¡Ah, cuán desdichado me sentía y
cómo lamentaba la irreflexión juvenil que me había metido en tamaño
callejón sin salida!... ¿Qué iba a ser de mí?, ¿y mi buen tutor, que
diría cuando a la mañana siguiente, (en otro tiempo, en otro lugar),
entrase a despertarme en vista de mi reiterado silencio, descubriendo
la ausencia?... ¿Cómo es posible que al pretender hacer el bien tuviese
por pago el confinamiento, sin posibilidad de huida, en una prisión
lóbrega?
Llegó por fin la noche postrera
que debíamos pasar en el puerto, pues con el alba, el barco, soltando
amarras, desplegaría las velas para iniciar su singladura rumbo a
Oriente. Yo sentíame morir de angustia y lo único que deseaba era
que el velero naufragase en una tempestad cuanto más inmediata mejor.
Ser devorado por los peces se me antojaba algo así como un favor de
la Providencia, mas no debía de estar dispuesto de tal manera ya que
aquella noche sin demora, y muy oportunamente, mi suerte cambió de
forma por entero inesperada.
La puerta del calabozo estaba cerrada
con llave por fuera, y la llave permanecía en la cerradura sólo a
merced de mis canallescos carceleros quienes me llevaban agua y comida
una vez al día entre comentarios de mal gusto, insultos o patadas
según el talante que trajera al que le hubiese tocado ese menester,
por ello me sorprendió en gran manera, que ya noche oscura en la que
incluso los cánticos de los borrachos del muelle habíanse apagado,
alguien, alterando mi inquieta duermevela con movimientos sigilosos,
se pusiera a rascar de improviso la puerta de mi prisión, o, mejor
dicho, a arañar la llave introducida en la cerradura hasta que finalmente
consiguió su propósito que no era otro que el de sacarla de ahí dando
con ella en el suelo, y después mi anónimo salvador, la introdujo
galanamente por debajo de la puerta, muy desajustada en relación al
pavimento de bastos tablones sin lijar. Ver la llave y cogerla fue
todo uno para mí; no estaba en posición de indagaciones ni preguntas
sino de obrar con la celeridad del rayo pues el tiempo urgía. Me precipité
a abrir la puerta cautelosamente, descubriendo entonces delante de
mí al nunca olvidado perro de porcelana en esta ocasión completamente
limpio de suciedad enmascaradora. ¿Quién hubiera podido imaginarse
que de nuevo su intervención iba a cambiar el curso de los acontecimientos?
-¡Silencio -ordenó para no variar,
mi antiguo compañero de aventuras- ,no te entretengas y sígueme!
¿Cómo no iba a hacerlo?
Tembloroso de alegría fui tras él
escurriéndome por la cubierta igual que un espectro. La pasarela estaba
colocada, pero el noble animal me mostró con un leve gesto de su hocico,
que era preferible agarrarse a un cable que pendía por la borda y
descender por él hasta sumergirme en el agua, no muy limpia, del muelle,
él mientras tanto, ojo avizor, esperaría a que lo hubiese hecho y
acto seguido, de un ágil salto, zambulliríase en el mar.
Nadamos juntos, silenciosamente,
llegando pronto al malecón. Ya en él, remojados pero libres, nos miramos
felices y sonrientes.
-¡Querido amigo, cuánto te he echado
de menos! -exclamé.
El perro de porcelana se sacudió
vigorosamente el agua del pelaje, dándome a mí ganas de imitarle.
-No lo pongo en duda, en cuanto
se te deja solo no haces mas que meterte en problemas, muchacho...
Suerte que he llegado justo a tiempo, de lo contrario te pierdo el
rastro sin remedio.
Yo empecé a decir compungido:
-La condesa...
-Ya lo sé, se la llevaron rumbo
a Jamaica.
Caminábamos uno junto al otro, dos
sombras entre las sombras del muelle, y tímidamente me atreví a preguntarle:
-¿Dónde has estado estos días?
El perro de porcelana gruñó sordamente
al evocarlo.
-También tuve conflictos. ¿Te acuerdas
que la noche en que te atraparon llovía a mares?... Vi como te sacaban
de EL BEBEDOR ALEGRE y os seguí con intención de ayudarte en cuanto
me fuese posible, cuando, ¡mira lo que son las cosas!, el cazador,
yo, fui cazado por otro más listo. La lluvia me había quitado la mugre
y alguien descubrió que yo era un perro de porcelana. De pronto noté
como una red me envolvía y caí de cuatro patas, que son las que tengo,
en poder de un canalla que al día siguiente se aprestó a venderme
y me vendió, en efecto, a un viejo vanidoso que pretendía ser envidiado
debido a la belleza de mi raza. Pero como era un viejo tonto, pronto
pude zafarme de ese amo al menor descuido y saltando el muro de su
residencia en el campo, no dejé de correr hasta hallarme otra vez
en esta ciudad... Hice mis averiguaciones y dí contigo en el momento
crítico, indudablemente.
