CAPÍTULO IX
DONDE LOS PRODIGIOS CONTINÚAN

Nos despedimos de la Tierra de los Vivos, agradecidos a aquellas buenas gentes por lo bien que se habían portado con nosotros y contentos de haber podido rescatar al menos al hijo de la condesa de Rameau, el resto de lo que pudiera suceder de ahí en adelante constituía ya un enigma para todos.

Cierta antigua carta de navegación que nos facilitó uno de los habitantes de la isla, (lo que nos hizo reflexionar acerca de que en aquella Tierra de los Vivos el tiempo tampoco funcionaba de igual manera que en nuestro mundo), fue de gran ayuda a la hora de enfilar la proa del Neptuno rumbo a aguas menos misteriosas, o eso creíamos. El caso es que el cielo continuó azul sin nubes y durante la noche las estrellas no se mostraron remisas indicando la ruta a seguir, o, torno a repetirlo, eso creíamos.

Navegamos un par de días sin novedad y en arribar al tercero divisamos a lo lejos la mole vagorosa de una isla enorme que casi semejaba una península.

El capitán Ryan consultó de nuevo los mapas y otra vez le vi fruncir el ceño con preocupación.

-Mi capitán, ¿nos hemos extraviado?

-No, grumete, no nos hemos extraviado. Esta es la última isla que aparece señalada en la carta de navegación, mas te aseguro que, por aquello que me es mayormente querido, no hubiese deseado tropezarme con ella.

-¿De qué isla se trata, señor?

Ryan El Corsario anunció en tono lúgubre.

-Es Tirn Aill, El Otro Mundo.

-¿El Otro Mundo? -repetí a mi vez asombrado.

-O si lo prefieres, muchacho, la isla que sólo habitan las almas de los muertos.

Me quedé aterrado, con esa experiencia no contaba... Piratas, corsarios, Hadas, náufragos de diversas épocas y ahora muertos, a no dudar, almas en pena, ¿cuando concluirían los sobresaltos en aquel viaje?

-¿Es que no podemos virar el rumbo?

-Me temo que no, grumete, ya que la isla es como un poderoso imán que nos atrae... Fíjate sino como avanza el navío en contra de la voluntad del viento, de la corriente y de los esfuerzos del timonel...

Y así era en efecto, Tirn Aill nos atraía como la llama a la mariposa y nadie a bordo podía evitarlo. Busqué con la mirada al perro de porcelana para comprobar como se tomaba el nuevo sesgo de los acontecimientos, y, con enorme sorpresa advertí que se hallaba tranquilo y al parecer feliz, adormiscado a los pies de su amito, quien, por otra parte, proseguía encerrado en un pertinaz silencio.

-¿Qué sucederá, capitán?

El corsario puso su mano en mi hombro.

-Eso, hijo mío, lo sabe la Providencia mejor que nosotros.

Y después de pronunciar tales palabras fijó unos instantes le mirada, con tristeza, en el pequeño conde de Rameau, expresión que yo compartí en secreto. ¡Desdichada criatura en quien se cebaba un infausto destino y a la que una Parca cruel se empeñaba en atrapar incansable!... ¿Acaso en Tirn Aill, le esperaba su segunda y verdadera muerte luego que el caprichoso hado le permitiera escapar de una tormenta y otro naufragio escondido en el interior de un miserable tonel?. Recordé el comentario de Thomas Ryan al respecto:

“-Si, hace un año que desapareció en el mar El Tiburón, el barco de un pirata compinche en fechorías de Domitien El Sanguinario, no lo he olvidado. En él debían llevar al desventurado niño, junto con el resto de su cargamento infame.”

 Bien, me dije con pretendida desenvoltura, al menos en este postrer viaje, al condesito no le faltarán amigos que le acompañen.

Lentamente, la isla cada vez crecía más y más ante nuestros ojos empavorecidos. Una isla de contornos sólidos y grisáceos que poco a poco finalizó convirtiéndose en una masa de pétreos acantilados contra los que se estrellaba el oleaje sin emitir sonido alguno. Revoloteaban las aves marinas por sobre los rompientes y tampoco se escuchaban aleteos o graznidos. Era el Otro Mundo, Tirn Aill, y me dio en pensar que allí los árboles estarían petrificados y las flores no desprenderían perfume alguno, que los arroyos, si existían, permanecerían inmóviles sin corriente que los hiciera circular... Era el Otro Mundo, el mundo silencioso y quieto de los que ya no son, de los muertos.

