| CAPÍTULO
X (1) LO QUE TRAJO EL NUEVO DÍA |
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Todo había sido un sueño... ¡Es penoso
despertar a la realidad en ocasiones cuando lo sueños son tan
hermosos!... Aunque, ¿verdaderamente estaba de vuelta, no permanecería
aún extraviado por los senderos de ese universo fantástico? Debo
reconocer que mi corazón lo ansiaba, pero el escaso sentido común
que pudiera quedarme luchaba en vana pugna por afirmar sus derechos. Mi mente adormecida había recreado,
sin duda, cuanto la velada anterior relatase el anciano mayordomo
y mi imaginación desbocada, pues yo era un lector infatigable
de novelas entre cuyos autores se contaba, por ejemplo, Alejandro
Dumas padre, había terminado de redondear las ficciones... ¡Vana quimera!, en la fría madrugada
cualquier ensoñación se desvanece imponiéndose la realidad de
las cosas. Me incorporé desorientado, echaba de menos la compañía
del perro de porcelana, tan leal e inteligente amigo, ¿qué habría
sido de él un par de siglos antes, cual su final?... Desapareció,
en palabras del mayordomo, desvanecióse imitando a la condesa
y nunca más se tornó a saber de su paradero. ¿Partiría en busca
de su ama o con ella marchó a la ignota aventura? Triste era el pensar que jamás iba
desentrañarse el misterio de lo que en realidad acaeció en tan
lejano tiempo, si es que, por otra parte, los hechos sucedieron
tal y como yo los soñé en aquella noche mágica. Un impaciente tamborileo resonó en
la puerta del dormitorio arrancándome de mis pensamientos con
sobresalto. -¿Quién va? -inquirí. -¿Quién va a ser, muchacho?, soy
yo. Abrióse la puerta, recortándose en
su marco la figura inconfundible de mi buen tutor, señal inequívoca
de que todo volvía a estar en su sitio. -Perdone usted si me he quedado dormido.
Enseguida me visto -me apresuré a exclamar ya que él aparecía
trajeado de los pies a la cabeza y como dispuesto a marcharse
de inmediato. -Si, si, vístete, pues no sería muy
oportuno que agarrases una pulmonía... ¡Por cien mil pares de
... y que frío más espantoso que hace en este castillo! Procedí a vestirme y después me puse
el sobretodo mientras mi tutor no cesaba de moverse de aquí para
allá por la habitación y yo pensaba que tal hacía con fin de entrar
en calor, pero nuevamente me equivocaba. Cuando ya creía estar dispuesto para
que abandonáramos la estancia, mi benefactor me cogió de la mano
llevándome hacia la ventana. Como aquel punto era el único por
el cual penetraba la luz, inferí que algo deseaba enseñarme y que por eso me había
arrastrado hasta el ventanal, y no andaba errado. Le vi introducir
la diestra en uno de los bolsillos de su abrigo y sacar un manojo
de papeles que ya a simple vista se me antojaron viejos pergaminos.
Asimismo entonces me fijé en que mi tutor estaba congestionado
por la excitación y que sus ojos brillaban con un entusiasmo juvenil
en él desconocido. Parecía transfigurado. -¡Ah, muchacho, muchacho, día venturoso
éste que amanece! -¿Amainó el temporal de nieve? -quise saber interesado. -¡Ta, ta, ta, ta, ¿qué temporal,
ni que...?!... ¡Hijo mío, ves estos pliegos?, pues constituyen
la respuesta a mis plegarias!... Me miras sin comprender, ¿no
es cierto?, ¡por descontado!, ¿cómo podrías siquiera sospechar?...
