| XXII CAPÍTULO (II) | |||
|
|
|||
|
Habían transcurrido apenas seis años, pero los acontecimientos históricos acaecidos en el entre tanto, marcaron su huella en el rostro del actor; las facciones se mostraban como dilatadas, hinchadas y unas grandes bolsas insinuábanse debajo de sus ojos de corneas ahora amarillentas y surcadas por venillas rojas, mientras que la nariz evidenciaba una fractura en reyerta que la había deformado para siempre. Limpio de la pintura escénica que le había enmascarado, mostraba un cutis flácido que en nada recordaba el terso de antaño, sólo su repugnante boca de Cupido continuaba conservando la misma mueca insolente y obscena que le caracterizaba, terminada de afear ahora cuando una sonrisa descubrió que le faltaban varios dientes. Me hizo una cómica reverencia, luego que saltó ágilmente del interior del carro pese a una pierna defectuosa, y, Marianne ya estaba a mi lado, contemplándonos a las dos con aire del que sospesa un amplio abanico de posibilidades, exclamó con su voz histriónica y bien modulada, que tanto me había sorprendido cuando le conocí: -Se os saluda, señora vizcondesa... Después de muchos años, volveros a encontrar de nuevo ha constituido para mí una deliciosa sorpresa; ni la Revolución, ni las penalidades, han logrado cambiaros... Aunque debo reconocer que habéis mejorado y una razonable presunción me hace sospechar que, en parte, a mí me lo debéis... Cuando os vi entrar en la plaza sentada en este carro, hube de preguntarme si deliraba, ¡tan distinguida aristócrata vestida de campesina y mal peinada!, ¿me estaba confundiendo?... La verdad, madame, es que me asaltaron unas dudas muy comprensibles, incluso llegué a pensar que me equivocaba, pero, cuando os desmayasteis, ya no me cupo la menor duda... –aquí su sonrisa se hizo maliciosamente ofensiva- Vuestros oportunos desmayos tienen un sello propio, huís a través de ellos, y, como Poncio Pilatos, podéis lavaros las manos desentendiéndoos del mundo que os rodea. En ellos, no sé a dónde vais, mas de cierto que muy lejos debéis marchar porque vuestro cuerpo permanece por completo inanimado durante horas... Una lástima, sobre todo para vos que en la inconsciencia os perdéis lo mejor de la vida... Si es que, claro está, no fingís por decencia. Empecé a temblar sin que las palabras pudiesen salir de mis labios. Marianne me tenía cogida por la cintura y estrechó su abrazo, al responder por mí: -Señor comediante, dejad la farsa para otra ocasión... ¿Qué es lo que pretendéis de nosotras? -De vos nada, ciudadana, es de vuestra amiga de quien... -Mi amiga no os conoce, conque estáis perdiendo el tiempo, la habéis confundido con otra persona, por tanto, mejor será que deis media vuelta regresando a vuestro punto de partida y sigáis con la representación teatral delante de público que sepa apreciar mejor vuestro natural talento... Él se apoyó negligentemente en la carreta. -¿Os referís al mismo público que “también” llena las plazas cuando funciona la guillotina? Yo gemí: -Es inútil fingir, Marianne... -¿Marianne?... Creo recordar que la anterior doncella que teníais se llamaba Edmé... ¿Qué sucedió, os abandonó prefiriendo la revolución?... ¿Y vuestro noble marido, perdió la cabeza, o, por el contrario, supo emigrar a tiempo?... Por cierto, que si vive aún y algún día tenéis la dicha infinita de volver a reuniros con él, os ruego le refresquéis la memoria ya que todavía me debe la tercera parte de la cantidad estipulada que acordamos por cierto encargo del que vos sabéis bastante... y que imagino no debió salir como se esperaba, de ahí el impago completo de la deuda y eso que me empleé a fondo para que el señor vizconde tuviese a su ansiado heredero... -hizo una mueca que queriendo ser burlona le salió amarga- Pero, ¡qué se le va a hacer!, alternar con la aristocracia comporta ciertos riesgos, te contratan y no te pagan lo convenido... sin que puedas protestar, o bien existen duques, valedores de las doncellas ultrajadas, que mandan a sus esbirros para que te den por muerto de una paliza cuyo recuerdo arrastrarás toda la vida en forma de cojera y de una nariz rota... Sí, estimada Cordelia, no pongáis esa cara de asombro, pues por encargo de vuestro paternal protector el duque de Chardonne, debo yo un notable cambio en mi fortuna descendiendo de galán a aquellos papeles que quisieran encomendarme y no en las mejores compañías... ¡Oh, no teníais conocimiento de ello, se ve que el destino me ha puesto en vuestra vida para que siempre sea yo el que desvanezca la ignorancia en la que os han educado! (¡Conque el