Estaba
dentro de EL BEBEDOR ALEGRE, sentado en una recóndita mesa que parecía
agazaparse en un oscuro rincón. Siguiendo siempre los consejos del perro
de porcelana, quien por cierto había desaparecido de mi lado, componía
yo un gesto torvo y maneras de traidor de opereta a la espera de los
acontecimientos.
Según
me indicase mi amigo de cuatro patas, pedí una gran jarra de cerveza
y algo para comer, precisaba mas lo segundo que lo primero, y le dije
al mozo con acento truculento, que esperaba a El Tuerto y que no pensaba
moverme de allí hasta que el susodicho compareciera. El mozo, oír mencionar
a El Tuerto y palidecer, todo fue uno y acto seguido me rogó, deshaciéndose
en cumplidos, que comiera y bebiese cuanto me placiera ya que EL BEBEDOR
ALEGRE sentíase muy honrado pudiendo agasajar a un camarada de El Tuerto.
Luego vi que se acercaba al dueño del negocio cuchicheándole algo al
oído en tanto me señalaba ciertamente atemorizado. A su vez el tabernero
puso cara de espanto y se apresuró a venir a mi encuentro con una expresión
de lo más servil.
-Caballero
-me dijo retorciendo su delantal entre los nerviosos dedos- , podéis
disponer de mi humilde establecimiento con la misma tranquilidad que
si fuera vuestro, y, por descontado que comida, bebida y cama, las tendréis
de franco...
In
mente bendije al perro de porcelana, ¡qué animal
más listo!... Pero, ¿quién sería aquel Tuerto cuyo solo nombre tanta
impresión producía?
Mi
situación no era como para echar las campanas al vuelo. Me daba perfecta
cuenta de que el terreno que pisaba era de lo más resbaladizo, y lo
peor del caso es que ignoraba hasta que lugar iba a conducirme el patinazo,
si es que tenía la desgracia de darlo.
Por
suerte para mí, el resto de los parroquianos se encontraban tan borrachos
que bastante tenían con atender a sus propios asuntos, así que me aproveché
de las circunstancias y después de comer y beber con cierta tranquilidad,
le pedí altivamente al mozo que me acompañara al piso de arriba puesto
que precisaba descansar un rato en el aposento que me correspondiera,
y fue el tabernero en persona quien me escoltó, para mi secreta diversión.
Me
precedía iluminando el pasillo con un candil de aceite, ya que el corredor
abríase paso entre dos paredes llenas de puertas y no aparecía allí
ventana alguna que diera al exterior. De soslayo advertí como las puertas
estaban cerradas sin excepción, y, lo más importante, que no se veía
por ahí a nadie en plan centinela.
Recorrimos
el pasillo hasta el final y el tabernero, aunque mejor sería llamarle
posadero puesto que a dar albergue también se dedicaba, me franqueó
la última puerta de la derecha. En la pieza había un camastro y un menguado
ventanuco. El tabernero procedió a encender otro candil que reposaba
sobre un taburete y deseándome un feliz descanso entre patéticas reverencias,
me dejó a solas con mis pensamientos, que fuerza es confesar no eran
lo que se dice muy risueños ya que cada minuto que transcurría era más
y más consciente del lío en el que me hallaba metido.
-“Bien
-me dije haciendo de tripas corazón-, ahora a buscar a la condesa”.
Echaba
de menos al perro de porcelana, desaparecido en aras de ignoro que sutiles
estrategias, pero el trabajo tenía que realizarlo yo en esta ocasión,
y solo. Me despoje de la capa colocando el candelabro de plata junto
al miserable candil y tuve un estremecimiento por lo que el candelabro
representaba con toda su belleza y suntuosidad brillando al lado de
la miserable lucecilla.
Sentándome
sobre el catre, hundí la cabeza entre las manos presa de un gran desaliento,
¿por dónde empezar y cómo? Me derrumbé de espaldas en el jergón; resultaba
imprescindible que idease algún plan inteligente que condujera a la
libertad de la condesa de Rameau. Cerré los ojos intentando concentrarme...
y me dormí.
