Como ya no podía sorprenderme más
de lo que estaba, cuando al final del túnel lóbrego en verdad, divisé
una luz intensa, y luego, comprobando posteriormente al salir que era
de día, acepté la evidencia sin hacerme ninguna clase de preguntas,
actitud que de manera instintiva tomé por norma de ahí en adelante ya
que preveíanse sucesos aún más extraños e inexplicables a los que el
buen juicio no iba a saber otorgar respuestas lógicas. Era preferible
imaginarse que todo pertenecía a un sueño y que yo flotaba dentro de
ese sueño. El pasadizo terminaba abruptamente en una salida de tierra,
especie de osera o guarida de cualquier otra bestia del Señor, y desembocaba
justo en la orilla de un río, el Loire, que por lo oído pertenecía a
la comarca, pero que, según mis referencias, distaba bastantes leguas
del castillo de Rameau.
Avanzamos unos pasos no sin antes
de que yo apagase las velas del candelabro y lo ocultara bajo mi capa
atendiendo a una sabia indicación que me hizo el perro de porcelana.
-No se te ocurra dejarlo tirado
en el pasadizo, y ni siquiera esconderlo bajo unas piedras... Piensa
que es de plata maciza y puede servirte para canjearlo por algo si la
ocasión se presenta.
En efecto, pues que la aventura
se había emprendido con mucho mayor entusiasmo que previsión y yo no
poseía de valor en mi persona absolutamente nada que me permitiese desenvolverme
con holgura económica en aquella sociedad nueva cuyos usos desconocía.
El perro de porcelana correteaba
nerviosamente por la rivera del río que orillaba un húmedo verdor de
plantas enmarañadas. Aquí y acullá, algún árbol, ora añoso, ora tierno,
sombrearía indiferente el margen del cauce cuando el sol comenzara a
alzarse. Era temprano, por la mañana, y una ligera niebla se principiaba
a disipar sobre la corriente, fragmentándose en jirones un tanto espectrales.
-¡Ven aquí, mira, fíjate!
Acudí veloz a la llamada del perro
de porcelana, descubriendo un rústico embarcadero al que permanecía
atada una precaria barquichuela. El perro de porcelana lo estaba olfateando
todo con gran celeridad, embarcadero, amarre y barca; luego se volvió
hacia mí excitadísimo.
-¡Se han llevado a la condesa en
esta barca, y después de dejarla dónde sea, quién haya sido, ha regresado
y ha vuelto a amarrar el bote, con toda seguridad para que nadie advierta
nada raro!... Y te diré más, que la fechoría no la ha llevado a cabo
el barquero habitual, que a buen seguro andará en estos momentos levantándose
entre bostezos, sino otro, un esbirro muy ladino...
Yo lancé una aprensiva mirada en
torno mío.
-¿Rondará por aquí cerca?
El perro de porcelana alzó el hocico
a la búsqueda de rastros identificables.
-No, no, hace mucho que se fue...
Y en dirección contraria, a caballo, pero no es ese individuo el que
nos tiene que preocupar, sino sus amigos o jefes.
-Bien, ya sabemos que a la condesa
se la llevaron por el río, ahora, dime tú, ¿eso de qué nos sirve si
ignoramos su destino?
El perro de porcelana me contempló
con ligera irritación.
-Nunca pensé que fueses tan torpe.
Vamos salta a la barca, larga la cuerda y coge los remos porque toca
navegar corriente abajo.
-¡Yo no soy barquero! -protesté muy molesto.
-No hace falta que lo jures, pero
tienes un par de brazos, cosa que yo no poseo, y que, dadas las circunstancias
nos van a ser muy útiles si dejas de poner reparos a todas mis observaciones.
Estallé.
-¡Perdona, no son “observaciones”
sino órdenes!
-Me da igual, salta de una vez,
coge el remo y marchémonos de aquí cuanto antes mejor; hemos de seguir
el rastro de la condesa.
