| XXII CAPÍTULO (I) | |||
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A media tarde del cuarto día de viaje, llegamos a un pueblo en el que al desembocar en su plaza encontramos en ella reunida una muchedumbre y como era habitual que allí se erigiese la guillotina, pensé estremecida que me iba a tocar ver aquel siniestro espectáculo por primera vez, perspectiva completamente aterradora, mas por suerte me equivoqué; no es que la guillotina faltase, pero si le dabas la espalda no la veías y a cambio enfrente de ti se alzaba un mínimo escenario, una tarima sin grandes pretensiones, en la que iba a desarrollarse una especie de pantomima del agrado del público, y como estos acontecimientos solían presentarse de tarde en tarde, y los tiempos no favorecían ni el buen humor ni las carcajadas, resultaba en cierto modo tranquilizante distraerse un poco con cualquier escenificación teatral, que se auguraba vulgar y chocarrera muy dentro de los gustos nada refinados de la plebe. Nuestra irrupción en la plaza fue a bordo del carro, y aunque tanta gente congregada no nos produjo ninguna alegría ya que siempre procurábamos pasar desapercibidas, dos campesinas que van de paso a algún mercado, no tuvimos más remedio que detenernos y sentadas en tan rústico palco, asistir a la representación, por otra parte casi obligada, ya que la obrita iba de crítica y escarnio de la nobleza y sus depravadas costumbres. Los interpretes eran tres y había un cuarto que asumía las funciones de telón al pregonar las escenas a golpe de tamborcillo y anunciando a voz en cuello lo que iba a suceder. Procuré desfigurar cuanto pude mi rostro bajo las greñas, e intenté encogerme aún más junto a la voluminosa y recia Marianne. No me seducía la idea de asistir a la pantomima con el sabor en mi memoria de otras lejanas y vistas en Versalles en medio muy diferente y por completo distinguido, en donde cultura, buen gusto e ingenio se disputaban el aplauso. El del tamborcillo vociferó, ya que la función iba a empezar en ese momento: -¡Ciudadanos y ciudadanas, la historia que vais a ver no es más que un espejo en el que se retrata la decadencia moral de los aristócratas, su depravación y sus horrendos vicios que sólo merecen la repulsa y el escarnio de los nuevos ciudadanos de la República!... Sonaron algunos vítores y un sector del público cantó desafinadamente La Marsellesa, luego se tranquilizaron y empezó la representación. -Ved aquí al degenerado vizconde des Fleurs, cuyos gustos contra natura le incapacitan para desflorar a su joven esposa... Todos los actores llevaban la cara pintada de blanco, y allí no había ninguna actriz; uno era un hombretón gordo y torpe que hacía de vizconde, otro, un adolescente tal vez, representaba a la esposa endosando una falda larga, y el tercero, un individuo que cojeaba al andar... -... Des Fleurs, buscando la complicidad de un marqués amigo suyo, consigue que éste lleve a cabo la tarea que él no... La voz de Marianne se introdujo dentro de mi oído en un cálido susurro: -Tiene que ser un azar de la casualidad... No había tal; lo hubiera reconocido mil veces a pesar del tiempo transcurrido ya que mi intuición no me engañaba; el seductor era el falso marqués de Montauvernie, recreando el más auténtico papel de su carrera en un alarde de servilismo al nuevo régimen acompañado de la traición hacia sí mismo, pues vendía desvergonzadamente sus pecados en la plaza pública. Yo era la reina de Dinamarca, Gertrudis y el destino jugaba a ser Hamlet conmigo. Me quedé inmóvil como una estatua, sin sentir otra cosa que lo que veían mis ojos... Y llegó la temida escena de la violación, tan realista y repugnante, tan perfectamente copiada en lo que mi memoria conservaba, que lo que no viví consciente gracias a un piadoso desmayo, hube de conocerlo entonces. Ella gritaba, por boca del que tocaba el tamborcillo: “¡piedad, marqués, piedad!” –cosa que yo nunca dije-, siendo la escena tan grotesca, tan infernalmente bufa, que los gustos soeces de la chusma se veían halagados hasta el paroxismo ya que reíanse a carcajadas entre comentarios libidinosos que se burlaban de la resistencia de la víctima, al ponerla en entredicho. ¿Cómo se le había podido ocurrir?... Marianne, pasándome el brazo por los hombros, me exhortó apremiante: -¡Resistid, Marie, resistid! Pero no pude, el dolor que en mí evocaban tales recuerdos resultaba demasiado intenso y perdí el sentido cayendo sobre el regazo de mi compañera. Al abrir los ojos de nuevo me rodeaba la penumbra, una vela iluminaba con su luz desde un taburete y yo yacía sobre una mísera cama de posada; Marianne hallábase a mi lado refrescándome la frente con paños húmedos. Al verme parpadear, ella repitió con obstinación: -Ha sido un azar de la casualidad. -No lo ha sido –repuse débilmente-, era mi historia, y el que deshonra a la doncella es quien me ultrajó a mí... No ha hecho más que representar la misma escena... –me incorporé violentamente, aterrada ante una repentina idea -¿Me ha visto, decid, me ha descubierto? A Marianne se le demudó el semblante. -Cuando os desmayasteis... todo el mundo se dio cuenta, suspendiéndose momentáneamente la representación, y el actor que hacía... ese papel, se aproximó... La contemplé espantada. -¿Me vio las facciones? -Por desgracia si. -¡Entonces estoy perdida sin remedio; me ha reconocido! -Tranquilizaos, Marie, que, al menos, no lo aparentaba... Se