V CAPÍTULO (1)

El capitán O’Hara continuaba intrigado, aunque lo más indicado sería decir que esa intriga iba en aumento con cada nueva jornada; llevaban un día y medio de viaje y la señora de Lille acicateaba su curiosidad a medida que las horas transcurrían, lo cual no dejaba de molestarle ya que nunca se había caracterizado por entrometerse en la vida de los demás. Sean tenía un lema que era el patrón de conducta de su existencia: no se metía en donde nadie le llamaba y respetaba siempre la intimidad de los otros, en tanto esa privacidad no lesionara sus intereses, y en la circunstancia de la señora de Lille no iba a ser distinto aun cuando la enigmática mujer se comportara de una manera que hubiese atraído el interés del más indiferente.

La primera tarde de su estancia a bordo, una vez ella le cerrase educadamente la puerta del camarote en pleno rostro, la dama emergió de su interior, a poco que el barco ya navegaba en mar abierto, sin sombrero y con el abrigo bien abotonado. Peinaba sus cabellos a la moda sujetándolos en una especie de moño alto de clásicas reminiscencias, y el pelo, muy fino, parecía intentar desligarse de ondas y rizos impuestos, que bajo la luz del crepúsculo, recordaban polvo de oro. Él la miró sin comprender aquella falta de compostura en una dama, pues destocada y en alta mar con el viento en las velas, pronto su cabellera rubia flotaría libre de sujeción, y eso, sin saber por qué, le ponía de mal humor. La vio desplazarse por cubierta carente de vacilaciones ni síntomas de mareo como otras pasajeras que había llevado en travesías parecidas, muy segura de sí misma, e incluso hubiera podido jurar que muy satisfecha de encontrarse allí. Saludaba cortésmente a los marineros que se le iban cruzando, y, para asombro del capitán, éste la vio detenerse a hablar con su viejo contramaestre, quien, azorado al principio, era un hombre rudo y poco conversador por hábito, concluyó cediendo al encanto persuasorio de la dama hasta el extremo de sonreír y cruzar varias palabras con ella, lo cual, viniendo de Ebenezer Wilkes, no dejaba de ser lo más parecido a un milagro.

Luego ella, sin arredrarse, medio despeinada ya y con las mejillas arreboladas, se le aproximó.

-Vuestra nave es hermosa, estaréis orgulloso de ella.

Sean contó mentalmente hasta diez antes de responder. Su barco tenía muchos años y él nunca le conoció recién salido del astillero, hacía dos meses una tormenta por poco lo hunde en el fondo del mar y los arreglos posteriores no contribuyeron, que digamos, a embellecerlo precisamente, por todo esto las palabras de la dama resonaron burlonas en sus oídos.

-¿Os parece hermosa?, sois muy caritativa en vuestra apreciación... Bien es verdad que debió conocer tiempos mejores, aunque no conmigo.

Ella se quedó pensativa, como el que acaba de descubrir que se ha equivocado en algo. Luego dijo lentamente:

-Es una nave hermosa porque tiene carácter, igual que vuestro contramaestre... Capitán, existe una belleza que no es académica ni ornato de salones, pero es real y viva, tan real y tan viva como un plato humeante de gachas calientes sirviendo de desayuno para calmar el hambre en una fría mañana de invierno.

El genio vivo de su interlocutor le hubiera forzado, con cualquier otro que no fuese ella, a dar una respuesta sarcástica, como, por ejemplo: “será por lo mucho que vos habréis comido gachas en vuestra vida, para combatir el frío y el hambre en las mañanas invernales”, mas un elemental sentido de la diplomacia le contuvo; no era cuestión de estropear un buen negocio por mucho que le irritasen los comentarios de la señora de Lille.

