III CAPÍTULO

Acababa de cumplir los doce años y era una niña alta y delgada, angulosa, pálida y fea, de grandes ojos transparentes, el cabello tan rubio que recordaba al de la paja quemada por el sol, una niña sosa y retraída, amante de juegos extraños, como, por ejemplo, la pintura, una niña solitaria y huraña a quien sólo gustaba el estudio y cuyo único amigo era tío Michael, y tío Michael,“mi” tío Michael, había muerto aquella mañana dejándome ya para siempre completamente sola en el mundo, porque, aseguraba el médico, tenía cristales en la sangre, y palpitaciones y muchas otras cosas terribles, males aristocráticos que provenían de la buena vida que siempre se había dado y del poco ejercicio hecho; tío Michael era obeso y padecía también de gota, lo cual le obligaba a caminar con dificultad... Pero tío Michael era maravilloso y para mí el mejor de los hombres... hasta que conocí al duque de Chardonne.

Tío Michael se moría y el médico me llevó aparte.

-Milady –dijo gravemente-, vuestro tío va a ser muy pronto llamado a la presencia de Dios Todopoderoso, y ello debe llenarnos de alegría a nosotros, cristianos convencidos, ya que un hombre bueno que muere tiene su lugar asegurado al lado del Señor.

Yo le miré muy asustada.

-¿Dios quiere a mi tío?

El doctor asintió.

-Sí, milady, así es, en efecto.

-¿Y para qué lo quiere si no lo necesita? –exclamé echándome a llorar desconsoladamente- Él no está Sólo pues tiene su Cielo y sus ángeles, y a su Hijo, ¿por qué entonces me quita a mi tío si yo no tengo a nadie más?... Antes se llevó a tía Hortense cuando cayó del caballo en la cacería, y ahora...

Mis padres habían sido los primeros pero yo apenas les recordaba, ella de parto en el alumbramiento de un niño muerto y él poco después de pena; en mi firmamento infantil había habido tres estrellas y todas se extinguieron, ¿qué me quedaba entonces si mi tío se marchaba abandonándome también?

Lamentablemente estaba tía Amélie, la viuda del hermano de mi madre, y ese era el despertar, mi despertar a la realidad del mundo; el sueño, la felicidad, habían sido tío Michael y el castillo de Haworth, que ahora se desvanecían como el humo.

Mi tío me llamó a su cabecera porque quería despedirse de mí.

Fue todo muy sencillo y conmovedoramente breve, tampoco hubo tiempo para más; tenía los ojos abotargados por el sufrimiento y la faz purpúrea. Sin peluca, sus finos cabellos arrubiados se escapaban apenas en leves mechones, por debajo de aquel obligatorio e incómodo gorro de dormir.

Había languidecido durante semanas peleando valerosamente contra la idea de recluirse en su dormitorio, y bruscamente la enfermedad, o sus enfermedades, se agolparon reclamándole cada una para sí. Dada mi inexperiencia y mi poca edad, el proceso del deterioro de su salud no constituyó, en ningún momento, motivo que me inquietase; tío Michael era eterno, no le podía pasar nada malo nunca.

Yo me casaría, llevándome él de su brazo al altar, tendría muchos hijos y tío Michael los sentaría sobre sus rodillas, igual que conmigo hiciera desde siempre, y les relataría cuentos e historias maravillosas y fantásticas, y un día, un día, muy, muy lejano, él abandonaría este mundo, mas tan anciano, tan anciano, que su fallecimiento no nos ocasionaría tristeza a quienes lo amábamos, porque no sería muerte sino descanso eterno, paz y sosiego, alcanzados al fin después de una larga y bondadosa existencia.

Pero tío Michael se iba antes de tiempo, de mi tiempo tan cuidadosamente medido y pesado. Tío Michael se me escapaba y yo no podía alcanzarle. Me arrodillé a su lado, junto al monumental lecho con dosel. Fuera lucía un sol esplendoroso, mas el dormitorio, por prescripción facultativa, se hallaba sumido en una tenebrosa penumbra que semejaba la antesala del purgatorio; sin ventilación, se acumulaban allí los hedores propios de la insalubridad y los remedios. En un repugnante frasco de vidrio que reposaba encima de un pequeño velador, amontonábanse, ahítas y olvidadas, las sanguijuelas. Le habían sangrado con exageración hasta debilitarle por completo, extrayéndole, no ya los malos humores, sino la propia vida.

Sus manos mostraban la palidez de la cera, pero su rostro, surcado por una red de venillas rojizas, constituía la postrera afirmación de un modo de vivir que fuera su divisa. Hedonista siempre lo había sido y ahora moría de resultas de ello, fiel a su naturaleza y a sus gustos.