A regañadientes hice lo que me exigía,
pero aún quise pronunciar la última palabra en un vano intento de demostrarle
mi superioridad.
-¿Cómo has llegado a la deducción
de que se la llevaron corriente abajo?
Mi perruno guía que habíase colocado
en la proa gallardamente, con el aire de todo un capitán de navío, apenas
si giró la cabeza para responderme desdeñoso:
-Es tan simple. Corriente arriba
no vale la pena llevarse a nadie ya que continuamos en los feudos de
Rameau, mientras que corriente abajo desembocamos en el mar, en una
ciudad portuaria, y allí es mucho más fácil meter a la condesa en un
barco y sacarla del país.
Empecé a remar.
-¿Y por qué causa se la han llevado
tan lejos?... Si lo que pretenden es desembarazarse de ella, pueden
matarla y enterrarla... No es necesario tomarse tantas molestias...
El perro de porcelana, inmóvil como
una estatua, respondió gravemente:
-Me temo lo peor... La condesa es
muy hermosa y sus raptores son hombres de mar, y te diré más, piratas
dedicados al comercio humano... Pueden venderla en las colonias inglesas
a buen precio.
-¡Oye -exclamé asombrado-, ¿y tú
como sabes tantas cosas?!
-¿Olvidas que los perros tenemos
olfato? -me dijo con noble orgullo acallando de este modo mi curiosidad,
y prosiguió:
-Te diré, muchacho, que en esta
embarcación iban cuatro hombres, el falso barquero y otros tres, y mi
nariz me indica que éstos son gentes de mar, marineros acostumbrados
a las rutas largas en navíos de maderas viejas y velas quemadas por
el sol, marineros comedores de cecina y galleta... Pero también capto
otro olor, el de la carne humana hacinada en bodegas espantosas, carne
negra o carne blanca, que muy en contra de su voluntad es obligada a
viajar atravesando mares y océanos, para luego ser vendida en pública
subasta.
-Si tanto sabes, ¿me puedes decir
con precisión quién ha secuestrado a la condesa?... De ser cierto lo
que afirmas, no veo mucho sentido a que un pirata se meta tierra adentro
para raptar a una dama de la nobleza a la que ni siquiera conoce.
El perro de porcelana que se había
vuelto para otear el curso del río, giró en redondo, y, plantado sobre
sus cuatro patas, me gritó muy enfadado:
-¡Claro que no la conocía y no se
hubiera arriesgado por una presa tan difícil si no le hubiesen pagado
por ello, pero como es un canalla piensa sacarle doble beneficio al
encargo!
-¿Y eso también te lo ha dicho tu
olfato? -inquirí maravillado.
-Mi olfato me dice que uno de esos
sinvergüenzas, supongo que el jefe, llevaba atada a la cintura una bolsa
de oro, y que esa bolsa, de piel de corzo, provenía de las manos de
una persona emparentada con la familia del conde, cierto primo suyo,
al que conozco, y que está deseando suceder a mi amo en título y posesiones...
Me entraron ganas de explicarle
al perro de porcelana como todo aquello ya acaeció doscientos años atrás
y que finalmente, el malvado primo, había conseguido sus propósitos.
Supuse que era para detenerse en pleno trasiego de remos y comunicarle
al fiel animal, que estábamos perdiendo el tiempo, que por más que corriésemos,
nadie podría nunca alcanzar al Destino y darle la vuelta, pero no lo
hice, la aventura no dejaba de ser irreal y por esta misma razón, imposible,
así pues, ¿tenía algún objeto el interrumpirla?
-Si no te molesta la pregunta, y
juro solemnemente que no lo hago con esa intención, me gustaría saber
en donde te hallabas tú cuando raptaron al hijo de los condes.
El perro abatió la cabeza mohíno.
-Cumpliendo con mis obligaciones,
por más dolor que ahora me cause el recordarlo... Acompañaba al conde
de Rameau en una cacería por tierras de un amigo suyo, el marqués des
Grassins... Estaba demasiado lejos.
