CAPÍTULO II
EN DONDE SE CUENTAN MUCHAS COSAS Y NO SE ACLARA NADA

Mi tutor revolvióse en el asiento hecho un basilisco. El portero que nos había franqueado la entrada, acababa de subirse al pescante junto al cochero, optando, finalmente por acompañarnos, ¿dudaba acaso de nuestro sentido de la orientación?

Pude entrever de manera fugaz a mi izquierda un pequeño y sólido edificio de piedra que al tener luz en una ventana presumía de ser habitado y le supuse el hogar de aquel hombre, obligada vivienda de quien debía ostentar más de un cargo en la arruinada heredad, deducción que no iba errada pues en breve tendría su confirmación.

-¡No hay derecho -rezongaba indignadísimo mi buen tutor-, acepta la transacción como si de salvar su alma se tratara, y ahora, sin más, retira la palabra comprometida!... Por suerte el pago debía de hacerse a la entrega, de lo contrario podría considerarme completamente estafado, ya que ese sinvergüenza nunca ha devuelto ni un céntimo.

Extrajo del bolsillo de su chaleco, después de un breve y nervioso forcejeo, la obligada cajita de rapé e intentó desahogarse de la ira que le dominaba, con un par de estornudos.

-¿Sabes lo que te digo?, pues que no desconozco ni mucho menos la raíz de tan inesperado cambio de actitud. Mi gran error ha consistido en desatender un asunto al que debía haber prestado más escucha... Sí, sí, a esos mil y un chismorreos que son alimento de los corrillos desocupados de nuestra querida capital... Se rumoreaba, ¡oh, Señor cuán ciego he estado!, que la señora marquesa des Étoiles, viuda treintona y metida en carnes, había puesto sus glotones ojos en la figura del crápula que nos ocupa, con la intención de desposarlo, lo cual no evidencia ni mucho menos que la dama en cuestión sea demasiado inteligente, pero, como decía el filósofo: “El amor tiene razones que la razón no entiende”, o bien la marquesa no es tan imbécil y juega la carta oculta de una astucia que mi alterado espíritu no me deja vislumbrar.

-¿Qué beneficios puede conseguir esa dama, señor? -pregunté picado por la curiosidad, a lo que mi pariente reaccionó con sorpresa escuchando una voz que brotaba junto a él en la obscuridad del coche, hasta tal punto consideraba su charla como un monólogo sin posibilidad de intercambio.

-¿Beneficios?... Mi joven pupilo, singularmente cuando hablas, que no suele ser en exceso, pones siempre el dedo en la llaga y eso es desconcertante si tenemos en cuenta tu nula experiencia de la vida. Sigue así, muchacho, sigue así y con el tiempo llegarás a ser alguien... Bien, ¿qué beneficios?, supongo que aún le deben quedar tesoros a ese botarate como para espolear la codicia de la rica viuda, cuya fortuna, y no es secreto, se consiguió por medio de su boda con el banquero Doutreval, flamante marqués des Étoiles gracias a su dinero... ¡Vaya un título!...

-Tal vez la marquesa ansíe un título de mayor abolengo.

Michel Chardonne destilaba veneno por la ofensa recibida y también desconcierto ante mis palabras.

-¿Abolengo?... Abolengo robado, dirás mejor, ya que el actual conde de Rameau desciende de una sucesión indirecta de la familia. Cuando la línea legítima de los Rameau se extinguió, corre el rumor que debido a las turbias maquinaciones de un primo lejano, título y posesiones pasaron a éste y de ahí que el actual conde disfrute con aquello que en buena ley no debiera pertenecerle.

-¿Tuvo lugar hace mucho?

-¿El qué?

-La desaparición de la rama legítima.

-A mediados del siglo XVII.

Yo di un respingo.

-¡Dos siglos ya! -exclamé admirado.

-En efecto, mas el paso del tiempo en esta cuestión carece de importancia, es la sangre la que cuenta y en el presente asunto la conducta de ese conde parvenue deshonra su palabra.