El barco, cual un danzarín que avanzase de puntillas, se detuvo con infinita suavidad en una pequeña playa enmarcada de rocas, quedando airoso, balanceándose sobre el mar. La playa, de arena negra, subía entre los peñascos, simulando un camino. Todos nos miramos sin saber que hacer. La senda entre las rocas constituía una invitación aunque no resultase del todo convincente dado su funerario colorido. Tirn Aill, había desviado nuestra ruta y en aquellos momentos, nos contemplaba cara a cara ofreciendo su incierta acogida.

-Capitán, ¿bajamos a tierra? -quiso saber el contramaestre erigiéndose en portavoz de la tripulación entera.

Mas antes de que el aludido respondiese, el perro de porcelana, incorporándose llegó hasta la borda de un salto y en tan temeraria posición, empezó a dar muestras de que ardía en deseos de abandonar el Neptuno. Aquella actitud hizo que nos decidiéramos, pues si el inteligente animal quería ir a la isla, nada malo podría  sucedernos.

Bajamos.

Nadie volvió a hacer preguntas al capitán, ni éste solicitó la opinión de sus hombres ya que en esos precisos instantes todos seguíamos al perro de porcelana, quien, en cabeza, abría la marcha, emparejado con su joven amo, que dando muestras de gran sosiego, lo sujetaba del collar con la mano.

Subimos por el pedregal, luego descendimos y al torcer un farallón de piedra, bruscamente, nos encontramos frente a un susurrante valle de oscuro verdor pero en nada espantable. Encinas, robles, abedules y hayas, entre otros, lo poblaban, destacando a trechos, en algunos puntos, los cipreses agrupados como centinelas aquí y acullá. Cantaban algunos pájaros invisibles y se percibía el fresco murmullo de los riachuelos. No, El Otro Mundo no estaba tan muerto como habíamos llegado a pensar en un principio, y para corroborarlo, la inconfundible fragancia de la madreselva vino a nuestro encuentro en gentil bienvenida. Me detuve, no estaba cansado, sin embargo adivinaba que algo iba a suceder en aquel mismo instante, y así fue.

El piafar de unos corceles y el sonido de sus cascos se percibieron entre la maleza del bosque y acto seguido hizo su aparición una regia comitiva cuya vanguardia presidía una dama, amazona en blanca cabalgadura tan lujosamente enjaezada como ella iba vestida, acompañándola un caballero ataviado con igual magnificencia y de noble porte.

Huelga decir que la tripulación del Neptuno se había detenido y que todos contemplábamos el espectáculo casi sin atrevernos a respirar, tan solo el perro de porcelana rompió el estupor que se apoderase de nosotros, con un ronco ladrido y echando a correr al encuentro de la pareja que en nuestra opinión debían ser, por lo menos, gentes de muy noble alcurnia, sino reyes, en aquella tierra desconocida.

La dama era joven y hermosa y el caballero, de agradable presencia, no resultaba mucho mayor que ella. Ante la proximidad del perro de porcelana vimos como la noble señora descabalgaba ágilmente, sin atender siquiera a la ayuda que sus pajes se precipitaron solícitos a ofrecerle. La dama se arrodilló abrazando cariñosamente al animal, y no nos habíamos repuesto aún de la sorpresa que el lance presentaba, cuando de la garganta del pequeño conde, surgió un grito desgarrador seguido de una palabra inconfundible,

-¡Madre!

Lo que siguió no lo recuerdo con demasiada claridad, comportamiento que no ha de ser vituperable dado que los hechos encerraban una gran emoción para los presentes. Creo recordar, y que se me disculpe si lo descrito no es lo preciso que debiera, como instantes más tarde, el conde y la condesa de Rameau, pues de ellos se trataba, estrechaban entre sus brazos al hijo del que un destino inflexible les había apartado.

