| CAPÍTULO III LOS FANTASMAS DEL PASADO |
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Dormía plácidamente, cuando de nuevo una especie
de rumor que en el sueño me pareció muy lejano, vino a despertarme. Yo
estaba, como he dicho, tapada la cabeza casi completamente por las mantas,
de modo que entre sus pliegues asomaron mis ojos y la somnolencia que
pudiera arrastrar se desvaneció como por ensalmo, ante la escena que contemplaron
presas de estupor. Ante todo diré que en la estancia olía a madreselvas
como si hubieran roto, allí mismo, un pomo de su esencia; no puedo hablar
de enredaderas porque nos encontrábamos en invierno y dentro de una habitación,
no en un jardín. La pieza se hallaba iluminada con la ácida claridad del
amanecer puesto que las contraventanas no permanecían cerradas y lo más
sorprendente es que no hacía, en absoluto, frío. Junto a mí cama se advertía
una especie de cuna enorme o de pequeño lecho, según sea el ángulo de
la perspectiva por el que se mire, y la cuna se mostraba desierta y con
las ropas en desorden, mientras frente a ella, una mujer que recordaba
a una sirviente, pero que iba vestida de forma muy anticuada, daba la
impresión de estar gritando al llevarse las manos a la cabeza y digo que
semejaba gritar porque si bien su boca permanecía abierta y sus gestos
eran de máxima aflicción, se mesaba los cabellos, se golpeaba el pecho,
no brotaba de ella el menor sonido, pareciendo, más que otra cosa, una
representación de pantomima. Intenté incorporarme pero no pude , una fuerza
extraña me mantenía clavado sobre el jergón. De pronto parpadee, era de noche otra vez,
para mi asombro, aunque continuaba respirándose el perfume de las madreselvas
y seguía sin hacer frío. La cama-cuna permanecía inalterable ocupando
su lugar y adornada con ricos cobertores cual si estuviese preparada para
acoger a su dueño llegado el momento que lo requiriera. Reparé también
que la estancia no comunicaba la impresión de hallarse abandonada ni desguarnecida
tal como había podido comprobar en el momento que me fue adjudicada. Su
aspecto era actual, vivo, lujoso. Rebosaba de accesorios, complementos
y tapices, y los muebles no respiraban vejez. Vagamente creí recordar
haberla visto así hacía escasos segundos cuando aún era de día y la criada
daba muestras de silencioso dolor ante la cuna revuelta. Sobre la chimenea brillaba la superficie de
un espejo suntuoso de origen veneciano y a ambos lados, sendos candelabros
de plata maciza lucían la iluminación de sus velas que titilaban cegadoramente
reflejadas en el espejo. Un movimiento, cerca de los pies del lecho,
hizo que enfocara mi atención hacia ese lugar, y allí, ¡oh cielos!, lo
que vi me indujo a creer que había perdido la razón, pues una dama desconocida
se aproximaba entonces, desde el fondo de la estancia, directa a la cuna
vacía, y la dama era, la reconocí sin lugar a dudas en cuanto la tuve
cerca, la misma del retrato de EL PERRO DE PORCELANA... ¡La condesa Henrietta
de Rameau!... Por supuesto que no iba vestida de igual guisa que en el
lienzo, ya que en esta ocasión vestía un inconfundible traje de viaje
que apenas si embozaba del todo una obscura capa con cuya capucha todavía
no estaban cubiertos su cabellos, mas indiscutiblemente, de ella se trataba.
El rostro había perdido la serena lozanía que en el cuadro mostrase: veíasele
prematuramente envejecido, magro, ojeroso y con innegables trazos de sufrimiento
marcándole las delicadas facciones. Me fijé también que la condesa parecía
sostener en una mano lo que yo hubiese denominado una especie de bolsa
de seda cerrada por unos cordones. La vi acercarse a la cuna y extrayendo de su
pecho un billete doblado, lo depositó cuidadosa encima de la colcha, luego,
con un sollozo que apenas consiguió reprimir y los ojos brillantes por
las lágrimas, dando una apresurada media vuelta, abandonó la habitación
por el sencillo procedimiento de levantar un tapiz que cubría la pared
junto a la chimenea, accionar un resorte saliente en el muro y precipitarse
acto seguido, candelabro en mano, en las profundidades del negro túnel
cuya entrada se franqueó como por arte de magia cerrándose tras ella apenas
traspuso el misterioso umbral. El muro volvió a quedar impenetrable, y lo
más impresionante fue el hecho de que el tapiz, por sí solo, recobrase
su posición primera, deslizándose silencioso sobre le superficie vertical. -“¡Vaya -me dije-, hete aquí el secreto celosamente
guardado por estas vetustas piedras!”... Era dable imaginarse que fue ese pasadizo secreto
el camino que los raptores emplearon para secuestrar al condesito, e informada
la atribulada madre por algún pérfido intermediario, ella reemprendió
la misma senda. Pero, siempre hay un pero en acontecimientos
de índole parecida, ¿por qué estaba yo viendo el pasado con tanta claridad
como si lo que se representaba ante mis ojos fuese una obra teatral y
yo su único espectador?, ¿soñaba, deliraba acaso, víctima de alguna droga
malintencionada que me fuera puesta en la cena?, mas, ¿qué objeto hubiera