El
despertar no tuvo nada de dulce. Unas violentas sacudidas me arrancaron
de las profundidades de un sueño al que habíame arrojado el cansancio
y cuando abrí los ojos sin saber a ciencia cierta ni quién era yo ni
lo que hacía en aquel sórdido lugar, lo primero que vi fue a un individuo
que se me antojó altísimo, vestido con ropas lujosas, pero sin el menor
gusto y pulcritud, que lucía una peluca ladeada, finos y retorcidos
bigotes a la moda, y, para colmo, descubrimiento que me erizó de horror
los cabellos, un siniestro parche negro en lo que presumiblemente debía
ser la cuenca vacía de su ojo izquierdo. No le pregunté quién era; no
consideré que fuese necesario.
-¡Yo
soy el Tuerto, galopín, ¿qué me querías?!
Me
quedé sin habla, ¡vaya con los salvoconductos del perro de porcelana!
La
habitación estaba abarrotada de gente, individuos entre los cuales se
contaba un asustado posadero al borde del colapso. Asimismo pude darme
cuenta de que estaba más iluminada merced al concurso de otras lámparas
de aceite. Una voz irónica resonó a las espaldas de El Tuerto.
-Vuestra
presa enmudeció, compadre. Ha perdido la memoria o el empacho de sus
embustes debe de haberle sentado tan mal que no puede articular palabra,
¿no es cierto, muchacho?
En
así diciendo, el dueño de la voz asomó por el hombro de El Tuerto clavando
en mí su sarcástica mirada. ¡Cielos, creí que me moría de pavor, ya
que si espantable era El Tuerto, no menos temible resultaba su
“compadre”, prototipo del perfecto pirata en donde los hubiere
y, además, con una expresión de crueldad tal que helaba la sangre en
las venas!... ¿Qué cómo supe que de piratas se trataba?... Aun careciendo
de un olfato canino, no era tan lerdo que no supiera por grabados vistos
e historias leídas, de la catadura de semejantes personajes, sobre todo
ya que estabamos en un puerto de mar y habían sido piratas quienes raptaran
a la condesa.
-¡Hablarás
de una vez, maldito!. -barbotó El Tuerto colérico, levantándome en vilo
del camastro.
Yo
entonces, en un alarde de inexperiencia que revelaba mis pocos años,
quise demostrar astucia, logrando, para mi desventura, el efecto contrario.
-¡Noble
señor -grité apresurado- ,vuestra fama trasciende y deseaba encontraros
para ponerme a vuestras órdenes ya que os admiro desde hace tiempo y
me constituiría motivo de orgullo serviros en aquello que gustarais
mandar!
El
Tuerto me observó fijando en mí ese único ojo que parecía un taladro
de oscuridad. Lentamente empezó a sonreír y de una manera que no invitaba
precisamente al regocijo.
-¡Vaya
con el gallito, ¿no os parece amigo, que el mozuelo es muy avispado?!
El
aludido truhán, cómplice indudable de fechorías, que aun cuando conservaba
los dos ojos no ofrecía una catadura menos inquietante, se hallaba observándome
con una malevolencia tan patente que adiviné no presagiaba nada bueno.
-Sí
-aseveró con sombría entonación-, demasiado astuto y eso no se aviene
con alguien extremadamente joven... ¿De dónde has sacado esto, muchacho?
“Esto”
era el candelabro de plata, colocado para mi malaventura en lugar bien
visible. Temblando interiormente como un azogado, me apresuré a ofrecer
una explicación.
-Es
mío, pertenece a mi patrimonio... Soy huérfano y es lo único que pude
rescatar de mi casa en llamas...
El
compadre de El Tuerto manoseaba ya con el ceño fruncido el precioso
candelabro y no lo miraba codicioso sino preocupado. Bruscamente se
encaró con los fisgones que llenaban la habitación y rugió:
-¡Largo
todos, vivo!
Orden
que fue obedecida sin rechistar, quedando acto seguido solos los tres.
-No
te falta inventiva, malandrín -gruñó-, pero a mi no me engañas... ¿A
quién le has robado este candelabro?... Y procura decir la verdad, porque de lo contrario te retorceré el pescuezo como si fueras una oca.
-¡Noble
señor!
-No
soy un noble señor, soy un pirata y mi reputación se ha escrito con
la sangre de los muertos, pues no en balde me llaman Domitien El Sanguinario...
¡Y dime de una maldita vez, así se condene tu alma por toda la eternidad,
de quién procede este candelabro!