duque en esta ocasión, y usando de sus prerrogativas feudales, también se había aplicado en castigar al cómplice de Jean-Baptiste!) -Dejaos de sarcasmos, ¿por qué nos habéis seguido? -No os he seguido, señora vizcondesa, ¿o preferís que os llame Cordelia en recuerdo de unos días inolvidables?, no os he seguido sino que me habéis llevado con vos durante todo el camino, ya que de madrugada me instalé en vuestra nada cómoda carreta, dado que era el mejor medio de acompañaros sin perderme en fatigosos vericuetos a lomos de un asno matalón... -¿Qué queréis de mí? Él empezó a aproximarse despacio con su paso claudicante, llegando hasta mí entonces un acre olor de vino de baja calidad que debía sustituir ahora al perfume intenso de otros tiempos. -Sois una dama acaudalada... Sí, no ignoro que ya no existe la monarquía y que os veo ahora errante por los caminos como una vagabunda, pero los ricos y poderosos lo sois siempre mientras alentáis; si en este momento no poseéis ni una sola moneda, ello no significa que vuestro oro, o vuestras joyas no estén a buen recaudo esperando el momento oportuno de ser rescatado por vos... Guiadme a dónde se hallen, y cuando los tenga en mi poder seréis libre de hacer lo que os plazca... No deseo vuestra muerte, madame, pero os ruego que no me obliguéis nuevamente a sacar lo peor que hay en mí, si os negáis a colaborar... –concluyó amenazador, abandonado el tono de chanza usado hasta el momento. -¡Dejadnos tranquilas; no hay oro ni joyas –exclamé-, ya no hay nada!... La revolución saqueó Rameau, destruyeron el palacio y lo mismo sucedió con nuestra casa de París... Mi única pertenencia es la vida, pero eso no creo que satisfaga vuestra codicia... El comediante, que había dejado de sonreír hacia rat; tuvo un furioso estallido. -¡Tal vez sí, si os entrego al tribunal revolucionario del pueblo más próximo! -¡Pues bien –grité-, hacedlo, concluid lo que empezasteis aquella noche abominable, rematad vuestra obra infame; estoy cansada ya de huir! Mi respuesta pareció desconcertarle un poco, momento que aprovechó Marianne para interponerse entre los dos. En su mano brillaba al sol la pistola que la noche anterior me había mostrado. -Vos os lo habéis buscado, ciudadano –dijo serenamente y se dispuso a apretar el gatillo, pero entonces Montauvernie se movió con la celeridad del rayo, en contra de lo que pudiésemos suponer, y los acontecimientos se desarrollaron velozmente: de un golpe en el antebrazo hizo saltar el arma de la diestra de Marianne, asestándole después un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo. Caída, se acercó a ella con aire interrogante observándola unos breves segundos, luego sonrió despreciativo y alzó el rostro para mirarme victorioso, mas su alegría tuvo corta duración ya que se encontró de nuevo encañonado por aquella pistola que su golpe había arrojado a mis pies. -Cordelia, no juguéis con armas de fuego, sois testigo de lo que le ha sucedido a vuestra compañera... Vamos, entregádmela... Se hallaba lo suficientemente lejos de mí como para que no me pudiera arrebatar la pistola y podía sentirse seguro puesto que yo temblaba como una azogada. Sonrió burlón. -Si os portáis bien, no os sucederá nada malo, os doy mi palabra –soltó una risotada-, de caballero... E incluso podremos cerrar los tratos de un buen negocio, y, ¿quién sabe?, hasta quizás divertirnos retozando, de tener en esta ocasión el buen juicio de no desmayaros, que si no habéis repetido, madame, vuestra vida ha debido de ser muy aburrida... Pese a que el señor vizconde hizo todos lo posibles por alegrarla... ¿Sabéis?, él fue quien se erigió en director de escena, bastante mediocre ciertamente ya que carecía de clase, pues si vuestro marido se motivaba con presteza, no sé si me entenderéis, llegó a suponer que a vos habría de sucederos lo mismo ante un hombre hermoso y tan bien dotado como era yo entonces... Pero vos, la doncellita renuente... Nunca se debe juzgar por uno mismo, ¿no os parece?... Vamos, Cordelia, no seáis criatura y entregadme de una vez esa pistola... La mano extendida, avanzaba cojeando sin perder la sonrisa -insinuante como antaño-, con el aspecto benevolente del padre que riñe a un niño díscolo, pero yo no veía su sonrisa agujereada, yo estaba viendo la monstruosa pantomima de la tarde anterior, y aún más lejos, mucho más lejos, cuando me golpeó brutalmente con objeto de plegarme a su designios, violándome... Entonces disparé y di de pleno en el blanco. El marqués de Montauvernie se desplomó en escena, muerto para siempre, cayendo víctima de su propio personaje.
|