Permite que te los lea y sólo entonces... Se sujetó con fuerza las antiparras,
comenzando a leer dominado por un júbilo que a mí se antojaba
desmesurado y preocupante: Yo, Geoffroy de Chavagnac,
conde de Rameau, escribo esta carta que destino en herencia a
mis hijos y a toda su descendencia en recomendación de prudente
alerta para cuanto hállese relacionado con mi antecesor, el extinto
conde Jean Baptiste, fallecido de melancolía a consecuencia de
la desaparición de su esposa Henriette, Anne, Marie y de su unigénito
Hughes Barthélémy... Al llegar esta pausa de la lectura,
mi tutor se interrumpió entre grandes aspavientos de entusiasmo
y euforia con objeto de informarme con la meticulosidad que le
caracterizaba, de lo siguiente: -Este nombre, muchacho, es la clave
de tan turbia historia... -¿Hughes Barthélémy? -le interrumpí
a mi vez sorprendido-, no considero yo que sea un nombre tan extraordinario,
pues sin ir más lejos... Michel Chardonne, me obsequió con
una mirada de reprobación. -Prosigo, y ruegote no me interrumpas; más adelante ya comprobarás
los motivos que me fuerzan a expresarme de esta manera: Puesto que cuando leáis estas
líneas no me he de encontrar en el mundo de los vivos, nada me
importa que sepáis que de la desaparición de la condesa tanto
como de la de su hijo, yo soy el artífice, ya que contraté los
servicios de un temible pirata llamado Domitien El Sanguinario
con la finalidad de que raptase al hijo de mi primo Jean Baptiste,
y posteriormente a su esposa, y se los llevase fuera de Francia
e hiciese con ellos lo que se le antojara, que en esas circunstancias
iba a ser, dada la índole de los negocios del citado truhán, venderlos
como esclavos en las islas del mar Caribe. El pirata cumplió el
trato y con harta largueza ya que, y por dos ocasiones las tormentas
se aliaron a mis designios, haciendo naufragar los navíos que
transportaban en su carga a Hughes Barthélémy primero y a su madre
después, siendo el acontecimiento más que afortunado para mis
planes, ya que con los hundimientos de las naves, El Tiburón de
un cómplice de Domitien, y el propio Sanguinario, se borraban
las huellas de mi implicación en la intriga, cosa por demás importante
cuanto que altos y desapercibidos eran también mis protectores. Michel Chardonne volvió a callarse
para mirarme esta vez con desbordante alegría; no preciso asegurar
que yo me hallaba por completo estupefacto. -Querido muchacho, esta confesión
escrita del puño y letra de ese bellaco usurpador, no viene sino
a esclarecer misterios que habían quedado enterrados con pretensión
de eternidad, y más de uno, por cierto. En primer lugar ya sabemos
que fue de la condesa y de su hijo, al menos en lo tocante a secuestros...
Ahora bien, yo te diré más a la vista del nombre del pequeño conde...
¿Ignoras que en la antigüedad a la gente le gustaba mucho jugar
con los simbolismos?, y se trataba de un peligroso jueguecito
que casi siempre traía mas problemas que no satisfacciones. Estas
páginas vienen a revelar que si ese vulgar malhechor llamado de
Chavagnac, pudo salirse con la suya, fue merced a una conjura
bien urdida, ya que no me cabe duda ninguna de que llamando a
puertas muy poderosas consiguió hacer creer que Jean Baptiste
de Rameau y su familia eran hugonotes... -¿Y lo eran? -Tal vez, no lo sé, e imagino que
nunca lo sabremos con certeza, pero el joven conde se llamaba
Hugues Barthélémy lo que equivale a decir hugonote y Noche de
San Bartolomé... Me dio la impresión de que mi buen
tutor deliraba al establecer tan peregrinas conclusiones, y evoqué
mis recuerdos escolares de como a mediados del siglo XVI se estableció
el protestantismo en Francia por los seguidores de Calvino, siendo
que la palabra hugonote o huguenot proviene del alemán eidgenossen,
que significa confederado. En cuanto atañe a la noche de San Bartolomé
fue la consumación de la matanza de los calvinistas de una manera
cruel y sistemática la noche del 24 de agosto de 1572, a modo
de ejemplo y advertencia. -En mi opinión -dije-, si algún valor
ha de tener, no veo que por dos nombres se pueda acusar a nadie,
es una coincidencia... Yo, por ejemplo... El anticuario se tiró nerviosamente
de las guías de su mostacho, y contra toda suposición, no resultó
cómico el gesto. -Te lo puede parecer, mas en tiempos
de sospecha y delaciones no es nada improbable, recuerda sino,
jovencito, la época del Terror, en la cual delatar eran una obligación
patriótica estimulada por el ciudadano Robespierre -y añadió impaciente-.