Pensé, bien que omití el comentario, que no solamente el conde de Rameau había roto lo pactado, sino que por conductas similares o peores y dictadas por la más añeja sangre azul, en Francia había estallado una cruenta revolución hacía apenas sesenta años.

-La marquesa des Étoiles debe de estar pagando las deudas del conde. -dije yo.

Por el tono de la voz de mi tutor al responder, deduje que mis luces no le complacían ya tanto.

-Demasiado tarde, muchacho -gruñó malhumorado-, el chisme circula por París desde hace escasamente siete días... ¡Está por ver si luego el caballerete cumple y desposa a su ángel protector! -concluyó ácidamente.

Por suerte, el carruaje estaba deteniéndose en aquellos momentos y la inminencia de descansar bajo un techo que ya no cobijaba ninguna esperanza para el defraudado anticuario, consiguió que se olvidara de mí y de mis impertinentes intervenciones, ya que así debió de considerarlas o es que yo no conocía lo suficiente a mi querido tutor.

La noche había cerrado sobre nuestras cabezas y soplaba un viento helado que calábase en los huesos. En la lejanía se escuchaba el ladrido de los perros, debían de haberlos colocado a buen recaudo, y nuestros pobres caballos exhaustos exhalaban nubes de vapor al respirar agitadamente entre relinchos. Frente a mi, el castillo de Rameau semejaba arrancado de un grabado antiguo en el que las tintas se hubieran confundido totalmente. Se alzaba amasado en sombras, imponente, frontal y enorme, con la línea de sus tejados y torrecillas recortándose entre la lívida obscuridad de un cielo amenazador. Su aspecto, dentro del estilo renacentista del 1500, recordaba vagamente, incluso inmerso en la creciente noche, al castillo de Chambord.

En la puerta del salón que se abría a las escalinatas, titilaban las luces de varias lámparas de petróleo ignoro si señalándonos la entrada a modo de bienvenida. El portero saltó del pescante y le indicó vigorosamente a nuestro cochero que le siguiese, es de imaginar que a las cuadras.

Subimos las escalinatas luchando contra el viento que empezaba a desatarse y en uno de los rellanos vimos descender a nuestro encuentro la figura de un anciano mayordomo que, envuelto a duras penas en una exigua capa, se deshacía en excusas que el sonido del viento confundía.

-Es imperdonable, creíamos que habíais recibido el aviso. Debéis haber tenido muy mal viaje y encima ahora la desagradable sorpresa de que...

Mi tutor le hizo callar con un ademan.

-No se esfuerce usted. El portero ya nos lo ha advertido. Todo un lamentable error que nos obliga a ser huéspedes indeseados al abusar de su hospitalidad.

-¿Qué decís, señor?, al contrario, honrados nos sentimos de acogeros en la mansión de los condes de Rameau.

Azotados por el viento y dando traspiés, penetramos en el amplio salón que constituía al mismo tiempo el vestíbulo del castillo.

Michel Chardonne no se anduvo con circunloquios.

-¿Puedo ver al dueño de todo esto, al conde?

El anciano mayordomo tuvo un gesto de desolación.

-Lo lamento en extremo, caballero, pero mi señor el conde, partió ayer hacia París en donde le urgía la premura de despachar ciertos ineludibles compromisos.

El anticuario masculló unas palabras ininteligibles procediendo a desembarazarse con rudeza de su abrigo y de su sombrero que en el acto un escuálido lacayo avalanzóse a recoger antes de que cayeran al suelo. Como mi rango era visiblemente inferior al de monsieur Chardonne, y en parte porque todo el servicio aparente se componía de los mencionados amen de una desgreñada moza surgida de la oscuridad y que se estaba apresurando lastimosamente en el intento de encender la leña de la inmensa chimenea, tuve que ser yo mismo quien me despojara de mi chaquetón y de la bufanda, y respetuoso aguardase detrás de mi benefactor a que éste decidiera lo que convenía hacer.

-Bien, bien, con que vuestro señor no se encuentra aquí... De acuerdo y puesto que el motivo de mi presencia en este lugar, desgraciadamente, ya no tiene razón de ser, ¿podría al menos, contando con su amabilidad, buen hombre, contemplar el maravilloso cuadro, la creencia de cuya adquisición ha hecho que me desplazase hasta aquí?