-Supieron elegir el momento.
-Si... pero hoy es diferente, puedo
asegurártelo, y no pienso descansar hasta que demos con la condesa.
Estuve remando lo que a mí se me
antojó una eternidad, y de hecho transcurrió bastante tiempo ya que
la niebla se deshizo por completo, brilló el sol en lo alto y cuando
menos lo esperaba, llegamos a una especie de recodo del río, doblado
el cual avistamos un puente de piedra y más adelante casas dispersas
y gentes que iban y venían atareadas en sus menesteres. El perro de
porcelana, que dormitaba con el hocico apoyado entre sus patas, irguió
la cabeza muy despabilado en cuanto el paisaje comenzó a animarse.
-Pronto llegaremos a una ciudad
importante -anunció-, y en el río se amontonarán las embarcaciones.
Procura maniobrar discretamente y acércate a cualquier barca, amarra
entonces y saltaremos a suelo firme, después me dejas a mí a mi aire
y me esperas donde yo te diga. Debo reconocer el rastro solo porque
así iré mucho más rápido.
Fuerza es reconocer que aquel can
poseía unas innegables dotes de mando, y, sin que ello signifique establecer
una comparación poco acertada, diré que había momentos en que me recordaba
a mi querido tutor por la indiscutible seguridad de que hacía gala.
También admito que yo estaba acostumbrado a obedecer sin replicar y
la frecuencia del hábito hizo que fuese la mía una valiosa colaboración
para mí insólito camarada.
Embozándome bien en la capa y gacha
el ala del sombrero hasta el extremo de que únicamente se me viesen
los ojos, procedí a seguir punto por punto las órdenes de mi acompañante,
quien se empeñó en que le esperase sentado junto a un abrevadero de
caballos, desapareciendo acto seguido con inigualable presteza. Yo realmente
me hallaba muy fatigado, me dolían los brazos de tanto remar, no lo
tenía por costumbre, y toda la aventura más me parecía un mal sueño
que otra cosa, de hecho pensaba que tal vez despertaría en el momento
más inesperado envuelto en la oscuridad del frío dormitorio del castillo
riéndome de mis propias fantasías... Sin embargo, mientras, permanecía
allí, junto al abrevadero de las bestias de carga, en una ciudad desconocida
atravesada por un río que de alguna forma iba a desembocar en el mar.
Una ciudad portuaria, variopinta y abigarrada como suelen serlo todas
estén en el siglo que estén. La brisa proveniente del Atlántico olía
a sal y era agradable porque inducíate a pensar en los amplios espacios
abiertos del océano, tan lejanos, y el agua del río, sucia al ser depositaria
de deshechos, recordaba a otras estancadas y malolientes cuya fetidez
se respira cerca de los pantanos y traía a mi mente memorias no vividas,
pero si estudiadas, de como aquella próspera ciudad en un futuro que
yo conocía, iba a sufrir duramente las consecuencias de una revolución
atroz.*
Los transeúntes, o no me hacían
caso o me observaban de hurtadillas con mal disimulada curiosidad, aunque,
venturosamente, ninguno se tomó la libertad de importunarme con preguntas,
y fue en verdad sorprendente el hecho, ya que en esa época, de tiempos
tan políticamente revueltos, cualquiera podía ser un sospechoso de traición,
intriga o herejía, qué no se sabe lo que es peor... Consignaré tan sólo
y porque hace relación con mi historia, que entre las gentes que por
allí iban y venían a sus asuntos, atrajo mi atención en un determinado
momento un gallardo caballero vestido con gran magnificencia, lo que
denotaba indiscutiblemente que tratábase de persona adinerada y poderosa,
que iba a caballo contemplando mientras, desde sus alturas, a los demás
con una curiosa expresión que fluctuaba desde la piedad hasta el desprecio
más acusado cuando el objeto de su interés lo requería. Era un hombre
joven, bien parecido, de melena pelirroja, suave barba recortada, cuidado
bigote y con más aspecto de estar acostumbrado a la vida en alta mar
que no a la de las ciudades y mucho menos a la de la corte. Cruzó por
delante mío no sin antes lanzarme una intrigada mirada que me hizo temblar
interiormente puesto que yo no estaba preparado para encuentros ni charlas
con desconocidos de un siglo tan lejano. Que no es lo mismo dialogar
mentalmente con un perro, por muy despierto que sea, que con un ser
humano.