mostró muy servicial ayudando a despejar el camino para que pudiéramos llegar a la posada cuanto antes... -¡Sabe donde estamos! -Me temo que sí –admitió Marianne contrita. -¡Dios nos proteja; ese hombre nos venderá como Judas! Marianne frunció el ceño, y encaminándose al cesto que siempre llevaba consigo, extrajo de su interior una pistola de la que yo nada sabía con anterioridad. -¿Qué es esto? -Lo veis perfectamente: un arma. -¡No podemos matarle! –exclamé horrorizada. -No aquí ni esta noche, desde luego. -¡Vámonos de la posada, huyamos! Ella repuso sensatamente: -No, Marie, pronto caerá la noche e íbamos a despertar demasiado la atención después de vuestro desmayo -que yo he achacado a la repugnancia que os ha causado el vil comportamiento de los aristócratas-, partiremos con el alba, por fortuna estamos bastante cerca de nuestro destino. Las más encontradas emociones me asaltaron, ¡el falso Montauvernie acechándome a un paso de volverme a reunir con Maurice Dubois!, era lo mismo que pretender entrar en el Cielo abriéndose el infierno a mis plantas. Marianne continuaba hablando: -A una legua escasa de aquí hay un bosque inmenso que atravesaremos, después... -¿Y si nos siguen? Su semblante se endureció. -Es un albur que hemos de correr... pero no más peligroso que otros que se podían haber presentado durante estos días de viaje... Salteadores, desesperados, malvados... Cuando surge una situación de riesgo, se dispara primero y se pregunta después... Si ese bergante pretende intimidarnos, os aseguro, Marie, que pronto dejará de hallarse en el mundo de los vivos. Yo estaba muy asustada. -¿Y si me ha delatado? -No perdáis la serenidad; estarían ya aquí, por otra parte, nadie puede relacionaros con el ciudadano Bienveillant, lo que significa que no os han de seguir para que les llevéis a él. -¡Soy aristócrata, mi cabeza...! Marianne hizo un ademán con la diestra como si pretendiese restar importancia al hecho. -Reflexionad, Marie, que si él no os delata y os persigue, siempre, claro está, en el supuesto de que os haya reconocido, será porque espera sacar más de vos, viva, que no muerta... Tened bien presente, que para él delataros es entregarse también... y no creo que le convenga... -¿Entonces? -En primer lugar tranquilizaos y procurad descansar, tengo por norma no adelantar nunca los acontecimientos, ya que semejante conducta hace más mal que bien... Dentro de unas horas amanecerá, sosegaos pues y reposad que tiempo habrá mañana para comprobar que es lo que nos depara el día... Apenas dormí aquella malhadada noche aunque fingiera hacerlo en atención a Marianne, y, con el amanecer, reemprendimos el viaje, sin que, aparentemente, nadie recelase nada, lo que contribuyó a calmar ligeramente mis temores. Tal vez, después de todo, y como dijera Marianne, el falso marqués no me hubiese reconocido, ya que habían transcurrido unos años y en las circunstancias que me estaba tocando vivir, no era lo mismo una campesina desarreglada, con los cabellos revueltos y la cara sucia, que una dama de corte, vestida de brocado y luciendo su mejor peinado, no, desde luego, ni yo misma hubiera podido confundir a ambas personas de haber sido un tercero, ajeno por completo a la historia. Cuando entramos en el bosque, el sol empezaba a calentar lo que auguraba una jornada plenamente veraniega, pero yo sentía frío porque mi cuerpo estaba destemplado y lo único que anhelaba era cruzar cuanto antes la espesura, acentuando aún más la lejanía entre el encuentro de la tarde precedente y aquellos instantes. Al medio día estábamos a punto de salir del el bosque cuando decidimos hacer un alto y reparar las fuerzas, aliviando también, de paso, al mulo, la mitad de cuya sangre demostraba a veces una proverbial terquedad, sobre todo si se le antojaba mordisquear las hierbas que crecían junto al sendero y Marianne no estaba dispuesta a permitírselo. En aquellos momentos, mi compañera y yo nos encontrábamos tranquilas puesto que esa parte del viaje que tanto temíamos, había transcurrido con la mayor felicidad. Saltó Marianne del pescante y la imité, ansiosas las dos de pasear un poco después de tantas horas de forzosa inactividad. Ella trabó el carro mientras yo me dirigía a la parte de atrás para coger unas provisiones y una manta que disponer sobre el suelo con fin de sentarnos. Aparte llevábamos muchas otras cosas, mercaderías y útiles que eran puro relleno o justificación del viaje de dos campesinas, y de pronto me di cuenta que, debajo de unos sacos vacíos, algo se movía. Al instante pensé en una alimaña y miré en torno mío por si encontraba algo que me sirviera para defenderme en caso de ser atacada, un objeto pesado, una rama caída... Pero no hubo tiempo, los sacos parecieron crecer, elevarse, y cayeron... dando paso a una figura humana que se desenrollaba como una serpiente, o tal fue la impresión que me hizo. Un grito se escapó de mi garganta obligando a Marianne a volar en mi auxilio. Frente a las dos, con una expresión de triunfo en su canallesco semblante, se encontraba el “marqués” de Montauvernie vestido con las ya harapientas ropas que debieron haber formado parte del guardarropa de algún noble guillotinado y que ahora constituían todo su ajuar personal dentro y fuera de la escena, a menos que quisiera impresionarme con el recuerdo de otros fastos ya muy remotos.
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