-¡Oh, señor, por descontado, no faltaría más!

Gimió más que dijo el pobre mayordomo infundiéndome piedad por lo que yo consideraba un sarcasmo demasiado cruel dirigido por mi tutor a la persona equivocada.

Lacayo y mayordomo se dispusieron a ambos lados de nuestras personas iluminando el camino. El desarrollo de los acontecimientos había ido tan rápido que nadie reflexionaba con claridad, ni ellos, ni creo que nosotros, y, sobre todo, mi pariente, o eso imaginaba yo. Más tarde descubriría que su premura por ver el cuadro partía de la base en que andaba sospechando que el PERRO DE PORCELANA no hubiese sido vendido a otro con anterioridad, lo que hubiera colmado el vaso de su despecho.

Cruzamos por largos, helados y desguarnecidos pasillos, atravesamos salones de elevadas bóvedas en cuyo pavimento resonaban las suelas de nuestros zapatos y en todo este paseo mi tutor suspiraba teatralmente al contemplar los inconfundibles huecos dejados por desaparecidos tapices o cuadros. A la postre arribamos a una estancia enorme, tapizada con raído damasco, en la que unas cuantas librerías, una gran mesa y unos sillones de incómoda apariencia, revelaban que en tiempos aquello había sido un despacho o algo similar. Presidía la pieza un alto ventanal enrejado que en las horas diurnas debía otorgarle el aspecto de lóbrego calabozo.

Los sirvientes avanzaron por el aposento hasta colocarse ante la pared opuesta que procedieron a iluminar menguadamente con la oscilante llama de los quinqués... Y aún así, bajo aquella disposición mediocre, se desplegó frente a nuestros atónitos ojos, la belleza incomparable del famoso cuadro. En él, y sobre un fondo convencional de arbolado, tenebroso por el paso del tiempo y la falta de luz adecuada, brillaba, no encuentro otra expresión mejor para describirlo, la figura de una bellísima dama de juvenil apariencia. Peinaba sus cabellos al estilo de la época, raya en medio y melena rizada o bucleada a ambos lados, con aderezo de piedras preciosas y flores. Su cuello, largo y bien torneado, lucía sin joyas mientras que los desnudos hombros, de inigualable blancura, emergían entre los encajes que en aquel tiempo resultaban imperativo obligado de la moda. El busto era breve, el talle esbelto y las mangas amplias se detenían debajo del codo frenadas por ostentosos lazos, para mostrar la belleza de unos brazos bien modelados. En cuanto al resto de la indumentaria, falda y una especie de manto que, sujeto apenas por dos livianos broches, parecía arrancar de entre los encajes, encerraba brillos de azul plateado que componían el telón de fondo, no de una, como siempre habíamos pensado, sino de dos figuras, y descubrir a la segunda me llenó de asombro como supuse también lo estaría mi tutor, ya que de reojo le pude contemplar boquiabierto admirando el espectáculo. A la diestra de la bella Henriette, Marie, Anne de Rambouillet, de pie, nervioso y vivo como si en lugar de hallarse pintado estuviera palpitante y gozoso, respirando el mismo aire que nosotros, el perro que daba nombre al cuadro, el perro de porcelana, con su sedoso pelaje, semejaba estar dispuesto a saltar, correr o hacer carantoñas de un momento al otro.

A la izquierda de la escena y tendiendo una manecita que la dama estrechaba con ternura, un niñito de escasamente cuatro años, levantaba la rubia cabeza mirando con adoración a la condesa. El hecho de que la criatura no fuese un amorcillo, ni tan siquiera un alegórico cupido, me obligó a pensar que aquel niño bien pudiera ser el hijo de la castellana. Iba vestido según la moda de la época, caricatura de hombrecito y ostentaba en la mano libre un singular anillo en el que daba la impresión de haber una leyenda escrita, y fue casi milagroso el que lo apercibiese, ya que la luz resultaba insuficiente, sólo el hecho de hallarse situado en la parte baja del cuadro y a mi altura, me permitió advertirlo.

