| XXI CAPÍTULO (1) | |||
|
|
|||
|
Jacques y yo viajamos por espacio de varios días sólo deteniéndonos a pernoctar en las aldeas que al paso surgían. Yo iba vestida de hombre porque así lo había ordenado el ciudadano Bienveillant, y francamente, el disfraz no lo parecía en mí ya que nadie que me viera podía suponer que no fuese un pálido y frágil muchacho; de todas formas Jacques me recomendó que procurase hacer oír mi voz lo menos posible, lo cual constituía una medida muy sensata. Estábamos a finales del antiguo junio, ahora denominado Messidor, y ya a punto de entrar en el que se convertiría en un mes simbólico para la historia de Francia, julio o Thermidor y que en esta ocasión nos iba a traer a una impensada y nada católica Notre Dame, más conocida como Teresa Cabarrús, cuya “beatificación” se cobraría la cabeza de Maximiliano Robespierre, haciéndonos libres. Pero en esos instantes, galopando a campo traviesa por bosques y llanos, poco sabíamos lo cercano que se encontraba ese día y lo que iba a suponer para todos nosotros; de momento era Teresa la que hallábase sentenciada a muerte, Maurice conspirando oculto y el país sumergido en un estupor aterrorizado que obligaba, a quienes no poseían mente criminal, a intentar vivir sin llamar la atención, y a quienes si la tenían, a cometer toda clase de desmanes bajo el beneplácito del Incorruptible, por muy lejos que éste se encontrase, y siempre por el bien del pueblo. En las aldeas donde la noche nos sorprendía no dejábamos de observar el mismo aire extrañamente silencioso y a sus gentes poco comunicativas y sociables, se nos atendía en las posadas y siempre se nos miraba con recelo porque no se podía saber si aquel par de viajeros eran eso simplemente o espías que luego trasmitirían partes comprometedores. Viendo semejante comportamiento no pude por menos que comentarle a Jacques el que a nuestra ida a la granja no había captado aquella atmósfera inquietante que daba la sensación de augurar desastres inminentes, y Jacques admitió que en los últimos tiempos “todo había cambiado mucho, empeorando”. Marchábamos de camino y me quedé callada y pensativa comprendiendo que Maurice si me había llamado, no era sólo con la intención de sacarme del país o de retenerme a su lado, sino porque mi vida hallábase verdaderamente en peligro, tal vez mucho más, por insensato que resulte, que cuando estuve encarcelada y a punto de ser conducida a la guillotina. Porque éste no era el único horror que aguardaba a una víctima; los había tan diversos como atrozmente refinados y de los que me enteraría más tarde –las noyades de Carrier, por ejemplo-, aunque, afortunadamente, no a costa de mi persona. Cierta mañana, mi compañero de viaje me hizo saber que pronto íbamos a separarnos porque a él le esperaban en otros lugares y yo tenía que continuar en la dirección opuesta. Viendo mi atribulado gesto, se apresuró a tranquilizarme asegurándome que me iba a dejar en buenas manos, las de una persona capaz de llevarme al fin del mundo sana y salva, la persona en cuestión era uno de los más valiosos agentes con que contaban los conspiradores y yendo con ella no estaría yo menos segura que con él, además, eran órdenes del ciudadano Bienveillant. Recordé entonces, nebulosamente, la carta que Maurice me había escrito, y que me vi forzada a destruir, en la que se indicaba ese forzoso relevo, y sentí la obligada partida de Jacques a quien había tomado aprecio. Ese era el día de nuestra despedida; en el cruce de caminos más próximo, nos esperaba una carreta cubierta, y en la carreta, al pescante, una mujer que luego supe se llamaba Marianne. Marianne es otro de mis personajes inolvidables por muchos motivos y no es que yo no haya conocido a gente singular a lo largo de la vida, pero ella fue única en más de un aspecto, otra Edmé sin el distanciamiento lógico entre ama y criada. Marianne fue mi amiga, mi confidente, una buena camarada en todo la acepción de la palabra, y siempre nos tratamos de igual a igual, lo que para mí era ya toda una novedad; al menos, algo bueno tenía que traer la Revolución Francesa. Al primer golpe de vista quedé desconcertada pues creí que tenía delante a una furibunda sans-culotte, tan mal vestida y desgreñada iba. Era una mujer de corta estatura y de complexión robusta; joven, pero gastada por la vida que debía haber llevado, aparentaba ser mucho mayor. Su tez hallábase curtida por el sol y el aire libre, y los cabellos que se escapaban de su gorro eran negros como el ala de cuervo. Nunca había sido hermosa pero tampoco era fea, poseía un