V CAPÍTULO (2)

Aquella noche cenaron juntos, obligación impuesta por las circunstancias, mas este tête-a-tête forzoso, se deslizó por mejores cauces de los previstos. La señora de Lille había cambiado su ropa gris de viaje por otra más adecuada de colores claros, que complementaba con un chal vaporoso, y parecía casi normal, en la opinión  del capitán que había temido cenar en un ambiente incómodo y se encontró con todo lo contrario.

O’Hara no era precisamente inocente ni obtuso, pero aquella mujer poseía la facultad de desconcertarle cada vez que se acercaba a ella.

La dama se había tomado la molestia de peinarse con esmero y lucía un discreto escote que mostraba tan solo el comienzo de la base de su cuello, esbelto y delicado. Se fijó él entonces en sus manos, despojadas de guantes, y tuvo que admirar involuntariamente su elegancia y belleza, sólo una cosa le sorprendió, que al dar ella vuelta a la diestra en un momento dado, él pudo advertir en su palma, en la base de los dedos, la huella inequívoca de haber trabajado en tareas impropias de su condición, y pensó ingenuamente que ignoraba que la pintura constituyese una tan ruda labor.

Cenaron a la luz de las lámparas y servidos por el cocinero del Buenaventura, pero no hubo ni sonrisas disimuladas ni miradas de complicidad que proviniesen del buen hombre ya acostumbrado, por otra parte, al eventual pasaje del barco.

La señora de Lille se mostró encantadora durante el transcurso de la cena y consiguió desarmar a Sean de sus prevenciones respecto a ella; no se burlaba de él y era amable, pero, por descontado, manteniendo las distancias, sin embargo fue lo suficientemente hábil para que él, inadvertidamente, le contase parte de su vida, como era hijo de una familia compuesta por muchos hermanos y escasos medios, como el padre faenaba en el mar con los hijos mayores y él había decidido enrolarse en un barco carguero empezando de grumete, para ir luego ascendiendo lentamente en un mundo todavía mas hostil debido a la situación política en la que le tocó crecer. Le habló del cura párroco de su aldea, de cómo gracias a él había aprendido a leer y a escribir y algo de aritmética, enseñanzas que después le fueran de gran utilidad, y de cómo, incluso, hubo una época en su vida en la cual pensó seriamente emigrar al Caribe y dedicarse al rentable oficio de corsario, o, como entonces se decía, navegar bajo otras banderas. Y cuando concluyó el largo monólogo, apenas interrumpido por alguna pregunta, sorprendido él mismo por la facilidad en que había entregado sus confidencias a aquella mujer extraña, creyó atisbar, a la incierta luz de las lámparas, algo semejante a un brillo sospechoso en los fríos ojos de la señora de Lille.

Ella bebió un sorbo de vino de su copa.

-Habéis tenido una vida muy interesante, capitán... A mí me hubiera gustado nacer hombre, hubiese tenido mucha mayor libertad de movimientos y, lo que es más importante, habría gobernado mi existencia.

Sean ya no se sorprendió al escucharla; esa forma de hablar encajaba con la dama.

-No creo que lo hagáis tan mal en vuestra condición, señora –repuso educado pero ligeramente irónico.

La señora de Lille se permitió una indescifrable sonrisa.

-Vivimos tiempos nuevos... mal que nos pese.

-¿Por qué decís eso?

-El precio ha sido demasiado elevado.

Él no supo que contestarle y se calló; al hallarse de por medio la Revolución Francesa, era consciente de lo mucho que ignoraba sobre ese particular y en referencia a su pasajera, aunque podía imaginarlo bien que de una manera imperfecta, ya que él no había vivido el Terror y la mujer que estaba enfrente suyo al otro lado de la mesa, indudablemente si. Se recordó a sí mismo criticando in mente su alusión al plato de gachas consumido en una mañana invernal, y por primera vez desde que la conocía, experimentó algo de vergüenza por haber emitido un juicio tan precipitado.

La señora de Lille cortó el hilo de sus reflexiones.

-Capitán O’Hara, quiero haceros unas preguntas que en nada os obligarán a faltar a la palabra dada a mister Smith... No, no frunzáis el ceño, y antes de protestar, juzgad sino, vos mismo, si tenéis la bondad.

-No os aseguro que...

-Lo sé perfectamente, capitán, si no os acomoda, guardad silencio.

