| CAPÍTULO
X (2) LO QUE TRAJO EL NUEVO DÍA |
|||
|
|
|||
|
Excelente Michel, si el mar nos arrebata la dicha de volver al hogar de nuestros antepasados, pero este hijo querido no perece, se lo rogamos, acójalo usted bajo su tutela y luche por sus derechos; no dude que desde el Mas Allá, tanto mi esposa como yo, le bendeciremos. Ojalá
la presente misiva no llegué jamás a sus manos Michel, señal será
de que he podido abrazarle y de que mi familia y yo hemos arribado
sanos y salvos a ese amado país. Finalizada
la lectura quedé en silencio, abrumado por una emoción indescriptible.
Mi tutor, malinterpretando el mutismo en el que yo había quedado
traspuesto, empezó de nuevo a hablar, -Sí,
muchacho, por desgracia así fue... Tus padres perecieron en aquel
aciago temporal y con los restos del naufragio, llegaron a las
costas de Francia unos pocos supervivientes, entre ellos tu nodriza,
una decidida mulata que te salvó de morir ahogado y que también
supo conservar, sin deterioro, esta preciosa misiva tan importante
para tu futuro... Le
interrumpí excitado y él debió pensar que yo era un jovenzuelo
vacío de mollera, al oír mi incomprensible pregunta: -¿Por
qué me llamo Ángel, tío Michel? El
buen hombre me miró sorprendido y no era para menos. -¿Qué
por qué te llamas Ángel?... Ángel de primer nombre, Hughes de
segundo y Barthélémy, que creías apellido, de tercero... -Pero,
¿por qué Ángel?, ni tan siquiera es nombre francés. -No,
no lo es, al menos al uso y en esa acepción del nombre en castellano.
Al parecer Hugues Barthélémy se lo debió imponer a su primogénito
en recuerdo de ese innominado salvador y de ahí ha derivado a
ser nombre de familia. -¿Usted
conoce algo más de la tal historia, al margen de la misiva de
mi padre y de lo que en ella queda expuesto? -Lo
que sé es poco y siempre a través de cartas de tu progenitor,
o de tu madre cuando lo conoció; ella era hija de unos parientes
míos que se establecieron en La Martinica cuando Berthe no había
cumplido aún los dos años, y luego esta reiteración que mas tiene
de última voluntad o testamento... Has de saber que desde que
mi prima casó con tu padre, siempre supe del linaje de vuestra
familia. Mientras
yo me quedaba mudo y al parecer perdido en mis reflexiones, mi
tío continuaba su exposición: -Tus
padres, que habían vendido su patrimonio entero con vistas al
regreso, pensaban dar inicio a un largo pleito con objeto de recobrar
su herencia, mas todo se perdió en el mar, y tú llegaste a mis
brazos no sólo huérfano sino también desvalido y en la pobreza
más absoluta. Te acogimos con amor mi esposa y yo ocupando tú
el hueco de aquel hijo que el Señor, en su infinita sabiduría
nunca decidió otorgarnos. Pero
poco disfrutaste, pobre niño, de la ternura de un seno maternal,
tu nodriza murió aquel invierno, no pudiendo aguantar los rigores
del frío parisino y mi adorada esposa duró poco mas de tres años
sucumbiendo a una desapercibida tuberculosis... Querido muchacho,
nos quedamos solos tu y yo. Tú feliz en tu ignorancia de los hechos
y yo vigilante, esperando cualquier oportunidad que me permitiese
poder introducirme en el castillo de Rameau, y mira por donde
El PERRO DE PORCELANA ha sido el mejor de los salvoconductos.
Siempre intuí que en este castillo encontraría la clave que me
permitiese acceder al desenmascaramiento del impostor...
