CAPÍTULO V
EL TUERTO Y DOMITIEN EL SANGUINARIO

Estaba dentro de EL BEBEDOR ALEGRE, sentado en una recóndita mesa que parecía agazaparse en un oscuro rincón. Siguiendo siempre los consejos del perro de porcelana, quien por cierto había desaparecido de mi lado, componía yo un gesto torvo y maneras de traidor de opereta a la espera de los acontecimientos.

Según me indicase mi amigo de cuatro patas, pedí una gran jarra de cerveza y algo para comer, precisaba mas lo segundo que lo primero, y le dije al  mozo con acento truculento, que esperaba a El Tuerto y que no pensaba moverme de allí hasta que el susodicho compareciera. El mozo, oír mencionar a El Tuerto y palidecer, todo fue uno y acto seguido me rogó, deshaciéndose en cumplidos, que comiera y bebiese cuanto me placiera ya que EL BEBEDOR ALEGRE sentíase muy honrado pudiendo agasajar a un camarada de El Tuerto. Luego vi que se acercaba al dueño del negocio cuchicheándole algo al oído en tanto me señalaba ciertamente atemorizado. A su vez el tabernero puso cara de espanto y se apresuró a venir a mi encuentro con una expresión de lo más servil.

-Caballero -me dijo retorciendo su delantal entre los nerviosos dedos- , podéis disponer de mi humilde establecimiento con la misma tranquilidad que si fuera vuestro, y, por descontado que comida, bebida y cama, las tendréis de franco...

In mente bendije al perro de porcelana, ¡qué animal más listo!... Pero, ¿quién sería aquel Tuerto cuyo solo nombre tanta impresión producía?

Mi situación no era como para echar las campanas al vuelo. Me daba perfecta cuenta de que el terreno que pisaba era de lo más resbaladizo, y lo peor del caso es que ignoraba hasta que lugar iba a conducirme el patinazo, si es que tenía la desgracia de darlo.

Por suerte para mí, el resto de los parroquianos se encontraban tan borrachos que bastante tenían con atender a sus propios asuntos, así que me aproveché de las circunstancias y después de comer y beber con cierta tranquilidad, le pedí altivamente al mozo que me acompañara al piso de arriba puesto que precisaba descansar un rato en el aposento que me correspondiera, y fue el tabernero en persona quien me escoltó, para mi secreta diversión.

Me precedía iluminando el pasillo con un candil de aceite, ya que el corredor abríase paso entre dos paredes llenas de puertas y no aparecía allí ventana alguna que diera al exterior. De soslayo advertí como las puertas estaban cerradas sin excepción, y, lo más importante, que no se veía por ahí a nadie en plan centinela.

Recorrimos el pasillo hasta el final y el tabernero, aunque mejor sería llamarle posadero puesto que a dar albergue también se dedicaba, me franqueó la última puerta de la derecha. En la pieza había un camastro y un menguado ventanuco. El tabernero procedió a encender otro candil que reposaba sobre un taburete y deseándome un feliz descanso entre patéticas reverencias, me dejó a solas con mis pensamientos, que fuerza es confesar no eran lo que se dice muy risueños ya que cada minuto que transcurría era más y más consciente del lío en el que me hallaba metido.

-“Bien -me dije haciendo de tripas corazón-, ahora a buscar a la condesa”.

Echaba de menos al perro de porcelana, desaparecido en aras de ignoro que sutiles estrategias, pero el trabajo tenía que realizarlo yo en esta ocasión, y solo. Me despoje de la capa colocando el candelabro de plata junto al miserable candil y tuve un estremecimiento por lo que el candelabro representaba con toda su belleza y suntuosidad brillando al lado de la miserable lucecilla.

Sentándome sobre el catre, hundí la cabeza entre las manos presa de un gran desaliento, ¿por dónde empezar y cómo? Me derrumbé de espaldas en el jergón; resultaba imprescindible que idease algún plan inteligente que condujera a la libertad de la condesa de Rameau. Cerré los ojos intentando concentrarme... y me dormí.

