agradable aspecto, vestido elegantemente, me contemplaba con una ligera sonrisa en la que se mezclaban a partes iguales la simpatía y la conmiseración. Le observé atentamente; su porte me resultaba familiar.

-Perdonad, señor, andaba abstraído con mis pensamientos y debo haber hablado en voz alta.

-Nada tengo que perdonar... He advertido de tu ensimismamiento, y que estás empapado al igual que el perro, ¿venís acaso nadando desde el otro lado del canal?  -preguntó en tono de amable chanza.

Me percaté en ese momento, de que aunque hablaba muy bien el francés, su acento era marcadamente extranjero, hubiera jurado que anglosajón, y asimismo realicé otro descubrimiento: se trataba del caballero que a mi llegada a la ciudad había fijado en mí su atención cuando yo esperaba junto al abrevadero...

¡Qué casualidad más singular!

-Algo semejante -repuse- .Unos ladrones pretendieron robarme y al comprobar que nada poseo, me arrojaron al mar, mi perro me ha salvado.

El desconocido me clavó una mirada inquisitiva como si quisiera leer en mi interior, y por más que no me inspiraba prevención alguna, preferí mentir a relatar la verdad, nunca se sabe si un caballero puede hallarse relacionado con aquellos que no lo son, y los últimos avatares de mi existencia me impulsaban a ser prudente.

Mi interlocutor se inclinó para acariciar al perro de porcelana, quien, cosa por demás insólita, no sólo no le rehuyó sino que encima meneó  amigable el rabo.

-¡Hermoso animal! Es uno de los Perros Blancos del Rey, ¿no es cierto?.

-No os equivocáis, señor, desciende de ellos.

-En mi niñez escuché mencionar algunas leyendas que relataban las hazañas de unos perros blancos de orejas rojas que bien podrían ser los antecesores de este bravo animal... -me confió pensativo y luego me hizo una desconcertante propuesta- ¿Me lo venderías?

-¡Jamás caballero, es el único amigo que tengo en este mundo!

El desconocido sonrió divertido ante mi exaltación pero en su rostro había afabilidad y no sarcasmo.

-No entra en mis costumbres la de separar a los buenos camaradas y sí el ayudarlos si veo que se encuentran en apuros. Mi barco se halla cerca de aquí... Es aquel -señaló en lontananza-, el Neptuno. Esta noche zarpo rumbo a Inglaterra... Si no tenéis nada mejor que hacer, ¿os gustaría enrolaros en mi tripulación?. Paga y comida las tenéis aseguradas, ¿qué me dices?

Miré al perro de porcelana y éste me hizo un imperceptible gesto de aquiescencia, que tuvo la facultad de devolverme la alegría de vivir porque el instinto de mi fiel amigo no erraba nunca y yo ya estaba más que harto de sufrir tribulaciones.

-Os digo que siempre me consideraré vuestro deudor, caballero. Aceptamos agradecidos.

El me tendió su enguantada mano.

-Sellemos el pacto, pues, grumete, soy el capitán Thomas Ryan.

Estreché su diestra conmovido; era la primera vez, en aquel mundo hostil, siempre pintado por las novelas con bellos colores, que encontraba a una buena persona.

El capitán Thomas Ryan no era inglés sino irlandés, y tampoco simplemente un capitán de navío, era algo más, era Ryan El Corsario, terror de la piratería de los siete mares, y, según me enteré más tarde, gracias a los inmejorables oficios del perro de porcelana, “también” se dirigía a Jamaica.

Transcurridas unas horas, secos y bien alimentados, acurrucados los dos en una litera, le cuchicheé al perro de porcelana que constituía una verdadera suerte el que Ryan fuese a Jamaica, a lo que me contestó el animal, ya somnoliento:

-Sí, lo sabía.

-¿Cómo qué lo sabías?

-Lo sabía, ¿no creerás que el encuentro fue casual?

-¿Otra treta de las tuyas?

-Algo parecido.

-Igual que la idea de utilizar el nombre de El Tuerto, ¿no?

Mi compañero puso cara de inocencia.

-Te juro que ignoraba que ese individuo fuese real, pero se me antojó que El Tuerto era un nombre muy de pirata, y de pirata temible, por tanto, aunque no existiera, siempre podría servirte de ayuda... Las gentes se dejan intimidar fácilmente -concluyó con beatitud, durmiéndose acto seguido tan tranquilo.