Mi tío me miró con fijeza en la penumbra, brillaban en la oscuridad las luces de las velas y oscilaban sus pequeñas llamas al paso de todas las personas que llenaban la estancia.

Yo debía ofrecer un aspecto deplorable, llorosa y con el extremo de la nariz enrojecido, una especie de animalillo desolado, a punto de que le arrojasen a la intemperie.

-Pobre niña –le oí murmurar-, pobre pequeña...

Mantenía las manos plegadas, sobre la colcha de brocado, como si se apoyara en un reclinatorio; se me había informado que no resultaba indicado agobiar más a su señoría con llantos ni gritos intempestivos, y, así, educada dentro de una disciplina típicamente inglesa en la que se reprime cualquier sentimiento que pudiera demostrar sensiblería o vulgaridad, le contemplaba tragándome los sollozos y sin atreverme a articular palabra.

Mi tío sonrió con lentitud; respirando de un modo sibilante, empero, su voz sonó clara.

-Sobrinita –solía llamarme de esta suerte, cariñosamente-, no deseo que estés triste... Es preciso que me vaya, porque así debe ser, pero jamás te abandonaré, querida, te doy mi palabra de honor... Jamás te abandonaré.

Fue lo último que escuché de sus labios dirigiéndose a mí, luego cerró los ojos y pareció caer en un sueño profundo. A mi alrededor, respetuosos murmullos cruzaron la estancia y la mano de alguien se me posó sobre el hombro con suavidad, después, esa misma persona, que no atino a recordar de quien pudiera tratarse, susurró en voz muy baja:

-Besad a vuestro tío, milady.

Hice lo que me ordenaban, como un androide; me incliné mecánicamente sobre tío Michael y le besé en la mejilla, estaba tibia y raspaba ligeramente, los labios de mi tío se movieron como si intentasen pronunciar algo, mas todo se redujo a un ronco estertor.

Me sacaron de allí, recluyéndome en mis aposentos, y se me hizo beber una infusión sedante, por todo lo cual creyeron que ya habían cumplido conmigo y me olvidaron.

El beso postrero que le di a tío Michael fue hallándose éste de cuerpo presente dentro de su ataúd. Era el segundo cadáver que veía en mi vida -desgraciadamente no el último-, y, tal vez por ser él lo encontré diferente al de tía Hortense cuando falleció -que parecía presta a ir a un baile, como ligeramente impaciente a causa de algún retraso inoportuno, frívola en ese momento definitivo, a semejanza de cualquier otro de su existencia-, tío Michael, por el contrario, daba la sensación de una placidez inmensa, su rostro bondadoso ostentaba el matiz indefinible de una sonrisa que se extendía a todo lo largo y ancho, de la misma forma que cuando intentaba sorprenderme con algo. Le besé y estaba frío, muy frío, ese frío característico de la muerte que es más helado que el propio hielo. Mi adorado tío ya no estaba, se había ido al fallecer y la muerte es la ausencia de la vida –al menos tal y como la conocemos-, nunca más reiría ni bromearía conmigo, nunca más leeríamos juntos, nunca más me llevaría de su mano paseando... Mi tío ya no estaba y eso era para siempre.

Una semana más tarde tuve que asistir a la lectura del testamento en el que se me nombraba heredera universal de todos sus bienes, que por otra parte eran cuantiosos, y hacía recaer mi tutoría en manos de la única persona a quien por derecho correspondía, Amélie, la viuda del hermano de mi madre. En el testamento se incluían dos cláusulas muy importantes, primero, que mientras fuera menor de edad, o no hubiera contraído matrimonio, viviría de una renta suficiente y digna que cubriría, no sólo mi mantenimiento, sino el de las personas que fueran mis tutores –caso de fallar tía Amélie, ese cargo sería adjudicado a los abogados que se cuidaban de mis asuntos-, y, segunda cláusula, quizá la más curiosa porque se saltaba normas al uso: si contraía matrimonio, mi fortuna siempre me pertenecería, pudiendo hacer de ella partícipe a mi marido, compartirla con él, nunca entregársela, y, caso de que no tuviéramos hijos, todo ese dinero, y demás bienes, pasarían a la corona como legado de una noble casa que se había extinguido sin descendencia.

Así pues me encontré convertida en una de las mayores fortunas de Inglaterra a los doce años de edad, rica y poderosa, pero, sin embargo, dependiente de una persona a quien desconocía y a la que se le otorgaban plenos poderes para gobernar mi existencia hasta que fuera mayor de edad.

Los felices tiempos de mi infancia habían concluido, y con ellos todo cuanto de dichoso iba yo a obtener a lo largo de la vida.

 

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