Sigue escuchando que pronto concluye esta confesión. Los acontecimientos siguieron
el rumbo que yo había dispuesto y que ya es de sobras conocido.
Extinguióse la línea legítima de los Rameau y el despreciado de
Chavagnac ocupó su lugar, dado que, y mal que les pesara a todos,
por sus venas corría asimismo la sangre de los Rameau, siendo
vosotros, hijos míos, mis sucesores. Estoy bien cierto de que
mis rivales ya no existen, mas, como a veces suceden hechos que
no tienen sentido, he reflexionado mucho en el transcurso de todos
estos largos años acerca de la eventualidad de que alguien, en
algún momento de vuestras vidas, pudiera surgir autoproclamándose
legítimo heredero de Rameau, un farsante sin duda, ya que nadie
de esa familia aborrecida existe... Bien es verdad que corrió
un maldito rumor de que algunos supervivientes quedaron del naufragio
de El Tiburón, mas fue un rumor sin consecuencias porque nadie
volvió para contarlo. Escuchadme pues ahora con suma atención,
que en ello os van títulos, riquezas y honores, uno heredero del
condado y las otras casadas con nobles de rancio abolengo, recordad
que los he logrado para vosotros entregando en pago mi alma inmortal.
Si tal evento tuviera lugar, no vaciléis, sangre de mi sangre
y dad cumplida muerte al que ose presentarse aludiendo semejante
derecho. Jean Baptiste, su esposa y el niño, hace tiempo que no
son de este mundo, por tanto, ningún hombre sobre la faz de la
Tierra puede arrebataros legalmente lo que poseéis, ni siquiera
con documentos, sólo hay una prueba, de cuya validez se guardan
registros hasta en el obispado, y que consiste en la denominada
marca de Rameau, señal que sólo pueden ostentar los
legítimos descendientes, y de la que, incluyéndome a mí, todos
los míos carecen, huella consistente en varios lunares que dispuestos
en dibujo de la constelación de Sagitario, muestran, bajo el omóplato
izquierdo, todos los auténticos condes de Rameau. Si un malhadado
día, se presentare algún aspirante con dicha marca, no vaciléis,
pues mucho es lo que se ventila, y exterminadle sin piedad, ya
que él será, contra todo sabio razonamiento, un descendiente de
aquel a quien creyéramos desaparecido del mundo de los vivos...
Y sobre todo os recomiendo que vigiléis los rosales. Jamás los
arranquéis, ni vosotros, ni vuestros descendientes, pues ellos
también pueden denunciar la presencia del temido intruso... Levanté los ojos del pergamino que
acababa de leer mi tutor y contemplándole en el limite de la sorpresa,
me asaltó una duda acuciante, ¿seguiría soñando? -¿Dónde ha encontrado usted esto?
-interrogué con voz temblorosa. Michel Chardonne me propinó un cachetito
afectuoso. -Esto, como tan prosaicamente lo
denominas, mi querido pupilo, es ni más ni menos que la confirmación
de una pista tenazmente seguida por mí y que esta noche, interminable
noche de vigilia, he podido encontrar por fin en la biblioteca
del castillo, no sin la colaboración inapreciable del excelente
mayordomo leal seguidor de la rama legítima de la familia Rameau...
