IV CAPÍTULO (3)

La casa constaba de tres pisos y los dormitorios se hallaban en el segundo. Llegadas a esa planta nos internamos por un corredor interminable apenas iluminado por algún que otro ventanal estrecho que miraba a la calle.

El servicio daba la impresión de haber desaparecido. Doblamos el pasillo y bruscamente dimos con una puerta abierta, al fondo de cuya pieza ardía un espléndido fuego dentro de una hermosa chimenea de mármol. Resultaba, como las demás, una sala muy amplia y de alto techo artesonado, en ella se amontonaban los muebles, como pretendiendo comunicar una sensación de suntuosidad que estaban muy lejos de lograr, y las paredes seguían ostentando sus extrañas marcas blanquecinas. Un par de criaditas trajinaban en la habitación apresuradamente, tenían las mejillas encendidas y reían entre sí, al vernos aparecer se dieron prisa en dar fin a sus quehaceres y con numerosas reverencias, abandonaron la estancia.

Depositando a Tiny en el suelo por el que correteó feliz al desentumecer las patitas, yo tiré de los cordones de mi capa arrojándola sobre un escabel, y mi prima se desprendió de los guantes y el sombrero, no así de la capa que salpicaban una gotas de lluvia, lo cual indicaba que había venido en carruaje hasta su hogar, lo que no dejaba de ser sorprendente si deducimos por su solitaria entrada, que no debía de haberla acompañado doncella alguna.

Se acercó al fuego y yo hice lo propio ya que nos hallábamos ateridas, también Tiny, que tomó posesión del hogar estableciendo el acomodo que iba a corresponderle de ahora en adelante. Las llamas iluminaban nuestros rostros.

Observé de reojo a mi flamante prima pues hasta momentos antes ignoraba de su existencia -incomprensible omisión maternal que con utilizar repetidamente el plural “nosotros” parecía haber cumplido-, y pensé que si se lavase la cara, el agradable color trigueño de su piel, limpio de afeites -un rostro maravilloso para ser pintado, cabello y ojos oscuros, con una gran viveza en la mirada-, la favorecería más que los polvos que la enmascaraban.

Ignoro como interpretaría Athénaïs aquella mirada porque de pronto me clavó la suya directamente.

-Ma chére cousine –informó sin ambages-, no vas a ser feliz en esta casa, tu tía Amélie es odiosa, siento reconocerlo porque es mi madre, y en cuanto a Jean-Baptiste, por decirlo de alguna manera elegante, es... pintoresco, no demasiado inteligente pero si astuto, y, sobre todo, desmesuradamente vanidoso... Es el ahijado de mamá, y no sé todavía porqué extraño motivo, su niño mimado. Vive con nosotras hace años, desde que murió mi padre a causa de las fiebres... Ya debes saber que es vizconde, ¿no es cierto?

Eso sí lo sabía, puesto que entre mi tía y él se habían encargado de recordármelo constantemente en el transcurso del incómodo viaje; Athénaïs prosiguió:

-Sus posesiones estaban en manos de prestamistas, pero no las ha perdido... todavía- hizo una pausa y me contempló intencionadamente-. Querida prima, quiero que sepas una cosa porque no creo que seas tonta y se te pueda embaucar fácilmente... Mi madre ha sido siempre una pésima administradora; en pocos años, la fortuna de mi pobre padre se dilapidó con presteza a su muerte. A mamá le gusta el juego y llevar un tren de vida impropio a sus rentas, por otra parte ya inexistentes, y que nos hubieran permitido vivir decorosamente, pero ella prefirió gastar sin tino, y después... –Athénaïs se abismó en un gesto de preocupación-Después... Tú has sido siempre rica y nunca te ha faltado nada absolutamente, entonces no puedes saber lo que es ser una dama sin poder vivir como tal, cayendo en manos de usureros y otros redomados bribones por el estilo... Buitres que se nutren de los despojos... Gracias al duque de Haworth, tu tío Michael, no caímos más bajo todavía, bien es verdad, ya que el hermano de tu padre era un bondadoso caballero, y a una angustiada petición de dinero de mi madre, nos fue proveyendo con regularidad de cantidades que durante todos estos años han permitido que viviésemos con algún desahogo, y aun hubiera podido ser con cierta holgura de no mediar el poco juicio de mi madre que siempre gasta más de lo que tiene... Ahora estás tú, y tú significas para nosotros más de lo que puedas imaginarte, incluyendo a Jean-Baptiste como es de obligación... Ma petite-abandonó su cínica e impropia sonrisa para acariciarme la mejilla en un súbito, y, según podría apreciar al conocerla mejor, insólito arranque de ternura-, no te abraces a nosotros creyendo que somos la familia que siempre soñaste poseer; mamá es mezquina y codiciosa, Jean -Baptiste demasiado egoísta y yo...

No le pregunté nada, limitándome a contemplarla y ella continuó:

-Yo también soy... original, aunque de una manera muy distinta a Jean-Baptiste- al hacer esta puntualización se echó a reír alegremente como si acabara de contar una historia muy divertida-, mi originalidad consiste en no ser igual que las demás jóvenes de mi edad y condición; yo no languideceré detrás de los cristales a la espera de un improbable esposo que quiera casarse con una muchacha sin dote... Hace años mi madre pensó en ingresarme en un convento... pero luego cambió de opinión... –medió una larga pausa en la que Athénaïs dio la impresión de hallarse muy lejos de mí, perdida en unos recuerdos que nada tenían de hermoso- Me gusta dar largos paseos...

Se interrumpió bruscamente, ensombreciéndose su rostro todavía más, y una mueca profunda de amargura afeó los bonitos y gordezuelos labios, ante mis ojos acababa de envejecer por lo menos 20 años; mucho después, en el transcurso de nuestra mutua relación, pude advertir que la amargura era una nota dominante en su vida, algo que desfiguraba su juventud, tanto física como espiritualmente, y no lo entendí hasta que años más tarde, rica en unas experiencias impuestas por el destino y, por lo tanto, indeseadas, llegué a la comprensión de que su madre había vendido la virginidad de Athénaïs al mejor postor apenas dejó de ser ésta una niña, pero ni el don del rey Midas hubiera colmado el hambre de oro de aquella insaciable y estúpida mujer.

-Me gusta dar largos paseos, que tal vez no conduzcan a ninguna parte...

Yo, ingenuamente, le pregunté:

-¿Adónde quieres ir?

De nuevo pude ver la irónica sonrisa en sus labios.

-¿Qué adónde quiero ir?... No lo sé, si lo supiera hace mucho tiempo que no habría vuelto a esta casa...

Todo aquello era muy abstruso para mi, una niña que se sabía huérfana y abandonada a su suerte. El mundo extraño  e inquietante de mis nuevos parientes, no podía ser el mío ni sus problemas atormentarme, yo sólo echaba en falta a tío Michael, añorando desesperadamente nuestro hermoso castillo de Haworth, lo demás no era más que una pesadilla de la que en mi fuero interno anhelaba despertar.

 

Inicio