Sean O’Hara era inteligente pero susceptible, aunque no con los de su propia clase sino con aquellos cuya posición social les colocaba en un nivel de superioridad que parecía otorgarles poder sobre él. De niño había tenido que sufrirlo en su Irlanda natal y siempre fueron los ingleses el motivo de su resentimiento, por eso a los 14 años se hizo a la mar y fue esta la única escuela en la que se educó empezando por lo más bajo hasta llegar a convertirse en dueño de su barco, un velero ya viejo y desportillado cuando lo ganase en una partida de cartas al borrachín del individuo que era entonces su capitán. Sean no ignoraba que el Buenaventura se trataba un armatoste pesado y lleno de remiendos que el día menos se lo pensasen acabaría durmiendo con los peces para toda la eternidad, pero el barco se había portado bien con él permitiéndole el transporte de mercancías cuyo negocio, si no le convertían en hombre acaudalado, por lo menos habían engrosado su bolsa permitiéndole soñar con tiempos mejores: un buen navío y rutas intercontinentales que le asegurasen la estabilidad en el futuro –naturalmente, si Napoleón no se decidía a conquistar los mares también-, y ahora venía la dama de los cabellos de oro y los acerados ojos azules, una vizcondesa, o lo que fuera, y se permitía la ironía de burlarse con bellas palabras, de su barco, y después, poníase a sermonearle hablándole de bobadas que nada tenían que ver ni con el Buenaventura ni con él, en un alarde de superioridad aristocrática, ella, una mujer que ignoraba lo duro que era ganarse el pan nuestro de cada día.

-No comprendo de qué me estáis hablando –farfulló él con aspereza deseando que cuanto antes regresara ella al camarote y dejase de molestar en el castillo de proa, mas la dama, incomprensiblemente, apoyó la espalda contra la baranda de la borda, dispuesta, al parecer, a que la conversación no terminase, con lo que el viento concluyó de alborotarle los cabellos, intensificando el malestar del capitán O’Hara cuya medida de los valores no encajaba el que una aristócrata se comportara de manera tan inadecuada, lo que a él colocabále en delicada postura ya que no sabía como tratarla.

-Disculpadme si os acabo de molestar con mis palabras, capitán –dijo ella entonces con una inesperada y dulce sonrisa-; no ha sido tal mi intención, os lo aseguro... Si he mencionado la belleza aplicándola a vuestro barco, y si he insistido con la alusión a vuestro contramaestre es porque–titubeó ligeramente-... soy... Me gusta pintar, dibujar, y es ahora, en la edad de la razón y en mejores circunstancias que en mis dos viajes anteriores, recordad, uno de ida en la infancia y otro de vuelta... regresando del infierno, que contemplo un barco con tranquilidad, me fijo en sus detalles y aprecio cuanto de artístico hay en el navío. Por ello le he pedido a Ebenezer Wilkes que me deje hacerle un retrato, y a vos, señor, que le deis licencia y me permitáis también realizar unos apuntes de vuestro navío.

Sean la contempló atónito; lo que menos hubiera esperado escuchar de sus labios era aquello. ¡Una mujer pintora, una dama de la alta sociedad que pintaba! Poco sabía él de artistas y cuadros y mucho menos de mujeres que a esos menesteres se dedicaran y había tenido que embarcarse en el Buenaventura semejante bicho raro, pero, ¿es que las mujeres podían pintar igual que los hombres? Él una vez conoció a un pintor y era un muerto de hambre por lo que nunca consideró que el arte poseyese utilidad práctica alguna a menos que se estuviera al servicio de gente rica y caprichosa... o se fuese uno de ellos, prepotente y excéntrico.

-Bien, ¿qué me decís? –la voz de la pasajera, algo impaciente, le sacó de su abstracción.

-¿Sobre la pintura?

-Yo diría mejor sobre el retrato del señor Wilkes, ya que él no aceptará si vos no otorgáis vuestro permiso, eso y los apuntes del Buenaventura; no llevo en mi equipaje más que útiles de dibujo.

-¿En alguna ocasión habéis recibido un no por respuesta? –preguntó él malhumorado, lo que tuvo la virtud de hacer reír a la señora de Lille, y, ¡por los clavos de Cristo que la dama tenía una risa muy atractiva!

-Más de una vez, capitán.

-Apuesto que serán contadas.

Ella se puso seria de nuevo.

-¿Aceptáis?

Él se encogió de hombros.

-Habrá tiempo de sobra para que ocupéis vuestro ocio con esa elegante distracción.

La dama frunció el ceño; ya no parecía divertida.

-No esperaba menos de vos, señor, pero os agradezco vuestra condescendencia –y dando media vuelta se alejó con paso firme hacia su camarote.

 

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