Michel Chardonne, sin aliento casi, declaró extasiado:

-¡Es incomparable, un auténtico Mignard!

Y yo, olvidando toda discreción y tan conmovido como él, exclamé a mi vez:

-¡Nunca he visto retrato semejante, el perro parece vivo!

A lo que mi tutor, bajando del cielo a la tierra, me fulminó con la mirada. Debía considerar irrespetuoso el que yo ponderase la belleza del perro en detrimento de la dama y el niño, a quienes no marginaba, desde luego, en mi admiración. Siempre me han gustado mucho los animales y los perros en particular, y aquel, de tan extraño nombre, era un ejemplar soberbio.

Escuchando mis palabras, cuya espontaneidad no borraba la falta de diplomacia y ante el escandalizado anticuario, fue el mayordomo el único que dio muestras de complacencia; el lacayo no contaba.

-El joven caballero está en lo cierto -repuso con un mal disimulado entusiasmo que le delataba como experto conocedor de los animales-, parece vivo... Fue un ejemplar notable de su raza en el que se reunían belleza e inteligencia, amen de una gran lealtad para con sus amos. Esta raza, denominada Perro de Porcelana, también es conocida como Perro del Franco Condado o de Luneville, y aunque descienda de los Perros Blancos del Rey, que pertenecían a la jauría de los soberanos de Francia, conoció asimismo el cuidado y la conservación en la Abadía de Cluny. Apreciad, señores, en este cuadro singular, y de la mano maestra del pintor, el blanco brillante de su pelaje, que recuerda el oriente de las perlas y esas manchas anaranjadas que lo motean como un llameante ocaso hecho de reflejos cobrizos, y además su vivaz expresión, casi humana...

-¿Y qué me puede usted decir del niño? -intervino mi tutor con el ceño fruncido, cómo si aquel niñito constituyese la flagrante prueba de una omisión premeditada- Se me habló de la dama, se me habló del perro, pero nunca se mencionó la presencia de la criatura... Quien por cierto ofrece la chocante particularidad de que va vestido, forma impropia de pintar a los pequeños en esos años en los que la costumbre era representarles bajo el aspecto de ángeles gordinflones.

La faz del mayordomo se contrajo con una expresión de dolor.

-¡Ah, caballero, este pequeño!...

-¿Y bien? -interrogó perentoriamente el anticuario.

-Es una historia muy triste, señor, muy triste... El niño era hijo de los condes y poco tiempo después de que se pintara este retrato, fue secuestrado, no siendo devuelto jamás. Transcurrido un año de vana espera y múltiples pesquisas, la condesa, enloquecida por el dolor, desapareció una noche dejando una misiva en la que anunciaba que partía en busca de su hijo y que no regresaría hasta que lo hubiese recobrado, que iba a encontrarse con una persona que sabía de su paradero, y terminaba la carta con estas crípticas palabras:

“Cuando haya estrechado a mi hijo entre mis brazos, y el legítimo heredero del castillo de Rameau, haya vuelto a ocupar el sitio que le corresponde, sólo entonces, florecerán de nuevo los rosales del parque, esta será la señal de que el orden y la dicha habránse restablecido en el condado”...

-¡Pero los rosales...! -interrumpí muy excitado.

-No, joven señor, los rosales, desde entonces, y de ello hace ya unos doscientos años, no han vuelto a florecer, y permanecen secos, como muertos, año tras año desde aquella lejana fecha. Sabemos que están vivos, pero no florecen y ni tan siquiera echan hojas. Permanecen como oxidados, polvorientos, mas sabemos que están vivos y son respetados en gracia a su leyenda.

Mi tutor se encogió de hombros despectivo, y su desprecio no iba dirigido a los rosales precisamente.

-Dudo que vuelvan esas rosas -dijo-, por mucha paciencia que tengan los arbustos.

El mayordomo asintió gravemente.

-Parece un cuento para niños, sin discusión, pero hay quien espera todavía.

