CAPÍTULO III
LOS FANTASMAS DEL PASADO

Me revolví insomne en el amplio lecho, cuatro columnas y baldaquín, que me había sido dispuesto para que pasara la noche en el castillo. Se trataba de un enorme dormitorio, algo destartalado a efectos de alguna razzia provocada por su actual dueño, pero que aún conservaba el orgullo de su remoto esplendor. Un orgullo algo decadente, es cierto, tapicerías apolilladas, maderas carcomidas, ángulos desportillados, alfombras gastadas y adornos insuficientes, pero que, pese a todo, impresionaba a la manera que las ruinas imponen respeto.

Se había desencadenado por fin el vendaval con gran aparato de aire y remolinos de nieve; tal vez a lo lejos sentíase el aullido de los lobos, ¿o era simplemente el ulular del viento? Crujían las contraventanas sobre los livianos cristales mientras el frío semejaba filtrarse sinuosamente por cualquier rendija que permitiese su circulación. En la chimenea de piedra languidecían las brasas del raquítico fuego con el que se había pretendido calentar el dormitorio y yo miraba el rescoldo fijamente como si su contemplación me infundiera más calor que el que sentía en aquellos momentos, arrebujado entre mantas que cubría un edredón de relativamente moderna factura, y que a cada movimiento mío despedía entre crujidos, una breve y molesta estela de polvo.

Pude escuchar el sonido distante de un reloj que desgranaba los cuartos de una hora que sólo podía suponer aproximadamente. De improviso, el sonido de ciertos pasos en el corredor, me sobresaltó puesto que había transcurrido mucho tiempo ya desde que nos retirásemos a descansar. Hallábamonos instalados en el primer piso del ala oeste del castillo, destinado al parecer a dormitorios y dado que no se trataba de una posada, era dable suponer que aquellos pasillos no tenían por costumbre el verse frecuentados ni en esos momentos ni en ningún otro, por consiguiente, el rumor insólito, (y si he de ser sincero, un tanto cauteloso y por ende inquietante), que percibí, me erizó los cabellos. No era yo huésped habituado a visitar castillos habitados a medias y poblados más de recuerdos tenebrosos que de seres vivos. Sin embargo, el terror cedió de pronto dando paso a un alivio considerable que trocóse rápidamente en irritación, cuando alcance a oír la inconfundible voz de mi tutor, renegando por lo bajo en el pasadizo. Y ya que al reniego precediera un pequeño golpe seco, supuse que por ahí andaba, metido en váyase a saber cual secreta aventura nocturna bastante inconveniente en tal caserón inhóspito y a semejantes horas.

Me levanté de un salto y corrí a abrir la puerta del dormitorio. En el pasillo con gorro de noche y camisón prestados allí estaba el bueno de Michel Chardonne con expresión de niño cogido en falta, sosteniendo en trémula diestra una palmatoria con su fantasmal vela correspondiente,

-¿Qué hace usted aquí?  -susurré sorprendidísimo.

-¡Chitón! -murmuró él llevándose un dedo a los labios- No me vayas a delatar ahora con tu oficiosidad... Tenía sed y he pretendido descender a las cocinas, pero me he perdido con tanto laberinto y escalinata y de milagro que he encontrado el camino de regreso... Huelga decirte que ya se me han ido las ganas de beber.

Vacilé en creerle porque la explicación no me pareció muy verosímil, Lejos de mí el aceptar que fuera precisamente la sed lo que le empujase a las cocinas sino más bien su desmedido apetito, mal incurable que siempre le había perseguido, ya que obligado a cenar con parquedad bajo mi vigilante mirada (no deseaba yo otro cólico y menos en mansión tan aislada), poco me sorprendía el que le pudiese atormentar el hambre e impelido por él, se hubiera embarcado en la aventura de caminar a ciegas por los desconocidos corredores del castillo.

-Bien, tío -le solía dar este nombre-, entonces lo más indicado es que regrese usted a su aposento.

-Sí, sí, muchacho, atinada propuesta. Buenas noches y vuelve a tu cuarto, que mañana hemos de madrugar.

Tuve que obedecerle de buen grado y cerré la puerta suspirando resignadamente. Suponía que aquella noche iban a escucharse sus pasos en más de una ocasión y que nada podría hacer para impedirlo.

La tonta anécdota calmó mis nervios y de improviso experimenté un profundo cansancio y unas inmensas ganas de dormir, que ya tocaba, por cierto.

Me introduje en el lecho, y cubriéndome hasta la cabeza con sus cobertores , cerré los párpados, cayendo, acto seguido, en un profundo sopor.

(Aquí se interrumpe la primera libreta, continuando el relato en la siguiente. Por tanto, nos permitimos la licencia de crear una segunda parte aunque siempre respetando el orden de los capítulos).Nicolas Raymond & Associés, Editeurs.

CUADERNO SEGUNDO

Dormía plácidamente, cuando de nuevo una especie de rumor que en el sueño me pareció muy lejano, vino a despertarme. Yo estaba, como he dicho, tapada la cabeza casi completamente por las mantas, de modo que entre sus pliegues asomaron mis ojos y la somnolencia que pudiera arrastrar se desvaneció como por ensalmo, ante la escena que contemplaron presas de estupor.