El despertar no tuvo nada de dulce. Unas violentas sacudidas me arrancaron de las profundidades de un sueño al que habíame arrojado el cansancio y cuando abrí los ojos sin saber a ciencia cierta ni quién era yo ni lo que hacía en aquel sórdido lugar, lo primero que vi fue a un individuo que se me antojó altísimo, vestido con ropas lujosas, pero sin el menor gusto y pulcritud, que lucía una peluca ladeada, finos y retorcidos bigotes a la moda, y, para colmo, descubrimiento que me erizó de horror los cabellos, un siniestro parche negro en lo que presumiblemente debía ser la cuenca vacía de su ojo izquierdo. No le pregunté quién era; no consideré que fuese necesario.

-¡Yo soy el Tuerto, galopín, ¿qué me querías?!

Me quedé sin habla, ¡vaya con los salvoconductos del perro de porcelana!

La habitación estaba abarrotada de gente, individuos entre los cuales se contaba un asustado posadero al borde del colapso. Asimismo pude darme cuenta de que estaba más iluminada merced al concurso de otras lámparas de aceite. Una voz irónica resonó a las espaldas de El Tuerto.

-Vuestra presa enmudeció, compadre. Ha perdido la memoria o el empacho de sus embustes debe de haberle sentado tan mal que no puede articular palabra, ¿no es cierto, muchacho?

En así diciendo, el dueño de la voz asomó por el hombro de El Tuerto clavando en mí su sarcástica mirada. ¡Cielos, creí que me moría de pavor, ya que si espantable era El Tuerto, no menos temible resultaba su  “compadre”, prototipo del perfecto pirata en donde los hubiere y, además, con una expresión de crueldad tal que helaba la sangre en las venas!... ¿Qué cómo supe que de piratas se trataba?... Aun careciendo de un olfato canino, no era tan lerdo que no supiera por grabados vistos e historias leídas, de la catadura de semejantes personajes, sobre todo ya que estabamos en un puerto de mar y habían sido piratas quienes raptaran a la condesa.

-¡Hablarás de una vez, maldito!. -barbotó El Tuerto colérico, levantándome en vilo del camastro.

Yo entonces, en un alarde de inexperiencia que revelaba mis pocos años, quise demostrar astucia, logrando, para mi desventura, el efecto contrario.

-¡Noble señor -grité apresurado- ,vuestra fama trasciende y deseaba encontraros para ponerme a vuestras órdenes ya que os admiro desde hace tiempo y me constituiría motivo de orgullo serviros en aquello que gustarais mandar!

El Tuerto me observó fijando en mí ese único ojo que parecía un taladro de oscuridad. Lentamente empezó a sonreír y de una manera que no invitaba precisamente al regocijo.

-¡Vaya con el gallito, ¿no os parece amigo, que el mozuelo es muy avispado?!

El aludido truhán, cómplice indudable de fechorías, que aun cuando conservaba los dos ojos no ofrecía una catadura menos inquietante, se hallaba observándome con una malevolencia tan patente que adiviné no presagiaba nada bueno.

-Sí -aseveró con sombría entonación-, demasiado astuto y eso no se aviene con alguien extremadamente joven... ¿De dónde has sacado esto, muchacho?

“Esto” era el candelabro de plata, colocado para mi malaventura en lugar bien visible. Temblando interiormente como un azogado, me apresuré a ofrecer una explicación.

-Es mío, pertenece a mi patrimonio... Soy huérfano y es lo único que pude rescatar de mi casa en llamas...

El compadre de El Tuerto manoseaba ya con el ceño fruncido el precioso candelabro y no lo miraba codicioso sino preocupado. Bruscamente se encaró con los fisgones que llenaban la habitación y rugió:

-¡Largo todos, vivo!

Orden que fue obedecida sin rechistar, quedando acto seguido solos los tres.

-No te falta inventiva, malandrín -gruñó-, pero a mi no me engañas... ¿A quién le has robado este candelabro?... Y procura decir la verdad, porque  de lo contrario te retorceré el pescuezo como si fueras una oca.

-¡Noble señor!

-No soy un noble señor, soy un pirata y mi reputación se ha escrito con la sangre de los muertos, pues no en balde me llaman Domitien El Sanguinario... ¡Y dime de una maldita vez, así se condene tu alma por toda la eternidad, de quién procede este candelabro!