El
Tuerto le contemplaba sorprendido. A las claras se podía apreciar que
no se le alcanzaba el motivo de tanta alteración. Intentó ser jocoso.
-¿Puede
importaros un ardite cual sea su origen? Recordad, Domitien, que quien
roba a un ladrón ha cien años de perdón- concluyó con una risotada,
pero el otro no estaba para chanzas pues tanto el llamado Domitien,
como yo, no ignorábamos el trasfondo del interrogatorio.
Perdido
por perdido, tan cierto estaba que de un momento al otro iba a reunirme
con mi Creador, que decidí abandonar este mundo de pecado al menos con
dignidad, por más que mis últimas palabras fuesen una mentira.
-Es
mío, os lo repito, yo no acostumbro a robarle a nadie sus pertenencias.
Domitien
El Sanguinario me arrebató de las zarpas de El Tuerto zarandeándome
a su vez. Debo agregar que en aquellos momentos El Tuerto no parecía
ya considerar divertida la situación sino un mucho enigmática en lo
que empezaba a escapársele y su diabólico instinto le avisaba que desconfiara
puesto que allí podía esconderse algo a buen seguro rentable.
-¿Con
qué tú no robas, eh, pillastre?... Entonces escucha lo te que voy a
revelar, yo poseo el gemelo de este candelabro... ¿Comprendes lo que
te estoy diciendo?...
El
Tuerto se quedó perplejo al oírle mientras yo encomendaba fervorosamente
mi alma a todos los santos.
-¿Es
vuestro?- preguntó muy sorprendido.
Los
dedos de Domitien El Sanguinario, se hincaban como garfios en mis brazos,
y su mirada clavada en mí era mucho más elocuente que sus palabras.
-El
ladronzuelo lo sabe muy bien -murmuró entre dientes, de una forma tan
amenazadora que yo fui dolorosamente consciente de que él adivinaba
la clase de negocio que me había llevado al puerto.
-¡Pues
si os pertenece, compadre, recobrad en buena hora ese maldito candelabro
y dadle su merecido a quien tuvo la osadía de hurtarlo!- exclamó El
Tuerto en plan salomónico.
Domitien
El Sanguinario se quedó pensativo unos instantes que a mi se me antojaron
eternos; no resultaba una experiencia muy placentera que digamos el
pender ahora medio estrangulado de sus manazas. Imprevistamente me soltó
y fui a dar con mis huesos encima de la cama.
Se
volvió hacia El Tuerto.
-De
camino os confié que esta noche debo zarpar sin dilación ya que importantes
asuntos me reclaman en Jamaica, por tanto no puedo entretenerme con
este bellaco... Os lo entrego, ya que he de partir de inmediato... Podéis
hacer con él lo que mejor os plazca, menos dejarle en libertad... -sonrió
malignamente- Por más que no sería mala idea venderle en algún mercado
de Oriente, os entregarían su peso en oro...
A
El Tuerto pareció agradarle semejante sugerencia y se acarició muy complacido
el mentón, increíblemente bien rasurado en un hombre tan rudo como él.
-¡Voto
al chápiro, que estáis atinado en vuestro consejo, el mocito vale sus
buenos doblones, y de necios sería estropear una magnifica venta!...
Ven, pillastre, que te voy a cuidar como a la niña de mi ojo sano, hasta
que pueda dejarte con un generoso comprador.
Domitien
El Sanguinario me sonrió aviesamente mientras su compadre procedía a
ligarme las manos a la espalda.
-Vamos
-dijo luego casi con amabilidad-vas a ser mi huésped en el barco, una
preciosa mercancía que procuraré poner a buen recaudo para que conserve
integro su valor.
Abandonamos
EL BEBEDOR ALEGRE en agorero cortejo y, para colmo de desgracias, bajo
un aguacero repentino que nos empapó a conciencia.
Huelga
indicar lo desesperado que me sentía, no sólo había fracasado en la
consecución de mis objetivos, sino, que además, mi inexperiencia me
conducía en dirección a un horrible destino. Me hallaba desvalido, preso
en un mundo distante en el tiempo, a doscientos años de mi propia época
y sin posibilidades de regresar como no mediara un milagro.
¿Y
a todo eso, en dónde andaba metido el perro de porcelana?