XXIII CAPÍTULO (1)

-¡Bravo!

Después del pistoletazo y el silencio subsiguiente, la voz de Marianne, me devolvió a la realidad. Se encontraba sentada en el suelo acariciándose la mandíbula con gesto dolorido, pero aun y así no le faltó entusiasmo a su exclamación. Yo la contemplé aterrada.

-¡Marianne, acabo de matar a un hombre!

Ella ya se incorporaba torpemente.

-Decid mejor a una alimaña, que eso es lo que habéis exterminado.

Y como alimaña fue enterrado en el bosque en un pequeño calvero natural, sin túmulos ni cruces que indicaran su tránsito. Apisonamos cuidadosamente tierra sobre la tumba y esparcimos en derredor guijarros y pequeñas piedras tal como habían estado antes de que cavásemos la fosa.

Marianne observó la labor realizada con el ojo crítico del trabajador concienzudo, mientras se apoyaba sobre el extremo de la azada, luego, una vez más, se enjugó, el sudor con el dorso de la mano y pronunció un lapidario epitafio:

-Comprendéis ahora lo acertado que es no olvidar, viajando, los aperos de labranza.

Cuando por fin arribamos a nuestro destino, mi compañera daba muestras de no acordarse del incidente del mediodía, para ella desprovisto de importancia, aunque quizás deba reconocer que posiblemente en mi obsequio, forzaba esa despreocupación. Yo, aturdida, no había dicho gran cosa durante el resto del viaje ni ella me había importunado con enojosos comentarios. Aparentaba estar tranquila y muy contenta ya que finalmente íbamos a reunirnos con el ciudadano Bienveillant, y cuando entramos en el pueblo en donde Maurice se ocultaba, lo único que mencionó en alusión a nuestras pasadas angustias, fue:

-Borrad de vuestra memoria lo que ha sucedido en las últimas horas; no es bueno cargar con el fardo de cierta clase de recuerdos.

Y más tarde, al detenernos frente a una humilde casita comienzo de una calle solitaria en las afueras de aquel lugar, dijo:

-Descended y entrad, aquí tenéis la llave, yo voy comprobar si el ciudadano ya ha regresado de un viaje que tenía que hacer. En la casa hay comida y bebida y podréis descansar. Regresaré tarde, pero no temáis, este es un pueblo tranquilo y nadie llamará a vuestra puerta para importunaros.

Bajé de la carreta sin haberme atrevido a preguntarle si Maurice vendría con ella o yo tardaría en verle de nuevo. Resultaba tan frívolo perderse en esos detalles estando la seguridad de todos pendiente de un hilo.

El interior de la morada me recordó, e ignoro la causa, aquella otra destartalada que, en París, había hecho los oficios de refugio cuando Jean-Baptiste y yo fuimos rescatados de la prisión, empero ésta era rústica y muy pobre, mientras la primera, aun con sus muebles que conocieran mejores tiempos, no. ¿Creía encontrar esos paralelismos al haber sido conjurados, otra vez, los peligros que acechaban mi vida?

Comí, bebí, ya que bien lo necesitaba después del forzado ayuno al que los acontecimientos nos habían empujado, procediendo luego a asearme, con el agua de un pozo situado en la parte de posterior de la casa y al que se accedía por la puerta trasera del edificio, pozo de un huerto pequeño y descuidado en el cual más crecían las malas hierbas que no las verduras. Pensé, con un estremecimiento, si debajo de aquella tierra, no se ocultarían más tumbas anónimas.

Después, como me hallaba muy cansada, me eché sobre el camastro que se encontraba en una de las dos habitaciones del piso alto, y el sueño me arrastró hacia sus dominios.

Cuando me desperté era noche cerrada y si lo hice fue porque el rumor de unos pasos cautelosos subiendo por la escalera tuvieron la virtud de alertarme, ya que mis nervios estaban lo suficientemente a flor de piel como para mantenerse vigilantes incluso en el más completo descanso.

Somnolienta, el crujido de los escalones de madera, me hicieron concebir la fantasía de que Montauvernie había surgido de su tumba y muerto viviente, regresaba para castigarme por haberle asesinado, o, peor aún, que alguien nos había delatado y venían a prenderme.

Me sentí acorralada y el miedo hizo que mi corazón desbocara sus latidos y me empezase a bañar un sudor frío. ¡Era imposible la huída; todo había concluido... !

Los pasos se detuvieron frente a mi puerta y ésta fue empujada, la luz de una vela me deslumbró momentáneamente... y entonces me despejé de súbito comprendiendo que se trataba de Marianne quien acababa de volver tarde según ya me advirtiese.

-¡Oh, Marianne, estaba dormida y al despertarme vuestros pasos, he sido tan necia que he creído que... !

Depositaron cuidadosamente la vela sobre el entarimado, iluminando su luz de abajo arriba, el rostro de quien la portaba.

-¡Maurice!

-¡Amada mía!

Y ya no hubo más palabras.