El Tuerto le contemplaba sorprendido. A las claras se podía apreciar que no se le alcanzaba el motivo de tanta alteración. Intentó ser jocoso.

-¿Puede importaros un ardite cual sea su origen? Recordad, Domitien, que quien roba a un ladrón ha cien años de perdón- concluyó con una risotada, pero el otro no estaba para chanzas pues tanto el llamado Domitien, como yo, no ignorábamos el trasfondo del interrogatorio.

Perdido por perdido, tan cierto estaba que de un momento al otro iba a reunirme con mi Creador, que decidí abandonar este mundo de pecado al menos con dignidad, por más que mis últimas palabras fuesen una mentira.

-Es mío, os lo repito, yo no acostumbro a robarle a nadie sus pertenencias.

Domitien El Sanguinario me arrebató de las zarpas de El Tuerto zarandeándome a su vez. Debo agregar que en aquellos momentos El Tuerto no parecía ya considerar divertida la situación sino un mucho enigmática en lo que empezaba a escapársele y su diabólico instinto le avisaba que desconfiara puesto que allí podía esconderse algo a buen seguro rentable.

-¿Con qué tú no robas, eh, pillastre?... Entonces escucha lo te que voy a revelar, yo poseo el gemelo de este candelabro... ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?...

El Tuerto se quedó perplejo al oírle mientras yo encomendaba fervorosamente mi alma a todos los santos.

-¿Es vuestro?- preguntó muy sorprendido.

Los dedos de Domitien El Sanguinario, se hincaban como garfios en mis brazos, y su mirada clavada en mí era mucho más elocuente que sus palabras.

-El ladronzuelo lo sabe muy bien -murmuró entre dientes, de una forma tan amenazadora que yo fui dolorosamente consciente de que él adivinaba la clase de negocio que me había llevado al puerto.

-¡Pues si os pertenece, compadre, recobrad en buena hora ese maldito candelabro y dadle su merecido a quien tuvo la osadía de hurtarlo!- exclamó El Tuerto en plan salomónico.

Domitien El Sanguinario se quedó pensativo unos instantes que a mi se me antojaron eternos; no resultaba una experiencia muy placentera que digamos el pender ahora medio estrangulado de sus manazas. Imprevistamente me soltó y fui a dar con mis huesos encima de la cama.

Se volvió hacia El Tuerto.

-De camino os confié que esta noche debo zarpar sin dilación ya que importantes asuntos me reclaman en Jamaica, por tanto no puedo entretenerme con este bellaco... Os lo entrego, ya que he de partir de inmediato... Podéis hacer con él lo que mejor os plazca, menos dejarle en libertad... -sonrió malignamente- Por más que no sería mala idea venderle en algún mercado de Oriente, os entregarían su peso en oro...

A El Tuerto pareció agradarle semejante sugerencia y se acarició muy complacido el mentón, increíblemente bien rasurado en un hombre tan rudo como él.

-¡Voto al chápiro, que estáis atinado en vuestro consejo, el mocito vale sus buenos doblones, y de necios sería estropear una magnifica venta!... Ven, pillastre, que te voy a cuidar como a la niña de mi ojo sano, hasta que pueda dejarte con un generoso comprador.

Domitien El Sanguinario me sonrió aviesamente mientras su compadre procedía a ligarme las manos a la espalda.

-Vamos -dijo luego casi con amabilidad-vas a ser mi huésped en el barco, una preciosa mercancía que procuraré poner a buen recaudo para que conserve integro su valor.

Abandonamos EL BEBEDOR ALEGRE en agorero cortejo y, para colmo de desgracias, bajo un aguacero repentino que nos empapó a conciencia.

Huelga indicar lo desesperado que me sentía, no sólo había fracasado en la consecución de mis objetivos, sino, que además, mi inexperiencia me conducía en dirección a un horrible destino. Me hallaba desvalido, preso en un mundo distante en el tiempo, a doscientos años de mi propia época y sin posibilidades de regresar como no mediara un milagro.

¿Y a todo eso, en dónde andaba metido el perro de porcelana?

Sigue...

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