XXI CAPÍTULO (2)

Marianne era la hija de un tabernero de pueblo cuyo humilde establecimiento era muy visitado por el señor del condado y sus amigos, sobre todo, cuando volvían de caza. Un día, borrachos, se encolerizaron con el tabernero sin que el pobre hombre tuviera la culpa, el motivo fue cosa tan baladí que nadie después pudo recordarla, le apalearon y quemaron la casa con él dentro inconsciente, pudiendo escapar del incendio, por verdadero milagro, Marianne y su madre.

-Yo era una niña de seis años, pero os aseguro que no he olvidado nada de aquella horrible noche: mi madre saltando por una ventana conmigo aferrada a su cuello... Y lo peor vino más tarde, cuando el señor conde ordenó que nadie nos brindara techo ni pan ni agua... Tuvimos que salir de sus tierras y mendigar por los caminos hasta llegar a otro feudo donde nadie nos conocía, pero seguimos llevando mala vida hasta que mi madre cayó enferma y murió...

-¿Y vos?

-Me recogieron unas almas caritativas que no lo eran tanto ya que me pusieron a trabajar en las labores del campo por la comida y el derecho a un jergón... A los 13 años me escapé... Y fui dando tumbos... En uno de ellos me convertí en la ayudante de un sacamuelas que en su juventud estuvo como lego en un monasterio, y gracias a él aprendí a leer y a escribir.

Allí concluyó la historia Marianne con un tinte de orgullo en la voz -ya que esa coletilla me indicaba, a su modo, que era una mujer de estudios-, lo que hubiera hecho después nunca me lo contó aunque a veces su forma de obrar o de expresarse, lo delataban. Lo único que supe, empero, de no habérmelo dicho siempre lo habría sospechado, es que cuando empezaron los asaltos y los saqueos a los castillos, ardió también el del conde artífice de su tragedia familiar, y el aristócrata fue pasado a cuchillo.

Yo la escuchaba en silencio y al terminar ella de relatarme ese episodio del saqueo e incendio, quiso saber ligeramente desafiante:

-¿Os parece mal?

-Me parece justo –repuse con la mayor franqueza ya que así lo estimaba. Marianne se mostró desconcertada y me miró sorprendida.

-¿Decís eso vos, una aristócrata?

-Ante todo soy un ser humano...

Ella me observó de hito en hito con aire inquisitivo.

-Vos sólo habéis sufrido en la Revolución, no sabéis lo que significa...

-La Revolución la estamos sufriendo todos, si no fuera de esta suerte, el ciudadano Bienveillant no tendría que andar huido... Yo no importo, Marianne, ni vos tampoco; somos hojas que arrastra el viento en torbellino... Pero la aventura de cada uno sólo le atañe a él mismo y es quien debe juzgarla... Mis padres fallecieron cuando yo era muy niña y mi único protector, mi tío, murió cuando yo tenía 12 años y fui enviada a Francia para vivir en el seno familiar de una pariente que me casó a los 14  con ese vizconde cuyo título ostento... Mi marido me entregó con engaños a un miserable, de profesión cómico, para que fingiese ser lo que no era, a quien pagó con objeto de que me violase porque a él no le gustan las mujeres y era preciso que naciera un heredero para que no perdiese mi fortuna, pues de morir yo sin hijos, todo lo mío pasaría a la corona inglesa... No es que pretenda decir que he sufrido más que vos, Marianne, sólo quiero que entendáis que por muchos títulos que pueda ostentar, no me ata ningún vínculo de lealtad a determinados individuos, aunque pertenezcan a la aristocracia...

La poca experiencia que tengo de la vida me ha enseñado que la bondad y la maldad no se hallan divididas en dos partes iguales y enfrentadas: nobleza perversa, pueblo lleno de virtudes... ni al revés... Maurice Dubois es un hombre bueno, y, sin embargo, es un revolucionario, y mi infame esposo, el que debiera haber sido mi defensor natural, nació aristócrata... Robespierre intentó salvar a Francia ahogándola en sangre, y los reyes, yo les conocí, eran buenas personas aunque muy mal aconsejadas... Es así de simple, Marianne.

(Ignoro cual fue la razón que me indujo a relatarle a Marianne aquella historia vergonzosa, ya que fuera de quienes la perpetraron y de Edmé, nadie la sabía, excepto el duque de Chardonne, con quien jamás se terció el comentarla, por supuesto).

Marianne se quedó muy impresionada y me hizo el regalo de sorprender en sus ojos unas lágrimas que, viniendo de ella, eran el mejor de los presentes y no necesitaban palabras que lo acompañaran.

Después de mi inesperada confesión, cualquier hielo que pudiese existir entre las dos se rompió y nos hicimos verdaderas amigas.

 

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