Ante todo diré que en la estancia olía a madreselvas como si hubieran roto, allí mismo, un pomo de su esencia; no puedo hablar de enredaderas porque nos encontrábamos en invierno y dentro de una habitación, no en un jardín. La pieza se hallaba iluminada con la ácida claridad del amanecer puesto que las contraventanas no permanecían cerradas y lo más sorprendente es que no hacía, en absoluto, frío. Junto a mí cama se advertía una especie de cuna enorme o de pequeño lecho, según sea el ángulo de la perspectiva por el que se mire, y la cuna se mostraba desierta y con las ropas en desorden, mientras frente a ella, una mujer que recordaba a una sirviente, pero que iba vestida de forma muy anticuada, daba la impresión de estar gritando al llevarse las manos a la cabeza y digo que semejaba gritar porque si bien su boca permanecía abierta y sus gestos eran de máxima aflicción, se mesaba los cabellos, se golpeaba el pecho, no brotaba de ella el menor sonido, pareciendo, más que otra cosa, una representación de pantomima. Intenté incorporarme pero no pude , una fuerza extraña me mantenía clavado sobre el jergón.

De pronto parpadee, era de noche otra vez, para mi asombro, aunque continuaba respirándose el perfume de las madreselvas y seguía sin hacer frío. La cama-cuna permanecía inalterable ocupando su lugar y adornada con ricos cobertores cual si estuviese preparada para acoger a su dueño llegado el momento que lo requiriera. Reparé también que la estancia no comunicaba la impresión de hallarse abandonada ni desguarnecida tal como había podido comprobar en el momento que me fue adjudicada. Su aspecto era actual, vivo, lujoso. Rebosaba de accesorios, complementos y tapices, y los muebles no respiraban vejez. Vagamente creí recordar haberla visto así hacía escasos segundos cuando aún era de día y la criada daba muestras de silencioso dolor ante la cuna revuelta.

Sobre la chimenea brillaba la superficie de un espejo suntuoso de origen veneciano y a ambos lados, sendos candelabros de plata maciza lucían la iluminación de sus velas que titilaban cegadoramente reflejadas en el espejo.

Un movimiento, cerca de los pies del lecho, hizo que enfocara mi atención hacia ese lugar, y allí, ¡oh cielos!, lo que vi me indujo a creer que había perdido la razón, pues una dama desconocida se aproximaba entonces, desde el fondo de la estancia, directa a la cuna vacía, y la dama era, la reconocí sin lugar a dudas en cuanto la tuve cerca, la misma del retrato de EL PERRO DE PORCELANA... ¡La condesa Henrietta de Rameau!... Por supuesto que no iba vestida de igual guisa que en el lienzo, ya que en esta ocasión vestía un inconfundible traje de viaje que apenas si embozaba del todo una obscura capa con cuya capucha todavía no estaban cubiertos su cabellos, mas indiscutiblemente, de ella se trataba. El rostro había perdido la serena lozanía que en el cuadro mostrase: veíasele prematuramente envejecido, magro, ojeroso y con innegables trazos de sufrimiento marcándole las delicadas facciones. Me fijé también que la condesa parecía sostener en una mano lo que yo hubiese denominado una especie de bolsa de seda cerrada por unos cordones.

La vi acercarse a la cuna y extrayendo de su pecho un billete doblado, lo depositó cuidadosa encima de la colcha, luego, con un sollozo que apenas consiguió reprimir y los ojos brillantes por las lágrimas, dando una apresurada media vuelta, abandonó la habitación por el sencillo procedimiento de levantar un tapiz que cubría la pared junto a la chimenea, accionar un resorte saliente en el muro y precipitarse acto seguido, candelabro en mano, en las profundidades del negro túnel cuya entrada se franqueó como por arte de magia cerrándose tras ella apenas traspuso el misterioso umbral.

El muro volvió a quedar impenetrable, y lo más impresionante fue el hecho de que el tapiz, por sí solo, recobrase su posición primera, deslizándose silencioso sobre le superficie vertical.

-“¡Vaya -me dije-, hete aquí el secreto celosamente guardado por estas vetustas piedras!”...

Era dable imaginarse que fue ese pasadizo secreto el camino que los raptores emplearon para secuestrar al condesito, e informada la atribulada madre por algún pérfido intermediario, ella reemprendió la misma senda.

Pero, siempre hay un pero en acontecimientos de índole parecida, ¿por qué estaba yo viendo el pasado con tanta claridad como si lo que se representaba ante mis ojos fuese una obra teatral y yo su único espectador?, ¿soñaba, deliraba acaso, víctima de alguna droga malintencionada que me fuera puesta en la cena?, mas, ¿qué objeto hubiera tenido fomentar semejante alucinación?