-sonrió con picardía- Porque tienes que saber, muchacho,
que ha sido una argucia mía la que nos ha traído al castillo,
pues a tiempo me enteré que el sinvergüenza del falso conde no
pensaba venderme el cuadro y anticipándome a su aviso, abandonamos
París antes de que lacayo alguno nos advirtiera de la inutilidad
del viaje... Si, reconozco que hice teatro, pero valió la pena,
¿no te parece?... En cuanto al resto deduzco que ahí se vislumbra
la mano de la Providencia, ¿cómo, sino, se explica el haber tenido
tanta suerte?... Mi
cabeza daba vueltas, estaba confuso y únicamente atiné a preguntarle: -Señor,
¿ha olvidado usted la marca de los lunares? Mi
tutor me abrazó con gran efusión. -¡Honrado
joven! -exclamó- no dudes ni por un minuto que lo que te he contado
es cierto, mira, aquí tienes la sortija... La
sacó de otro bolsillo imitando a los prestidigitadores y al tendérmela,
atónito pude comprobar como aquella era la misma que hacía escaso
tiempo, en un sueño, había yo visto lucir en la mano de Hughes
Barthélémy, y leí, por fin, la divisa inscrita en torno al zafiro,:
AVE FÉNIX... Eso simbolizaba que los condes de Rameau resurgían
siempre de sus propias cenizas... Y ahora el conde era yo. Aturdido
todavía bajo la impresión de semejante avalancha de sucesos que
no cesaban de asaltar la tranquilidad de toda mi anterior existencia,
vi como irrumpía en el dormitorio el anciano mayordomo, también
él radiante de dicha. -¡Señor
-balbuceó aquel buen hombre intentando arrodillarse delante mío,
cosa que impedí- señor, que mis viejos ojos alcancen a ver a un
legítimo descendiente de los condes de Rameau en el lugar que
le pertenece en justicia, es algo que sobrepasa todas mis esperanzas,
Dios sea loado! Mi
tutor seguía hablando, ahora con el ceño fruncido y aspecto del
que realiza un inventario. -Reclamaremos
tus derechos con estos documentos y el anillo. Mal lo tiene ese
indigno botarate que se hace llamar conde de Rameau... Y además
exigiremos la devolución de todo cuanto se ha malvendido, ya que
al no pertenecerle, no tenía potestad sobre ello... -se dirigió
a mí en tono humorístico- Señor conde de Rameau, vais a convertiros
en un hombre muy rico, y espero que sigáis otorgándome el favor
de vuestra confianza y afecto. Sin
palabras me abracé llorando a aquel hombre digno, cuya amistad
con mi padre y el hecho de que fuera primo de mi madre, había
conseguido el milagro de que yo recobrase ese título tan vilmente
usurpado por de Chavagnac y su descendencia. Confiaba plenamente
en mi tutor y sabía que todo cuanto dijera alcanzaría en verse
logrado sin tardanza. No obstante aún quedaba, lo que vulgarmente
se denomina el rabo por desollar. -La
marca... -insistí. -¿Dudas
de su existencia? -dijo mi padrino- De acuerdo, bajemos a las
cocinas y allá, juntó al fuego que arde en el hogar, despójate
de la camisa y con el juego de dos espejos te mostraré la señal
de la familia, un sello indudable que ningún otro que no sea un
Rameau, puede ostentar en su espalda. Así
lo hicimos y quedé maravillado comprobando la existencia de esa
marca de nacimiento, que nunca, jamás había tenido motivos de
sospecha o curiosidad, pude llegar a imaginar que se albergaba
en mi espalda. Mientras
me vestía de nuevo y ya el mayordomo procedía a alargarme un rebosante
tazón de leche caliente en tanto la desgreñada criadita se apresuraba
en sacar del horno unos crujientes panecillos, el ladrido de varios
perros atrajo mi atención. Lo escuché la víspera a nuestra llegada
al castillo, pero en realidad no los vi por lugar alguno ni a
la entrada ni durante la cena. -¿Dónde
guardáis a los perros? -pregunté. El
mayordomo tuvo un gesto de culpabilidad. -Ruego
al señor conde me perdone... Siempre que vienen forasteros al
castillo y estamos los criados únicamente, escondemos a la jauría... -¿Cuál
es la causa que lo justifica? -Sólo
una, señor, el conde de... Perdón, quise decir el impostor, proyectaba
venderse también a los perros y a mí me dolía en el corazón ya
que a todos los he visto nacer y los quiero y ellos a mí... Michel
Chardonne intervino bien humorado: -A
semejante paso pronto hubiera acabado vendiéndose él en pública
subasta... Aunque de hecho... -Me
gustaría ver a los perros... Y no temáis, que yo pienso conservarlos. Salimos
por una puertecilla a un gran patio abierto en el que a la izquierda
se agrupaban unos menguados corrales, a la derecha los establos
y enfrente se levantaba una especie de cobertizo en donde escuchábase
perfectamente alborotar a los canes. -Soltadles,
por favor. rogué al buen viejo y éste hizo una señal al mozo de
cuadras quien procedió rápidamente a abrir las puertas del recinto.