Él la contempló con una desconfianza que renacía de sus cenizas.

-Capitán, ¿podríais decirme si mister Smith llevaba mucho equipaje?

-¿Es importante?

-Para mí, sí.

Él se quedó pensativo; no consideraba que lo fuese tanto, pero si que ciertamente le extrañó en su momento que el individuo no llevase más que una bolsa por todo impedimento de viaje. Sólo navegaron unas horas y en ningún instante abandonó el viajero su camarote pretextando hallarse indispuesto.

-Llevaba una bolsa y no muy grande.

-¿Le visteis bien el rostro?

-No demasiado; embarcó de noche, a la luz del día no le vi nunca, pues no llegamos a comer juntos, y descendió a tierra antes del alba. Se embozaba en una capa que le cubría el mentón con holgura y llevaba encasquetado un sombrero de ala ancha que sombreaba sus facciones.

Ella tuvo un irreprimible gesto de decepción.

-Con lo dicho no me aclaráis absolutamente nada, capitán O’Hara, describís a una persona sin facciones... ¿Le escuchasteis la voz cuanto menos?

Su interlocutor frunció el ceño irritado; la señora de Lille poseía la singular cualidad de sacarle fácilmente de sus casillas cuando se ponía impertinente.

-Y vos, señora, ¿habéis visto a mister Smith alguna vez?

-¿Escuchasteis su voz? –repitió la dama sin dignarse a responder.

-¡Claro que la escuché, voto al diablo!... ¿Es que pensáis que aparte de tonto soy sordo?

Ella le miró con frialdad, como el que es testigo de la rabieta de un niño pequeño.

-Moderad vuestro lenguaje, capitán... Sé que no sois tonto y mucho menos sordo, por eso os vuelvo a preguntar si escuchasteis su voz.

El marino respiró profundamente, y ella, en su fuero interno se dijo que estaba conteniéndose para no soltar una andanada de imprecaciones, lo cual le hizo gracia aunque procuró reprimir la sonrisa que sentía bailar en sus labios.

Sean evocó la noche en la que el maldito individuo pisó la cubierta del Buenaventura. Lo cierto es que no le había oído hablar casi, sólo lo justo para establecer el trato; embozado como iba, apenas le salió una voz ronca y susurrante, cosa que le hizo pensar que se hallaba acatarrado y puesto que no parecía muy sociable tampoco se esforzó en conversar con él las escasas horas en que estuvo a bordo.

-Hallábase resfriado, o así me lo pareció... Puedo aseguraros que no se trataba de un gran conversador.

-¿Recordáis si era alto?

-Menos que yo y un poco más que vos, no excesivamente.

Ella se sumió en sus reflexiones durante un interminable minuto.

-El mister Smith que yo he conocido se retrata a medias en vuestra descripción, pero sólo en la talla, por lo demás, embozado y hablando en voz baja y ronca, como aseguráis, tanto puede ser mister Smith como otro cualquiera, un hombre joven, una mujer...

-¿Significa eso que no estáis segura de seguir el rastro acertado?... Perdonad mi atrevimiento, pero, ¿vos le habéis visto el semblante a ese individuo en algún momento?

Ella jugueteó, abstraída, con un pedacito de pan que había caído junto a su plato, luego levantó el rostro para responder.

-Yo le he visto la cara a un tal mister Smith, un caballero de unos cincuenta años, calvo y excesivamente amable, pero vos no me habéis descrito a esa persona, ya que no le visteis las facciones.

-Lo siento, señora de Lille, mas al único mister Smith que he llevado en el Buenaventura de pasajero ha sido a ese, no a ningún otro, entonces, o es el que os interesa o se trata de una asombrosa coincidencia, decididlo vos misma.

-No puedo –expuso ella con sencillez-, por tanto debo atenerme a lo que ya sabemos: que alguien con ese nombre subió a vuestro barco la noche del 9 de mayo... Que vos le llevasteis a... donde haya sido, y que yo debo encontrarle; en todo este asunto eso es lo único que importa.

-¿Sea quién sea en quién se haya transformado? –preguntó él con cierto sarcasmo.

Ella alzó de nuevo su copa para beber, las facciones impasibles, los ojos insondables.

-En efecto, sea quien sea, vos lo habéis expresado a la perfección, capitán.

 

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