Recordarás que anoche te despertaron mis torpes andanzas en el
corredor, aunque no fuiste el único en descubrirme. Ese mayordomo,
que parece no dormir nunca, también me oyó y con presteza vino
a mi encuentro, hablamos, y como a pesar de su condición es un
hombre de honor, oyendo mis explicaciones, se brindó a ayudarme,
y a fuer de sincero he de reconocer que, en parte, gracias a él,
he podido encontrar este valioso documento, que prueba... -¿Que prueba qué, señor?, los condes
y su hijo fallecieron hace dos siglos, y nunca... Michel Chardonne hizo una mueca de
exagerado regocijo y me amonestó jovial con el índice. -¡Beligerante juventud!... Toma,
lee esto, es un documento que guardo hace 14 años y en cuyo beneficio
no he dejado de trabajar ni un minuto desde entonces... Así con trémula diestra el nuevo
pliego que mi tutor me tendía y mientras comenzaba a leerlo pude
oír como decía con un tono de voz singular: -Siempre lo llevo conmigo, por si
muriese repentinamente... Añadió algo más, pero yo había dejado
de escucharle. Mi muy estimado Michel: Escribo
estas líneas mientras una espantosa tormenta zarandea sin piedad
el barco en cuyo transporte confiaba para que tanto mi familia
como yo regresáramos por fin al solar de nuestros antecesores,
de donde salió el último Rameau, conde de este título, como usted
ya sabe, no precisamente por la puerta grande sino de incógnito,
alevosamente secuestrado por orden del infame Geoffroy de Chavagnac. El barco cruje delante de las costas
de Francia y ruego a la infinita Misericordia del Todopoderoso
que nos deje llegar con vida para que podamos reclamar lo que
en ley nos pertenece, mas, si la Voluntad del Altísimo fuera bien
otra, como el terrorífico espectáculo que ante nuestros atemorizados
ojos despliega todo su fragor así parece indicar en evidencia
de un infausto destino, y si esta misiva a sus manos arriba, en
compañía al menos de nuestro hijito de corta edad, le emplazo,
fiel amigo, para que en la medida que ello le sea posible, haga
todo cuanto en su poder esté para retornar la herencia a mi pobre
hijo, y con la intención de que nadie dude ni cuestione la legitimidad
de la reclamación, en el interior de la carta, atado con una cinta,
se hallará el anillo condal de los Rameau y mi declaración en
la que empeñó palabra y honor, de que nosotros descendemos del
último conde de Rameau quien fuera raptado por el pirata Domitien
el Sanguinario, bajo mandato y soborno del antes citado de Chavagnac,
cuyos descendientes ostentan indebidamente el título de condes
de Rameau. El niño secuestrado, Hughes Bartélémy, salvó de un
naufragio en el año de gracia de 1668, merced a la oportuna aparición
y rescate del valiente corsario Thomas Ryan quien lo descubrió
en una isla perdida en medio del océano y en circunstancias que
no se dudaron de reputar en cierto modo increíbles ya que en ellas
concurrieron una serie de prodigios más propios de la leyenda
que no de la realidad y en los que se menciona la aparición de
un ángel que sirvió de guía y ayuda para esclarecer los hechos...
Disculpe estos detalles fantásticos, que si le place al Cielo
podré yo en persona relatarle prolijamente, y permita que añada
como el pequeño conde de Rameau reemprendió una nueva existencia
en las Antillas al ser tomado bajo su protección por el capitán
Ryan, quien, poco tiempo después del rescate, se retiró de la
azarosa vida de los mares, estableciéndose con próspera fortuna.
Contrajo matrimonio el bravo marino y de él nació sólo una niña
que con el tiempo contraería nupcias con mi antepasado el hijo
de los condes de Rameau. Desde aquel lejano entonces hasta
el instante presente, nuestra familia ha vivido y trabajado en
las Antillas, conservando siempre el recuerdo de su linaje y con
la esperanza puesta en el regreso a la madre patria, eternamente
demorado por un asunto u otro, negocios en el Caribe, guerras
en Europa, y cuando a la postre nos decidimos, hete aquí que espantable
galerna se halla a punto de truncar tantos sueños largamente acariciados. |