Los perros escaparon entre ladridos estrepitosos, dando saltos
y moviendo la cola frenéticamente. Sonreí, era lo que me esperaba
encontrar. Como multiplicados por un milagro, los perros eran
uno mismo desdoblado en varias docenas, si, un mismo perro de
porcelana en copiosa progenie de aquel que yo conocía tan bien. -Imagino
de que tronco proceden -murmuré con una sonrisa de bienvenida
agachándome entre ellos y acariciándoles. -Decís
bien, señor -manifestó el mayordomo encantado ante mis preferencias-,
son descendientes de ese perro de porcelana que tan magistralmente
fue retratado en el cuadro. Me
incorporé feliz. Teniendo en cuenta mi edad, lo que más me llenaba
de alegría respecto al título que recién estrenaba, era el poder
tener tantos perros y jugar con ellos. Era
un día muy hermoso, el cielo azul añil, la nieve caída blanqueándolo
todo, hasta parecía hacer menos frío en el exterior que dentro
del castillo, Esperábamos a que nos trajeran el carruaje, cuando
una leve brisa, venida de no se dónde, acercó a nuestro olfato
un delicioso aroma, no, no eran madreselvas, era la fragancia
de las rosas. Todos nos miramos los unos a los otros con repentino
estupor, mi padrino, el mayordomo, el mozo, el cochero. Irreflexivamente
eché a correr hacia las veredas del parque y los demás me siguieron
algo más lentos debido a que sus piernas no eran tan jóvenes. ¡Ya
no me quedan palabras, los rosales habían florecido!... Sobre
el blanco de la nieve resplandecían las rosas en sus más variados
colores balanceándose al aire los tallos cuajados de brillantes
hojas verdes. Me
vinieron a la mente las palabras de la condesa de Rameau, cuando
hacía escasamente unas horas, doscientos años ha, mirándome fijamente
había dicho: -El
día que el auténtico conde de Rameau regrese al castillo de sus
antepasados, no lo olvides, florecerán de nuevo los rosales del
parque, no importa el tiempo que hayan permanecido secos y muertos
en apariencia... Este será uno de los más renombrados prodigios
que harán pensar a las gentes, y de esta suerte, descreídos e
ignorantes comprenderán... Pensé
que había sido muy afortunado al conocer a los condes, a su hijo,
al capitán Ryan, todos antepasados míos y a los que yo había ayudado
y también dediqué un cariñoso recuerdo al perro de porcelana sin
cuyo arrojo nunca hubiera llegado a buen fin la extraordinaria
aventura. ¿Qué
habría sido de él?, indudablemente junto a su amito y a Ryan El
Corsario, emprendería una nueva existencia en las islas antillanas
olvidándose para siempre del pasado. En todo este asunto, que
bien estuvo puesto que bien había concluido, un extremo, sin embargo,
espoleaba mi curiosidad, ¿por qué nadie mencionaba al perro de
porcelana?. Se habló de un ángel, de prodigios inimaginables y
algo tan sencillo como la presencia de un fiel perro que sigue
el rastro de su dueño, omitióse, ¿se sobrentendía acaso, que los
perros puedan marchar en busca de la gente y que ello nada tiene
de extraordinario ni de asombroso? Sentí
que lamían mi mano y miré con sobresaltó en esa dirección, un
perro de porcelana, en todo idéntico a mi viejo compañero de fatigas,
me contemplaba a su vez con un palmo de lengua fuera y esa inequívoca
expresión de adoración perruna que revela el noble carácter de
estos animales. -Dime,
¿eres tú? -pregunté en un susurro esperanzado y carente de cualquier
atisbo de sentido común. El
perro movió alegremente la cola y emitió un ahogado ladrido. -Bueno,
amigo -le dije comprendiendo como estaba la situación-, no me
importa, de verdad que no me importa... Viniendo de donde vienes
creo que seremos muy buenos camaradas... tú y todos tus hermanos. El
mayordomo llegaba el primero en ese instante casi sin aliento,
tembloroso, emocionado, incrédulo ante el prodigio que su vista
admiraba. Exclamó: -¡Fijáos,
han florecido las rosas, luego, la leyenda era cierta! -rascóse
perplejo el mentón- ¿Significará eso también que la condesa pudo
abrazar a su hijo finalmente? Yo
sonreí en silencio. Mucho era lo que sabía y mucho, por tanto,
lo que tenía que callar, era más sensato así. De todas formas,
¿quién hubiese otorgado credibilidad a mis palabras? |