| XXIII CAPÍTULO (2) | |||
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Los días que siguieron fueron maravillosos porque descubrí que amaba a Maurice venciendo lejanos fantasmas y que ese amor no había nacido al conjuro de unas noches apasionadas, sino mucho antes, cuando le vi por primera vez ya que no conseguí olvidarle después, pero no me adentré en arduas introspecciones mentales; no tenía nada que analizar, los hechos, por si solos me demostraban lo hermoso que puede ser el amor, ese don que un hada malvada había querido negarme, y aquello era suficiente. Luego comencé a recobrarme a mi misma lejos de inquietudes y penurias y por primera vez en mi vida fui consciente por entero de lo que representa para una mujer el contacto de la tela de un vestido nuevo pues antes jamás había sabido apreciarlo. Era como renacer a todo, poder sentirme tranquila en el interior de una casa, libre de inquietudes al salir a la calle, no tener más prisa que la de un involuntario retraso y dormir sin ese sueño pesado, pero al tiempo tan frágil, que hace que no descanses por completo y el más mínimo rumor te despierte bruscamente.
Maurice me procuró un céntrico hotelito de dos pisos, agenciándome la mínima servidumbre que en aquella época era lícito tener. Él ya no vivía en la antigua casa que fuera mi refugio, y aunque Mamá Agnes continuaba como su ama de llaves, la discreción obligaba a mantener las buenas formas... La discreción, o la hipocresía secularmente instituida y no tan fácilmente reemplazable incluso pese a la revolución, porque nadie podía ignorar que siendo la esposa de Jean-Baptiste vizconde de Rameau -quien no había muerto aunque sí permaneciese en ignorado paradero-, Maurice y yo fuéramos amantes, destino el de mi marido, que bien podía excusar muchas conductas en una época tan carente de prejuicios como aquella, ya que después del Terror todas las gentes, poderosas o miserables, lo único que deseaban era vivir... siempre que se mantuviese un cierto decoro de cara a la galería. Comencé a serenar mi existencia y a adaptarme a aquel resucitado y eternamente desconcertante París, que no cesaba de recordarme, por su frivolidad y aparente despreocupación, los tiempos que precedieron a la caída de los reyes. La moda en el vestir había experimentado un cambio radical cuya musa inspiradora fue Teresa Cabarrús, y así los trajes eran cómodos y ligeros e impecablemente elegantes, como a Francia correspondía, pero en todo ello había algo que no cuadraba y que yo no acababa de entender muy bien; no se sale de un mar de sangre para hundirse en un abismo de superficialidad. Los ciudadanos eran los mismos, antes víctimas o perseguidores, y comunicaban la sensación de haber cambiado cientos de años en pocas semanas; y ello resultaba para mí absurdo, una pura inconsecuencia negligente y hasta delictiva. Lo que antes hubiera sido causa de delación o guillotina, resultaba ahora casi una honra o un ejemplar motivo de satisfacciones, cuando no de risa amable que parecía asentar los cimientos del mejor de los mundos. Las damas de la nueva sociedad, rivalizaban a porfía por llamarse amigas de Teresa Cabarrús, y, por extensión, también querían serlo mías, ni siquiera el hecho de que mis orígenes fuesen británicos –con lo que eso había significado, y significaba, entonces-, era óbice para que me buscasen con cualquier pretexto y desearan, (¡oh, Dios mío, que horror!), que les hiciese un retrato. El esnobismo, esa palabra genuinamente inglesa, había extendido profundas sus raíces, en la martirizada tierra francesa. Si Teresa Cabarrús era Nuestra Señora de Thermidor, causa milagrosa del cambio -y no dejaba de ser irónico que se mencionasen milagros y se estableciesen paralelismos con la Madre del Redentor, cuando oficialmente se adoraba al Ser Supremo-, yo era en mi pequeña medida y en opinión de muchos, importantísima, la petite anglaise, heroína salvadora del gran Maurice Dubois, al que ya empezaban a llamar así, como en una huída a toda denominación altisonante y anticuada, de una ridícula antigüedad de sólo tres años apenas. El ciudadano “bien vigilante”, había pasado a ser, simplemente, el ciudadano Dubois, y yo era la amiga del ciudadano Dubois, una ex vizcondesa, que no ex duquesa, y todo ello me confería una irresistible pátina de seducción que me tornaba indispensable en salidas y actos públicos sociales; tras la pausa sangrienta, volvía a ser el centro de interés en mi reducido medio, no había sido mucho mayor la corte de Versalles y de igual manera absorbente, vacía y necia, porque, en realidad, nada cambió en esencia. Ahora sólo faltaba ver quien iba a ocupar el vacío dejado por el Incorruptible, estaba Barras, cierto, pero, ¿era éste el hombre que Francia necesitaba? Maurice tenía sus dudas; después de haber vivido intensamente sus ideales utópicos, tan maltratados por la realidad de los hechos, prefería no pronunciarse abiertamente por nadie, y aguardaba con una fe conmovedora a que los líderes post revolucionarios estuviesen a la altura de las circunstancias, pero los nombres no le importaban, en realidad nunca le habían importado.
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