Ante tal tierna escena, los rudos lobos de mar lloraban como niños. ¿Y que decir de mi, un muchacho quien, por desgracia, desde su infancia era huérfano?... ¡Ah, y cómo envidiaba yo en aquellos momentos al condesito, que por fin, había podido reunirse con sus amados padres!... Verdaderamente me hubiese sentido muy desamparado de no encontrarse a mi lado el capitán Ryan.

-Muchacho, -sentí que me decía- creo que nuestra misión ha concluido.

Pero se equivocaba, porque cuando cesaron las efusiones entre los condes y su hijo, se aproximaron a nosotros los padres del niño llevándole de la mano y, después de agradecernos cumplidamente el gran favor que les habíamos hecho, la condesa tomó la palabra y expresó el sentir del noble matrimonio, para nuestra inconmensurable sorpresa.

-Valeroso capitán, bondadoso joven, aún tenemos que solicitar de vuestra generosidad el postrer favor... A esta isla sólo se arriba cuando nuestros días terminan por Voluntad del Altísimo... Debéis partir pues, ya que aquí todavía no se halla vuestro lugar,... ni el de nuestro hijo... Marchad en buena hora llevándoos las bendiciones de unos padres cuya deuda con vosotros no podrá ser jamás pagada... Empero, partid con el pequeño, arrancadlo de El Otro Mundo, esfera a la que aún no pertenece, y vos, capitán, constituiros en su protector, prohijadlo si es menester y defendedlo contra todo mal, salvaguardándolo de sus tenaces enemigos... Atended, os lo suplico el ruego de esta atribulada madre, cuya tristeza es inmensa ya que renuncia al hijo que ama, por su propio bien.

El pequeño conde protestó:

-¡Padre, madre, permitid que me quede con vosotros!

La dama estrechó al niño fuertemente sobre su corazón y cubriéndole de besos, le dijo a él tanto como a Ryan y a mí:

-Un día, dentro de muchos años en tu tiempo, regresarás a esta isla, querido hijo, y luego vendrán tus hijos y los hijos de tus hijos, y ya no nos separaremos nunca y seremos muy felices con una dicha que en estos momentos tú no puedes ni llegar a imaginar... Hoy, sin embargo y por mucho que nos duela a ti y a nosotros, debes alejarte de estas costas sombrías y alcanzar la otra rivera, la que por derecho te corresponde...

-¡Madre, madre!... -lloró el niño.

El conde tomó entonces la palabra:

-Atiende a las sabias palabras de tu madre, hijo mío, debes volver al mundo del cual procedes, debes continuar el linaje de Rameau, y retornar en su momento al feudo que por herencia te corresponde, a reclamarlo como tuyo...

-Hijo querido, -agregó la condesa- la verdad ha de prevalecer cuando enseñes ese anillo que llevas en tu dedo, y, por encima de todo, la marca hereditaria que ha señalado siempre a la descendencia legítima de los condes de Rameau, los lunares que en tu espalda, debajo del omóplato izquierdo, forman la constelación de Sagitario... Además, hijo mío, el día que el auténtico conde de Rameau regrese al castillo de sus antepasados, no lo olvides, florecerán de nuevo los rosales del parque, no importa el tiempo en que hayan permanecido secos y muertos en apariencia... Este será uno de los más renombrados prodigios que harán pensar a las gentes, y de esta suerte, descreídos e ignorantes comprenderán...

En cuanto a ti, amable muchacho -estas fueron las últimas palabras que la condesa pronunció- nada tengo de valor material que pueda ofrecerte para premiar tu ayuda y la paciencia de que has hecho gala desinteresadamente, sabe, no obstante, que mi reconocimiento te acompañará siempre, y, si me lo permites, concédeme la gracia de un beso, pequeña muestra agradecida por todos tus desvelos.

Diciendo esto y sonriéndome con gran dulzura, la condesa de Rameau, se inclinó sobre mi frente depositando en ella un beso, yo cerré los ojos, y al abrirlos... Al abrirlos me encontré con que acababa de despertar en mi dormitorio del castillo de Rameau. Ya no olía a madreselvas, el rescoldo de la chimenea se había apagado, hacía un frío de mil demonios y por el ventanal de la habitación entraba la luz del amanecer.

¡Todo había sido un sueño!

Sigue...

Inicio