-¿Quién, si puede saberse? -inquirió con ironía mi benefactor,

El mayordomo se irguió demostrando una aristocrática altivez que no cuadraba con su condición de sirviente.

-El padre de mi tatarabuelo esperaba  -afirmó solemne-, mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre, yo espero, y mi hijo, que es el portero de la heredad y también el guardabosque, al que ya habéis conocido, y mi nieto que posiblemente me suceda en el cargo. Nuestra familia esta adscrita al servicio de los condes de Rameau desde hace siglos.

Semejante respuesta nos desconcertó a mi pariente y a mí; no es usual encontrarse con dinastías de criados de un linaje tan antiguo como el de sus propios amos, por más que los segundos esgriman títulos de nobleza.

Mi tutor preguntó abruptamente:

-¿Qué fue del conde, se volvió a casar?

El fámulo tuvo un gesto de rechazo ofendido.

-¡Nunca, señor, nunca, murió de pena al poco de la marcha de la condesa, de quien nadie supo dar razón en todo ese tiempo a pesar de cuantas indagaciones se llevaron a cabo!... Como a su hijo, dio la impresión de que la tierra se la había tragado... ¡Fue en verdad, caballero, una enorme desdicha!

Mi tutor se mostró sumamente interesado ante el misterio, o así deduje yo.

-¿Fue entonces cuando extinguióse la familia?, la rama principal, quiero decir.

Me sorprendió la expresión del mayordomo, hasta el momento entre resignada y servicial con sus vislumbres de dignidad herida, pues algo muy semejante al rencor callado le desfiguró las facciones por espacio de breves segundos, pero era tan intenso el sentimiento, y, sobre todo, tan revelador, que estuve a punto de exhalar un interjección, presurosamente ahogada en el fondo de mi garganta.

-En efecto, caballero  -suspiró más que dijo el mayordomo-, la rama principal se extinguió con la desaparición de los condes y su unigénito.

Por unos instantes llegué a pensar que mi pariente iba a seguir removiendo el hierro dentro de la herida, pero aprecié en este caso una insólita delicadeza en él que le impedía continuar hurgando. Dado lo resentido que se hallaba no me hubiese extrañado en absoluto que hubiera lanzado al aire algún comentario incisivo y desprovisto de todo estilo con tal de vengarse verbalmente del actual conde de Rameau. ¡Bravo por él!, me dije, aunque, conociéndole como le conocía, supuse que la cosa no se detendría ahí.

-¿Entonces el niño no apareció, ni siquiera el cadáver?

-Ni tan siquiera, caballero. Los bellacos autores del rapto debieron darle muerte ignominiosa, ya que se trataba de exterminar a la familia, y luego harían desaparecer sus restos, id a saber en que lugar sin nombre.

-¿En cuanto a la condesa?...

-Debió acudir a una emboscada, su amor de madre le puso una venda en los ojos y la arrojó imprudentemente en el peligro.

-¡Lamentable! -sentenció el anticuario pareciendo desentenderse bruscamente del tema- Volviendo al momento presente, buen hombre, ¿podríamos mi pupilo y yo cenar algunas vituallas y retirarnos enseguida a descansar? Si esta noche descarga el vendaval y mañana el tiempo se muestra clemente, me agradaría emprender temprano el camino de regreso, ya que es mucha la distancia que nos separa de París, y, vistas las circunstancias, otros negocios me aguardan que no deben ser pospuestos. Como se puede comprender -añadió mordaz-, no sólo el señor conde de Rameau tiene asuntos urgentes que resolver.

Abandonábamos ya el aposento casi en procesión, abría la marcha el mayordomo y la cerraba el lacayo, cuando, yo inesperadamente pregunté:

-¿Qué fue del perro de porcelana?

Volvióse el mayordomo, el rostro estrecho y largo iluminado de abajo hacia arriba por la llama espectral del quinqué, y su voz resonó, perdiéndose en ecos por las profundidades del corredor:

-La condesa debió llevarse el perro aquella noche, pues ya nunca más se los volvió a ver. Ambos se esfumaron sin dejar el menor rastro...

Sigue...

Inicio