| IV CAPÍTULO (2) | |||
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Recuerdo que lo primero que me sorprendió
en la casa, fueron los muebles, extrañamente movidos de sus emplazamientos
habituales, como si hubieran sido puestos con precipitación en sus antiguos
lugares. En las paredes, impregnadas de humedad, destacaba, en doble silueta,
la sombra pálida del mueble; no los habían ajustado bien sobre ellas.
Tampoco el servicio antojóseme demasiado normal, nos esperaban alineados
en el vestíbulo y me pareció que mostraban evidentes deseos de agradar
a sus amos, no ostentando la severa dignidad de nuestra servidumbre en
el castillo, muy en su sitio, sin sonrisas obsequiosas, ni nerviosas,
y continuas reverencias.
Tía Amélie, delante de sus criados cambió de manera radical y fue tan desconcertante como ellos mismos, ofreciendo señales de igual inseguridad en su papel de ama, pareja a la que ellos daban en el suyo; tía Amélie se tornó histérica y despótica en cuestión de segundos, lo mismo que si el servicio se le fuera a escapar de las manos o como abrigando dudas acerca de si iba a ser obedecida, y aquello, pese a mi embotamiento, volvió a llamarme la atención. La servidumbre desapareció prestamente en medio de una tempestad de chillidos, subrayados por algunos comentarios impertinentes de Jean-Baptiste, y de pronto nos encontramos solos en el inmenso y destartalado hall, apenas confortados con la raquítica presencia de un lamentable fueguecillo que ardía en la chimenea. Tía Amélie volvió a reír con aquella risa suya tan tonta, y me dijo nerviosa, mientras se acercaba a la lumbre para calentarse las manos: -Indiscutiblemente, esto no es Haworth Manor, ¿verdad? A lo que yo respondí, con mi flema más británica: -Cierto, no lo es. Mi tía, que no se esperaba semejante respuesta, me contempló boquiabierta, y Jean-Baptiste, por primera vez, dio señales de ser humano, al soltar una estentórea carcajada. Yo miré al uno y a la otra sin comprenderles. Llevando en mis brazos a Tiny, me había quedado de pie en el centro de la sala, puesta todavía la capa de viaje, y debo señalar que mi tía y su ahijado aún no se habían despojado de las suyas. Aquella desidia por parte de los criados, empezó a irritarme, yo no estaba acostumbrada a eso, y entonces hablé: -¿No va a venir nadie a llevarse las capas? Tía Amélie dio un respingo y me contempló con sorpresa, pero fue Jean-Baptiste quien repuso. -Aquí hace demasiado frío, querida prima, esperad a subir a vuestro aposento en donde arde un buen fuego. -¿A qué tengo que esperar? La sonrisa se desvaneció de sus labios; yo le estaba tratando como ellos no sabían tratar a sus criados. Titubeando me dijo: -Se están ultimando los preparativos en vuestras habitaciones. Iba a responder si no hubo tiempo en varios días para acondicionarlas, cuando unos bruscos aldabonazos golpearon contra el portalón de la entrada. Jean-Baptiste hizo entonces un inexplicable movimiento en dirección a la puerta, pero una fulminante mirada de tía Amélie le detuvo apenas esbozado el gesto. Se escucharon pasos apresurados que resonaban a hueco por el corredor, y apareció un jadeante sirviente procediendo acto seguido a abrir la puerta. Tuve un estremecimiento de disgusto; todo aquello era horriblemente sórdido. Al abrirse la puerta penetró una ráfaga de viento helado y algunas gotas de lluvia y, con ellas, una muchacha de cabellos castaños, menudita, que aparentaba contar entre 16 o 17 años. Sus facciones eran pequeñas y sus ojos, inmensos, reflejaban el color de sus cabellos; dándome cuenta entonces de que no llevaba peluca, repasé su traje, sobrio pero elegante, y no supe como clasificarla para mi desconcierto, ya que seguía resultando en todo tan extraña como mi tía, su ahijado, la casa y el servicio. -Chérie –ronroneó tía Amélie-, es tu prima. Todavía no sé a cuál de las dos se lo dijo. La muchacha se acercó a mí. En oposición a su madre y al afectado Jean-Baptiste, ella era la única persona normal de la familia, sin exuberancias ni pomposidades ridículas, tal vez demasiado tranquila, sin duda herencia de una sangre anglosajona que contrastaba con su aspecto inequívocamente francés. Espontáneamente me alargó sus enguantadas manos, asiendo las mías. -Soy tu prima Athénaïs –se presentó con amable sonrisa-, bienvenida a casa, has debido tener un viaje muy fatigoso, ¿no es cierto? A mis 12 años yo era mucho más alta que ella, alta, flaca -y nada agraciada en contraste con su cálido y redondeado encanto-, y tuve que inclinarme ligeramente para que me besara. Athénaïs se volvió hacia su madre con una leve sonrisa burlona en los labios. -Supongo que... nuestro diligente servicio ya habrá terminado de acondicionar las habitaciones de Cordelia, mamá. ¿Podemos subir? Y, sin aguardar respuesta, me cogió del brazo llevándoseme escaleras arriba. Si yo no hubiera sido tan joven, ese habría sido el momento de hacerse muchas preguntas, pero como carecía de malicia, aunque algo sorprendida por lo que en mi fuero interno atribuía a costumbres extranjeras, no me las hice dando origen a lagunas que con el tiempo se convertirían en insondables y que aún hoy, habiendo transcurrido tantos años, rehúso profundizar ya que sólo el pensarlo me inquieta.
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