Ignoro el tiempo que transcurrió
esperando el regreso de mi compañero de fatigas. Yo me hallaba harto
distraído, cuando de pronto sentí que me golpeaban a la altura del codo
y al volverme sobresaltado, descubrí que el causante era un sucio perro
callejero cubierto de polvo y mugre. ¿Se habría desarrollado en mí alguna
insospechada virtud que me permitía atraer a los animales de esta especie?
Pronto, empero, mi desconcierto dio paso al sombro cuando descubrí la
identidad del can.
-¡Levántate que tenemos trabajo;
ya he localizado el escondite!
Le contemplé estupefacto, ¿cómo
podía ser aquel desgraciado callejero vagabundo el mismo aristocrático
perro de porcelana que me había empujado a tales aventuras?
-Deja de poner cara de bobo y sígueme
que el tiempo urge.
-¡Pero, ¿tú, tú?...!
-Si, yo, ¡por los clavos de Cristo!...
¿Es que nunca te han hablado de los disfraces?... Amigo, yo pienso,
¿sabes?, y sé de sobras que un perro de mi linaje llama demasiado la
atención y pronto me capturarían para venderme a alguien con bolsa suficiente
para comprarme... Afortunadamente en estas calles hay tanta porquería
que ensuciarse con ella no es precisamente un problema... ¡Anda, muévete
de una vez, vamos!
Me puse en movimiento por completo
aturdido.
-¿Adónde vamos?
-Por descontado que al puerto. No
te preocupes que no queda demasiado lejos, está pasado el canal. Ya
verás cuantos barcos, los hay grandes, pequeños, para todos los gustos,
y he localizado el rastro en una taberna del muelle que se llama EL
BEBEDOR ALEGRE, y la muestra no engaña, puedes bien creerme, pues allí
dentro sólo se escuchan risas y cánticos desaforados. La taberna tiene
un piso encima y supongo que la condesa debe de estar encerrada en una
de sus habitaciones... Como tu comprenderás, yo no puedo hacerlo todo
y ahí es donde entras tú puesto que para eso eres una persona.
-¿Que debo hacer?
-Lo primero meterte en la taberna
y dado que están todos razonablemente borrachos, no te costará trabajo
deslizarte escaleras arriba, encontrar el cuarto y liberar a la condesa.
Protesté.
-¡No es tan sencillo, se hallará
custodiada!
El perro de porcelana rezongó por
lo bajo.
-En cuanto abres la boca todo son
inconvenientes, muchacho. Apuesto a que si cuando te saqué de la cama
te digo lo que planeaba, te hubieras negado en redondo a venir.
-¡Me lo dijiste! -exclamé dolido.
-A medias -admitió él-, tú no sabes
aún lo que es ventear un rastro.
Estaba empezando a comprobarlo.
*NOTA DE NICOLAS RAYMOND & ASSOCIES, EDITEURS:
Discúlpesenos la intromisión
en tan amena lectura, pero al llegar a este punto, nos encontramos con
la primera laguna que surge en el texto, ya que el segundo cuadernillo
que lo contiene se halla falto de un buen pliego de páginas que al no
estar numeradas no pueden controlarse con la debida exactitud. Obligado
es suponer, por tanto, que entre el capítulo anterior y el que a continuación
sigue, (al cual nosotros nos hemos creído deudores de presentar como
capítulo V con fin y objeto de no confundir todavía más al paciente
público), por fuerza han de relatarse hechos de gran interés, plenos
de una información que posteriormente se verá confirmada por mediación
de comentarios o sobreentendidos, cuyo origen podrá advertir fácilmente
el lector habitual.