-Indudablemente -repetí como un
eco.
Yo caminaba mirando hacia abajo
ya que mi interlocutor encontrábase a cuatro palmos del duelo y enfrascado
en la conversación no me apercibí de que una imponente figura nos
cerraba el paso.
-Mucho debes querer a tu perro,
muchacho, si te haces la ilusión de que con él dialogas.
Levanté la vista con sobresalto.
Frente a mí un hombre joven, de agradable aspecto, vestido elegantemente,
me contemplaba con una ligera sonrisa en la que se mezclaban a partes
iguales la simpatía y la conmiseración. Le observé atentamente; su
porte me resultaba familiar.
-Perdonad, señor, andaba abstraído
con mis pensamientos y debo haber hablado en voz alta.
-Nada tengo que perdonar... He advertido
de tu ensimismamiento, y que estás empapado al igual que el perro,
¿venís acaso nadando desde el otro lado del canal?
-preguntó en tono de amable chanza.
Me percaté en ese momento, de que
aunque hablaba muy bien el francés, su acento era marcadamente extranjero,
hubiera jurado que anglosajón, y asimismo realicé otro descubrimiento:
se trataba del caballero que a mi llegada a la ciudad había fijado
en mí su atención cuando yo esperaba junto al abrevadero...
¡Qué casualidad más singular!
-Algo semejante -repuse- .Unos ladrones
pretendieron robarme y al comprobar que nada poseo, me arrojaron al
mar, mi perro me ha salvado.
El desconocido me clavó una mirada inquisitiva
como si quisiera leer en mi interior, y por más que no me inspiraba
prevención alguna, preferí mentir a relatar la verdad, nunca se sabe
si un caballero puede hallarse relacionado con aquellos que no lo
son, y los últimos avatares de mi existencia me impulsaban a ser prudente.
Mi interlocutor se inclinó para
acariciar al perro de porcelana, quien, cosa por demás insólita, no
sólo no le rehuyó sino que encima meneó
amigable el rabo.
-¡Hermoso animal! Es uno de los
Perros Blancos del Rey, ¿no es cierto?.
-No os equivocáis, señor, desciende
de ellos.
-En mi niñez escuché mencionar algunas
leyendas que relataban las hazañas de unos perros blancos de orejas
rojas que bien podrían ser los antecesores de este bravo animal...
-me confió pensativo y luego me hizo una desconcertante propuesta-
¿Me lo venderías?
-¡Jamás caballero, es el único amigo
que tengo en este mundo!
El desconocido sonrió divertido
ante mi exaltación pero en su rostro había afabilidad y no sarcasmo.
-No entra en mis costumbres la de
separar a los buenos camaradas y sí el ayudarlos si veo que se encuentran
en apuros. Mi barco se halla cerca de aquí... Es aquel -señaló en
lontananza-, el Neptuno. Esta noche zarpo rumbo a Inglaterra... Si
no tenéis nada mejor que hacer, ¿os gustaría enrolaros en mi tripulación?.
Paga y comida las tenéis aseguradas, ¿qué me dices?
Miré al perro de porcelana y éste
me hizo un imperceptible gesto de aquiescencia, que tuvo la facultad
de devolverme la alegría de vivir porque el instinto de mi fiel amigo
no erraba nunca y yo ya estaba más que harto de sufrir tribulaciones.
-Os digo que siempre me consideraré
vuestro deudor, caballero. Aceptamos agradecidos.
El me tendió su enguantada mano.
-Sellemos el pacto, pues, grumete,
soy el capitán Thomas Ryan.
Estreché su diestra conmovido; era
la primera vez, en aquel mundo hostil, siempre pintado por las novelas
con bellos colores, que encontraba a una buena persona.
El capitán Thomas Ryan no era inglés
sino irlandés, y tampoco simplemente un capitán de navío, era algo
más, era Ryan El Corsario, terror de la piratería de los siete mares,
y, según me enteré más tarde, gracias a los inmejorables oficios del
perro de porcelana, “también” se dirigía a Jamaica.
Transcurridas unas horas, secos
y bien alimentados, acurrucados los dos en una litera, le cuchicheé
al perro de porcelana que constituía una verdadera suerte el que Ryan
fuese a Jamaica, a lo que me contestó el animal, ya somnoliento:
-Sí, lo sabía.
-¿Cómo qué lo sabías?
-Lo sabía, ¿no creerás que el encuentro fue
casual?
-¿Otra treta de las tuyas?
-Algo parecido.
-Igual que la idea de utilizar el nombre de
El Tuerto, ¿no?
Mi compañero puso cara de inocencia.
