| IV CAPÍTULO (1) | |||
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Crucé el canal acompañada por uno de los abogados de la firma que se encargaba de administrar mis bienes, mi perro Tiny, un cariñoso King Charles Spaniel, y de una doncella de Haworth Manor, en el que se quedó el resto del servicio cuidando del castillo hasta mi regreso, por el momento muy distante. Cláusula incomprensible aquella, debía llegar a Francia simbólicamente desnuda de afectos, alejada de los entrañables rostros conocidos -pues la doncella regresaría a Inglaterra-, para renacer en la nueva tierra que tan poco familiar me era, ¿por qué? Desembarcamos en Calais luego de una travesía sin incidentes, y al bajar a tierra en un día gris y lluvioso, con la precipitada despedida del abogado que se llevó a mi sirvienta consigo, vi por primera vez a tía Amélie, en aquella memorable ocasión acompañada por su ahijado Jean-Baptiste, porque no era decoroso, ni lo es en nuestros días, el que una dama viaje sola. Contemplaba fijamente a tía Amélie y no acababa de comprenderla bien; era la primera mujer francesa que veía y en ese instante achaqué a su nacionalidad todo cuanto de extraño y como desmesurado encontré en ella, y no es que fuese una mujer enorme, de aspecto amenazador y voz de soldado, al contrario, era pequeña, menudita y sumamente graciosa de ademanes, su voz, además, recordaba el canto de los pájaros, era en todo y por todo exquisitamente femenina, tal vez en exceso, o por lo menos esa impresión comunicaba, acostumbrada, como estaba yo, a la deportiva elegancia de las mujeres de mi clase. En tía Amélie abundaban los lazos y los adornos, se ahogaba en encajes y en joyas, abusando de una ostentación que en mi ignorancia infantil no supe calibrar debidamente advirtiendo que sus adornos, las joyas que lucía, eran falsas, y así pues el efecto que me hizo toda ella fue el de un pequeño y brillante faisán vanidoso. Como ya era mayor, y nunca fuese hermosa, los años y esa deficiencia, contribuían a que su rostro no resultara precisamente agradable, ya que en él se acusaban los estigmas de unas pasiones sórdidas: avaricia, entrometimiento, hipocresía, y también una mezquina y rastrera crueldad; podía tener la indudable distinción que otorga un linaje antiguo, en mi mundo nadie había que no lo tuviese, pero en ella la nobleza de la raza se apreciaba menoscabada por la índole de su carácter. No poseía una bonita sonrisa y la mirada de sus ojillos era servil y huidiza. En suma, que todo el conjunto me produjo una impresión de invencible repugnancia. Tía Amélie me sofocó en un abrazo efusivo, íntimo y asqueroso, llenándome al mismo tiempo de mocos y lágrimas. -Ma pauvre petite, ma pauvre petite! –gorjeó mientras me aplastaba sin piedad contra su voluminoso busto- Te has quedado solita en este valle de lágrimas... ¡Pobre pequeña Cordelia, gracias debes dar al cielo de que nos tienes a nosotros, tu única familia, desventurada huérfana!... ¡Y has venido con ese abogado atravesando el mar, ¿y si se llega a desatar un temporal?, éramos nosotros quienes, infeliz criatura, teníamos que haber ido a buscarte, o mejor todavía, marchar a vivir a Inglaterra contigo, para cuidarte, pero...! El “pero” era esa otra cláusula que ya había olvidado -existían demasiadas en el testamento y escasamente comprensibles a los ojos de una niña de 12 años-, no así tía Amélie: se me obligaba a ir a vivir a Francia mas se le prohibía a ella poner el pie en Inglaterra, so pena de perder mi tutoría, el porqué de la causa de esta última imposición nunca lo comprendí aunque fue premonitorio, ahora, al principio de mi estancia en tierra francesa, reproché en más de una ocasión a tío Michael, su insólita ocurrencia. Yo echaba de menos mi país y estaba aprendiendo a odiar a los franceses gracias a tía Amélie. -... claro que en nosotras tendrás a la familia que has perdido... –proseguía repetitiva la mujer con su incesante verborrea- Yo seré una madre para ti y Jean-Baptiste... Le tocó entonces el turno a Jean-Baptiste, porque todo había sido muy rápido y, después de la primera ojeada conjunta, mi atención la acaparó tía Amélie. -Ma cousine- dijo afectadamente Jean-Baptiste, y fue la primera vez que le oí hablar-, bien venue a la France! Contaba entonces 24 años y yo nunca había visto a un hombre que le sobrepasara en belleza, aunque no dejaba de reconocer en la perfección de sus rasgos algo frío, y tan artificioso como la misma tía Amélie. “Bueno, pensé resignada, quizás todos los franceses sean así”, pero la idea no me entusiasmó. Jean-Baptiste era moreno –pese a los afeites-, muy moreno para mi gusto, acostumbrada a rostros pálidos o sonrosados; tenía una sonrisa blanca y afectada, los labios gruesos y voluptuosos, la nariz pequeña y casi femenina, el rostro delgado y unos increíbles ojos que cambiaban de color según el lugar en donde se hallaran, grises en la ciudad, verdes en el campo y azules junto al mar. Un día, advirtiéndolo, se lo comenté tímidamente a lo que él repuso con petulancia: “-Estos