En vista de lo citado,
todas estas conclusiones nos han empujado a tomar la decisión de aclarar
conceptos y desvanecer sombras, abundantes, lamentablemente, en la presente
obra, por ello intervendremos como cirujanos que recomponen y enmiendan
un organismo deteriorado con tal de devolverle la normalidad. Y puesto
que las lagunas son capitales para el buen entendimiento, entraremos
en historia o leyenda, si es preciso, con tal de que el lector no pierda
el hilo de lo narrado.
He aquí, pues, la
pregunta inicial con la que encabezábamos este delicado trabajo de restauración,:
¿Cual es la ciudad portuaria a la que se hace referencia, si llegamos
a aceptar que el relato no es ficticio, por mucho que ello cueste de
ser creíble en buena lógica?. Nosotros no vacilamos en inclinarnos por
Nantes ya que eso parece lo más razonable, y no por La Rochelle,
(demasiado popular gracias a Los Tres Mosqueteros), y muchísimo
menos por Saint Malo, un islote en pleno Canal de la Mancha, aunque
tanto este último como La Rochelle supieran de los piratas y de sus
más que reprobables hazañas. En cuanto al dato que nos ayuda, (por muy
absurda que resulte la fuente), se apoya en ese comentario que hace
el perro de porcelana, cuando afirma que el puerto “está pasado el canal”,
y teniendo en cuenta que Saint Nazaire es el puerto de Nantes al cual
se accede por tránsito de un canal, no suponemos andar demasiado errados,
si aparte agregamos que es el río Loire el que baña Nantes desembocando
en el Atlántico. Río éste de todos sabido que cruza media Francia y
tiene incluso conexiones con el Sena por el ramal que acompaña al Loire
desde Roanne a Briare.
Más tarde también,
unas palabras escritas por el mismo protagonista del relato, vienen
a confirmar nuestras sospechas: “Traía a mi mente memorias no vividas,
pero si estudiadas, de como aquella ciudad en un futuro que yo conocía,
iba a sufrir duramente las consecuencias de una revolución atroz”. Sin
lugar a dudas el comentario tiene que ver con la Revolución Francesa,
que ensañóse precisamente en Nantes, lo que debía evocar en el autor
del libro que tenemos entre las manos, los asesinatos en masa ordenados
en esta ciudad por Carrier y que llegaron a sumar
dos mil personas ahogadas. (las célebres noyades que consistían en
eso, en ahogar multitudinariamente a los reos).
En cuanto a la piratería,
si bien Inglaterra se ha llevado la fama gracias a sir Francis Drake
y al pirata Morgan, entre otros, Francia no es ajena en absoluto a este
tipo de rapiñas ya que en el siglo XVII, lo más selecto de los filibusteros
medraba a sus anchas por las Antillas, apoyados no sólo por Inglaterra
sino también por el gobierno francés bajo el
reinado de Luis XIV. Siendo con tales licencias,
o Patentes de Corso, que los bucaneros se convertían en ocasiones, en
corsarios si convenía a los intereses de las naciones que de una manera
no declarada, les protegían.
Con todo esto pretendemos
explicarle al lector lo que quizás podría resultar un poco enredado,
a medida que vaya profundizando en la lectura de tan singular obrita.
No es esta nuestra
primera nota aclaratoria, aunque sí por el momento la más extensa y
le ponemos fin agregando que cuando vayamos adentrándonos en el presente relato, al arribar a su parte más interesante por lo fantástica,
(sí, lo leído aún puede superarse), en repetidas ocasiones hemos de
toparnos con notas similares e incluso
breves nexos de continuidad hechos con bastardilla para explicar
lo que el tiempo se encargó de destruir. No nos gusta recurrir a semejantes
componendas, pero, tras laborioso conciliábulo, hemos decidido hacerlo
por mor de la claridad del texto y procurando siempre respetar la esencia
del mismo. Volver