rostro ancho y vulgar, aunque agradable porque era amiga de bromas y contaba con un curioso sentido del humor. Me fijé enseguida en sus ojos, grandes y pardos que en esos momentos me observaban con detenimiento como si pretendieran descifrar la clase de persona que podía ser yo. Entonces Jaques le dirigió la palabra, sorprendiéndome con el protocolo del que hizo gala. -Se os saluda, ciudadana, ¿vais muy lejos? -Más o menos, en dirección a la costa, ¿llevamos el mismo camino? -Yo no, pero si mi compañero, ¿podría ir con vos? -Si no causa excesivas molestias... Miré a uno y a otra sin comprender las razones de semejante comedia si allí estábamos sólo los tres, pero entendí enseguida al descubrir en un campo cercano, a varios campesinos trabajando. Subí al carro y Jacques se llevó mi caballo despidiéndose de nosotras con un gesto de mano. Le vi partir entristecida pero la voz de Marianne me hizo reaccionar cuando, azuzando al mulo que tiraba de la carreta, me dijo por lo bajo: -Ciudadana, en cuanto lleguemos al bosque os metéis dentro del carro y os cambiáis de ropas; sois un muchacho demasiado lindo como para no despertar sospechas... Sí, ya sé lo que estáis pensando, que Jacques no os dijo lo que yo acabo de deciros, pero es natural, a un hombre como a él nadie le cuestiona nada, y siempre podíais pasar por su amante, ahora, conmigo –soltó una carcajada-, conmigo, niña, es mejor que no despertéis la curiosidad de los que no tienen otra cosa mejor que hacer que preguntarse lo que no deben... ¡Arre, perezoso, que no nos vamos a estar aquí todo el día!... ¡Ah, el ciudadano Bienveillant os envía sus saludos! Sonreí agradecida y a punto estuve de preguntarle si le iba a ver pronto, mas el buen sentido prevaleció y opté por guardar silencio. Viajamos durante dos días marchando en una dirección que sólo Marianne conocía y que no se tomó la molestia de revelarme ni yo tampoco osé preguntar. Había recobrado mi condición de mujer con las ropas adecuadas y, por consejo de Marianne, hube de ensuciarme el rostro y desgreñarme totalmente los cabellos de la manera más desaseada y revolucionaria, aunque, como ella misma comentó frunciendo el ceño: “iba a ser bastante difícil confundirme con una hija del pueblo”. -Mantened la boca cerrada el mayor tiempo posible cuando estemos con gentes a nuestro alrededor, y ocultad esas manos, que harto se aprecia lo poco que han fregado en esta vida... ¡Sois tan delicada! –concluyó con preocupación. Ya había dejado de mirarme curiosa, con un gesto que parecía preguntarse, “¿qué ha visto el ciudadano Bienveillant, en esta muchacha insignificante, para arriesgar tanto por ella?”, y de buenas a primeras me soltó casi enseguida con la brutal sinceridad que la caracterizaba: -Sé quien sois porque vuestro protector me lo ha confiado, y os diré que si no fuese porque le ayudasteis hace unos años, no habría aceptado este encargo, pero disteis cobijo y ayuda al ciudadano Bienveillant y eso para mí es sagrado... Maurice Dubois es uno de los hombres que puede salvar a Francia haciendo que los nobles ideales de la Revolución se conviertan en realidad, y si él lo puede hacer es gracias a vos, mal que me pese el reconocerlo... Estúpidamente, lo único que se me ocurrió fue preguntarle: -¿Le amáis? Marianne, que había estado contemplando el camino mientras hablaba, me lanzó una ojeada burlona. -Todo buen patriota, hombre o mujer, ama al ciudadano Bienveillant, yo no iba a ser diferente. Me mordí los labios azorada. Nunca debía haber hecho esa pregunta. -Disculpad. -Disculpada estáis ciudadana vizcondesa -Marienne se echó a reír a carcajadas- ¡Ciudadana vizcondesa!, ¿quién me iba a decir a mí?... Supongo que debéis tener algún nombre, ¿no?; se me revelaron vuestros títulos, pero no así vuestro nombre y tengo que llamaros de alguna manera... Titubee ligeramente. -Mi nombre es inglés y no creo que... -Más bien no –convino ella-, vuestros compatriotas siempre han tenido la virtud de no ser muy bien vistos por estas tierras... Bien, os llamaré Marie, es un nombre fácil de recordar y yo tengo poca imaginación -de nuevo se desató en improperios contra el mulo que al notarnos distraídas en la conversación, había aflojado el trote. Marianne, mujer muy sincera; no se había recatado de dejar las cosas bien claras desde un principio, la repugnancia que le producíamos los aristócratas, pero me miraba con simpatía y a las pocas horas de haber emprendido el camino juntas, no tuvo inconveniente alguno en contarme su vida, tal vez para que yo comprendiera la causa de su odio hacia la nobleza.
|