-Te juro que ignoraba que ese individuo fuese
real, pero se me antojó que El Tuerto era un nombre muy de pirata,
y de pirata temible, por tanto, aunque no existiera, siempre podría
servirte de ayuda... Las gentes se dejan intimidar fácilmente -concluyó
con beatitud, durmiéndose acto seguido tan tranquilo.
Los días que siguieron fueron plácidos,
si por placidez se entiende el que nadie nos perseguía ni con nadie
teníamos que luchar para defender nuestra libertad, por lo demás trabajábamos
incansablemente dispuestos a corresponder a la generosidad de Ryan
El Corsario.
Yo, puesto que la tripulación componíase
de curtidos lobos de mar, había tomado posesión, como era previsible,
del cargo de grumete y el perro de porcelana del de encargado del
exterminio de todas las ratas que en el navío pudieran haber, colocación
no muy distinguida pero si utilísima y que él desempeñaba a las mil
maravillas.
Más tarde sabría por Ryan, que gran
parte de sus hombres provenían de cuantos se escaparan de la esclavitud,
bien huyendo de los campos de algodón de las colonias inglesas de
ultramar, bien rescatados de los barcos piratas que se dedicaban a
tan innoble comercio, y allí había blancos y negros sin distinción,
todos fieles hasta la muerte a su capitán.
Cierta tarde, mientras el sol declinaba
y el perro de porcelana descansaba a mis pies de una jornada particularmente
agotadora, hallábame repasando unos inventarios de vituallas, encargo
del cocinero, cuando Ryan El Corsario se me acercó y sentándose a
mi lado, después de unos instantes de silencio, empezó a contarme
la historia de su vida, de la que por otra parte ya tenía cierta borrosa
idea dado que me precio de ser un buen observador. Lo encontré anormalmente
melancólico, cosa muy extraña en él ya que siempre era la imagen viviente
del optimismo y la jovialidad. Detuve mi trabajo con tal de escucharle
mejor y el perro de porcelana hizo otro tanto alzando la cabeza y
moviendo sus plateadas orejas salpicadas de manchas de color anaranjado.
La historia de nuestro capitán no
era nueva pero si muy aleccionadora y edificante y revelaba facetas
insospechadas de su carácter.
A una edad parecida a la mía, habiéndose
rebelado contra los ingleses en su Irlanda natal, fue por ello también
deportado a Jamaica en calidad de esclavo sin remisión de pena, siendo
vendido en pública subasta y luego forzado a trabajar en los campos.
Transcurridos unos cuantos años, consiguió evadirse introduciéndose
en un barco pirata de polizón, pero antes de ser descubierto pudo
ingeniárselas para liberar a los prisioneros de la sentina, apoderándose
del navío en alta mar. Aquellos que iban a ser vendidos como esclavos
en Maracaibo, formaron su primera tripulación y puesto que él detestaba
la piratería, pero tampoco podía dedicarse a un tráfico marítimo regulado
por las leyes de una nación a la que consideraba la opresora de los
suyos, se hizo corsario al servicio de la corona francesa y desde
entonces tal constituía su oficio.
-Mas un día pienso retirarme -me
confió- Poseo en las Islas de Barlovento, en La Martinica, una hacienda
y dentro de unos años pienso dejar la mar, casarme antes con una buena
moza irlandesa que iré a buscar a mi patria, y establecer un hogar
y una familia lejos de toda esta existencia de agitación y pillaje,
convirtiéndome en un caballero respetable. Mis hombres, los que lo
deseen, podrán venir conmigo a establecerse en mis tierras o bien
comprarse las suyas... Y ahora, muchacho, que te he contado mi vida,
¿no sería justo el que tú me correspondieses con el relato de la tuya?...
Desde que nos encontramos, siempre te has mostrado muy silencioso
en este extremo... ¿No es hora de reparar la omisión?
Noté como el perro de porcelana
tensaba los músculos en actitud de alerta y me dije a mi mismo que
en verdad ya era hora de contarle, sino completa, parte de nuestra
aventura a quien tan desinteresadamente nos había protegido, y acariciando
el lomo del perro de porcelana con objeto de tranquilizarle, le expuse
en breves palabras al capitán lo que éste deseaba saber.
Dije, simplemente, que era un servidor
de la condesa de Rameau y que al desaparecer ella, su perro y yo habíamos
seguido el rastro que nos condujo primero al puerto y con posterioridad
al Neptuno. Ryan, cuyo semblante, a medida que yo hablaba, había ido
cambiando gradualmente de la cortés escucha a un grande asombro, iba
a tomar la palabra cuando concluí, mas en ese preciso momento la voz
del vigía resonó sobre nuestras cabezas gritando tonante:
-¡Capitán Ryan, restos de naufragio
a estribor!
Todos nos precipitamos en al dirección
anunciada, descubriendo como, en efecto, cerca de la línea del horizonte,
parecían flotar a la deriva unos mástiles y las cuadernas de una nave.