Cerré los párpados convulso mientras deseaba que aquello, fuere cual fuere el extraño estado en el que me hallaba sumido, se desvaneciese como el humo. Transcurrido un lapso de tiempo, ignoro cuanto, a la postre tuve que abrir los ojos forzado a ello muy en contra de mi voluntad, porque algo cálido y nervioso me dio en la cara un ligero topetazo y no hubo más remedio que afrontar aquel nuevo imprevisto. Al no ser noche tan cerrada, presumí que debía de estar amaneciendo dado que podía escucharse en lontananza el canto del gallo, por otra parte, el candelabro desparejo que había quedado solitario cuando la condesa se llevó a su compañero, denunciaba con sus velas consumidas hasta la mitad que efectivamente habían transcurrido varias horas de aquella noche intemporal, desconcertante, con su persistente aroma de madreselvas y la recreación de unos hechos pertenecientes al pasado.

A la altura de mi rostro otra cabeza me estaba observando desde el brillo de unos ojos inteligentes y amables, el propietario de la cabeza mostraba un pelaje blanco y aterciopelado que salpicaban sobre el morro y parte de las orejas, unas manchas azafranadas. Creí que mi pulso cesaba sus latidos pues el irrazonado delirio proseguía. Aquel noble animal era el perro de porcelana, pero vivo e impaciente, nada de trasunto fantasmal ni alucinación.

Su lengua me lamió la cara por segunda vez y luego quedóse con las fauces abiertas, sonriendo al modo que lo hacen los perros y con la lengua colgando de lado. Yo di un respingo y me senté en la cama lo mismo que si fuera un muñeco accionado por resortes. ¿De dónde había surgido ese perro?, o, mejor dicho, ¿“quién” era ese perro?

Como si leyera en el interior de mi cerebro, el can movió el rabo amistosamente, bostezó con un gañido y después, he aquí lo extraordinario de esta aventura, me habló sin palabras empleando con facilidad su pensamiento que podía llegar al mío en virtud de ese proceso inexplicable en mi adolescencia y que en los años 80 del presente siglo XIX, el doctor W. H. Myers ha dado en llamar telepatía.

(En 1883, el psicólogo W. H. Myer, acuñó el término telepatía, siendo refrendado posteriormente en Londres por la prestigiosa Society For Physhical Research.Nicolas Raymond & Associés, Editeurs.)

-¡Hola, muchacho, ¿no crees que ya has dormido bastante?!

Que un perro te trate con tal camaradería no es que me molestase, pero debo reconocer que me dejó sin habla, y, lo que es peor aún, sin saber que pensar al respecto. Ciertamente que en esos momentos yo ya no entendía nada de nada e ignoraba si soñaba dormido o deliraba despierto.

El perro de porcelana mordió un extremo de las mantas que me tapaban y tiró de ellas hasta abrir la cama descubriéndome con las ropas nocturnas que nos habían sido hospitalariamente cedidas.

-¿Es qué no tienes sangre en las venas? -espetó impaciente- Hay mucho que hacer y tú aquí mirándome con la boca abierta... Tienes que darte prisa, de lo contrario nos llevarán tanta ventaja que los perderemos... Yo puedo seguir su rastro y correr, pero tú no, así que espabila.

Aquel perro tenía un modo de expresarse muy extraño, pero mi nula experiencia en este terreno me llevó a la conclusión de que tal vez los animales usen ese tipo de lenguaje.

-¿Quién es el que nos va a llevar ventaja? -dije al fin saliendo de mi estupor.

-¿Quién va a ser?... También han secuestrado a la condesa y debemos encontrarla antes de que sea demasiado tarde.

-¿Y el niño?

El perro de porcelana acababa de abrir con el morro un arcón que reposaba a los pies del lecho y andaba muy atareado extrayendo a bocados un completo ajuar de ropajes de la época, que, entre idas y venidas nerviosas, empezó a depositar a mis pies.

Repuso entre dientes, acarreando una pesada bota.

-El mismo que ha secuestrado a la condesa, raptó a su hijo.

-¡Eh, oye, que eso pasó hace mucho tiempo, exactamente en el...!

El perro de porcelana me obsequió con una mirada enigmática.

-¿Tú crees?

-¡Cómo no me lo voy a creer si...! -proteste seguro de hallarme en posesión de la verdad.

-¡Venga, rápido, vístete y dejémonos de chácharas inútiles! Hemos de recorrer un largo camino y vamos a tener horas de sobra para discutirlo, si es que por entonces te apetece.

Ya sé que puede resultar incluso vejatorio, mas el caso es que concluí por obedecer las órdenes del perro de porcelana sin rechistar. Bien es verdad, en mi descargo debo reconocerlo, que todo lo que me estaba sucediendo no resultaba muy normal que digamos.

Vestido por fin a la usanza de los tiempos de Luis XIV, el perro me indicó que agarrase el candelabro que quedaba y levantando el tapiz, a imitación de la condesa, accionara el resorte secreto que abría el pasadizo. En un último intento de recobrar la cordura, invoqué más que expuse:

-¡Ésta situación es absurda, yo no debo meterme ahí, mi tutor...!

Por toda respuesta, el perro de porcelana mordió con sus dientes el bajo de mi casaca y procedió a tirar de él, introduciéndome en el corredor tenebroso.

Sigue...

Inicio