ojos míos recuerdan a las proserpinas” -y como yo no supiese lo que era exactamente una proserpina, él me lo explicó-: son gemas que cambian de color según transcurren las horas del día.” También él cambiaba según transcurriesen los minutos del día, porque en mi vida he conocido a nadie más lunático; tal vez por pertenecer Jean-Baptiste al signo zodiacal de Cáncer, pueda explicarse esta peculiaridad de su carácter. El ahijado de mi tía, al que tuve que llamar primo desde ese día, era, pues, otra replica en ave del paraíso al faisán pequeño y satisfecho de tía Amélie. Me llamaron mucho la atención sus gestos amanerados y su teatral forma de expresarse, pero como no conocía absolutamente en nada a los franceses tuve que suponer que eran así todos. Yo sabía el idioma, sin embargo me aturdió escucharles hablar en el, supongo que era la falta de costumbre, aquel acento tan exagerado, aquella ampulosidad, aquellos ademanes, aquellas ruidosas exclamaciones. En la posada en donde me entregó a mi destino el encargado de custodiarme durante la travesía, creí introducirme en un mundo de locos, toda la gente gritaba y nadie se entendía; la posada era humilde, demasiada para mi gusto, por no decir miserable, pero creí deducir que no había nada mejor en aquella horrible ciudad, y como se me avisó de que dormiría allí y que a la mañana siguiente partiríamos rumbo a París, no especulé más con la idea. Me hallaba demasiado cansada y me sentía muy triste y lo único que deseaba en esos momentos, era meterme en un lecho -y dormir abrazada a Tiny tan asustado como yo-, ni tan siquiera comer algo, sólo dormir. Sólo dormir y olvidar... Si hubiera podido... Mi primer viaje, mi primer país extranjero, el desarraigo total de Haworth Manor... Promediaba el invierno por aquellas fechas y en el comedor de la posada ardía un buen fuego, avancé mis ateridas manos hacia las alegres llamas y recuerdo que pensé: “qué contentas están, igual como si su vida fuese a ser eterna, y en cuanto se consuman los troncos ellas también morirán.” No se puede culpar a una niña de doce años, que repentinamente se encuentra sola en la vida, pensamientos tan reiterados sobre la muerte.. Ahora, situada en la lejanía del tiempo, puedo contemplar la perspectiva de aquellos momentos tan importantes para mí, y me doy pena porque ya conozco el destino de la niñita que era entonces, sé todo lo que le va a suceder y tiemblo por ella. Dormí mal aquella noche y Tiny también, y lloré en sueños, debí hacerlo puesto que amanecí con los ojos hinchados y rojos, mas fuera de esa muestra de debilidad escondida, no demostré ningún otro síntoma que permitiera decir a los demás que yo era una criatura llorona. De ahí en adelante, de Calais en adelante podríamos decir, me convertí en la que siempre he sido hasta hoy, una mujer reservada, impasible en apariencia y que sabe dominar sus emociones. Jean-Baptiste me adjudicaba el calificativo de “fría como el hielo”, y el querido duque de Chardonne, remeciendo la cabeza preocupado, solía amonestarme con estas palabras: “-Vous étais très anglaise encore, ma petite, très anglaise.” En el “todavía” se equivocaba; jamás he dejado de serlo. Nunca he sido una belleza, tal vez lo que haya salvado mi rostro sean los ojos, enormes y de un claro azul porcelana; mis ojos, que podían ser la única fuete de expresión si yo lo deseaba, aprendieron a velarse bajo las pestañas, y así cobré fama de niña apacible e insignificante, de mujer discreta y recatada. El viaje hacia París constituyó una tortura para mi fatigado cuerpecito; tardamos varios días en llegar, y en ellos conocí otras tantas sórdidas hospederías, lo cual no dejaba de asombrarme, y muchas gentes ruines que eran sus clientes; a una ingenua pregunta mía sobre si todas las posadas francesas eran tan miserables, tía Amélie enrojeció, respondiéndome apresuradamente que habíamos elegido un camino en cuyo trayecto los hostales no eran tan buenos como hubiera sido de desear, pero, añadió nerviosa que, en su casa de París, me encontraría muy a gusto y cómoda, descansando de todas mis fatigas; “los viajes –agregó con una fea risita conejil-, son siempre muy cansados, y mucho más para las damas”. Aprendí a odiar esa palabra que siempre tenía en boca, “damas”, y en más de una ocasión, desde entonces, pensé que me gustaría ser un caballo trotón, el menos refinado de los caballos, y destrozar las estancias de su casa en un galope desenfrenado. De sobras sabía yo que era una dama, pero escuchárselo como un latiguillo recordatorio obligado cada dos frases, resultaba algo superior a mis fuerzas. Entramos lloviendo en París y la imagen que me ofreció la hermosa ciudad fue desoladora, cansada y malhumorada como me hallaba; la casa de tía Amélie, viejo caserón de sucia fachada, situado en un barrio a tono con su decrepitud, no contribuyó a endulzar la impresión recibida pues todo lo que descubría mi infantil mirada me causaba una efecto desagradable en aquellos momentos iniciales.
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