A la mañana siguiente, después de una noche de amor tanto más maravillosa cuanto que ninguno de los dos habíamos creído posible que se repitiese de nuevo, Maurice y yo éramos como dos niños recién nacidos a un mundo distinto, porque si Montauvernie ya no existía, Robespierre tampoco; esta fue la noticia con que el ciudadano Bienveillant me dio los buenos días. ¡Todo había sucedido tan rápidamente!

Durante mi viaje, que se había iniciado en cuanto me despedí de Mamá Agnes, habían ido transcurriendo las jornadas sin que prácticamente me hubiese tomado la molestia de contarlas, ya en la granja estaba bastante desorientada con respecto a las fechas debido a los cambios efectuados en el calendario, y así no ignorando que estábamos en julio, Thermidor para los revolucionarios, no sabía con exactitud en el día que vivíamos, empero, sin noticias de la situación, poco importaba el que lo supiera o no pues mi presencia en el momento histórico no era determinante, pero la de Maurice, si, y al estar yo vinculada a él, todo lo que hubiera sucedido en aquellas semanas resultaba trascendental para ambos.

Cuando el ciudadano Bienveillant tuvo que huir de París al ser buscado por los esbirros del tirano, después de visitarnos, apenas se ocultó unos días en diversos lugares que al paso encontró, los suficientes como para darse cuenta también que en provincias habían brotado muchos émulos de Robespierre y que el salvajismo, la barbarie y el despotismo de los insignificantes habían cambiado por completo el lema de la Revolución Francesa. Ello le hizo reflexionar y comprendió que tenia que llevar su informe a la capital, donde Tallien y Barras pudieran estudiarlo cuanto antes, ya que si Robespierre era la cabeza visible, los demás, sus fieles seguidores, representaban a la Hidra, es decir, que el peligro no concluía sólo con Robespierre, y para ello había que proceder con mucha rapidez si quería alcanzarse la victoria.

Maurice volvió entonces a París, arriesgándose a ser detenido, y la maquinaria se puso en marcha, también, porque a la aristócrata Teresa Cabarrús iban a llevarla frente al Tribunal Revolucionario, y el ciudadano Tallien, que lo temía desde mucho tiempo antes, no podía consentirlo, máxime cuando el 7 Thermidor Teresa le envió una carta de despedida a su amante desde la prisión, en la que le hablaba de un sueño que había tenido en el cual el tirano ya no existía, “pero que ella no llegaría a verlo pues moriría pronto”.

El 27 de julio de 1794, inolvidable 9 Thermidor, Saint-Just leyó su discurso en la Convención, pero Tallien intervino y poco después, cuando Robespierre pretendió tomar la palabra se escucharon inesperados gritos de “¡abajo el tirano!” y todo concluyó arrestando los gendarmes a Maximiliano y a varios más, entre ellos al propio Saint-Just. Más tarde reinó la consiguiente confusión, los fieles a Robespierre quisieron dar un contragolpe, pero falló, y Barras, convertido en jefe de la fuerza armada, tomó el mando con tanta decisión como oportunidad. El día 28 de julio, Robespierre fue guillotinado con su camarilla, entre los vítores del pueblo.

Después de esto, en París se hizo la calma. Tallien había salvado a su amante, y cesaron las ejecuciones públicas, entonces el ciudadano Bienveillant cogió un caballo y marchó, quemando etapas, al pueblo en donde, si no había habido percances, tenía que encontrarse con Cordelia, vizcondesa de Rameau por su matrimonio y duquesa de Haworth por su nacimiento; ya nada importaba que un revolucionario demostrase su amor por una aristócrata; Teresa Cabarrús nos había absuelto a todos.

Fue un despertar feliz, nada podía enturbiarnos la serenidad de aquellos momentos, y, mientras Maurice y yo preparábamos el desayuno entre risas, decidí seguir el consejo de Marianne en lo concerniente a que me desprendiese del fardo del pasado; ella tenía razón, no olvidar hubiese sido rendir un tributo a quienes no se lo merecían y vivir amargada para el resto de mi existencia y eso no debía hacerlo porque ya había pagado el precio, un precio demasiado alto, siendo inocente, y la cuenta estaba saldada.

Aquella mañana lucía el sol en el cielo y en nuestros corazones. Nos reunimos con Marianne un poco más tarde y comprendí que ninguno de los dos la había engañado respecto a lo que pudiera haber entre nosotros, porque nos observaba con una mirada entre irónica y maternal que contribuyó a que nos sintiéramos todavía más dichosos.

Luego las obligaciones de Maurice se impusieron y partimos al cabo de dos días en dirección a París, pero en un coche  y Marianne no nos acompañó puesto que su labor se desarrollaba en aquellas tierras y había mucho que hacer aún.

(¿Calais?... Creo que no recordé que lo estipulado era regresar a Inglaterra, ni entonces, ni transcurridas algunas semanas, y cuando lo hice no me importó en absoluto el retraso.)

 

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