Los días que siguieron fueron plácidos, si por placidez se entiende el que nadie nos perseguía ni con nadie teníamos que luchar para defender nuestra libertad, por lo demás trabajábamos incansablemente dispuestos a corresponder a la generosidad de Ryan El Corsario.

Yo, puesto que la tripulación componíase de curtidos lobos de mar, había tomado posesión, como era previsible, del cargo de grumete y el perro de porcelana del de encargado del exterminio de todas las ratas que en el navío pudieran haber, colocación no muy distinguida pero si utilísima y que él desempeñaba a las mil maravillas.

Más tarde sabría por Ryan, que gran parte de sus hombres provenían de cuantos se escaparan de la esclavitud, bien huyendo de los campos de algodón de las colonias inglesas de ultramar, bien rescatados de los barcos piratas que se dedicaban a tan innoble comercio, y allí había blancos y negros sin distinción, todos fieles hasta la muerte a su capitán.

Cierta tarde, mientras el sol declinaba y el perro de porcelana descansaba a mis pies de una jornada particularmente agotadora, hallábame repasando unos inventarios de vituallas, encargo del cocinero, cuando Ryan El Corsario se me acercó y sentándose a mi lado, después de unos instantes de silencio, empezó a contarme la historia de su vida, de la que por otra parte ya tenía cierta borrosa idea dado que me precio de ser un buen observador. Lo encontré anormalmente melancólico, cosa muy extraña en él ya que siempre era la imagen viviente del optimismo y la jovialidad. Detuve mi trabajo con tal de escucharle mejor y el perro de porcelana hizo otro tanto alzando la cabeza y moviendo sus plateadas orejas salpicadas de manchas de color anaranjado.

La historia de nuestro capitán no era nueva pero si muy aleccionadora y edificante y revelaba facetas insospechadas de su carácter.

A una edad parecida a la mía, habiéndose rebelado contra los ingleses en su Irlanda natal, fue por ello también deportado a Jamaica en calidad de esclavo sin remisión de pena, siendo vendido en pública subasta y luego forzado a trabajar en los campos. Transcurridos unos cuantos años, consiguió evadirse introduciéndose en un barco pirata de polizón, pero antes de ser descubierto pudo ingeniárselas para liberar a los prisioneros de la sentina, apoderándose del navío en alta mar. Aquellos que iban a ser vendidos como esclavos en Maracaibo, formaron su primera tripulación y puesto que él detestaba la piratería, pero tampoco podía dedicarse a un tráfico marítimo regulado por las leyes de una nación a la que consideraba la opresora de los suyos, se hizo corsario al servicio de la corona francesa y desde entonces tal constituía su oficio.

-Mas un día pienso retirarme -me confió- Poseo en las Islas de Barlovento, en La Martinica, una hacienda y dentro de unos años pienso dejar la mar, casarme antes con una buena moza irlandesa que iré a buscar a mi patria, y establecer un hogar y una familia lejos de toda esta existencia de agitación y pillaje, convirtiéndome en un caballero respetable. Mis hombres, los que lo deseen, podrán venir conmigo a establecerse en mis tierras o bien comprarse las suyas... Y ahora, muchacho, que te he contado mi vida, ¿no sería justo el que tú me correspondieses con el relato de la tuya?... Desde que nos encontramos, siempre te has mostrado muy silencioso en este extremo... ¿No es hora de reparar la omisión?

Noté como el perro de porcelana tensaba los músculos en actitud de alerta y me dije a mi mismo que en verdad ya era hora de contarle, sino completa, parte de nuestra aventura a quien tan desinteresadamente nos había protegido, y acariciando el lomo del perro de porcelana con objeto de tranquilizarle, le expuse en breves palabras al capitán lo que éste deseaba saber.

Dije, simplemente, que era un servidor de la condesa de Rameau y que al desaparecer ella, su perro y yo habíamos seguido el rastro que nos condujo primero al puerto y con posterioridad al Neptuno. Ryan, cuyo semblante, a medida que yo hablaba, había ido cambiando gradualmente de la cortés escucha a un grande asombro, iba a tomar la palabra cuando concluí, mas en ese preciso momento la voz del vigía resonó sobre nuestras cabezas gritando tonante:

-¡Capitán Ryan, restos de naufragio a estribor!

Todos nos precipitamos en al dirección anunciada, descubriendo como, en efecto, cerca de la línea del horizonte, parecían flotar a la deriva unos mástiles y las cuadernas de una nave.

Sigue...

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