tenido fomentar semejante alucinación? Cerré los párpados convulso mientras deseaba
que aquello, fuere cual fuere el extraño estado en el que me hallaba sumido,
se desvaneciese como el humo. Transcurrido un lapso de tiempo, ignoro
cuanto, a la postre tuve que abrir los ojos forzado a ello muy en contra
de mi voluntad, porque algo cálido y nervioso me dio en la cara un ligero
topetazo y no hubo más remedio que afrontar aquel nuevo imprevisto. Al
no ser noche tan cerrada, presumí que debía de estar amaneciendo dado
que podía escucharse en lontananza el canto del gallo, por otra parte,
el candelabro desparejo que había quedado solitario cuando la condesa
se llevó a su compañero, denunciaba con sus velas consumidas hasta la
mitad que efectivamente habían transcurrido varias horas de aquella noche
intemporal, desconcertante, con su persistente aroma de madreselvas y
la recreación de unos hechos pertenecientes al pasado. A la altura de mi rostro otra cabeza me estaba
observando desde el brillo de unos ojos inteligentes y amables, el propietario
de la cabeza mostraba un pelaje blanco y aterciopelado que salpicaban
sobre el morro y parte de las orejas, unas manchas azafranadas. Creí que
mi pulso cesaba sus latidos pues el irrazonado delirio proseguía. Aquel
noble animal era el perro de porcelana, pero vivo e impaciente, nada de
trasunto fantasmal ni alucinación. Su lengua me lamió la cara por segunda vez
y luego quedóse con las fauces abiertas, sonriendo al modo que lo hacen
los perros y con la lengua colgando de lado. Yo di un respingo y me senté
en la cama lo mismo que si fuera un muñeco accionado por resortes. ¿De
dónde había surgido ese perro?, o, mejor dicho, ¿“quién” era ese perro? Como si leyera en el interior de mi cerebro,
el can movió el rabo amistosamente, bostezó con un gañido y después, he
aquí lo extraordinario de esta aventura, me habló sin palabras empleando
con facilidad su pensamiento que podía llegar al mío en virtud de ese
proceso inexplicable en mi adolescencia y que en los años 80 del presente
siglo XIX, el doctor W. H. Myers ha dado en llamar telepatía. (En 1883, el psicólogo W. H.
Myer, acuñó el término telepatía, siendo refrendado posteriormente en
Londres por la prestigiosa Society For Physhical Research.Nicolas Raymond & Associés, Editeurs.) -¡Hola, muchacho, ¿no crees que ya has dormido
bastante?! Que un perro te trate con tal camaradería no
es que me molestase, pero debo reconocer que me dejó sin habla, y, lo
que es peor aún, sin saber que pensar al respecto. Ciertamente que en
esos momentos yo ya no entendía nada de nada e ignoraba si soñaba dormido
o deliraba despierto. El perro de porcelana mordió un extremo de
las mantas que me tapaban y tiró de ellas hasta abrir la cama descubriéndome
con las ropas nocturnas que nos habían sido hospitalariamente cedidas. -¿Es qué no tienes sangre en las venas? -espetó
impaciente- Hay mucho que hacer y tú aquí mirándome con la boca abierta...
Tienes que darte prisa, de lo contrario nos llevarán tanta ventaja que
los perderemos... Yo puedo seguir su rastro y correr, pero tú no, así
que espabila. Aquel perro tenía un modo de expresarse muy
extraño, pero mi nula experiencia en este terreno me llevó a la conclusión
de que tal vez los animales usen ese tipo de lenguaje. -¿Quién es el que nos va a llevar ventaja?
-dije al fin saliendo de mi estupor. -¿Quién va a ser?... También han secuestrado
a la condesa y debemos encontrarla antes de que sea demasiado tarde. -¿Y el niño? El perro de porcelana acababa de abrir con
el morro un arcón que reposaba a los pies del lecho y andaba muy atareado
extrayendo a bocados un completo ajuar de ropajes de la época, que, entre
idas y venidas nerviosas, empezó a depositar a mis pies. Repuso entre dientes, acarreando una pesada
bota. -El mismo que ha secuestrado a la condesa,
raptó a su hijo. -¡Eh, oye, que eso pasó hace mucho tiempo,
exactamente en el...! El perro de porcelana me obsequió con una mirada
enigmática. -¿Tú crees? -¡Cómo no me lo voy a creer si...! -proteste
seguro de hallarme en posesión de la verdad. -¡Venga, rápido, vístete y dejémonos de chácharas
inútiles! Hemos de recorrer un largo camino y vamos a tener horas de sobra
para discutirlo, si es que por entonces te apetece. Ya sé que puede resultar incluso vejatorio,
mas el caso es que concluí por obedecer las órdenes del perro de porcelana
sin rechistar. Bien es verdad, en mi descargo debo reconocerlo, que todo
lo que me estaba sucediendo no resultaba muy normal que digamos. Vestido por fin a la usanza de los tiempos
de Luis XIV, el perro me indicó que agarrase el candelabro que quedaba
y levantando el tapiz, a imitación de la condesa, accionara el resorte
secreto que abría el pasadizo. En un último intento de recobrar la cordura,
invoqué más que expuse: -¡Ésta situación es absurda, yo no debo meterme
ahí, mi tutor...! Por
toda respuesta, el perro de porcelana mordió con sus dientes el bajo de
mi casaca y procedió a tirar de él, introduciéndome en el corredor tenebroso. |